lunes, 29 de julio de 2013

DOCTRINA DE LAS PENAS ETERNAS

Origen de la doctrina de las penas eternas
La creencia en la eternidad de las penas pierde cada día tanto terreno que, sin ser profeta, cada uno puede prever su próximo fin. Ha sido combatida con argumentos tan poderosos y tan perentorios, que casi parece superfluo ocuparse de ella de hoy en adelante, y basta dejarla que se extinga. Sin embargo, hay que conceder que, aunque caduca, es todavía el escudo de los adversarios de las nuevas ideas, el cual defienden con más empeño, porque es uno de los lados más vulnerables y prevén las consecuencias de su caída. Desde este punto de vista, esta cuestión merece un examen serio.
La doctrina de las penas eternas, como la del infierno material, tuvo su razón de ser cuando ese temor podía ser un freno para los hombres poco adelantados intelectual y moralmente.
Por lo mismo que poco o nada se hubieran impresionado con la idea de las penas morales, tampoco se hubieran sobrecogido con la de las penas temporales, ni aun habrían comprendido la justicia de las penas graduadas y proporcionadas, porque no eran aptos para distinguir las diferencias, algunas veces poco sensibles, entre el bien y el mal, ni el valor relativo de las circunstancias atenuantes o agravantes.
Cuando más cerca están los hombres del estado primitivo, tanto más materiales son. El sentido se desarrolla en ellos con más lentitud. Por esta misma razón sólo pueden tener de Dios y de sus atributos una idea muy imperfecta, lo mismo que de la vida futura. Asimilan a Dios a su propia naturaleza. Para ellos es un soberano absoluto, tanto más temible cuanto más invisible, como un monarca déspota que, escondido en su palacio, no se muestra nunca a sus súbditos. Sólo es poderoso por la fuerza material, porque no comprenden la fuerza moral. Se lo representan armado
con el rayo, o en medio de los relámpagos y de la tempestad, sembrado en sus excursiones la ruina y el desconsuelo, a imitación de los guerreros invencibles. Un Dios de mansedumbre y de misericordia no sería un Dios, y sí un ser débil que no sabría hacerse obedecer. La venganza implacable, los castigos terribles, eternos, nada tenían que contradijeran la idea que tenían formada de Dios, ni que repugnase a su razón. Implacables como eran en sus resentimientos, crueles para con sus enemigos, sin piedad para los vencidos, Dios, muy superior a ellos, debía ser todavía más terrible. Para hombres tales, se necesitan creencias religiosas asimiladas a su naturaleza todavía adusta. Una religión completamente espiritual, toda amor y caridad, no podía hermanarse con la brutalidad de las costumbres y de las pasiones. No vituperamos, pues, a Moisés por su legislación draconiana, que apenas bastaba para contener a su pueblo indócil, ni el haber representado a Dios.
como a un Dios vengador. Era necesario en aquella época. La apreciable doctrina de Jesús no habría encontrado eco y hubiera sido ineficaz.  Según se fue desarrollando el espíritu, el velo material se fue disipando poco a poco para comprender las cosas espirituales. Pero esto sólo se verificó gradualmente. Cuando vino Jesús pudo anunciar un Dios clemente, hablar de su reino que no es de este mundo, y decir a los hombres:
“Amaos unos a otros, haced bien a los que os odian.” Siendo así que los antiguos decían: “Ojo por ojo, diente por diente.” ¿Quiénes eran, pues, los hombres que vivían en tiempo de Jesús? ¿Eran almas nuevamente creadas y encarnadas? Si esto fuese, Dios habría creado en tiempo de Jesús almas más adelantadas que en tiempos de Moisés. Pero entonces, ¿qué se hicieron de éstas? ¿Habrían languidecido durante la eternidad en el embrutecimiento? El solo sentido común rechaza esta suposición. No, eran las mismas almas que, después de haber vivido bajo la ley mosaica, habían adquirido durante muchas existencias un desarrollo suficiente para comprender una doctrina más elevada, y están hoy lo bastante adelantadas para recibir una enseñanza todavía más completa.
