sábado, 10 de septiembre de 2011

CARACTERES DE LA REVELACIÓN ESPÍRITA

1. ¿Es posible considerar al espiritismo como una revelación? En tal caso, ¿cuál es su carácter? ¿Sobre qué se funda su autenticidad? ¿A quién y de qué forma ha sido hecha? ¿Es la Doctrina Espírita una revelación en el sentido teológico de la palabra?, es decir, ¿es el resultado de una enseñanza oculta llegada del Más Allá? ¿Es susceptible o no de sufrir modificaciones? Al entregar a los hombres una verdad elaborada, ¿no tendría por efecto la revelación impedirles hacer uso de sus facultades al ahorrarles el trabajo de la búsqueda? ¿Cuál es la autoridad de los espíritus para enseñar, si no son infalibles ni superiores a los humanos? ¿Para qué sirve la moral que predican si es la misma que Cristo enseñó? ¿Tiene necesidad el hombre de una revelación? ¿No es capaz de encontrar en sí mismo, en su conciencia, todo lo que necesita para conducirse? Tales son las preguntas que debemos contestar.
2. Comencemos por definir la palabra revelación.
Revelar tiene su origen en el vocablo latino revelare. Su raíz, velum, significa velo. Literalmente, significa: salir debajo del velo, y en su sentido figurado: descubrir, hacer conocer una cosa secreta o desconocida. En su aceptación vulgar más generalizada, se dice de toda cosa ignorada que se da a conocer.
Desde este punto de vista, todas las ciencias que nos hacen conocer los misterios de la Naturaleza nos revelan algo: la Geología, la formación de la Tierra; la Astronomía, el mundo estelar que ignorábamos; la Química, la ley de las afinidades; la Fisiología, las funciones del organismo, etc. Copérnico, Galileo, Newton, Laplace y Lavoisier son, por lo tanto, reveladores.
3. El carácter esencial de toda revelación debe ser el de su autenticidad. Revelar un secreto es hacer conocer un hecho. Si es falso, no habrá ningún hecho y, en consecuencia, no habrá tampoco revelación. Cuando una revelación es desmentida por los hechos, ya no es tal. Y si es atribuida a Dios, siendo que Dios no miente ni engaña, significará que estamos ante una invención humana.
4. ¿Cuál es el papel del profesor con respecto a sus alumnos? ¿No es acaso el de un revelador? Les enseña lo que no saben, aquello para lo que les hubiera faltado tiempo y no hubiesen podido descubrir ellos mismos, ya que la ciencia es una obra colectiva producto de muchos siglos y de una gran cantidad de hombres, cada uno de los cuales deja sus observaciones para que sus sucesores la aprovechen. La enseñanza es, entonces, la revelación de ciertas verdades científicas o morales, físicas o metafísicas hechas por el hombre que las conoce a quien las ignora, y que, sin esa posibilidad, las hubiese continuado ignorando.
5. Pero el profesor sólo enseña aquello que ha aprendido: es un revelador de segundo orden. El hombre de genio enseña lo que ha descubierto sin ayuda, es el revelador primario. Crea la luz que luego progresivamente se expande. ¡Dónde estaría la Humanidad sin las revelaciones de esos hombres de genio que aparecen de tanto en tanto!
¿Cómo definir a un hombre de genio? ¿Por qué son hombres de genio? ¿De dónde provienen? ¿Hacia dónde van? Notemos que la mayor parte de ellos traen al nacer facultades trascendentes y conocimientos innatos. Un poco de trabajo les basta para desarrollarlos. Sin duda, son parte de la Humanidad, ya que nacen, viven y mueren como nosotros. Entonces, ¿de dónde provienen esos conocimientos que han adquirido en vida? ¿Opinaremos, como los materialistas, que la suerte los ha dotado de un cerebro de mayor tamaño y mejor calidad que el nuestro? Si así fuese, no tendrían más mérito que una legumbre más grande y sabrosa que otra.
¿O diremos, como ciertos espiritualistas, que Dios los ha dotado de un alma mejor que la del común de los mortales? Suposición también carente de lógica, ya que acusaría a Dios de parcial. La única solución racional para este problema reside en la preexistencia del alma y en la pluralidad de existencias. El hombre de genio es un espíritu que vivió más tiempo y que tiene, en consecuencia, mayor terreno ganado que aquellos otros más atrasados. Cuando encarna, trae consigo lo que sabe, y como sabe mucho más que los demás sin necesidad de aprender, se le llama hombre de genio. Sin embargo, todo lo que sabe es fruto del trabajo anterior y no el resultado de un privilegio. Antes de renacer, era un espíritu avanzado. Su reencarnación tiene por objeto enseñar lo que sabe a los demás o adquirir nuevos conocimientos.
Los hombres progresan, indudablemente, gracias a sí mismos y al esfuerzo de su inteligencia. Pero si fuesen librados a sus propias fuerzas y no contasen con la ayuda de hombres más avanzados que ellos, el progreso sería lento, tal como ocurre con los estudiantes sin profesor. Todos los pueblos han tenido sus hombres de genio, quienes han aparecido en diferentes épocas para darles un impulso y sacarlos de la inercia.
6. Si es aceptada la providencia de Dios hacia sus criaturas, ¿por qué no admitir que espíritus capaces de hacer avanzar a la Humanidad, por su energía y la superioridad de sus conocimientos, encarnen por voluntad de Dios para ayudar al progreso en un sentido determinado, es decir, que reciban una misión como un embajador la recibe de su rey? Tal es el papel de los grandes genios. ¿Qué vienen a hacer, si no es a enseñar a los hombres verdades que éstos ignoran y que hubiesen seguido ignorando mucho tiempo más? ¿A entregarles una escalera para que con su ayuda puedan ascender más rápidamente? Esos genios, que aparecen a través de los siglos como estrellas fulgurantes, dejando tras de sí una larga estela de luz sobre la Humanidad, son misioneros, o, si se prefiere, mesías. Las cosas nuevas que enseñan a los hombres, ya sea en el orden físico o en el filosófico, son revelaciones.
Si Dios permite la existencia de reveladores para las verdades científicas, puede, con mayor razón, suscitarlos para las verdades morales, que son uno de los elementos esenciales para el progreso. Tales son los filósofos, cuyas ideas perduran a través del tiempo.
7. Teológicamente, la revelación se atiende a las cosas puramente espirituales, aquellas que el hombre no puede conocer por sí solo y no están al alcance de descubrir por medio de sus sentidos, y cuyo conocimiento le es revelado por Dios o sus semejantes, ya sea por medio de la palabra directa o de la inspiración. En ese caso, la revelación siempre se hace a hombres privilegiados, llamados profetas o mesías, es decir, enviados, misioneros, cuya misión consiste en transmitirla a los hombres. La revelación, considerada desde ese punto de vista, implica una pasividad absoluta. Se la acepta sin control, sin examen, sin discusión.
8. En todas las religiones ha habido reveladores, y aunque todos ellos hayan estado lejos de conocer la verdad absoluta, fueron providenciales y adecuados al tiempo y al ambiente en que vivían, así como al carácter particular del pueblo al que enseñaban, al cual eran, en relación, superiores. A pesar de los errores existentes en sus doctrinas, despertaron los espíritus y sembraron los gérmenes del progreso que más tarde habían de florecer gracias al Cristianismo. Es incorrecto, entonces, anatematizarlos en nombre de la ortodoxia, ya que vendrá el día en que todas las creencias, diversas en la forma, pero basadas en un mismo principio fundamental: Dios y la inmortalidad del alma, se fundirán en una sola, cuando la razón haya triunfado sobre los prejuicios.
Desgraciadamente, en todas las épocas las religiones han sido instrumentos de dominación. El papel de profeta tentó las ambiciones secundarias, y así surgieron una multitud de seudos reveladores o mesías, quienes respaldándose en el prestigio de sus títulos explotaron la credulidad
para saciar su orgullo, su rapacidad o su pereza, viviendo cómodamente a expensas de sus supercherías. El Cristianismo no se libró tampoco de esos parásitos. Al respecto, es importante consultar el capítulo XXI de El Evangelio según el Espiritismo: “Habrá falsos Cristos y falsos profetas”.
9. ¿Hace Dios revelaciones directas a los hombres? Esta es una pregunta que no nos animaríamos a responder con un sí ni con un no rotundo. No es algo totalmente imposible, pero no existe una prueba cierta al respecto. Lo que sí sabemos es que los espíritus más cercanos a Dios por su perfección e imbuidos del pensamiento divino, pueden ser sus transmisores. En cuanto a los reveladores encarnados, según el orden jerárquico al que pertenezcan y el grado de su sabiduría personal, pueden extraer las instrumentaciones de sus propios conocimientos o recibirlas de espíritus más elevados, es decir, de los mensajeros directos de Dios. Éstos, al hablar en nombre de Dios, pueden haber sido confundidos con Dios mismo.
Estas comunicaciones nada tiene de extrañas para quienes conocen los fenómenos espíritas y la manera en que se establecen los contactos entre encarnados y desencarnados. Las instrucciones pueden transmitirse de diversos modos: por medio de la inspiración pura y simple, por la audición de palabras o por la visión de espíritus instructores, en visiones y apariciones, ya sea en sueños o en estado de vigilia. En la biblia, el evangelio y los libros sagrados de todos los pueblos, encontramos numerosos ejemplos al respecto. Es, pues, rigurosamente exacto decir que la mayor parte de los reveladores son médiums, sensitivos, auditivos o videntes, lo que no significa que todos los médiums sea reveladores y menos aún que sean intermediarios directos de Dios o de sus mensajeros.
10. Sólo los espíritus puros reciben la misión de transmitir la palabra de Dios, pues hoy sabemos que los espíritus están lejos de ser todo perfectos y que algunos intentan aparentar lo que no son, razón por la cual San Juan ha dicho: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios” (Primera Epístola Universal de San Juan Apóstol 4:1).
Hay revelaciones apócrifas y mentirosas, pero también las hay serias y verdaderas. El carácter esencial de la revelación divina es el de verdad eterna. Toda revelación factible de error o sujeta a modificaciones no emana de Dios. Es por eso que el Decálogo presenta los caracteres de su origen, mientras que las otras leyes mosaicas de índole transitoria, a menudo contradictorias con la ley del Sinaí, son la obra personal y política del legislador hebreo. Al dulcificarse las costumbres del pueblo, las leyes cayeron en desuso, mientras que el Decálogo, faro de la Humanidad, siguió en pie. Cristo construyó el edificio de sus enseñanzas basándolo en el Decálogo, mientras que abolió las otras leyes. Si éstas hubiesen sido obra de Dios, no las hubiera tocado. Cristo y Moisés son los dos grandes reveladores que cambiaron la faz del mundo, y en ello reside la prueba de la misión divina de ambos. Una obra puramente humana no hubiera poseído tanta fuerza.
11. Una revelación importante tiene lugar en nuestra época: la que nos revela la posibilidad de comunicarnos con los seres del mundo espiritual. Dicho conocimiento no es de ningún modo nuevo, pero había permanecido ocultamente, y sin beneficio alguno para la Humanidad, hasta nuestros días. La ignorancia de las leyes que gobiernan estas relaciones había ahogado al conocimiento, disfrazándolo de superstición. El hombre era incapaz de extraer para su beneficio deducción alguna. Nuestra época es la encargada de suprimir los accesorios ridículos, comprender su alcance y lograr la luz que debía iluminar el camino del porvenir.
12. El Espiritismo, haciéndonos conocer el mundo invisible que nos rodea y en medio del cual vivimos, las leyes que lo gobiernan, sus relaciones con el mundo visible, la naturaleza y el estado de los seres que lo habitan y, en consecuencia, el destino del hombre después de la muerte, es una auténtica revelación en el sentido científico de la palabra.
13. Por su naturaleza, la Revelación Espírita tiene un carácter doble: es a la vez una revelacióndivina y una revelación científica. Es divina, porque su llegada es providencial y no es el resultado de la iniciativa humana. Porque los puntos fundamentales de la Doctrina son el producto de la enseñanza impartida por los espíritus, encargados de Dios de revelar a los hombres cosas que éstos ignoraban y que no podían saber sin ayuda, y porque es importante revelar estas cosas hoy, pues los hombres están maduros para comprenderlas. Es científica, porque la enseñanza no es privilegio de ningún
individuo en especial, sino que es impartida a todos, por la misma vía, y porque quienes la trasmiten y quienes la reciben no son de ninguna manera seres pasivos, liberados del trabajo de la búsqueda y la observación, así como no pierden su juicio y libre albedrío ni les está prohibido el control. Por el contrario, se les recomienda ejercerlo para que la Doctrina no sea dictada ni impuesta ciegamente, y para que ella sea el producto del trabajo del hombre, de la observación de hechos que los espíritus les muestran y de la instrucciones que les dan, instrucciones que el hombre estudia, comenta y compara, y de las cuales él mismo saca las conclusiones. En una palabra, lo que caracteriza a la Revelación Espírita es que su origen pertenece a Dios, la iniciativa a los espíritus y su elaboración es obra del hombre.
14. Como método de elaboración, el Espiritismo utiliza exactamente el mismo que las ciencias positivas, es decir, aplica el método experimental. Se presentan hechos de un orden nuevo que no pueden explicarse mediante las leyes conocidas: el Espiritismo los observa, compara y analiza, y del efecto se remontan a la causa y de ésta a la ley que los gobierna, luego deduce las consecuencias y busca aplicaciones útiles. No establece ninguna teoría preconcebida, motivo por el cual no ha formulado hipótesis sobre la existencia e intervención de los espíritus, como tampoco sobre el periespíritu, la reencarnación ni ningún otro de los principios de la Doctrina. Ha terminado por aceptar la existencia de los espíritus cuando esa existencia se mostró evidente a través de la observación de los hechos, y de igual manera se ha manejado con los demás principios. No son los hechos los que han venido a confirmar la teoría, sino ésta es la que ha llegado posteriormente para explicar y resumir los hechos. Es rigurosamente exacto decir pues, que el Espiritismo es una ciencia de observación y no producto de la imaginación. Las ciencias no progresaron seriamente hasta que basaron sus estudios en el método experimental. Hasta hoy se pensaba que ese método sólo era aplicable a la materia, mientras que lo es igualmente para las cosas metafísicas.
15. Veamos un ejemplo. En el mundo de los espíritus acaece un hecho muy singular, y que nadie sospechaba siquiera: se trata de ciertos espíritus que creen seguir vivos. Pues bien, los espíritus superiores que conocen el hecho perfectamente, no vinieron anticipadamente a anunciarnos: “Hay espíritus que suponen que aún viven en la Tierra, que han conservado sus gustos, sus costumbres y sus instintos”, sino que han provocado manifestaciones de espíritus de esa categoría para que nosotros los observáramos. Cuando entramos en relación con esos espíritus, inciertos de su estado, o afirmando que aún estaban vivos y desempeñando sus tareas habituales, del ejemplo deducimos la regla. La multiplicidad de hechos análogos ha probado que no se trataba de una excepción, sino de una de las fases de la vida espírita que ha permitido estudiar todas las variedades y causas de esta ilusión singular y reconocer que, dicha situación, es propia de espíritus poco adelantados moralmente y que tuvieron determinados tipos de muerte. Sólo es temporal, mas puede prolongarse durante días, meses y hasta años. Vemos así cómo la teoría nació de la observación. Del mismo modo ocurre con los demás principios de la Doctrina.