Sin embargo, Cristo no pudo revelar a sus contemporáneos todos los misterios del porvenir. Él mismo dijo: “Tengo todavía muchas cosas que deciros, pero no las comprenderíais, por esto os hablo en parábolas.” Sobre todo, en lo relativo a la moral, es decir, los deberes de hombre a hombre, fue muy explícito, porque haciendo vibrar la cuerda sensible de la vida material, sabía que le comprenderían. Sobre los demás puntos se limitaba a sembrar, bajo una forma alegórica, los gérmenes de lo que debería desarrollarse más tarde. La doctrina de las penas y de las recompensas futuras pertenece a este último orden de ideas. Sobre todo con respecto a las penas, no debió combatir por de pronto todas las admitidas. Venía para señalar a los hombres nuevos deberes. La caridad y el amor del prójimo en lugar del espíritu de odio y de venganza, La abnegación, en lugar del egoísmo, esto era ya mucho. No podía razonablemente amenguar el temor del castigo reservado a los prevaricadores sin debilitar al mismo tiempo la idea del deber. Prometía el reino de los cielos a los buenos. Esta mansión era, pues, prohibida a los malos. ¿A dónde irían? Era necesaria la alternativa contraria, propia para impresionar inteligencias todavía demasiado materiales como para identificarse con la vida espiritual, porque no hay que perder de vista que Jesús hablaba al pueblo, a la parte menos ilustrada de la sociedad, para la cual se necesitaban, por decirlo así, imágenes casi palpables y no ideas fútiles. Por esto no entra en detalles superfluos: le bastaba oponer un castigo al premio. No se necesitaba más en aquella época.
Si Jesús amenazó a los culpables con el fuego eterno, también los amenazó con echarlos a la Gehenna. ¿Y qué era esa Gehenna? Un sitio cercano a Jerusalén, un pudridero a donde iban las inmundicias de la ciudad. ¿Deberíamos tomar esto así, al pie de la letra? Era una de aquellas figuras enérgicas con cuya ayuda impresionaba a las masas. Lo mismo sucede con el fuego eterno. Si tal no hubiese sido su pensamiento, estaría en contradicción consigo mismo enalteciendo la clemencia y la misericordia de Dios, porque la clemencia y la inexorabilidad son tan contrarias, que se anulan.
Sería, pues, interpretar muy mal el sentido de las palabras de Jesús, ver en ellas la sanción del dogma de las penas eternas, cuando toda su enseñanza proclama la mansedumbre del Creador.
En la oración dominical nos enseña a decir: “Señor, perdónanos nuestras ofensas, como perdonamos a los que nos han ofendido.” Si el culpable no pudiera esperar perdón alguno, no haría falta pedirlo. ¿Pero este perdón es sin condición?, ¿es una gracia, un indulto puro y sencillo del merecido castigo? No, la medida de este perdón está subordinada al modo con que habremos perdonado, es decir, que si no perdonamos, no seremos perdonados. Dios, imponiendo como condición absoluta el olvido de las ofensas, no podía exigir que el hombre débil hiciese lo que el Todopoderoso no hiciera. La oración dominical es una protesta diaria contra la venganza de Dios.
Para hombres que sólo tenían una noción confusa de la espiritualidad del alma, la idea del fuego material nada chocante era, tanto menos cuanto que estaba en la creencia vulgar, derivada de la del infierno pagano, casi universalmente esparcida. La eternidad de las penas nada tenía tampoco que repugnarse a gentes sometidas desde muchos siglos a la legislación del terrible Jehová. En el pensamiento de Jesús, el fuego eterno no podía ser más que una figura. Poco le importaba que aquella figura fuese tomada al pie de la letra, si debía servir de freno. Bien sabía que el tiempo y el progreso se encargarían de hacer comprender su sentido alegórico, sobre todo cuando, según su predicción, el Espíritu de Verdad vendría a iluminar a los hombres sobre todas las cosas.
El carácter esencial de las penas irrevocables es la ineficacia del arrepentimiento. Jesús, pues, jamás dijo que el arrepentimiento nunca hallaría perdón ante Dios. En todas las ocasiones, al contrario, muestra a Dios clemente, misericordioso, dispuesto a recibir al hijo pródigo a su regreso, bajo el techo paterno. No lo presenta inflexible más que con el pecador endurecido. Pero si tiene el castigo en una mano, en la otra tiene siempre el perdón para el culpable, cuando éste vuelve sinceramente hacia Él. No es éste, por cierto, el retrato de un Dios sin piedad. Así es que conviene hacer notar que Jesús nunca pronunció contra persona alguna, ni aun contra los mayores culpables, una condenación irremisible.
Todas las religiones primitivas, de acuerdo con el carácter de los pueblos, tuvieron dioses guerreros que combatieron mandando los ejércitos. El Jehová de los hebreos les daba mil medios para exterminar a sus enemigos, les premiaba con la victoria o les castigaba con la derrota. Según la idea que se formaba de Dios, se creía honrarle o aplacarle con la sangre de los animales o de los hombres. De aquí proceden los sacrificios sangrientos que tan importante papel hicieron en todas las religiones antiguas. Los judíos habían abolido los sacrificios humanos. Los cristianos, a pesar de la enseñanza de Cristo, creyeron por mucho tiempo honrar al Creador entregando por millares a las llamas y a los tormentos a aquellos que llamaba herejes. Eran, bajo otra forma, verdaderos sacrificios humanos, puesto que lo hacían para mayor gloria de Dios, y con acompañamiento de ceremonias religiosas. Hoy mismo invocan todavía al Dios de los ejércitos antes del combate, y le glorifican después de la victoria, y esto, muchas veces por las causas más injustas y más anticristianas.  ¡Cuán tardío es el hombre en desprenderse de sus preocupaciones, de sus costumbres y de sus ideas primeras! Cuántos siglos nos separan de Moisés, y nuestra generación cristiana ve todavía huellas de los antiguos y bárbaros usos, admitidos, o al menos aprobados, por la religión actual. Ha sido necesario el poder de la opinión de los no ortodoxos, de aquellos apellidos herejes, para concluir con las hogueras y hacer comprender la verdadera grandeza de Dios. Pero a falta de hogueras, las persecuciones materiales y morales están en todo su vigor. Tan arraigada está en el hombre la idea de un Dios cruel. Imbuido de sentimientos que le inculcan desde la niñez, puede el hombre admirarse de que Dios que le representan honrándose por actos bárbaros, condene a tormentos eternos, y vea sin piedad los padecimientos de los condenados?
Sí, son algunos filósofos impíos, en sentir de algunos, los que se escandalizaron al ver el nombre de Dios profanado por actos indignos de Él. Son aquellos que lo mostraron a los hombres en toda su magnitud, despojándole de las pasiones y de las pequeñeces humanas que le atribuía una creencia poco ilustrada. La religión ganó en dignidad lo que perdió en prestigio exterior, pues si son menos los hombres adictos a la forma, es mayor el número de los que son con más sinceridad religiosos en su corazón y en sus sentimientos. Pero al lado de aquellos, ¡cuántos hay que, quedándose en la superficie, han venido a parar a la negación de toda providencia! Por no haber sabido poner al tiempo las creencias religiosas en armonía con los progresos de la razón humana, han hecho surgir en los unos el deísmo, en los otros la incredulidad absoluta, en otros el panteísmo; es decir, que el hombre se hizo Dios a sí mismo por  no ver uno bastante perfecto.
Argumentos en apoyo de las penas eternas.  Volvamos al dogma de la eternidad de las penas. El principal argumento que se presenta en favor suyo es el siguiente:
Está admitido entre los hombres que la gravedad de la ofensa es proporcionada a la condición del ofendido. La que se comete contra un soberano, siendo considerada como más grave que la inferida a un particular, es castigada más severamente. Pues Dios es más que un soberano, puesto que es infinito. La ofensa para con Él es infinita y debe tener un castigo infinito, es decir, eterno. Refutación. Una refutación es un argumento que debe tener su punto de partida, una base en la cual se apoye, unas premisas, en una palabra. Tomamos estas premisas en los atributos de Dios:
Dios es único, inmutable, inmaterial, todopoderoso, soberanamente justo y bueno, infinito en todas sus perfecciones. Es imposible concebir a Dios a no ser con el infinito de las perfecciones, sin lo que no sería Dios, porque se podría concebir un ser que poseyese lo que le faltase. Para que esté sobre todos los seres, es necesario que ninguno pueda sobrepujarse ni igualarle en nada. Tiene que ser, pues, infinito en todo. Siendo infinitos los atributos de Dios, no son susceptibles ni de aumento ni de disminución. Sin esto no serían infinitos y Dios no sería perfecto. Si se agregase la más pequeña partícula de uno solo de estos atributos, no sería Dios, puesto que podría existir un ser más perfecto.