16. La ciencia, propiamente dicha, tiene por objeto el estudio de las leyes del principio material, así como el objeto del Espiritismo es el conocimiento de las leyes del principio espiritual. Pero como este último principio es una de las fuerzas de la Naturaleza y actúa sin cesar sobre el principio material, y éste sobre aquél, resulta que el conocimiento de uno no puede complementarse sin el del otro. Por consiguiente, el Espiritismo y la ciencia se complementan mutuamente. La ciencia sin el espiritismo es impotente para explicar ciertos fenómenos, contando sólo con las leyes que rigen a la materia, así como el Espiritismo sin la ciencia carecería de apoyo y control. El estudio de las leyes de la materia debería preceder al de las leyes espirituales, ya que es la materia la que afecta antes a los sentidos. Si el Espiritismo hubiese llegado antes que los descubrimientos científicos hubiera sido una obra inútil, como todo aquello que llega antes de tiempo.
17. Todas las ciencias se suceden y encadenan racionalmente, unas nacen de otras, a medida que encuentren un punto de apoyo en las ideas y los conocimientos anteriores. La Astronomía, una de las primeras ciencias cultivadas, no salió de su faz primaria hasta el instante en que la Física reveló la ley de las fuerzas de los agentes naturales; la Química, impotente sin la Física, sucedió a ésta muy pronto, para luego marchar unidas, apoyándose mutuamente. La Anatomía, la Fisiología, la Zoología, la Botánica y la Mineralogía se convirtieron en ciencias con la ayuda de la Física y la
Química. La Geología, sin la Astronomía, la Física y la Química hubiera carecido de auténticos elementos vitales, motivo por el cual llegó después.
18. La ciencia moderna ha tomado en cuenta los cuatro elementos primitivos de los antiguos, y, de observación en observación, llegó a la concepción de un solo elemento generador de todas las transformaciones de la materia. Pero la materia, por sí sola, es inerte, no tiene vida, ni piensa ni siente, necesita unirse al principio espiritual. El Espiritismo no ha descubierto ni inventado tal principio, pero lo ha demostrado mediante pruebas irrecusables, lo ha estudiado, analizado, y ha constatado su acción evidente. Al elemento material, agregó el elemento espiritual. Esos dos elementos son los dos principios, la dos fuerzas vivas de la Naturaleza, mediante la unión indisoluble de ambos elementos se resuelven, sin esfuerzo, una infinidad de hechos, hasta hoy inexplicables.
El Espiritismo, al estudiar uno de los dos elementos que constituyen el Universo, establece forzosamente contacto con la casi totalidad de las ciencias y, por tal motivo, su llegada debía ser posterior a la creación de éstas. Nació por la fuerza de las cosas y por la imposibilidad de poderse explicar una infinidad de hechos con la sola ayuda de las leyes que rigen a la materia.
19. Se acusa al espiritismo de estar emparentado con la magia y la hechicería, pero se olvida que la astrología judiciaria, no tan lejana de nuestra época, es antepasada directa de la Astronomía, que la Química es hija de la alquimia, de la que ningún hombre sensato se ocuparía hoy. Nadie niega, sin embargo, que en la astrología y en la alquimia encontramos los gérmenes de las verdades que conformarían las ciencias actuales. A pesar de sus fórmulas ridículas, la alquimia fue la iniciadora de los estudios de los cuerpos simples y de la ley de afinidades. La astrología basaba sus estudios en la posición y movimientos de los astros, a los cuales observaba minuciosamente. Pero como ignoraba las leyes que gobiernan el mecanismo del Universo, consideraba a los astros seres misteriosos y les otorgaba, supersticiones, influencia moral y sentido revelador. Cuando Galileo, Newton y Kepler dieron a conocer sus leyes y el telescopio rasgó el velo al sumergir su mirada en las profundidades del espacio, hecho que fue considerado indiscreto por ciertos sectores, los planetas aparecieron como mundos simples similares al nuestro, con lo cual todo el andamiaje de maravillas se derrumbó.
Ocurre lo mismo al relacionar al Espiritismo con la magia y la hechicería. Éstas también se basaban en las manifestación de los espíritus, como la astrología en el movimiento de los astros. Pero, al ignorar las leyes que gobiernan al mundo espiritual, confundían las manifestaciones con sus prácticas y creencias absolutas. El Espiritismo moderno, fruto de la experiencia y la observación, ha hecho justicia. Sin duda, existe una distancia mucho mayor entre el Espiritismo y la magia que entre la Astronomía y la astrología o entre la Química y la alquimia. Pretender confundirlos es admitir que se ignora hasta lo más elemental.
20. El hecho de poder establecer comunicación con los seres del mundo espiritual trae consigo consecuencias de la mayor gravedad: es un mundo nuevo que se nos revela, un acontecimiento de la mayor importancia, puesto que ese mundo nos espera a todos, sin excepción. Ese conocimiento, al generalizarse, ocasionará profundas modificaciones en los hábitos, el carácter, las costumbres y las creencias, todo lo cual tiene una influencia enorme sobre las relaciones sociales. Es una revolución total que habrá de operarse en las ideas, revolución tanto mayor y poderosa ya que no está circunscrita a un pueblo o a una casta determinada, sino que abarca simultáneamente el alma de todas las clases, nacionalidades y cultos.
Es con razón, pues, que el Espiritismo es considerado como la tercera de las grandes revelaciones. Veamos en qué difieren entre sí y por qué lazo permanecen estrechamente unidas esas revelaciones.
1. La palabra elemento no se considera aquí como un cuerpo simple, elemental, de moléculas primitivas, sino como parte constituyente de un todo. El tal sentido, puede decirse que el elemento espiritual cumple una parte activa en la economía del Universo, así como se dice que el elemento civil y el elemento militar forman parte de la población, o que el elemento religioso entra en la educación, o bien que en Argelia existe un elemento árabe y un elemento europeo. [N. de A. Kardec.]
21. Moisés, como profeta, reveló a los hombres la existencia de un Dios único, Señor soberano y creador de todas las cosas. Promulgó la ley del Sinaí y creó las bases de la fe verdadera. Como hombre, fue el legislador de su pueblo. La fe primitiva de ese pueblo, al depurarse, habría de expandirse por el mundo entero.
22. Cristo tomó de la antigua ley lo que es eterno y divino y desechó lo que sólo era transitorio, meramente disciplinario y de hechura humana, y agregó la revelación de la vida futura, aquella de la que Moisés no había hablado, la relacionada con las penas y recompensas que esperan al hombre después de la muerte (ver la Revista Espírita, marzo de 1861).
23. La esencia de la revelación de Cristo, la piedra angular de toda su doctrina, es la nueva manera de concebir a Dios que ella nos brinda. Ya no es el dios terrible, celoso, vindicativo de Moisés, el dios cruel y sin piedad que riega la tierra con sangre humana, que ordena la masacre y el exterminio de pueblos enteros sin exceptuar siquiera a las mujeres, a los niños y a los ancianos, que castiga a todo un pueblo por la falta de su conductor, que se venga del culpable en la persona del inocente, que golpea a los niños por la culpa de sus padres, sino un Dios clemente, soberanamente justo y bueno, lleno de mansedumbre y misericordia, que perdona al pecador arrepentido y juzga a cada cual según sus obras. Ya no es el dios de un solo pueblo privilegiado, el dios de los ejércitos que encabeza los combates para sostener su propia causa contra el dios de los otros pueblos, sino el Padre común del género humano que extiende su protección a todos los niños y los incita a que vayan a Él. Ya no es más el dios que recompensa y castiga sólo con bienes terrenales, que construye gloria y felicidad con la servidumbre de los pueblos rivales y con la multiplicidad de la progenie, sino que dice a los hombres: “Vuestra verdadera patria no es de este mundo: está en el reino de los cielos. Allí, los humildes de corazón serán elevados y los orgullosos, humillados.” Ya no es más el dios que considera virtud la venganza y ordena devolver “ojo por ojo y diente por diente”, sino el Dios de misericordia que dice: “Perdonad las ofensas si queréis que las vuestras sean perdonadas. Devolved bien por mal, no hagáis al otro lo que no queréis que os hagan a vosotros.” Ya no es más el dios mezquino y minucioso que impone la forma de adorarlo y rigurosas penas en el caso de no obedecerla y que se ofende ante la inobservancia de una fórmula, sino el Dios grande que considera nuestros pensamientos y no la forma exterior del culto. Ya no es más el dios que quiere ser temido, sino Dios que quiere ser amado.
24. Dios es el eje de todas las creencias religiosas, la finalidad de todos los cultos, por tanto, el carácter de las religiones es de acuerdo con la idea que éstas tengan de Dios. Las religiones que hicieron a Dios vindicativo y cruel, creen honrarlo con actos de crueldad, con hogueras y torturas. Las que concibieron a Dios parcial y celoso, son intolerantes, son, en mayor o menor medida, detallistas de la forma, según lo hayan ideado más o menos manchado por debilidades y pequeñeces humanas.
25. Toda la doctrina de Cristo se funda en el carácter que Éste atribuye a la Divinidad. Con un Dios imparcial, soberanamente justo, bondadoso y misericordioso pudo hacer del amor a Dios y de la caridad hacia el prójimo la condición expresa para la salvación, y decir: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” Con esta única creencia instituyó el principio de igualdad de los hombres ante Dios y el de fraternidad universal. Pero, ¿era posible amar al dios de Moisés? No, sólo temerle.
La revelación de los verdaderos atributos de Dios, unida a la de la inmortalidad del alma y de la vida futura, modificó profundamente las relaciones mutuas entre los hombres, les impuso obligaciones nuevas y otras visión de la vida terrena. Debido a eso, ejerció influencia también sobre las costumbres y las relaciones sociales. Evidentemente, las consecuencias son el punto más importante de la revelación de Cristo, y es lamentable decir, sin embargo, que ése es el aspecto del que más nos hemos apartado y el punto más descuidado en la interpretación de sus enseñanzas.
26. Con todo, Cristo añadió “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté
con vosotros para siempre: el Espíritu de Verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve, ni lo conoce. Pero vosotros lo conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. [...] Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo he dicho” (San Juan, 14:16, 17 y 26, y San Mateo, 17:11).
Si Cristo no dijo todo lo que hubiese podido decir, es porque Él creyó necesario callar algunas verdades hasta que los hombres pudiesen comprenderlas. Por Él mismo sabemos que su enseñanza estaba incompleta, ya que anunció la llegada de quien debía completarla. Él preveía que se confundirían con respecto a sus palabras, que se desviaría su enseñanza y que destruirían lo que Él había hecho, ya que todo deberá restablecerse, y no se restablece sino lo que fue deshecho.
27. ¿Por qué Cristo llama Consolador al nuevo mesías? Ese apelativo, significativo y exento de ambigüedad, es una verdadera revelación. Cristo preveía que los hombres necesitarían ser consolados, lo que implica que en la creencia que erigirían no hallarían suficiente consuelo. Nunca fue Cristo más claro y explícito que en sus últimas palabras, a las que pocos prestaron atención, quizá porque temían sacarlas a la luz y profundizar su sentido profético.
28. Si Cristo no desarrolló su enseñanza de una forma completa, fue porque al hombre de ese tiempo le faltaban los conocimientos que adquiriría recién después de mucho andar, pues sin ellos no la hubiese comprendido. Muchas cosas le habrían parecido sin sentido, teniendo en cuenta el estado de los conocimientos de aquella época. Por completar su enseñanza debemos entender: explicarla y desarrollarla, ya que no se trata de agregar verdades nuevas, pues todo se hallaba en germen. Sólo faltaba la llave para descubrir el sentido de sus palabras.
29. Mas, ¿quién será capaz de interpretar las Sagradas Escrituras? ¿Quién puede adjudicarse ese derecho? ¿Quién posee la idoneidad suficiente, si no son los teólogos?
¿Quién se atreve? Primero, la ciencia, que no pide permiso a nadie para dar a conocer las leyes de la Naturaleza y salta, con toda su autoridad, sobre errores y los prejuicios. ¿Quién tiene ese derecho? En este siglo de emancipación intelectual y libertad de conciencia el derecho de examen pertenece a todos. Las Escrituras ya no son el arca santa que nadie se atrevía a tocar por temor de ser fulminado. En cuanto a la idoneidad necesaria, sin dudar de la de los teólogos y ciertos iluminados de la Edad Media -en especial de los Padres de la Iglesia- ésta no ha sido lo suficientemente amplia cuando condenaron como una herejía el movimiento de la Tierra y las creencia en los antípodas, y aun sin ir tan lejos, ¿los teólogos de nuestros días no han arrojado su anatema sobre los períodos de la formación de la Tierra?
Los hombres han explicado las Escrituras por medio de sus conocimientos fundamentados sobre las nociones falsas o incompletas que poseían acerca de las leyes de la Naturaleza, reveladas más tarde por la ciencia. Y ésta es también la razón por la cual los teólogos, incluso de muy buena fe, han confundido el sentido de ciertas palabras y hechos del Evangelio. Al querer confirmar una idea preconcebida, giraban insistentemente sobre el mismo círculo sin abandonar sus puntos de vista, de manera que veían sólo lo que anhelaban ver. Aunque fuesen sabios y teólogos eruditos no comprendían la acción de causas regidas por las leyes que ignoraban.
Pero, ¿quién podrá juzgar a las diferentes interpretaciones, a menudo contradictorias, hechas por personas ajenas a la teología? El futuro, la lógica y el buen sentido. A medida que nuevos hechos y nuevas leyes se revelan los hombres se van esclareciendo de manera que con el tiempo sabrán diferenciar los sistemas utópicos de la realidad. La ciencia revela ciertas leyes, el Espiritismo hace conocer otras. Unas y otras son indispensables para la comprensión de los textos sagrados de todas las religiones, desde Confucio y Buda hasta el Cristianismo. En cuanto a la teología, ella no puede, sin faltar a la justicia, acusar a la ciencia por sus contradicciones, dado que también adolece de unas cuantas.
30. El Espiritismo, teniendo su punto de partida en las mismas palabras de Cristo, como Cristo partió de las de Moisés, es una consecuencia directa de la doctrina cristiana.
A la vaga idea de la vida futura agrega la revelación de la existencia del mundo invisible que
nos rodea y que puebla el espacio, con lo cual contribuye a fortalecer la fe, dándole un cuerpo, una consistencia y una realidad en nuestros pensamientos.
Define los lazos que unen al cuerpo con el alma y levanta el velo que ocultaba a los hombres los misterios del nacimiento y de la muerte.
Gracias al Espiritismo el hombre sabe de dónde viene, hacia dónde va, por qué está sobre la Tierra, por qué sufre en esta vida temporalmente y comprende que la justicia de Dios todo lo penetra.
Sabe que el alma progresa sin cesar, al pasar de una a otra existencia, hasta el instante en que logra el grado de perfección necesario para acercarse a Dios.
Sabe que todas las almas tienen un mismo origen, que son creadas iguales y con idénticas aptitudes para progresar, en virtud de su libre albedrío. Que todas son de la misma esencia, y que entre ellas la única diferencia es la del progreso alcanzado. Todas tienen el mismo destino y lograrán igual meta, en mayor o menor lapso, según el trabajo y la buena voluntad que pongan en la tarea.
Sabe que no hay criaturas desheredadas o menos dotadas que otras, que Dios no crea seres privilegiados exentos del trabajo que les es impuesto para progresar; que no hay seres perpetuamente destinados al mal y al sufrimiento; que los que son designados demonios son espíritus atrasados e imperfectos que dañan en el estado de espíritus como lo hacían cuando eran hombres, pero que adelantarán y mejorarán; que los ángeles, o espíritus puros, no son seres privilegiados en la Creación, sino espíritus que han alcanzado su meta, después de haber recorrido el camino del progreso; que no hay creaciones múltiples ni categorías diferentes entre los seres inteligentes, sino que toda creación surge de la ley de unidad que gobierna al Universo y que todos los seres gravitan hacia una meta común: la perfección, sin que unos sean favorecidos a expensas de los demás, pues todos son hijos de sus obras.