El infinito de una cualidad excluye la posibilidad de la existencia de una cualidad que la disminuya o anule. Un ser infinitamente bueno no puede tener la más pequeña partícula de maldad.
Lo mismo que un objeto no podría ser absolutamente negro teniendo el más pequeño viso blanco, ni de un blanco absoluto con la más pequeña mancha negra. Sentado este punto de partida, al argumento arriba dicho se oponen los siguientes:  Sólo un ser infinito puede hacer alguna cosa infinita. El hombre, siendo limitado en sus virtudes, sus conocimientos, en su potencia, en sus aptitudes, en su existencia terrestre, no puede producir sino cosas limitadas.
Si el hombre pudiera ser infinito en el mal que hace, lo sería igualmente en el bien que hace, y entonces sería igual a Dios. Pero si el hombre fuera infinito en lo que hace de bueno, no haría mal, porque el bien absoluto es la exclusión de todo mal.
Admitiendo que una ofensa temporal hacia la Divinidad pudiese ser infinita, Dios, vengándose de ella con un castigo infinito, sería infinitamente vengativo. Si fuera infinitamente vengativo, no podría ser infinitamente bueno y misericordioso, porque uno de estos atributos es la negación del otro. Si no fuera infinitamente bueno, no sería perfecto. Y si no fuese perfecto, no sería Dios.
Si Dios es inexorable para con el culpable arrepentido, no es misericordioso. Si no es misericordioso, no es infinitamente bueno. ¿Por qué impondría Dios al hombre como ley el perdón, si Él mismo no sabe perdonar? ¡Resultaría de esto que el hombre que perdona a sus enemigos y les devuelve bien por mal, sería mejor que Dios, que se hace sordo al arrepentimiento de aquel que le ha ofendido, y le niega, eternamente, el más ligero alivio.
Dios, que está en todas partes y lo ve todo, debe ver los tormentos de los condenados. Si es insensible a sus gemidos durante la eternidad, eternamente está falto de piedad. Si no tiene piedad, no es infinitamente bueno.  A esto nos contestarán que el pecador que se arrepiente antes de morir experimenta la misericordia de Dios, y que entonces el mayor culpable puede encontrar perdón en su presencia.
Esto no se ha puesto en duda, y se concibe que Dios no perdone sino al arrepentido, y sea inflexible para con los endurecidos. Pero si es misericordioso para con el alma que se arrepiente antes de haber dejado su cuerpo, ¿por qué no lo es para con la que se arrepiente des pues de la muerte? ¿Por qué el arrepentimiento no ha de tener eficacia sino durante la vida, que no es más que un instante, y no la ha de tener durante la eternidad, que no tiene fin? Si la bondad y la misericordia de Dios están circunscritas a un tiempo dado, no son infinitas, y Dios no es infinitamente bueno Dios es soberanamente justo. La soberana justicia no es la justicia más inexorable, ni la que deja toda falta impune. Es la que lleva la cuenta más rigurosa del bien y del mal, que recompensa al uno y castiga al otro en la más equitativa proporción y no se engaña jamás. Si por una falta temporal, que siempre es resultado de la naturaleza imperfecta del hombre y a menudo del centro en que se encuentra, el alma puede ser castigada eternamente, sin esperanza de alivio ni de perdón, no hay ninguna proporción entre la falta y el castigo. Luego no hay tampoco justicia. Si el culpable vuelve a Dios, se arrepiente y solicita reparar el mal que ha hecho, vuelve al bien, a los buenos sentimientos. Si el castigo es irrevocable, esta vuelta al bien es infructuosa, puesto que si no se ha tenido cuenta del bien, no hay justicia. Entre los hombre, el condenado que se enmienda obtiene una conmutación en su pena y a veces hasta se le rehabilita. ¿Habría, pues, en la justicia humana, más equidad que en la justicia divina?