31. Por las comunicaciones que el hombre puede establecer ahora con los seres que han abandonado la Tierra, el hombre tiene no solamente la prueba material de la existencia e individualidad del alma, sino que comprende la solidaridad que une a los vivos con los muertos de este planeta, y a los seres de este mundo con los habitantes de otros globos. Conoce la situación de los desencarnados en el mundo espiritual. Los sigue en sus migraciones, es testigo de sus alegrías y penas, y sabe por qué son felices o desgraciados y la suerte que les espera, según hayan hecho bien o mal. Esos contactos lo inician en la vida futura, puede observarla en todas sus fases y peripecias, el futuro ya no es una vaga esperanza, sino un hecho positivo, una certeza matemática. La muerte ya no tiene nada de terrorífico, es una liberación, la puerta que conduce a la verdadera vida.
32. Al estudiar a los espíritus, el hombre sabe que la felicidad o la desdicha en la vida espiritual son estados inherentes al grado de perfección o imperfección. Que cada cual sufre las consecuencias directas y naturales de sus errores, o, expresado de otra manera, que somos castigados por donde pecamos. Que las consecuencias duran tanto como la causa que las produjo y que el culpable sufriría eternamente si persistiese en el mal, pero que el sufrimiento cesa con el arrepentimiento y la reparación, y como depende de cada uno mejorar, todos pueden, en virtud de su albedrío, prolongar o abreviar sus sufrimientos, como el enfermo sufre por sus excesos hasta tanto no les ponga término.
33. La razón rechaza, como incompatible con la bondad divina, la idea de las penas irremisibles, perpetuas y absolutas, a menudo infligidas como castigo por una única falta, así como aquella otra que nos dice que ni siquiera el arrepentimiento más sincero y ardiente puede suavizar los suplicios del infierno. Pero se inclina ante la justicia distributiva e imparcial que todo lo considera, que nunca cierra la puerta al que desea entrar y que tiende siempre las manos al náufrago en vez de empujarlo al abismo.
34. La pluralidad de existencias, principio esbozado por Cristo en el Evangelio, mas definido sólo a medias, es una de las leyes más importantes reveladas por el Espiritismo, ya que ella
muestra la realidad y necesidad del progreso.
Mediante esta ley, el hombre se explica todas las anomalías aparentes que presenta la vida humana: las diferentes de posición social, las muertes prematuras que, sin la reencarnación, convertirían una vida abreviada en algo inútil para el alma. La desigualdad de aptitudes intelectuales y morales se resuelve también, si entendemos que todos los espíritus no tienen la misma antigüedad, que algunos han aprendido y progresado más, razón por la cual, al nacer, traen lo adquirido en existencias anteriores.
35. La doctrina de la creación del alma en el acto del nacimiento constituye un sistema de creaciones privilegiadas. Los hombres son extraños entre sí, pues nada los une. Los lazos de familia son puramente carnales. No existe solidaridad con un pasado en el que no se existía ni con la nada después de la muerte. Toda relación termina junto con la vida. Tampoco hay solidaridad con el porvenir. Con la reencarnación, en cambio, los hombres son solidarios con respecto al pasado y al futuro: las relaciones se perpetúan en el mundo espiritual y en el corporal, la fraternidad se basa en las leyes mismas de la Naturaleza y el bien tiene su meta y el mal sus consecuencias ineludibles.
36. Con la reencarnación desaparecen los prejuicios de razas y de castas, ya que el mismo espíritu puede renacer rico o pobre, gran señor o proletario, patrón o subordinado, libre o esclavo, hombre o mujer. La reencarnación es el argumento más lógico de todos los invocados contra la injusticia de la servidumbre, la esclavitud y la sujeción de la mujer al más fuerte. La reencarnación funda el principio de la fraternidad universal en una ley natural, y en ésta basa el principio de igualdad de derechos sociales y, en consecuencia, el de libertad.
37. Si se hace abstracción en el hombre de su espíritu libre, independiente y sobreviviente a la materia, sólo queda de él una máquina organizada, sin responsabilidad y carente de fines, manejada por la ley civil con escaso éxito y apta para la explotación. En resumen: el hombre sería sólo un animal con inteligencia. Si no espera nada después de la muerte, no hay frenos que detenga su pasión por aumentar los goces materiales. Si sufre, no tiene otra perspectiva ni otro refugio que la desesperación y la nada. Mas, si tiene la certeza de un futuro, del reencuentro con los seres amados y el temor de volver a ver a quienes ofendió, todas sus ideas cambian. Aunque el Espiritismo sólo hubiese quitado al hombre sus dudas acerca de la vida futura, ya hubiera hecho más por su adelanto moral que todas las leyes disciplinarias que lo frenan, pero no lo cambian.
38. Sin la preexistencia del alma, la doctrina del pecado original sería inconciliable con la noción de justicia divina, ya que responsabilizaría a todos los hombres por el pecado de uno solo. Carecería, además, de sensatez y justicia si, ateniéndonos a tal doctrina, creyéramos que ese alma no existía en la época en que se cometió la falta, por la cual se pretende responsabilizarla.
Con la preexistencia, sabemos que el hombre trae consigo al renacer el germen de las imperfecciones y defectos que no ha corregido y que se traducen en instintos innatos y tendencias determinadas hacia tal o cual vicio. Allí reside su auténtico pecado original, por el cual sufre naturalmente sus consecuencias, mas, con una diferencia capital, su sufrimiento se origina en errores propios y no en los de un tercero. Además, existe una segunda diferencia que alivia, consuela y trasunta equidad: cada existencia ofrece al hombre los medios para redimirse y reparar, así como para progresar, ya sea liberándose de alguna imperfección o adquiriendo nuevos conocimientos, hasta el momento en que su purificación sea completa y no tenga más necesidad de la vida corporal y pueda vivir entonces la vida de los espíritus, eterna y bienaventurada.
Debido a esa misma razón, quien ha progresado moralmente trae al renacer cualidades naturales, al igual que quien ha progresado intelectualmente posee ideas innatas, se identifica con el bien, lo practica sin esfuerzo, sin cálculo, y, por así decirlo, sin pensar siquiera. En cambio, quien está obligado a combatir sus malos instintos permanece todavía en estado de guerra interno. El primero ya venció, el segundo lucha por vencer. Por consiguiente, hay virtud original, como hay saber original y pecado, o dicho con más propiedad, vicio original.
39. El Espiritismo experimental estudió las propiedades de los fluidos espirituales y su acción sobre la materia. Ha demostrado la existencia del periespíritu, presentido por los antiguos y designado por San Pablo cuerpo espiritual, es decir, el cuerpo fluídico que acompaña al alma después de la destrucción del cuerpo tangible. Sabemos hoy que el periespíritu es inseparable del
alma, que es uno de los elementos constitutivos del ser humano y el vehículo transmisor del pensamiento que durante la vida corporal sirve del lazo entre el espíritu y la materia. El periespíritu juega un papel muy importante en el organismo y en un sinnúmero de enfermedades que están ligadas estrechamente con la Fisiología y la Psicología.
40. El estudio de las propiedades del periespíritu, de los fluidos espirituales y de los atributos fisiológicos del alma abre nuevos horizontes a la ciencia y explica una infinidad de fenómenos incomprensibles hasta hoy, debido a la ignorancia de la ley que los gobierna. Estos fenómenos son negados por el materialismo porque se relacionan con lo espiritual, a la vez que calificados de milagros o sortilegios por otras creencias. Tales son, entre otros, los fenómenos de doble vista y de visión a distancia, de sonambulismo, ya sea natural o provocado, de efectos físicos, catalepsia y letargia, presciencia, presentimientos, transfiguraciones, apariciones, transmisión de pensamiento, fascinación, curas instantáneas, obsesiones y posesiones, etcétera. Demostrando que tales fenómenos obedecen a leyes tan naturales como las que rigen para los fenómenos eléctricos, así como las condiciones normales en que se producen, el Espiritismo destruye el imperio de lo maravilloso y sobrenatural, y, en consecuencia, la fuente de la mayor parte de las supersticiones. Al mismo tiempo que hace comprender la posibilidad de ciertos hechos hasta hoy considerados quiméricos, rechaza otros, demostrando su imposibilidad e irracionalidad.
41. El Espiritismo, lejos de negar o destruir el Evangelio, llega para confirmarlo, explicarlo y desarrollarlo, ayudado por las nuevas leyes naturales que revela. Clarifica los puntos oscuros de la doctrina de Cristo, de manera que para quienes no entendían o resultaban inadmisibles ciertos pasajes del Evangelio ahora podrán comprenderlos y admitirlos gracias al Espiritismo. Sabrán mejor su alcance y diferenciarán lo real de lo alegórico. Cristo les parecerá más grande: ya no será para ellos un simple filósofo, sino el Mesías divino.
42. El Espiritismo posee, además un poder moralizador incalculable en razón de la finalidad que asigna a todas las acciones de la vida y de las consecuencias que nos demuestra respecto a la práctica del bien y del alma. Asimismo nos brinda, en los momentos penosos, gracias a una inalterable confianza en el futuro, fuerza moral, valor y consuelo. El poder moralizador está, también, en la fe de saber que tenemos cerca nuestro a los seres que hemos amado, la seguridad de reencontrarlos y la posibilidad de relacionarnos con ellos. En resumen: la certeza de que todo lo que hemos hecho o adquirido en inteligencia, conocimientos o moral, hasta el último día de nuestras vidas, no se perderá, nos ayudará a progresar. Vemos, por tanto, que el Espiritismo cumple con todas las promesas de Cristo cuando anunció al Consolador. Y como es el Espíritu de Verdad quien preside este importante movimiento regenerador, la promesa de su llegada se ve plenamente cumplida, ya que él es el verdadero consolador.
43. Si sumamos a todos estos resultados la rápida e insólita propagación del Espiritismo, a pesar de todo lo que se intenta para destruirlo, no se puede dudar de que su llegada es providencial, ya que triunfa sobre las fuerzas contrarias y la mala voluntad humana. El Espiritismo se basa sólo en el poder de una idea. Sin embargo, es aceptado con facilidad por un gran número de personas, lo que prueba que responde a una necesidad: la de creer en algo después de vacío dejado por una etapa de incredulidad, razón por la que podemos afirmar que llegó en el momento preciso.
44. Entre los adeptos hay muchos seres sufrientes, y esto no sorprende, puesto que es mucha gente que busca el acogimiento de una doctrina que siembra el consuelo y la prefiera a aquellas
Muchos padres deploran que las muertes prematuras de sus hijos hagan inútiles todos los sacrificios realizados para educarlos. Quienes creen en el Espiritismo, no lamentan esos esfuerzos, e incluso estarían dispuestos a realizarlos aunque tuviesen la certeza de que sus hijos morirían a temprana edad, ya que saben que si sus hijos no aprovechan esa educación en la vida terrestre, les servirá para adelantar como espíritus o en una nueva existencia, y que cuando reencarnen, poseerán un bagaje intelectual que les ayudará a adquirir nuevos conocimientos más fácilmente.
Esos son los niños que traen al nacer ideas ya formadas, que saben sin aprender. Si los padres no tienen la satisfacción inmediata de ver a sus hijos aprovechar la educación dada, saben que la utilizarán más adelante, ya sea en el estado de espíritus o en el estado de hombres. Quizás sean nuevamente padres de esos mismos niños, a quienes se les llama dotados y deben sus aptitudes a una educación anterior. Si, por el contrario los han descuidado, éstos sufrirán más tarde por su negligencia penas y molestias ocasionadas por quienes fueron en otra vida sus hijos. (El Evangelio según el Espiritismo, cap. V, n.º 21: “Muertes prematuras”). [N. de A. Kardec.]
otras que causan desazón, y porque a los desheredados, más que a los felices del mundo, se dirige el Espiritismo. Quien está enfermo recibe al médico con más alegría que quien está sano. Los enfermos son los hombres que sufren, y el médico es el Consolador.
Vosotros, que combatís al Espiritismo, si pretendéis que la gente lo deje de lado para seguiros, debéis dar más y mejor que él, curar con más certidumbre las heridas del alma. Dad más consuelo, más tranquilidad al corazón, esperanzas más legítimas, certezas mayores. Dibujad un futuro más racional y seductor, mas no pretendáis conseguir adherentes hablándoles de la nada, o dándoles a elegir entre las llamas del infierno o la beata e inútil contemplación perpetua.
45. La primera revelación estuvo personificada por Moisés. La segunda por Cristo. La tercera, por nadie en especial. Las dos primeras son individuales, la tercera es colectiva, y ésta es una característica esencial de gran importancia. Es colectiva porque no se hizo a nadie en particular, no hay un profeta exclusivo. La revelación fue hecha simultáneamente en infinidad de lugares, a millones de personas de diferentes edades y posición social, sin excluir al humilde ni al poderoso y conforme con la profecía del autor de los Hechos de los Apóstoles, 2:17: Y en los postreros días, dice Dios, Derramaré de mi espíritu sobre toda carne, Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, Vuestros jóvenes verán visiones, Y vuestros ancianos soñarán su Para poder oficiar un día de lazo de unión de todos, la revelación no surgió de ningún culto en especial,
46. Por ser producto de una enseñanza personal, las dos primeras revelaciones han sido forzosamente locales, es decir, sucedieron en un solo lugar. La idea se fue expandiendo poco a poco, partiendo de ese mismo sitio, mas hicieron falta muchos siglos para que esas ideas alcanzasen a todos los ámbitos del mundo, y, aun así, no lo invadieron por entero. La Tercera Revelación tiene una particularidad: no está personificada en un individuo, se produjo simultáneamente en millares de sitios diferentes y todos ellos se convirtieron en centros de difusión. Esos centros se fueron multiplicando y sus ondas difusoras se unirán con el correr del tiempo, como los círculos que forman las piedras cuando se arrojan al agua, de manera que llegará el momento en que cubrirán la superficie entera del globo.
Esa es una de las causas de la rápida difusión de la Doctrina. Si hubiese surgido en un solo lugar, como obra exclusiva de un hombre, se habría formado una secta alrededor de él, mas habría transcurrido medio siglo hasta alcanzar los límites de país de origen. En cambio en sólo diez años ha plantado mojones en el mundo entero.
47. Esta circunstancia no es común en la historia de las doctrinas. Le otorga una fuerza excepcional y un poder de acción irresistible. En efecto, aunque se la reprima en un determinado lugar o país, es materialmente imposible atacarla en todos los lugares y en la totalidad de los países. Si hubiese una región en la su que acción fuera obstaculizada, hay mil en donde podrá florecer. Más aún, aunque a la Doctrina pueda sofocársela en un individuo, no puede serlo en los espíritus, que son la fuente de que proviene. Y como los espíritus están por doquier y existirán siempre, y, aunque
En el gran movimiento de ideas que se prepara mediante el Espiritismo, y que ya se comienza a operar, nuestro papel personal es el del observador atento que estudia los hechos para encontrar la causa y sacar conclusiones. Hemos confrontado todo el material que pudimos reunir, hemos comparado y comentado las instrucciones dadas por los espíritus en diferentes lugares del planeta, y, finalmente, coordinamos metódicamente la totalidad de los hechos. Resumiendo, estudiamos y revelamos al público el fruto de nuestras investigaciones, sin atribuir a nuestros trabajos otro valor que el de una obra filosófica, producto de la observación y de la experiencia, sin considerarnos líderes del movimiento y sin pretender imponer nuestras ideas a nadie. Al publicarlas, hemos hecho uso de un derecho común. Quienes las han aceptado lo han hecho libremente. Si estas ideas encontraron numerosos adeptos es, sin duda, porque responden a las esperanzas de muchos, pero no por ello nos envanecemos, ya que el origen de la Doctrina no nos pertenece. La perseverancia y la devoción a la causa que hemos abrazado son nuestros únicos méritos. Hemos actuando como lo hubieran hecho otros, razón por la cual jamás pretendimos jugar al profeta o al mesías, y menos aún, considerarnos tales. [N. de A. Kardec.]
se llegase a ahogar sus voces, muy hipotéticamente hablando, volveríamos a escucharlas tiempo después, porque la Doctrina se basa sobre un hecho natural, y no es posible suprimir las leyes de la Naturaleza. Sepan esto quienes sueñan con el derrumbe del Espiritismo (Revista Espírita, febrero de 1865: “Perpetuidad del Espiritismo”).
48. Sin embargo, esos centros diseminados por el mundo habrían permanecido largo tiempo aislados unos de otros y confinados en sus respectivos y lejanos países. Era necesario, pues, un lazo de unión que comunicase los pensamientos de los hermanos de creencia para que cada uno supiese lo que ocurría en otros sitios. Ese lazo de unión habría faltado al Espiritismo en la antigüedad, pero lo encontramos hoy en las publicaciones que llegan a todos los sitios y que condensan en una forma única, concisa y metódica la enseñanza brindada de múltiples maneras, en diversos puntos y distintos idiomas.
49. Las dos primeras revelaciones fueron expresadas mediante la enseñanza directa porque debían imponer la fe mediante la autoridad de la palabra del Maestro. Los hombres no poseían un grado de progreso suficiente como para ayudar a su elaboración. Aunque las dos revelaciones fueron hechas al mismo pueblo, percibimos una sensible diferencia entre ambas, que concuerda con el progreso operado en las costumbres e ideas durante los dieciocho siglos que transcurrieron entre la primera y la segunda. La doctrina de Moisés es absoluta y despótica, no admite discusión y se impone al pueblo por la fuerza. La de Jesús es persuasiva, consejera, su aceptación es libre y produjo controversias aun en vida de su fundador, quien, por otra parte, no desdeñaba discutir con sus adversarios.
50. La Tercera Revelación llega en una época de emancipación y madurez intelectual, cuando la inteligencia desarrollada no se conforma con papeles pasivos, cuando el hombre ya no acepta nada a ciegas, mas quiere ver hacia dónde se lo lleva y saber el porqué y el cómo de cada cosa. Esta nueva revelación tenía que ser, al mismo tiempo, producto de la enseñanza y fruto del trabajo, la investigación y el libre examen. Los espíritus sólo enseñan aquello que es necesario al hombre para poder encaminarlo por el sendero de la verdad, mas se abstienen de revelarle lo que puede descubrir por sí mismo, dejándole el trabajo de discutir, controlar y razonar los fenómenos, e incluso de adquirir experiencia sin ayuda. Los espíritus entregan al hombre el principio y los elementos: el hombre será el encargado de sacarles utilidad y realizar el trabajo ).
51. Los elementos del la Revelación Espírita fueron sembrados al unísono en una gran cantidad de sitios, revelados a infinidad de hombres de condiciones sociales diversas y con diferentes grados de instrucción. Por ello es que las observaciones, las conclusiones a extraer y las deducciones de las leyes que gobiernan esas clases de fenómenos no podían hacerse por doquier con el mismo resultado. En una palabra, la conclusión que debía asentar las ideas no podía surgir sino del conjunto y de la correlación de los hechos. Los centros, aislados y circunscritos a un determinado círculo de personas, eran testigos generalmente de una sola categoría de fenómenos, a veces hasta de apariencia contraria. No tenían contacto, tampoco, con todas las clases de espíritus y, además, estaban obstaculizados por influencias locales, encontrándose en la imposibilidad material de abarcar el conjunto, siendo, por tanto, impotentes para extraer de observaciones aisladas un principio general común. Cada uno apreciaba los hechos según sus propios conocimientos y creencias anteriores o según las opiniones particulares de los espíritus que se manifestaban, lo cual motivó que muy pronto se hubieran creado tantas teorías y sistemas como centros y a todas les hubiera faltado algo al carecer de elementos de comparación y control. En una palabra, cada cual hubiera permanecido atado a una revelación parcial, creyendo poseer toda la verdad e ignorando que en otros cien lugares se sabía más.
52. Por otra parte, es necesario recordar que en ningún sitio la enseñanza espírita fue completa. La variedad y cantidad de temas a tratar y las enormes exigencias: conocimientos y aptitudes mediúmnicas especiales hubieran hecho imposible reunir en un determinado lugar todas las condiciones necesarias. La enseñanza debía ser colectiva y no individual, por lo cual los espíritus dividieron el trabajo, diseminando los temas de estudio y observación, al igual que en ciertas fábricas varios obreros construyen los diferentes partes de un mismo objeto.
La revelación se hizo de manera parcial en diferentes lugares y mediante una gran cantidad
de intermediarios, y es así como continúa haciéndose, ya que todo no ha sido revelado. Cada centro encontró en los demás el complemento de lo que obtuvo, y el conjunto y la coordinación de todas las enseñanzas parciales han integrado la Doctrina Espírita. Era necesario agrupar los hechos dispersos para comprobar su correlación, reunir la documentación y las instrucciones dadas por los espíritus sobre diferentes puntos y otros diversos para comparar, analizar y estudiar analogías y diferencias. Como las comunicaciones recibidas provienen de espíritus de todas las categorías, desde las más adelantadas hasta las menos avanzadas, era preciso acordar el grado de confianza que la razón podía permitirles, diferenciar las ideas individuales y aisladas de aquellas que aparecían en la enseñanza general de los espíritus, separar las ideas utópicas de las prácticas, suprimir aquellas otras, notoriamente desmentidas por los descubrimientos de la ciencia positiva y la lógica sana, utilizar los errores y los datos brindados por los espíritus, incluso los recibidos de espíritus atrasados, para conocer el estado del mundo invisible y crear un conjunto homogéneo. En resumen: era indispensable formar un centro de elaboración, libre de prejuicios y preconceptos, dispuesto a aceptar la verdad cuando ésta fuese evidente, aunque estuviese en franca oposición con las opiniones personales. Ese centro se creó sin premeditados y por la fuerza de las circunstancias.
53. Debido a ese estado de cosas surgieron dos corrientes ideológicas: una iba de los extremos al centro y la otra recorrería el mismo camino, pero en sentido inverso. Así es como la Doctrina se encaminó muy pronto hacia la unidad, no obstante la diversidad de fuentes de origen. Los sistemas divergentes fueron desapareciendo, debido al aislamiento, producto del ascendiente cada vez mayor de la opinión mayoritaria y de la imposibilidad de lograr adeptos. Se estableció desde entonces una comunidad de pensamientos entre diferentes centros. Los que hablan el mismo leguaje espiritual se comprenden y simpatizan, no importa en qué lugar del mundo se hallen. Los espíritas se fortalecieron, lucharon con más valor y caminaron con más seguridad cuando vieron que no estaban aislados, cuando sintieron que tenían un punto de apoyo, un lazo que los unía a la gran familia. Los fenómenos que presenciaban ya no les parecieron extraños, ni anormales ni contradictorios cuando pudieron asociarlos con las leyes generales de armonía universal y pudieron abarcar de una mirada el todo y encontrarle a ese una finalidad importante y humanitaria. El Libro de los Espíritus, primera obra que introduce al Espiritismo en la vía filosófica por la deducción de las conclusiones morales de los hechos y que aborda todos los aspectos de la Doctrina, haciéndose cargo de las cuestiones más importantes, fue, desde su publicación, el punto de unión hacia el cual convergieron los trabajos individuales. Es necesario recordar que la era del Espiritismo filosófico se inicia con la aparición de ese libro; hasta entonces el Espiritismo se consideraba una mera experiencia curiosa. Si él conquistó las simpatías de la mayor parte de los lectores, fue porque expresaba los sentimientos de todas esas personas y respondía a sus aspiraciones, así porque cada cual encontraba en él la confirmación y explicación racional de aquello que le sucedía. Si hubiera estado en desacuerdo con la enseñanza general de los espíritus no hubiese tenido éxito y habría sido olvidado prontamente. Mas, ¿de quién es ese mérito? No del hombre, ser mortal y efímero, que no es nada por sí solo, sino de la idea que no se extingue cuando emana de una fuente superior a él.
Esa concentración espontánea de fuerzas dispersas dio lugar a una gran correspondencia, monumento único en el mundo, cuadro vivo de la verdadera historia del Espiritismo moderno, que refleja a la vez los trabajos parciales, los sentimientos múltiples que originó la Doctrina, los resultados morales, las desviaciones y las caídas; archivos preciosos para la posteridad que podrá juzgar a hombres y cosas valiéndose de piezas auténticas. Frente a semejante testimonio, ¿qué será de todos los alegatos falsos y las difamaciones, producto de la envidia y los celos? [N. de A. Kardec.] Un hecho significativo, tan notable como conmovedor, respecto a la comunión de pensamientos que se establece entre los espíritas por la uniformidad de creencias, es la solicitud de plegarias que nos llegan de los países más lejanos, desde el Perú hasta los extremos del Asia, procedentes de personas de religiones y nacionalidades diversas, a quienes jamás hemos visto. ¿No es esto el preludio de la gran unificación que se prepara y la prueba de las profundas raíces que en todas partes echa el Espiritismo?
Es necesario tener en cuenta que todos los grupos que se formaron con la intención premeditada de romper vínculos y proclamar principios divergentes, al igual que aquellos otros que por razones de amor propio pretendieron desacatar la ley común, creyéndose lo suficientemente fuertes como para marchar solos, o lo bastante iluminados como para prescindir de consejos, no han podido dar forma a ninguna idea de importancia y todos ellos han desaparecido o vegetan en las sombras. ¿Cómo podía ser de otra forma, si para distinguirse es preciso esforzarse por mejorar, y ellos dejaron de lado los principios vitales de la Doctrina, justamente aquellos que tienen más poder de atracción, aquellos que brindan mayor consuelo y valor y que son más racionales? Si hubieran captado el poder de los elementos morales que llevaron a la unidad, no se hubieran dejado arrastrar por una ilusión quimérica y no hubiesen considerado a su pequeño mundo el Universo, ni creído que nuestros
Mas, ¿cómo saber si un principio se enseña en todas partes o si sólo es el resultado de una opinión individual? Los grupos aislados ignoraban lo que se opinaba en los distintos centros, siendo necesario crear, por tanto, un centro que reuniese todas las instrucciones para realizar una especie de selección de ideas y dar a conocer a todos la opinión de la mayoría.
54. Ninguna ciencia surgió íntegra del cerebro de un hombre. Todas, sin excepción, son el resultado de observaciones sucesivas, producto, a su vez, de otras anteriores, lo que equivale a decir que la ciencia se apoya sobre lo conocido para llegar a lo que desconoce. Así han actuado los espíritus con respecto al Espiritismo, y por ese motivo su enseñanza es gradual. No abordan los temas hasta que los principios sobre los cuales se apoyan se hallen elaborados y que la opinión esté madura para asimilarlos. Todas las veces que centros particulares han intentado adentrarse en ciertos temas, prematuramente, no han obtenido más que respuestas contradictorias y no concluyentes. Cuando, por el contrario, el momento adecuado ha llegado, la enseñanza se generaliza y unifica en todos los centros.
Hay, sin embargo, una diferencia capital entre la marcha del Espiritismo y el avance de las ciencias: éstas han llegado a su posición actual después de largos intervalos, mientras que el Espiritismo, si bien no ha alcanzado su punto culminante, ha reunido en muy pocos años una cantidad de observaciones suficientes como para constituir una doctrina. Eso se debe a la gran cantidad de espíritus, que obedeciendo la voluntad de Dios, se manifestaron simultáneamente aportando cada uno el cúmulo de sus conocimientos. De allí que la Doctrina íntegra no haya tardado siglos ni necesitado pasar por etapas sucesivas para completar su elaboración. Unos pocos años fueron suficientes, bastó agrupar a las diferentes partes para conformar el todo.
Dios quiso que fuera así, en principio, para que el edificio llegase con prontitud hasta la cúpula. Y en segundo término, para que la universalidad de la enseñanza sirviese para comparar, oficiando de control en forma inmediata y permanente. Cada parte carece de valor y autoridad si se desconecta del conjunto: todas las partes deben armonizar, encontrar su lugar dentro del cuadro general y llegar cuando sea el momento propicio.
Dios no confió a un solo espíritu la difusión de la Doctrina. Quiso que pequeños y grandes cooperasen con su granito de arena para que se estableciese entre todos un lazo solidario que había faltado a las otras doctrinas de fuente única.
Además, los espíritus, al igual que los hombres, poseen una cuota limitada de conocimientos. Individualmente son incapaces de responder a los innumerables interrogantes que competen al Espiritismo. Por ese motivo, para cumplir con los propósitos del Creador un solo espíritu y un solo médium no hubiese bastado, era preciso el trabajo colectivo y controlable.
55. Hay que tener en cuenta un último rasgo distintivo de la Revelación Espírita, el cual surge de las condiciones mismas en que fue realizándose, y es que, apoyándose sobre hechos, su carácter es esencialmente progresivo, como el de todas las ciencias de observación. Por su esencia, fraterniza con la misma, la cual, al ser producto de las leyes de la Naturaleza en cierto orden de hechos, no puede contrariar la voluntad de Dios, autor de dichas normas. Los descubrimientos de la ciencia glorifican a Dios, en lugar de disminuirlo. Sólo destruyen lo que los hombres construyeron sobre las ideas falsas que se formaron de Dios.
El Espiritismo sólo erige como principio absoluto lo que se ha demostrado con evidencia o lo que surge de la observación lógica. Está hermanado con todas las ramas de la economía social, a adherentes eran una camarilla fácil de atropellar. ¡Extraña ignorancia del carácter esencial de la Doctrina! Tamaño error no podía llevar sino a la desilusión. En lugar de resquebrajar la unidad, han roto el único vínculo que podía darles fuerzas y vida (ver la Revista Espírita, abril de 1866: “El Espiritismo sin los espíritus” y “El Espiritismo independiente”. [N. de A. Kardec.]
Ese es el objetivo de nuestras publicaciones, que pueden considerarse como el producto de esa selección. Se discuten todas las opiniones, pero no se formulan principios hasta haber recibido la conformidad de todos los controles: sólo ellos pueden otorgarle fuerza de ley y llevarnos a la afirmación. Por eso no lanzamos ninguna teoría con ligereza. La fuerza y la perdurabilidad de la Doctrina son un hecho y se deben a la procedencia de la misma y a su independencia de toda idea preconcebida. [N. de A. Kardec.]
. Ver en El Evangelio según el Espiritismo su “Introducción:II” y la Revista Espírita de abril de 1864: “Autoridad de la Doctrina Espírita. Control universal de la enseñanza de los espíritus.” [N. de A. Kardec.]
quienes presta el apoyo de sus propios descubrimientos, se amalgama a todas las doctrinas progresistas, no importa el orden al que pertenezcan, siempre que hayan salido del dominio de la utopía y se hayan convertido en verdades prácticas. Si dejase de lado lo que es, negaría su origen y finalidad providencial y terminaría aniquilándose. El Espiritismo marcha al ritmo del progreso y nunca quedará rezagado, porque si nuevos descubrimientos le demuestran que está equivocado en algo o si se revelase una nueva verdad, él habrá de rectificarse.
56. ¿Cuál es la utilidad moral de la Doctrina de los espíritus, si no difiere de la enseñada por Cristo? ¿Necesita el hombre de una revelación o puede encontrar dentro suyo lo que precisa para producirse?