Si la condena es irrevocable, el arrepentimiento es inútil. No teniendo que esperar nada el culpable de su vuelta al bien, persiste en el mal, de modo que Dios no solamente le condena a sufrir perpetuamente, sino que también la obliga a permanecer en el mal durante la eternidad. Esto no sería ni justicia ni bondad.
 Siendo Dios infinito en todas las cosas, debe conocerlo todo: el pasado y el porvenir. Debe saber, en el momento de la creación de un alma, si faltará gravemente para ser condenada por una eternidad. Si no sabía, su sabiduría no es infinita, y en tal caso, no es Dios. Si lo sabía, voluntariamente creó un ser destinado, desde su formación, a tormentos sin fin, y entonces no es bueno. Si Dios, conmovido por el arrepentimiento de un condenado, puede extender sobre él su misericordia y sacarle del infierno, no hay penas eternas, y el juicio pronunciado por los hombres es revocado. La doctrina de las penas eternas absolutas conduce forzosamente a la negación o a la disminución de algunos de los atributos de Dios, y en consecuencia, es inconciliable con la perfección infinita. De donde extraeremos la siguiente conclusión:
Si Dios es perfecto, la condenación eterna no existe. Si ésta existe, Dios no es perfecto.
 Se invoca también en favor del dogma de la eternidad de las penas el argumento siguiente: “Si la recompensa concedida a los buenos es eterna, debe tener por contrapeso un castigo eterno. ¿Es justo proporcionar el castigo a la recompensa?”
Refutación. ¿Crea Dios el alma con la mira de hacerla dichosa o desgraciada?
Evidentemente, la dicha de la criatura debe ser el objeto de su creación, pues de otra manera Dios no sería bueno. Ella consigue la dicha por su propio mérito. Adquirido el mérito no puede perder el fruto, porque de otro modo degeneraría. La eternidad de la dicha es, pues, consecuencia de la inmortalidad. Pero antes de llegar a la perfección, tiene que sostener luchas, combatir las malas pasiones. No habiéndola Dios creado perfecta, sino susceptible de llegar a serlo, a fin de que tenga el mérito de sus obras, puede faltar. Sus caídas son las consecuencias de su debilidad natural. Si por una caída debiera ser castigada eternamente, se podría preguntar: ¿Por qué Dios no la ha creado más fuerte? El castigo que sufre es una advertencia por haber obrado mal y que debe tener por resultado devolverla al buen camino. Si la pena fuese irremisible, su deseo de obrar mejor sería superfluo.
Entonces el fin providencial de la Creación no se podría alcanzar, porque habría seres predestinados a la dicha y otros, en cambio, a la desgracia. Si un alma culpable se arrepiente, puede llegar a ser buena. Pudiendo llegar a ser buena, puede aspirar a la dicha. ¿Sería Dios justo en anegarle los medios? Siendo el bien el objeto final de la Creación, la dicha, que es su precio, debe ser eterna. El castigo, que es un medio de llegar a aquél, debe ser temporal. La más vulgar noción de justicia, aun entre los hombres, dice que no se puede castigar perpetuamente al que tiene el deseo y la voluntad de hacer bien. El último argumento en favor de la eternidad de las penas es el siguiente: “El temor del castigo eterno es un freno. Si se quita, el hombre, no temiendo nada, se entregará a todos los excesos.”
Refutación. Este raciocinio sería justo si la eternidad de las penas trajese consigo la supresión de toda sanción penal. El estado feliz o desgraciado en la vida futura es una consecuencia rigurosa de la justicia de Dios. Porque la identidad de la situación entre el hombre bueno y el perverso sería la negación de esta justicia. Pero no por no ser eterno, es el castigo menos penoso. Se le teme tanto más cuanto más racional es. Una penalidad en la que no se cree, no es un freno, y la eternidad de las penas se incluye en esta categoría.