Desde el punto de vista moral, Dios otorgó al hombre una guía: su conciencia, que le dice: “No hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti.”
Indudablemente, hay una moral natural inscrita en el corazón de los hombres, pero, ¿todos saben leer en su alma? ¿No han desobedecido nunca esos sabios preceptos? ¿Qué han hecho de la doctrina de Cristo? Aquellos que la enseñan, ¿la practican en realidad? ¿No se ha convertido, acaso, en letra muerta, en una bella teoría buena para los demás pero no para nosotros? ¿Reprocharían ustedes a un padre que repitiese diez veces, tal vez ciento, las mismas instrucciones a sus hijos si éstos no lo escucharan? ¿Por qué considerar a Dios diferente a ese padre de familia? ¿Por qué no ha de enviar a los hombres, de tiempo en tiempo, mensajeros especiales encargados de recordarles sus deberes y encaminarlos por el sendero del bien cuando se desvían o abrirles los ojos de la inteligencia cuando los mantienen cerrados, al igual que los hombres más adelantados envían misioneros a los pueblos salvajes?
Los espíritus no enseñan otra moral que la de Cristo, por la simple razón que no existe doctrina mejor. Entonces, ¿de qué sirve su enseñanza, si repite lo que ya sabemos? Otro tanto se podría decir de la doctrina de Cristo, que fue difundida quinientos años antes de su llegada por Sócrates y Platón y en términos casi idénticos, o la divulgada por todos los moralistas que repiten lo mismo en diferentes tonos. ¡Pues bien! Los espíritus vienen simplemente para aumentar el número de moralistas
, mas con la diferencia de que al manifestarse por doquier su voz se escucha tanto en la choza como en el palacio, su enseñanza penetra tanto en el ignorante como en la persona instruida.
Lo que la enseñanza de los espíritus agrega a la moral de Cristo es el conocimiento de los principios que unen a los vivos con los muertos y, asimismo, completa los rasgos vagos que Aquél había dado acerca del alma, de su pasado y su porvenir y prueba, además, que su doctrina se basa en las leyes de la Naturaleza. Con la ayuda del Espiritismo y los espíritus, el hombre comprende la solidaridad que entrelaza a los seres. La caridad y la fraternidad se convierten en necesidades sociales. Se hace por convicción lo que antes se hacía sólo por deber y, así, todo resulta mejor.
Recién el día que los hombres practiquen la moral de Cristo podrán proclamar que ya no tienen necesidad de moralistas, encarnados o desencarnados. Pero, entonces, tampoco Dios se los enviará.
57. Una de las preguntas más importantes entre las que figuran al comienzo del capítulo, es la siguiente: ¿Cuál es la autoridad de la Revelación Espírita, puesto que emana de seres de inteligencia limitada, y, por lo tanto, falibles?
La objección sería atendible si la revelación se limitase exclusivamente a la enseñanza de los espíritus y debiéndose aceptarla ciegamente. Pero carece de validez, ya que el hombre aporta a ella su inteligencia y su juicio, y los espíritus se limitan a encaminarlo por la vía de las deducciones que se extraen de la observación de los hechos. Las manifestaciones son hechos, el hombre los estudia y busca la ley por la que se cumplen. Los espíritus de todas las categorías lo asisten en ese trabajo, actuando como colaboradores y no como reveladores, según el sentido usual del término. Somete
Todos los alegatos que pretenden teñir nuestros principios de absolutistas y autocráticos, y todas las aseveraciones falsas con que ciertas personas mal intencionadas o carentes de información intentan manchar nuestra Doctrina, son destruidos por las declaraciones claras y categóricas contenidas en este capítulo. Dichas declaraciones no son, por otra parte, nuevas, ya que las hemos repetido reiteradas veces en nuestros escritos para disipar cualquier duda posible. Definen, además, nuestro auténtico papel, el único que ambicionamos: el de trabajar. [N. de A. Kardec.]
sus pareceres al control de la lógica y el buen sentido, y de esta manera aprovecha los conocimientos especiales que poseen los espíritus, en razón de su posición, mas sin abdicar de su propio razonamiento.
Los espíritus son las almas de los hombres, por tanto, al comunicarnos con ellos no salimos de la Humanidad, lo que constituye un hecho de capital importancia. Los hombres de genio que han iluminado el camino de la Humanidad abandonan el mundo de los espíritus para reencarnar, así como a él vuelven al dejar la Tierra. Sabemos que los espíritus pueden comunicarse con los hombres, y aquellos que fueron genios pueden darnos, en el estado de espíritus, instrucciones y brindarnos sus enseñanzas después de muertos, al igual que cuando estaban vivos. La única diferencia es que ya no son visibles para nosotros. Sus experiencias y conocimientos no disminuyeron, y si sus palabras como hombres poseían autoridad, la seguirán teniendo en el mundo de los espíritus.
58. Era necesario, para iniciarnos y comprender el verdadero carácter del mundo espiritual, mostrarnos todas sus facetas y que se manifestasen espíritus de todas las categorías. Dichas manifestaciones tienen por finalidad: a) lograr que las relaciones entre el mundo visible y el invisible se estrechen, para que la Humanidad comprenda con evidencia dicha conexión; b) dar a conocer de dónde venimos y hacia dónde vamos. Todos los espíritus, sin distinción de categoría, nos enseñan algo. Pero, como difieren enormemente en inteligencia, somos nosotros los encargados de discernir lo que es bueno de lo que no lo es y de aprovechar sus enseñanzas. Todos pueden enseñarnos o revelarnos cosas que ignorábamos y que sin ellos no hubiéramos conocido.
59. Sin duda, los grandes espíritus encarnados son individualidades de valía, pero su acción estará siempre restringida a un determinado grupo y su doctrina tardará en difundirse. Si hubiese llegado en estos últimos tiempos alguno de ellos para revelar a los hombres el estado del mundo espiritual, aun cuando se tratase del mismísimo Moisés o de Elías, o tal vez de Sócrates o de su discípulo Platón, ¿quién hubiese creído en la verdad de tales aseveraciones en esta época marcada por el escepticismo? ¿Acaso no le hubiese considerado un soñador o un fabulador? Y aun cuando se hubiese llegado a admitir que sus ideas encerraban la verdad absoluta, igualmente hubieran transcurrido siglos antes de que las masas tuviesen acceso a ellas. Dios, en su sabiduría, no quiso que ocurriese de esa manera. Prefirió que la enseñanza la impartan directamente los espíritus y no los encarnados. De esta forma se convencería a la Humanidad de la existencia de los espíritus y, al ofrecerle la enseñanza simultáneamente en toda la Tierra, serviría ello para propagar la Doctrina con más rapidez y para encontrar, en la coincidencia de ella, una prueba evidente de la verdad, pues cada uno podrá tener, de tal manera, a su alcance los elementos de convicción necesarios.
60. Los espíritas saben hoy que los espíritus no han venido para liberar al hombre de sus tareas fundamentales: la investigación y el estudio, ya que no le entregaron ninguna ciencia enteramente elaborada y lo dejan que se baste por sí solo, siempre que sea posible. Desde hace ya mucho tiempo, la experiencia nos demostró que es un error creer que los espíritus poseen la totalidad del conocimiento y la sabiduría o que nos basta hablar con el primero que llegue para conocerlo todo. Los espíritus son parte de la Humanidad, conforman una de sus caras y, como ocurre en la vida terrenal, los hay vulgares y superiores. Muchos de ellos saben menos filosofía y ciencia que ciertos hombres. Cuando conversan dicen sólo lo que saben y, al igual que entre los humanos, los más adelantados pueden informarnos sobre temas y darnos opiniones más juiciosas que los hombres más atrasados. Pedir consejo a los espíritus no es en absoluto dirigirnos a seres sobrenaturales, sino a nuestros padres, a quienes les hubiésemos pedido ayuda si estuviesen vivos: a nuestros padres, amigos, o individuos más inteligentes que nosotros. Necesitamos tomar conciencia de ese hecho, que es justamente lo que muchos ignoran por no haber estudiado el Espiritismo, haciéndose una idea totalmente falsa de la naturaleza del mundo espiritual y de las relaciones de ultratumba.
61. ¿Cuál es la utilidad de las manifestaciones o de la revelación, si los espíritus no tienen más conocimientos que nosotros o no nos dicen todo lo que saben?
En principio -como ya lo hemos dicho- se abstienen de enseñarnos lo que podemos descubrir con nuestro esfuerzo. Y en segundo término, hay cosas que tienen prohibido revelarnos
debido a que nuestro grado de adelanto no lo permite. Sin embargo, observamos que en su nueva existencia se agranda el círculo de sus percepciones, ven lo que no veían estando encarnados, por lo cual, libres de las trabas de la materia, exentos de las preocupaciones de la vida corporal, juzgan las cosas con más altura y más sanamente, su perspicacia se agudiza, comprenden sus errores, rectifican ideas y se desembarazan de los prejuicios puramente humanos.
En ello reside la superioridad de los espíritus en relación con los humanos encarnados, y es por ese motivo, y de acuerdo con su grado de adelanto, que sus consejos suelen ser más desinteresados y prudentes que los de los hombres. Por otra parte, el medio en que se mueven les permite iniciarnos en la vida futura, la que ignorábamos y que no podíamos conocer dada nuestra condición. Hasta ese momento, el hombre se había limitado a idear hipótesis sobre su porvenir. Por ese motivo las creencias al respecto se habían dividido en diferentes sistemas, numerosos y divergentes, ya se trate del nihilismo o de las fantásticas concepciones del cielo y del infierno. Hoy son los testigos oculares y los actores mismos de la vida de ultratumba quienes vienen a revelarnos la verdad, ellos son los únicos que podían hacerlo. Por tanto, las manifestaciones han servido para hacernos conocer el mundo invisible que nos rodea y que ni siquiera sospechábamos. Aunque los espíritus fuesen incapaces de enseñarnos ninguna otra cosa, esa sola revelación tendría una importancia capital.
Si viajaras a un país desconocido, ¿desoirías las indicaciones del más humilde campesino con quien te encontraras? ¿Te abstendrías de preguntarle sobre el estado del camino por el simple hecho de tratarse de un campesino? Sin duda que no pretenderías informaciones especiales, pero podrías saber mejor por él que por un sabio que no conociera el país. De sus indicaciones sacarías conclusiones que tú solo no las lograrías. Por consiguiente, no dejaría de ser un instrumento útil para tus observaciones, aun cuando no te guiase más que para conocer los hábitos de los campesinos. Sucede exactamente lo mismo con los espíritus: hasta el más pequeño puede enseñarnos alguna cosa.
62. Una comparación un tanto vulgar nos hará comprender mejor estas particularidades: Un barco repleto de emigrantes parte rumbo a un lejano país. Lleva hombres de todos los niveles sociales, parientes y amigos de los que quedan. Después de un tiempo se informa que el navío ha naufragado sin dejar rastro alguno. No llega ninguna noticia sobre su suerte, se cree que todos los pasajeros han muerto, el luto cubre a todas las familias. Sin embargo, la tripulación completa, sin exceptuar a un solo hombre, arribó a un país desconocido, fértil y abundante en frutos, donde todos viven felices bajo un cielo clemente, mas nadie, fuera de ellos, lo sabe. Un buen día, la tripulación de otro barco llega a la misma tierra y allí se encuentra con todos los supuestos náufragos, sanos y salvos. La feliz noticia se expande con la rapidez del relámpago y cada uno se dice: “No hemos perdido a nuestros amigos”, por lo que dan gracias a Dios. No pueden verse, pero se escriben, cambian testimonios de afecto, la alegría reemplaza a la tristeza. Tal es la imagen de la vida terrestre y de la de ultratumba, antes y después de la revelación moderna. Ésta, similar al segundo barco, nos trae la buena nueva de la supervivencia de aquellos que amamos y la seguridad de reencontrarnos algún día. La duda sobre su suerte y la nuestra ya no existe, el desaliento se diluye para dar lugar a la esperanza.
Pero otros hechos vienen para acrecentar la revelación. Dios, juzgando a la Humanidad madura para penetrar los misterios de su destino y contemplar sin miedo las nuevas maravillas, permitió que el velo que separaba al mundo visible del invisible se descorriese. El hecho de las manifestaciones no tiene nada de extraordinario: es la Humanidad espiritual que viene a conversar con la Humanidad corporal, y le dice:
“Existimos, por consiguiente, la nada no existe. Esto es lo que somos y lo que ustedes serán también. El futuro nos pertenece tanto a nosotros como a ustedes. Antes marchaban entre tinieblas, por eso vinimos para alumbrar los senderos y abrir el camino. Antes la vida terrestre era todo para ustedes, porque no veían más allá. Por ello es que hemos venido para enseñarles la vida espiritual y
decirles: La vida terrenal no es nada. Ustedes no percibían lo que hay más allá de la tumba, nosotros les hacemos ver, más lejos, un horizonte espléndido. No sabían por qué sufrían en esta vida, ahora ven en el sufrimiento la justicia de Dios. Antes el bien no ocasionaba, según las creencias, beneficios futuros. De ahora en adelante será eso una meta y una necesidad. La fraternidad era antes sólo una hermosa teoría. Ahora ella se fundamenta sobre una ley de la Naturaleza. Gobernados por la creencia de que todo terminaba con la vida, el infinito es un vacío, el egoísmo reina como señor absoluto y la divisa que precede es: “Cada cual para sí.”
“Con la seguridad de la vida futura los espacios se pueblan hasta el infinito, el vacío y la soledad desaparecen, la solidaridad une a todos los seres de más acá y de más allá de la tumba, nace el reino de la caridad y la divisa de él es: “Uno para todos y todos para uno.” Y como broche magnífico, si al morir daban a quienes querían un adiós eterno, hoy podrán despedirse con un: ¡Hasta luego!”
Tales son, en resumen, los resultados de la nueva revelación. Ha llegado para llenar el vacío creado por la incredulidad, levantar los ánimos abatidos por la duda o la perspectiva de la nada y para darle a todas las cosas su razón de ser. ¿Constituye esto un resultado sin importancia, sólo porque los espíritus no vienen a resolvernos los problemas de la ciencia, dar conocimientos al ignorante y medios de enriquecerse sin esfuerzos al perezoso? No lo consideramos así, puesto que los frutos que el hombre recoge no le servirán solamente para la vida futura, sino también para ésta, por la transformación que las nuevas creencias operarán sobre su carácter, gustos, tendencias y, en consecuencia, sobre las costumbres y relaciones sociales. El reinado del orgullo, el egoísmo y la incredulidad llega a su término, se prepara el advenimientos de otro reino: del del bien, el reino de Dios anunciado por Cristo
9. El empleo del artículo delante del nombre Cristo (de la palabra griega Christos: ungido) empleado en sentido absoluto es más correcto, teniéndose en cuenta que esta palabra no es el nombre del Mesías de Nazaret, sino un adjetivo sustantivo. Se dirá entonces Jesús era Cristo anunciado; la muerte del Cristo y no de Cristo, mientras que se dice: la muerte de Jesús y no del Jesús. En Jesucristo, los dos nombres unidos forman un solo, por esa razón también se dice: el Buda Gautama adquirió la dignidad de Buda por sus virtudes y austeridad; la vida del Buda, como se dice: el ejército del Faraón, y no de Faraón; Enrique IV era rey, el título de rey; la muerte del rey y no de
rey.(N. de A. Kardec.)
documento de texto del libro el Génesis de A. Kardec.

martes, 23 de agosto de 2011

LA REENCARNACIÓN Y LA IGLESIA

Leyendo este magnifico libro. León Denis
me he detenido en estos capítulos que son muy importantes para saber un poquito más
de la reencarnación como piensa el espirita y el clero católico.
leí hace un tiempo sobre el espiritismo y la Iglesia y comentaron:la Iglesia católica sabe del espiritismo ,pero no lo ha puesto en practica y lo ha clausurado
me hizo pensar en estas palabras,
si lo saben y el clero no les interesara que la gente lo entienda,
porque es mas fácil decir que Dios castiga con el infierno a los malos y a los buenos con el cielo.
y pienso se acaba todo. yo como espirita creo qoe hay vida despues de dejar la tierra, y que hay espiritus superiores e inferiores, y cada uno vamos, a la esfera que nos corresponde segun nuestra evolución, y Dios es Amor y no castiga porque cada uno tiene libre albedrio,
en el libro de León Denis esta muy bien explicado.
que nos expliquen, donde están todos: pensemos lo que Jesucristo nos dijo
desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan. Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir. El que tiene oídos para oír, oíga"(San Mateo, 11:12 a 15)
Hablando con propiedad la encarnación no tiene limites claramente trazados si se entiende por ésta la envoltura que constituye el cuerpo del. Espíritu.
En un grado más elevado, se desmaterializa y concluye por confurdirse.?
La Reencarnación y la Iglesia
En la revista católica L’Ideal, de 1917, el canónigo Coubé consagró tres extensos artículos a combatir lo que él llama “la reencarnación o la metempsicosis”.
Inicialmente, observemos la intención que se revela en el
hecho de reunir y de confundir dos ideas diferentes, a fin de
arrojar sobre la primera el descrédito que recae sobre la otra.
Los antiguos entendían por metempsicosis el paso del alma
para el cuerpo de los animales. Es verdad que ciertos escritores y
filósofos aplican esa palabra también al paso de las almas a otros
cuerpos humanos. La reencarnación se designa mucho más frecuentemente bajo
el nombre de “palingenesia”. En la opinión corriente, el término metempsicosis ha
guardado su sentido estrecho y peyorativo.
El padre Coubé, como conocedor del tema, iguala dos
términos que generalmente se excluyen, con la esperanza de
aprovecharse de los equívocos que de ello puedan resultar para la
mayor parte de sus lectores. No obstante, él no ignora que los
espíritas repelen con energía toda hipótesis de la caída del alma
hacia el reino animal. Nosotros creemos en la evolución y no en
el retroceso. Nuestro periespíritu o cuerpo fluídico, que es el molde del
cuerpo material en el nacimiento, no se presta a las formas
animales y tal razón por sí sola, bastaría para hacer imposible
semejante regresión.
Los mismos argumentos encontramos en otras críticas del
padre Coubé. Todas las sutilezas de la dialéctica, todos los
recursos de la casuística y del silogismo, han sido puestos en
acción para lanzar el descrédito sobre la doctrina de la
reencarnación. Sin embargo, pese a las habilidades de una inteligencia
maleable, insinuante, ingeniosa en desfigurar, en tergiversar las
cosas más sencillas y más claras, la gran ley de los renacimientos
se impone con tanta fuerza que obliga por veces al elocuente
predicador a doblegarse y rendirle homenaje.
Por ejemplo, tras haberla calificado de “sistema mediocre y
ridículo”, e incluso “locura o impostura”; tras haber dicho: “La
reencarnación lleva el mal al triunfo universal”, el autor deja
escapar (en la página 218 de la citada revista): “La reencarnación
no es por sí misma una idea impía y no parece intrínsecamente
imposible”; y más adelante: “La reencarnación, en rigor, podría
conciliarse con el dogma del cielo cristiano.”
¡Extraordinario poder, el de la Verdad, que hace inclinarse a
sus propios detractores y los obliga a proclamarla!
He aquí un caso bastante notable de psicología, y aunque el
estudio crítico del padre Coubé sobre la reencarnación no
produjese otro resultado más que ponerla en destaque, aún
deberíamos agradecer su tentativa.
Fiel a la acostumbrada práctica, el padre Coubé asemeja
doctrinas opuestas, a fin de poder englobarlas en una sola
condenación. Así hace él al confrontar el Espiritismo con la
Teosofía; no nos ocupamos con esta última porque tiene quien la
defienda. En cuanto al Espiritismo, por sus fenómenos que son de todas
las épocas y de todos los lugares, por mil circunstancias en la
vida de los santos, por toda la mística cristiana, ha sido
clasificado en el mismo rol y, para expulsarlo de ahí, sería
necesario demoler, por entero, todo el edificio católico.
Los testimonios de las más respetables autoridades
eclesiásticas son concluyentes sobre este punto. Hemos citado
tan solo algunos de ellos, pero hay otros muchos.
En la Doctrina Espírita también los encontramos. La doctrina
de las vidas anteriores y sucesivas imperaba en toda la
cristiandad en los tres primeros siglos, y hay eminentes prelados
que todavía la aceptan en nuestros días.
La reencarnación es afirmada en los Evangelios con una
precisión que no deja lugar a cualquier duda:
“Él es el propio Elías que debía venir.” (Mateo, 11: 14-15),
dijo el Cristo, respecto de Juan el Bautista.
Jesús pregunta a sus discípulos: “¿Qué dicen los judíos del
Hijo del Hombre?” y ellos le responden: “Unos dicen que es
Juan el Bautista; otros Elías y, otros más, Jeremías, o uno de los
profetas.” (Mateo, 16:13-14 y Marcos, 8:27-28).
Los judíos, y con ellos los discípulos, creían entonces en la
posibilidad del renacimiento del alma en otros cuerpos humanos.
Los Evangelios, normalmente ricos en metáforas, son de una
nitidez notable sobre esta cuestión.
La misma convicción se deduce de la conversación con
Nicodemo y de la cuestión del ciego de nacimiento. Es preciso
estar ciego para negar una evidencia tal.
No es a nuestros obstinados contradictores, a nuestros
adversarios intransigentes, sino a los hombres imparciales,
desprovistos de prejuicios mezquinos, libres en sus
enjuiciamientos, a quienes presentamos la cuestión, dejando que
ellos se manifiesten.
El Cristianismo primitivo estaba enteramente impregnado de
esa doctrina de las vidas sucesivas, que fue también la de Platón
y la de la Escuela de Alejandría. Todas las corrientes del pensamiento oriental coincidían y
transmitían, a la nueva religión, una vida joven y ardiente. Los
más ilustres de entre los cristianos, bebían en esas fuentes los
elementos de su ciencia y de su genio.
Orígenes, Clemente, la mayor parte de los padres griegos,
enseñaban la pluralidad de las existencias del alma.
Ya en el siglo IV, San Jerónimo, en su controversia con
Vigilantius, reconocía que la creencia en las vidas sucesivas era
la de la mayoría de los cristianos de su tiempo.
Sobre ese punto de doctrina, Orígenes no fue condenado por
la Iglesia, como cree en padre Coubé.
El Concilio de Calcedonia y el V de Constantinopla
rechazaron no la creencia en la pluralidad de las vidas del alma,
sino, simplemente, la opinión de Orígenes de que la unión del
espíritu al cuerpo es siempre una punición y que el alma,
inicialmente, vivió en un estado angélico.
Ese ilustre pensador, San Jerónimo, consideraba cómo “el
mayor de los cristianos, después de los apóstoles”, no se daba
cuenta de la ley de la educación y de la evolución de los seres.
En realidad, la Iglesia nunca se ha pronunciado sobre la
cuestión de las existencias sucesivas, quedando como un
problema para solución futura.
En todas las épocas, eminentes miembros del clero católico
adoptaron esa creencia y la afirmaron públicamente.
En el siglo XV, el cardenal Nicolás de Cusa sostuvo, en pleno
Vaticano, la teoría de la pluralidad de las existencias del alma y
la de los mundos habitados, no tan solo con la aquiescencia, sino
con los aplausos sucesivos de dos papas: Eugenio IV y Nicolás V
Y he aquí otros testimonios más recientes:
G. Calderone, director de La Filosofía della Scienza, de
Palermo, que abrió una gran encuesta sobre las ideas de nuestros
contemporáneos sobre la reencarnación, publicó algunas cartas
intercambiadas entre monseñor L. Passavalli, arzobispo vicario
de la Basílica de San Pedro, en Roma, y Tancredo Canonico,
senador del Reino, guarda de los sellos, presidente de la Corte
Suprema de Casación en Italia y católico convicto.
Citemos dos fragmentos de una carta de monseñor Passavalli:
“Han desaparecido para siempre de mi espíritu, esas
dificultades que me perturbaban, cuando Estanislao, de santa
memoria,xix a cuyo espíritu yo atribuyo en gran parte esa nueva
luz que me esclarece, me anunciaba, por primera vez, la doctrina
de la pluralidad de las vidas del hombre. Estoy bastante feliz por
ver el efecto saludable de esa verdad sobre el alma de mi
hermano.” Otra cita:
“Me parece que si pudiésemos propagar la idea de la
pluralidad de las existencias, tanto en este como en el otro
mundo, como un medio para llevar a cabo la expiación y la
purificación del hombre, con la finalidad de hacerlo digno de sí y
de la vida inmortal de los Cielos, ya se habría dado un gran paso,
porque eso bastaría para resolver los más difíciles y arduos
problemas que agitan, actualmente, las inteligencias humanas.
Cuanto más pienso en esa verdad, más ella me parece grande
y fecunda en sus consecuencias prácticas para la religión y la
sociedad.”
Firmado: Louis, arzobispo.
De la correspondencia inédita de T. Canonico, publicada
últimamente en Turín, resulta que el mismo había sido iniciado
en la creencia de la reencarnación por Towiansky, escritor
católico bien conocido. En una extensa carta de fecha 30 de diciembre de 1884, él
expone las razones por las cuales considera que esa creencia
nada tiene contra la religión católica, apoyándose en varias citas
de la Santa Escritura.
Podríamos multiplicar las citas, si no temiésemos fatigar al
lector. Ya hemos dicho lo bastante para demostrar que, sobre la
cuestión de las reencarnaciones, al igual que sobre la de los
fenómenos y sus causas, nos hallamos ante las mismas
contradicciones, las mismas incertidumbres, por no decir
incoherencias de la Iglesia Romana. No obstante sus
pretensiones en cuanto a la unidad de visión y a la infalibilidad,
las oposiciones y las divergencias no faltan en su seno.
Así, causa asombro el tono arrogante de sus representantes
cuando entre ellos hay tantas dudas y vacilaciones en lo que se
refiere a los más esenciales problemas de la vida futura y del
destino humano.
El padre Coubé, según sus propias palabras, hace comparecer
la reencarnación ante el tríplice tribunal de la Religión, de la
Moral y de la Filosofía. Es una temeraria empresa, porque el
enjuiciamiento que él provoca podrá terminar en un fracaso
completo. Observemos, inicialmente en lo que atañe a las religiones,
que seiscientos millones de asiáticos, brahmanistas y budistas
comparten nuestra creencia.
Fue también la creencia de los egipcios, de los griegos y de
los celtas, nuestros ancestros; por consiguiente, ella forma parte
de nuestra herencia nacional.
Hemos visto que el primitivo Cristianismo estuvo
impregnado de esas ideas hasta el siglo IV; en nuestros días, las
encontramos también en el Islamismo, en forma de ciertas
suratas del Corán.
De ello resulta que la reencarnación es, o fue, admitida por
todas las religiones; solamente el Catolicismo y las otras ramas
del Cristianismo moderno escapan a la regla universal, después
de hacer el silencio y la oscuridad sobre ciertos pasajes de la
Escritura que afirmaban las vidas anteriores.
La Filosofía también le ha proporcionado las más bellas
inspiraciones. Pitágoras, que la divulgó, fue considerado como
un genio por toda la Antigüedad. Platón fue apodado el divino
por los padres de la Iglesia de Oriente.
La Escuela de Alejandría, con su pléyade de escritores, Filón,
Plotino, etc., le dio sus más brillantes obras. Kant y Spinosa la
entreveían; más recientemente, la lista de los hombres ilustres
que la adoptaron, desde Víctor Hugo hasta Manzini, llenaría una
página entera.
Aún ahora ella reaparece en las teorías de Bergson, que
parecen revolucionar el pensamiento contemporáneo.
En cuanto a la moral, ésta solo puede beneficiarse con la
doctrina de las vidas sucesivas.
La convicción de que el hombre es el constructor de sus
propios destinos, de que todo cuanto le ocurre, bueno o malo,
recae sobre él, en sombras o luces, estimula su andadura
ascensional y lo obliga a velar, escrupulosamente, por sus actos.
Siendo cada una de nuestras existencias, buenas o malas, la
consecuencia rigurosa de las que la han precedido y la
preparación de las que le siguen, veremos en los males de la vida
el correctivo necesario de nuestros errores pasados y evitaremos
recaer en ellos.
Tal correctivo será mucho más eficaz que el temor a los
suplicios infernales, en los cuales ya nadie cree, ni siquiera
aquellos que hablan de ellos con una seguridad más fantástica
que real. Con el principio de las reencarnaciones, todo se aclara; todos
los problemas se resuelven; el orden y la justicia aparecen en el
Universo. La vida toma un carácter más noble, más elevado; se
convierte en una conquista gradual y, por nuestros esfuerzos y
con el concurso de lo Alto, se adquiere un futuro siempre mejor.
El hombre siente aumentar su fe, su confianza en Dios y, de esa
concepción ampliada, la vida social recibe profundas
repercusiones.
Por el contrario, ¿no es una pobre y lamentable idea, la que
consiste en creer que Dios nos concede una sola existencia para
mejorarnos y progresar?
¿Cómo una existencia cuya duración es de algunos años, de
algunos meses o solamente de pocas horas para algunos, de
ochenta a cien años para otros, tan diferente según las
condiciones y el medio donde estemos colocados, según las
facultades y los recursos que nos son ofrecidos, puede ser la
única base sobre la cual reposa todo el conjunto de nuestros
inmortales destinos? ¿No ve el padre Coubé la contradicción, la falta de equilibrio
que existe entre una concepción tan estrecha, tan insuficiente de
la vida, y la amplitud, la majestad que se revelan en el plan
general de la naturaleza? ¿Cómo puede él conciliar la justicia y la bondad de Dios con
la situación de las criaturas mortinatas, la de los que solo viven
pocos instantes, o la de los condenados a sufrir desde la cuna y
por veces durante muchos años?
¿No sabe él que esos problemas han constituido la
desesperación de numerosos teólogos?
La existencia humana no se armoniza con el conjunto de las
cosas, si no encontramos en ella la misma relación que existe en
el orden universal. Ahora bien, esa relación solo puede
producirse bajo la forma de vidas anteriores y sucesivas.
El Ser Infinito no nos niega ilimitados medios para la
reparación, el rescate y la renovación. Sin embargo nuestro
respetable contradictor se niega a ver en la ley de las
reencarnaciones una aplicación posible y satisfactoria de la idea
de justicia, y escribe:
“Con semejante doctrina, Dios está desarmado frente al mal.
El culpable, en lugar de enmendarse, permanecerá obstinado en
el mal y se hundirá en él, cada vez más. La reencarnación no es
una sanción, porque deja al hombre libre.”
¿Para expresarse así, el padre Coubé nunca ha evaluado toda
la extensión de los sufrimientos de nuestro mundo?
¿No ha visto la larga fila de las enfermedades, de los flagelos,
en una palabra, todo el doloroso cortejo de las miserias
humanas? Basta una mirada atenta, lanzada a nuestro alrededor, para
reconocer en el dolor físico y moral, bajo sus múltiples aspectos,
mil maneras de realizar la expiación en la justicia y, al mismo
tiempo, de propiciar la educación de las almas, mientras que las
perspectivas de un infierno quimérico no presentan sentido
práctico, ni objetivo útil, y no satisfacen, de manera ninguna, las
exigencias de la sabia razón y de la soberana equidad.