La creencia en las penas eternas, como lo hemos dicho, ha tenido su utilidad y su razón de ser en cierta época. Hoy no solamente no conmueve, sino que hace incrédulos. Antes de sentarla como una necesidad, debería demostrarse que es real. Sería preciso, sobre todo, que se viese su eficacia en aquellos que la preconizan y se esfuerzan en demostrarla. Desgraciadamente, entre éstos, muchos demuestran con sus actos que no se asustan de ella. Si es impotente para reprimir el mal entre los que dicen creer en ella, ¿qué influjo puede tener sobre los que no creen?
Imposibilidad material de las penas eternas  Hasta aquí, el dogma de la eternidad de las penas no ha sido combatido sino por el raciocinio. Vamos a ponerlo en contradicción con los hechos positivos que tenemos a la vista, y a probar su imposibilidad.
Según este dogma, la suerte del alma queda fijada irrevocablemente después de la muerte.
Es, pues, un juicio definitivo opuesto al progreso. ¿Pero el alma progresa, sí o no? En esta pregunta se resume toda la cuestión. Si progresa, la eternidad de las penas es imposible.
¿Puede dudarse de este progreso, cuando se ve inmensa variedad de aptitudes morales e intelectuales que existe en la Tierra, desde el salvaje hasta el hombre civilizado, y la diferencia que presenta un mismo pueblo de un siglo a otro? Si se admite que no son éstas las mismas almas, es preciso admitir también que Dios crea las almas en todos los grados de adelanto, según los tiempos y los lugares. Que favorece a las unas mientras que destina a las otras a una inferioridad perpetua, lo que es incompatible con la justicia, que debe ser la misma con todas las criaturas.
Es incontestable que el alma atrasada intelectual y moralmente, como la de los pueblos bárbaros, no puede tener los mismos elementos de dicha, las mismas aptitudes para gozar de los esplendores del infinito, que aquella en la que todas las facultades están extensamente desarrolladas. Si estas almas no progresan, no pueden, con las condiciones más favorables, gozar perpetuamente más que una dicha, por decirlo así, negativa. Para estar acordes con la rigurosa justicia, venimos a parar a la forzosa consecuencia de que las almas más adelantadas son las mismas que fueron atrasadas y que han progresado. Pero aquí descubrimos la importante cuestión de la pluralidad de existencias, como el único medio racional de resolver la dificultad. Sin He aquí un ejemplo como se ven muchos:
Un joven de veinte años, ignorante, de instintos viciosos, niega a Dios y el alma, se entrega al desorden y comete toda clase de desvíos, y sin embargo, como se encuentra en un centro favorable para su adelanto, trabaja, se instruye, poco a poco se corrige y finalmente llega a ser piadoso. ¿No es un ejemplo palpable del progreso del alma durante la vida, ejemplo que se repite todos los días? Este hombre muere en avanzada edad, y naturalmente su salvación está garantizada.
Pero, ¿cuál hubiera sido su suerte, si un accidente le hubiera hecho morir cuarenta o cincuenta años más pronto? Estaría en todas las condiciones para ser condenado, pero una vez condenado, su progreso se hallaba detenido.
He ahí, pues, un hombre salvado porque ha vivido largo tiempo, y que según la doctrina de las penas eternas, se hubiera perdido para siempre si hubiera vivido menos, lo que podía resultar de un accidente fortuito. Una vez que su alma ha podido progresar en un tiempo dado, ¿por qué no habría progresado en el mismo tiempo después de la muerte, si una causa independiente de su voluntad le hubiera impedido hacerlo durante su vida? ¿Por qué Dios le habría negado los medios?
El arrepentimiento, aunque tardío, no hubiera dejado de llegar a tiempo. Pero si desde el instante de su muerte hubiese sufrido una condena irremisible, su arrepentimiento hubiera sido infructuoso eternamente, y su aptitud para progresar destruida para siempre.