En cuanto a la argumentación del olvido del pasado, que
tantas veces hemos refutado, nos limitaremos a remitir al padre
Coubé a las experiencias sobre la renovación de la memoria de
las vidas anteriores, a las reminiscencias de ilustres
personalidades, a las de los niños prodigio y a tantos otros
hechos, controlados, verificados, reconocidos como exactos y
que el espacio de este artículo no nos permite reproducir.
Bastará apelar, sobre este punto, del padre Coubé poco
esclarecido en esa materia, para el padre Coubé mejor
informado. En presencia de las catástrofes que conmocionan al mundo,
muchas veces los corazones sufren, los pensamientos se perturban
y preguntamos: ¿Por qué Dios permite tantos males?
Ante tal pregunta, la Iglesia Católica solo presenta respuestas
vagas y confusas. Es, dice ella, la consecuencia de la impiedad de los pueblos,
de su alejamiento de la religión, del desprecio a sus preceptos y a
sus derechos temporales.
La Iglesia olvida que el más católico y el más practicante de
los pueblos, Bélgica, fue el primero que sufrió, con más
intensidad, los horrores de la última guerra..
Olvida que otra nación católica, Austria, contribuyó para
que la guerra se desencadenase.
Dos monarcas devotos, meticulosos y observantes de las
prácticas religiosas, teniendo siempre el nombre de Dios en la
boca, uno católico y el otro protestante, cargarán para siempre la
pesada responsabilidad de los crímenes cometidos y de los ríos de
sangre derramada.
La enseñanza de la Iglesia, con su doctrina de una única
existencia para cada alma, es impotente para explicar tales
dramas. Es necesario buscar otra explicación.
Solamente la filosofía de las vidas sucesivas, la comprensión de la
ley general del progreso, puede darnos la solución del problema y
conciliar la bondad y justicia de Dios con las tragedias de la
Historia.
Recordemos primeramente que cuando invaden la atmósfera
los vapores maléficos y el aire se torna difícilmente respirable, la
tempestad se desata y viene a purificar el ambiente terrestre.
De la misma forma, cuando en el seno de nuestro organismo
se desarrollan elementos mórbidos, cuando los microbios
infecciosos aumentan en número, sobreviene una crisis y la fiebre
aparece.
Es la lucha entre los buenos y los malos infusorios que
pueblan el cuerpo humano. Si estamos destinados a vivir, la lucha
proseguirá hasta destruir los peligrosos parásitos y nuestro cuerpo
recuperará la salud y el vigor.
Es así el organismo social y planetario.
Dios no se desinteresa de nuestros males. Él vela por la
humanidad sufriente como un padre médico por su hijo enfermo,
dosificando sus medicamentos, de forma a conseguir de sus
sufrimientos un estado de vida más saludable y mejor.
La Humanidad, ya lo hemos dicho, está compuesta, en su gran
mayoría, por las mismas almas que retornan por varias vidas,
prosiguiendo en su progreso, en su perfeccionamiento individual,
contribuyendo al progreso general. Renacen en el ambiente
terrestre hasta que hayan conseguido las cualidades morales
necesarias para subir más alto.
En su evolución, a través de los siglos, la Humanidad ha
sufrido crisis que marcan las etapas de su evolución. Actualmente,
ella está apenas saliendo de su capullo, de su ganga impura y
grosera, para despertar rumbo a una vida superior. Nuestra
civilización es toda superficial y oculta un fondo considerable de
atraso.
La reciente guerra representa la lucha de los instintos egoístas
y brutales contra las aspiraciones al Derecho, a la Justicia y a la
Libertad.
En el curso de sus primeras existencias terrestres, el alma
debe, por encima de todo, construir su personalidad y desarrollar
su conciencia. Es el período del egoísmo, cuando el ser atrae todo
hacia sí, retirando del dominio común las fuerzas, los elementos
necesarios para constituir su “yo”, su propia originalidad.
En el período siguiente, restituirá, irradiará, repartiendo con
todos lo que ha adquirido, sin disminuirse con ello, porque, en ese
orden de cosas, quien da se acrecienta y, el que se sacrifica,
acumula.
La Humanidad, en su andadura, ya lo hemos afirmado, ha
llegado al punto de transición entre tales estados. Para cada uno
de nosotros, la juventud es el momento más crítico de la vida,
porque, por nuestra inexperiencia, nuestro arrebatamiento, ella
puede cometer actos que retarden nuestra evolución y
comprometan nuestro destino.
Lo mismo pasa con la Humanidad. Hoy, su pasado se depara
con las faltas, los errores, los crímenes, las traiciones, las
perfidias, las expoliaciones que necesitan expiación a través del
dolor y las lágrimas. De ahí la crisis actual.
La tempestad ha barrido los miasmas deletéreos que
envenenaban nuestra atmósfera. El capital del egoísmo y del odio,
acumulado por los siglos y acrecido por los males del presente,
debe ser saldado.
Es además la reacción de los elementos sanos contra los
elementos en descomposición y, por consiguiente, un medio de
educación y de mejoramiento.
En presencia de los males causados por la guerra, los
corazones más fríos, los más indiferentes, se emocionan; la piedad
y la sensibilidad se despiertan.
Es necesario todavía el crisol del sufrimiento para que el
orgullo feroz de unos, la apatía, la indiferencia y el sensualismo
de otros se atenúen, se deshagan y desaparezcan. En una palabra,
son necesarias duras lecciones para despertar a nuestro mundo
material atrasado.
En cuanto a las víctimas de la guerra, ellas habían aceptado
sus probaciones antes de renacer, ya fuese para un rescate o bien
para progresar.
Sin duda, el recuerdo de las resoluciones tomadas fue borrado
de sus cerebros materiales y los padres Coubé y Mainage no
dejarían de extraer argumentos de ese olvido temporal.
Que ellos reflexionen sobre la situación del hombre que
conociese anticipadamente su destino y viese acercándose a él,
día a día, acontecimientos terribles que habrían de envolverlo y
masacrarlo entre sus engranajes.
Las almas humanas aún son muy frágiles para soportar un
fardo tan pesado.
Es una bendición de Dios el dejar esto para un último instante,
en la ignorancia del futuro, facultando entera libertad de acción.
Para comprender lo que sucede en nuestro entorno es preciso
por tanto reunir en un mismo concepto la ley de evolución y de
las responsabilidades o de la consecuencia de los actos, que
recaen, a través de los tiempos, sobre los que los han practicado.
La ignorancia de estas leyes, de los deberes y de las sanciones
que ellas determinan, es la razón de los males y de los
sufrimientos del momento actual. Si la Iglesia las hubiese
enseñado, no veríamos, ciertamente, abrirse bajo nuestros pies un
tal abismo de males.
Esos principios ella los ha conocido otrora y su doctrina
extrajo de ellos un brillo y un provecho incomparables; no
obstante, en los tiempos bárbaros, ha preferido los espantajos
infantiles, inventados para impresionar a un mundo ignorante. Ahora, frente a los grandes problemas que se levantan, ella permanece vacilante, confundida, impotente para atender a las lamentaciones y a las recriminaciones que se elevan por todas partes; para disipar las dudas que despiertan, en muchos espíritus, la injusticia aparente de la suerte y la crueldad del destino.
Pues bien. Lo que la Iglesia no quiere o no puede hacer, el
Espiritismo lo llevará a cabo. Él ha abierto todas las grandes
puertas del mundo invisible que la Iglesia había cerrado hace siglos, y por ellas rayos de luz y tesoros de consuelo y de esperanza se esparcirán, cada vez más, sobre las aflicciones humanas. Pasada la tormenta, las nubes oscuras que nos ocultaban el
cielo se disipan. Un claro rayo de sol brilla sobre las ruinas amontonadas y una
nueva era comienza para la Humanidad.
Las ciencias psíquicas adquieren una extensión considerable y
aportan elementos de renovación para todos los dominios del
pensamiento y del arte. La propia religión deberá tener en cuenta
las pruebas de la supervivencia.
Grandes cosas sucederán, dicen los Espíritus. Almas valerosas
se reencarnarán entre nosotros para dar un vigoroso impulso al
progreso general.
La conciencia humana se desprenderá de las estrechuras del
materialismo y la filosofía se espiritualizará.
La incredulidad, que constituye el fondo del carácter francés,
incluso en la mayor parte de los católicos, que solo actúan por la
costumbre y por la rutina, se transformará, poco a poco, en una fe
esclarecida, basada en la razón y en los hechos.
La vida social se transformará con la educación, y la moral
ejercerá sus derechos.
No hay duda de que estaremos aún lejos de la perfección, pero,
por lo menos, se habrá dado un paso considerable en la vía del
progreso, acercándonos a la unidad de visión a través de una
comprensión más alta y más clara de la idea de Dios y de las leyes
universales de Justicia y Armonía.
Ya hemos examinado todas las razones presentadas por los
padres Coubé y Mainage para combatir la doctrina de las vidas
sucesivas. La mayor parte son pueriles; todas son injustas,
erróneas y se vuelven con fuerza contra ellos.
Sus críticas, que no inspiran ningún sentimiento de
imparcialidad, que no se sostienen en un conocimiento profundo
del tema, se disipan como vana humareda al menor examen.
Incluso en el seno de la iglesia Romana, ellas están en
contradicción sobre esos puntos esenciales con los pensadores y escritores ilustres.
Es bien evidente que la campaña emprendida por orden
superior contra nosotros no ha sido precedida de un estudio serio
de la cuestión. La debilidad de los razonamientos demuestra la
insuficiencia de la preparación. El mayor recurso, el refugio supremo del padre Coubé, es
siempre la teoría del infierno. En cada página de L’Idéal, él
retorna a esa teoría como una verdadera obsesión. Para él, eso lo
resuelve todo. Se complace en métodos ya trasnochados, que la mayoría de
los predicadores ya no emplea, desde hace mucho tiempo.
¿No es de extrañar ver ese odio que, durante siglos, ha
causado tantas perturbaciones mentales, ha provocado tantas
devastaciones, ha engendrado abusos incontables, afectando aún a
ciertos cerebros eclesiásticos?
A su vez, el padre Mainage osa escribir en la Revue des
Jeunes: “El Espiritismo conduce al desequilibrio de las facultades
mentales.” Sería oportuno recordar los casos de locura mística causados
por el tema de las penas eternas. Por ejemplo, el de aquel padre de
familia (del cual todos los periódicos han dado noticia) que
estranguló a sus hijos pequeñitos para que gozasen de las delicias
del paraíso, dado su estado de inocencia… Si bien no hemos de
insistir más en ese asunto.
En su apología sobre el infierno, el padre Coubé así se
expresa:
“El infierno no es, en sí, una crueldad, porque la crueldad
consiste en hacer sufrir a una criatura para regocijarse con sus
dolores, por tanto, más allá de lo que ella merece y de lo que el
orden reclama.”
Responderemos que es siempre cruel infligir a un ser
sufrimientos que no dejan cualquier esperanza y que no admiten
solución alguna. En el Universo entero, el sufrimiento es,
principalmente, un proceso educativo y purificador.
Considerándolo como una expiación temporal, desde el
punto de vista de la justicia divina y según el Espiritismo, él se
nos aparece como un recurso de evolución, pues, desarrollando
nuestra sensibilidad, nos hace progresar, volviendo más intensa
nuestra vida, al paso que, con las penas eternas, no es más que
una baja venganza, una crueldad inútil.
Ahora bien, Dios nada hace sin una finalidad y ese objetivo
es siempre grande, generoso y provechoso para sus criaturas.
El padre Coubé no debe ignorar que la mayor parte de los
teólogos ha renunciado a la teoría de las penas eternas. En efecto,
se ha establecido que el término en hebraico, que se traduce por
“eterno”, no significa “sin fin”, sino tan solo “de larga duración”.
La Biblia califica como eternas muchas cosas que ya han
desaparecido con el tiempo, por ejemplo, el monumento que
Josué mandó erigir para conmemorar la llegada del pueblo de
Israel a la Tierra prometida.
¿No sería un estudio bien curioso el de los esfuerzos de
imaginación intentados por nuestros adversarios para escorar esa
teoría que se desmorona por todos los lados?
Con ese objetivo, ellos han venido acumulando las
contradicciones sobre los errores y las imposibilidades. Por
ejemplo ¿cómo entender que Dios haya podido imponer a Satán la
tarea de atormentar, en el Más Allá, a los que lo han servido en
este mundo?
Las almas de los condenados, dicen, sufren al mismo tiempo
tormentos físicos y torturas morales, pero como causa asombro
que los espíritus puedan sufrir materialmente, se ha creado el
dogma de la resurrección de la carne, es decir, la reconstitución
final del cuerpo humano, cuyos elementos, dispersos por todas las
corrientes de la naturaleza, servirían, sucesivamente, a mil formas
de vida.
¿A cuál de esas formas humanas serán restituidos tales
elementos? ¡Terrible cuestión!
Otra consideración más, no menos embarazosa: Dios, en su
presciencia, conociendo por anticipación la suerte de las almas,
¿las habría creado, en su gran mayoría, para perderlas, ya que
según la célebre sentencia “muchos son los llamados y pocos los
elegidos”?
¡Cuánta confusión, cuando es más fácil descubrir la Verdad!
Basta echar un vistazo en torno a nosotros para reconocer que el
dolor físico reina, soberano, en nuestro mundo.
La Tierra es el verdadero purgatorio, el infierno temporal.
El sufrimiento de las almas, en la vida del Espacio, solo
puede ser moral. Éste resulta, dicen los espíritus, de la acción de
la conciencia, que se revela imperiosa, hasta entre las almas más
atrasadas. El espíritu sufre, principalmente, por el recuerdo de sus
existencias pasadas.
En medio de tantas oscuridades acumuladas por la Iglesia,
no es extraño que la pobre Humanidad haya perdido su rumbo, y
vaya errante, sin brújula, a merced de las tempestades de la
pasión, de la duda y de la desesperación.
Ojalá que el Espiritismo venga a aclarar, para todos, el
camino de la vida. Con él ya no hay afirmaciones sin pruebas y,
por consiguiente, sin efecto posible sobre los materialistas.
El Espiritismo reposa sobre un conjunto de hechos y de
testimonios que, aumentando siempre, garantizan su lugar en la
Ciencia y le preparan un espléndido futuro. Todos los recientes
descubrimientos de la Física y de la Química han confirmado sus
experiencias.
La aplicación de los rayos X, los trabajos de Becquerel y de
Curie sobre las maravillosas propiedades radiantes de los cuerpos
han demostrado, objetivamente, aquello que los espíritus han
enseñado hace mucho tiempo, es decir, que hay estados sutiles de
la materia y formas de vida hasta entonces desconocidas por los
sabios.
El Espiritismo no nos revela tan solo las leyes profundas de
ese mundo invisible al que pertenecemos. Desde ahora, por los
elementos esenciales e imperecederos de nuestro ser, él nos
muestra, por todas partes, el orden y la justicia en el Universo;
establece las responsabilidades de la conciencia humana y la
certidumbre de las divinas sanciones, cosas que exasperan a los
ateos y perturban la calma de los gozadores.
¡Y son esas doctrinas, esas enseñanzas del más elevado y
austero espiritualismo, lo que se afirma ser dictadas e inspiradas
por Satán!
El Espiritismo es, al mismo tiempo, una ciencia y una fe.
Como fe, pertenecemos no a ese cristianismo desfigurado,
amezquindado, rebajado por el fanatismo, por la beatería de los
corazones amargados y de las almas pequeñitas, sino a la religión
que une el hombre con Dios, en Espíritu y Verdad.
Jamás hemos soñado crear un Nuevo Evangelio. El de Jesús,
en su interpretación real, nos basta plenamente. Estamos por las doctrinas amplias, en las cuales el alma humana encuentra un
abrigo, donde el corazón se expande, donde la Verdad
resplandece como un diamante puro de mil facetas, donde las alas
del pensamiento ya no quedan oprimidas en su vuelo hacia lo
Infinito, según la propia palabra de la Biblia: Ubi spiritus, ubi
libertas
¡La Iglesia que no admite esta divisa no es la nuestra!
Apoyados en esa ciencia y en esa fe, somos invulnerables y
aguardamos confiados el futuro.
Si, un día, el gran ideal intelectual deseado por los sabios,
entrevisto por todos los renovadores, llega a realizarse por el
acuerdo entre la Ciencia y la Fe, al Espiritismo, a sus laboriosas
investigaciones, a su consoladora y elevada filosofía, es a quien lo
deberá la Humanidad.
Gracias a él se cumplirá la bella profecía de Claude Bernard:
“Vendrá la hora en que el sabio, el pensador, el cura y el poeta
hablarán el mismo idioma.”
Conclusión
Al término de este trabajo, lanzo una mirada panorámica
sobre la obra de la Iglesia Católica Romana y resumo mi
pensamiento en estos términos: pese a sus manchas y sus
sombras, es grande y bella la historia de la Iglesia, con su larga
serie de santos, de doctores y de mártires.
Ella fue, en los tiempos bárbaros, el asilo del pensamiento y
de las artes y, durante siglos, la educadora del mundo. Todavía
hoy, sus instituciones beneméritas cubren la Tierra.
En cambio, la obra de la iglesia hubiera sido
incomparablemente más bella, más eficiente, si hubiese enseñado
siempre la Verdad en su plenitud, si hubiese hecho la luz
completa sobre el destino humano, si hubiese mostrado a todos el
objetivo noble y elevado, aunque lejano, de nuestras existencias.
¡Cómo hubiera crecido su autoridad, cómo hubiera
aumentado su prestigio, si, en lugar de arrullar a las generaciones
con vanas quimeras, ella les hubiese mostrado a Dios en la
majestad de sus leyes, en el esplendor y en la armonía de sus
universos, ofreciendo a todos sus hijos las posibilidades de la
reparación por las probaciones, del rescate por el sufrimiento, y
guiando la ascensión eterna de todos los seres hacia estados
siempre mejores, en una creciente participación en sus obras
sublimes!
Si la Iglesia hubiese hecho esto, no veríamos la indiferencia,
la incredulidad y el materialismo expandirse, provocando sus
destrucciones por todas partes.
Si la Iglesia hubiese enseñado, bajo sus formas reales, las
leyes de justicia y de responsabilidad, la comunión íntima de los
dos mundos y la certidumbre del reencuentro con aquellos que
amamos, no veríamos tantas rebeliones contra Dios, tanta
desesperación y suicidios. No veríamos las pasiones, las codicias,
los furores desencadenarse sobre nosotros y, tal vez, tampoco a
nuestro desgraciado país amenazado de caer en un estado de
decadencia moral irremediable.
También, constatando los efectos de sus enseñanzas,
podemos preguntar si nuestros contradictores en sus afirmaciones
y sus críticas, están realmente seguros de sí mismos, para seguir
la vía trazada por lo Alto.
Las dudas, las vacilaciones de numerosos curas, sus luchas
interiores y sus confidencias, nos llevan a creer lo contrario.
Cruel es la situación de tantos hombres respetables, puestos
entre las exigencias de su razón y las del dogma. Esta situación se agravará aún más y hará doloroso el día en que, trasponiendo los
portales del Más Allá, ellos se hallen en presencia de la multitud
de aquellos a quienes tenían el deber de guiar, de aconsejar, de
dirigir, que les preguntarán, con insistencia, por qué las
condiciones de la vida espiritual se encuentran tan diferentes de
todo cuanto les habían enseñado en este mundo.
Y si el Cristo, el Maestro de todos nosotros, apareciendo en
el brillo de su gloria, les pide cuentas, a su vez, de la misión
confiada y del uso de su verdadera doctrina, ¿qué respuesta le
darán?
Ante esas eventualidades temibles, no insistiremos y
dejaremos a la conciencia de nuestros adversarios la obligación de la respuesta.

Del Libro El Espiritismo y el Clero Católico de León Denis

domingo, 7 de agosto de 2011

LA ORDEN DEL MAESTRO

Acercándose la Navidad, había también en el Cielo un bullicio de
suaves alegrías. Los Ángeles encendían estrellas en las colinas de neblinas
doradas y vibraban en el aire las armonías misteriosas que hinchieran un
día de encantadora dulzura la noche de Belén. Los pastores del paraíso
cantaban y, mientras las arpas divinas tañían sus cuerdas bajo el esfuerzo
cariñoso de los céfiros de la inmensidad, el Señor llamó al Discípulo Muy
Amado a su trono de jazmines matizados de estrellas.
El vidente de Patmos no traía el estigma de la decrepitud como en
sus últimos días entre las Espóradas. En su fisonomía sobresalía aquel
mismo candor de la adolescencia que lo caracterizaba al comienzo de su
apostolado.
—Juan — le dijo el Maestro — ¿Recuerdas mi aparecimiento en la
Tierra?
—Recuerdo, Señor. Fue en el año 749 de la era romana, a pesar de
la arbitrariedad de fray Dionisio, que colocó erradamente vuestro natalicio
en 754, calculando en el siglo VI de la era cristiana.
—No, Juan — retornó dulcemente el Señor — no es la cuestión
cronológica lo que me interesa arguyéndote sobre el pasado. ¡Es que en
esas suaves conmemoraciones viene hasta mí el dulce murmullo de los
recuerdos!…
—¡Ah! Sí, Maestro Amado — contestó apresurado el Discípulo —
os comprendo. Habláis de la significación moral del acontecimiento.
¡Oh!… Sí me acuerdo… el pesebre, la estrella guiando a los poderosos al
humilde establo, los cánticos armoniosos de los pastores, la alegría
resonante de los inocentes, figurándosenos que los animales os
comprendían más que los hombres, a los cuales ofrecíais la lección de la
humildad con el tesoro de la fe y de la esperanza. En aquella noche divina,
todas las potencias angélicas del paraíso se inclinaron sobre la Tierra llena
de gemidos y de amargura para exaltar la mansedumbre y la piedad del
Cordero. Una promesa de paz brotaba para todas las cosas con vuestro
aparecimiento sobre el mundo. Se estableciera un noviazgo tierno entre la
Tierra y el Cielo y me recuerdo del júbilo con que vuestra Madre os recibió
en sus brazos hechos de amor y de misericordia. ¡Diríase, Maestro, que
las estrellas de oro del paraíso fabricaran, en aquella noche de aromas y de
luminosidades indefinibles una miel divina en el corazón piadoso de María!…
Retrocediendo en el tiempo, mi Señor muy amado, veo el transcurso
de vuestra infancia, sintiendo el martirio del que fuiste objeto; el exterminio
de los niños de vuestra edad, la fuga en los brazos cariñosos de vuestra
progenitora, los trabajos manuales en compañía de José, vuestras
maravillosas visiones en el Infinito, en comunión constante con vuestro y
nuestro Padre, preparándoos para el desempeño de la misión única que os
hizo abandonar por algunos momentos los palacios de sol de la mansión
celestial para descender sobre las lamas de la Tierra…
—Sí, Juan, y, por hablar de mis deberes, ¿cómo siguen en el mundo
las cosas atinentes a mi doctrina?
—Van mal, mi Señor. Desde el concilio ecuménico de Nicea,
efectuado para combatir el cisma de Arrio en 325, vuestras verdades son
deturpadas. Al arrianismo le siguió el movimiento de los iconoclastas en
787 y tanto contrariaran los hombres vuestra enseñanza de pureza y de
sencillez, que ellos mismos nunca más se entendieron en la interpretación
de los textos evangélicos.
—Mas, ¿no recuerdas, Juan, que mi doctrina era siempre accesible
a todos los entendimientos? Dejé a los hombres la lección del camino, de
la verdad y de la vida sin haber escrito una sola palabra.
—Todo eso es verdad, Señor, pero luego que regresaste a vuestros
imperios resplandecientes, reconocimos la necesidad de legar a la posteridad
vuestras enseñanzas. Los evangelios constituyen vuestra biografía en la
Tierra; sin embargo, los hombres no dispensan, en sus actividades, el velo
de la materia y del símbolo. A todas las cosas puras de la espiritualidad
adicionan la extravagancia de sus concepciones. Ni nosotros ni los
evangelios podríamos escapar a ello. En diversa basílicas de Ravena y de
Roma, Mateo es representado por un joven, Marcos por un león, Lucas
por un toro y yo, Señor, estoy allí bajo el símbolo extraño de un águila.
—Y mis representantes, Juan, ¿qué hacen ellos?
—Maestro, me avergüenzo en decirlo. Andan casi todos sumergidos
en los intereses de la vida material. En su mayoría, se aprovechan de las
oportunidades para explotar vuestro nombre y, cuando se vuelven hacia el
campo religioso, es casi sólo para condenarse unos a los otros, olvidándose
que les enseñasteis a amarse como hermanos.
—Las discusiones y los símbolos, querido Juan — le acota
suavemente el Maestro — no me impresionan tanto. Tuviste, como yo,
necesidad de estos últimos, para las prédicas y, sobre la lucha de las ideas,
¿no recuerdas cuanta autoridad fui obligado a usar, incluso después de mi
regreso de la Tierra, para que Pedro y Pablo no se tornasen enemigos? Si
entre mis apóstoles prevalecían semejantes desuniones, ¿cómo podríamos
eliminarlas del ambiente de los hombres, que no me vieran, siempre
inquietos en sus indagaciones?… ¡Lo que me entristece es el apego de mis
misioneros a los placeres fugitivos del mundo!
—Es verdad, Señor.
—¿Cuál es el núcleo de mi doctrina que posee de momento mayor
fuerza de expresión?
El departamento de los obispos romanos, que se recogieron dentro
de una organización admirable por su disciplina, mas altamente perniciosa
por sus desvíos de la verdad. El Vaticano, Señor, que no conocéis, es un
amontonado suntuoso de las riquezas de las trazas y de los gusanos de la
Tierra. De sus palacios confortables y maravillosos se irradia todo un
movimiento de esclavitud de las conciencias. Mientras vos no teníais una
piedra donde reposar la cabeza, dolorida, vuestros representantes duermen
su siesta sobre almohadas de plumas y de oro; mientras traíais vuestros
pies dilacerados por las piedras del camino escabroso, quien se inculca
como vuestro embajador trae vuestra imagen en las sandalias matizadas
de perlas y de brillantes. Y junto a semejantes superficialidades y absurdos,
sorprendemos a los pobres llorando de cansancio y de hambre; al lado del
lujo ostentoso de las basílicas suntuosas, erigidas en el mundo como un
insulto a la gloria de vuestra humildad y de vuestro amor, lloran los niños
desamparados, los mismos pequeñuelos a quienes extendíais vuestros
brazos compasivos y misericordiosos. Mientras sobran las lágrimas y los
sollozos entre los desafortunados, en los templos, donde hace culto a
vuestra memoria, transbordan monedas a manos llenas, pareciendo, con
amarga ironía, que el dinero es una defecación del demonio en el suelo
acogedor de vuestra casa.
—Entonces, mi Discípulo, ¿no podremos alimentar ninguna
esperanza?
—Desgraciadamente, Señor, es necesario que nos desengañemos.
Por un extraño contraste, existen más ateos bienquistos en el Cielo que de
aquellos religiosos que hablaban en vuestro nombre en la Tierra.
— Entre tanto —susurraran los labios divinos dulcemente —
consagro el mismo amor a la humanidad sufridora. No obstante la negativa
de los filósofos, las osadías de la ciencia, el apodo de los ingratos, mi
piedad es inalterable… ¿Qué sugieres, querido Juan, para solucionar tan
amargo problema?
—¿No nos dijiste, un día, Maestro, que cada cual tomase su cruz y
os siguiese?
—¡Mas prometí al mundo un Consolador en tiempo oportuno!
Y con los ojos claros y límpidos, puestos en la visión piadosa del
amor del Padre Celestial, Jesús exclamó:
—Si los vivos nos traicionaron, mi Discípulo Muy Amado, si trafican
con el objeto sagrado de nuestra casa, corrompiendo la fraternidad y el
amor, mandaré que los muertos hablen en la Tierra en mi nombre. Desde
esta Navidad en adelante, querido Juan, descubrirás un fragmento más de
los velos misteriosos que cubren la noche triste de los sepulcros para que
la verdad resurja de las mansiones silenciosas de la Muerte. ¡Los que ya
regresaron por los caminos yermos de la sepultura retornarán a la Tierra
para difundir mi mensaje, llevando a los que sufren, con la esperanza
puesta en el Cielo, las claridades benditas de mi amor!…
Y desde esa hora memorable, hace más de cincuenta años, vino el
Espiritismo, con sus lecciones prestigiosas, a traer felicidad y dar amparo
en la Tierra a toda la Humanidad.
(Comunicación recibida por el médium Francisco Cândido Xavier, en
Pedro Leopoldo, Minas Gerais, Brasil, el 20 de diciembre de 1935, transcripta de
Palabras del Infinito, LAKE —Librería Allan Kardec Editora. Pp. 42 – 4
En las obras de André Luiz, recibidas por el médium Francisco Cândido
Xavier, encontramos referencias a varios modos de transitar de una Esfera a
otra, que, a continuación, transcribiremos con algunos subrayados nuestros
en los textos.
1- “En el gran parque no hay solamente caminos para el Umbral
(…)” La Vida en el Mundo Espiritual – El caso de la Colonia Nuestro Hogar.
Editorial Kier. Capítulo 32.
2- “Francamente, nuestra peregrinación, fue muy pesada y dolorosa,
y, solamente ahí evalué, de hecho, la enorme diferencia del camino común, que
une la Costra a Nuestro Hogar y aquella recorrida ahora a pie, venciendo
obstáculos de importancia.” Los Mensajeros Espirituales, Editorial Kier,
Capítulo 33.
3- “(…) viajando siempre a través del camino luminoso es fácil de
ser recorrida la distancia, en vista de las posibilidades de volar, (…)” Los
Mensajeros Espirituales.
4- Transporte por las aguas, en un pequeño barco, cuando André
Luiz fue a visitar a su madre, que residía en una Esfera más elevada. La Vida en
el Mundo Espiritual – El caso de la Colonia Nuestro Hogar, Capítulo 36.
5- Por los “campos de salida”, expresión que “define lugares
fronterizos, entre las Esferas inferiores y superiores.” Liberación, IDE-Mensaje
Fraternal, Capítulo 3 y 19.
Un pintor moralista
Jeoren van Aeken, llamado Hieronymus Bosch, nació y desencarnó en
Hertogenbosch, Holanda, en los años 1450 ó 1460 y 1516, respectivamente.
En su extenso trabajo, siendo que a ninguno le puso la fecha, Bosch se
mostró muy ligado al espíritu religioso de la Edad Media. Siempre volcado a la
moralidad, en la pintura Los siete Pecados Capitales llegó a colocar en el
centro de la misma la inscripción latina, traducida así: “Cuidado, cuidado, Dios,
ve.”
Sus principales obras son los trípticos, entre ellos: El Jardín de las
Delicias y La tentación de San Antonio. Otras pinturas famosas: Jesús
Cargando la Cruz, Corona de espinas, San Juan Bautista en el Desierto.
documentación recogida del Anuario Espiríta del 2004