El dogma de la eternidad absoluta de las penas es, pues, inconciliable con el progreso del alma, puesto que le opondría un obstáculo invencible. Estos dos principios se anulan forzosamente
el uno al otro. Si el uno existe, el otro no puede existir. ¿Cuál de los dos existe? La ley del progreso es patente. Esto no es una teoría, sino un hecho acreditado por la experiencia. Es una ley de la Naturaleza, ley divina, imprescindible. Una vez que existe, y no pudiendo conciliarse con la otra, es porque la otra no existe. Si el dogma de la eternidad de las penas fuera una verdad. San Agustín, San Pablo y muchos otros, no hubiesen jamás subido al cielo, de haber muerto antes del progreso que les condujo a su conversión.
A este último aserto, nos arguyen que la conversión de estos santos personajes no es el resultado del progreso del alma, sino de la gracia que les fue otorgada y con la cual fueron investidos.
Pero aquí hay un juego de palabras. Si hicieron el mal y más tarde fueron buenos, es por que llegaron a ser mejores, luego progresaron. ¿Acaso Dios, por un favor especial, les concedió la gracia de corregirse? ¿Entonces, por qué se lo concedió a ellos y a otros no? Siempre tenemos que la doctrina de los privilegios es incompatible con la justicia de Dios y su equitativo amor hacia todas sus criaturas.
Según la doctrina espiritista, acorde con las mismas palabras del Evangelio, con la lógica y la más rigurosa justicia, el hombre es hijo de sus obras. Durante esta vida y después de la muerte, no debe nada al favor. Dios recompensa sus esfuerzos y castiga su negligencia tanto tiempo como insiste en seguir el mal camino.
La doctrina de las penas eternas no es de este tiempo. La creencia en la eternidad de las penas materiales ha permanecido como un temor saludable, hasta que los hombres estuviesen en condición de comprender la potencia moral. Tal sucede con los niños, a quienes se contiene, durante un tiempo, con la amenaza de ciertos quiméricos, con los cuales se les espanta. Pero llega un momento en que el niño se da razón de los cuentos que ha oído en su cuna, y sería absurdo pretender gobernarles por los mismos medios. Si los que le dirigen persisten en afirmarle la verdad de tales fábulas y obligarle a creerlas al pie de la letra, perderían su confianza.
Esta es la Humanidad actual: ha salido de la infancia, sacudiendo de su mente las preocupaciones que la ligaban.
El hombre no es aquel instrumento pasivo que se doblega bajo la fuerza material, ni aquel La creencia es un acto del entendimiento, por cuya razón no puede imponerse. Si bien durante un cierto período de la Humanidad el dogma de la eternidad de las penas ha podido ser inofensivo y aun saludable, llega un momento en que viene a ser peligroso. En efecto, desde el instante en que se impone como verdad absoluta la razón lo rechaza, resulta necesariamente una de estas dos cosas: o el hombre que quiere creer se forma una creencia más racional, en cuyo caso se separa de vosotros, o bien no cree en nada. Es evidente, para todo aquel que haya estudiado la cuestión fríamente, que en nuestros días el dogma de la eternidad de las penas ha hecho más materialistas y ateos que filósofos.
Las ideas siguen un curso incesantemente progresivo. No se puede gobernar a los hombres sino siguiendo este curso. Querer detenerlo, o hacerle retroceder, o simplemente pararse en su carrera, es perderse. Seguir o no seguir este motivo es una cuestión de vida o de muerte para las religiones, así como para los gobiernos. ¿Esto es un bien o es un mal? Seguramente es un mal a los ojos de aquellos que, viviendo a expensas de lo pasado, ven que se les escapa. Para los que ven el porvenir, es la ley del progreso, que es la misma ley de Dios, y contra las leyes de Dios toda resistencia es inútil. Luchar contra su voluntad es anonadarse.
¿Por qué, pues, querer sostener a la fuerza una creencia que cae en desuso, y que en definitiva hace más mal que bien a la religión? ¡Ay! Triste es tener que afirmar que la cuestión material domina en este caso a la cuestión religiosa. Esta creencia ha sido extensamente explotada con la idea errónea de que con dinero podía hacerse abrir las puertas del cielo y preservarse del infierno. Las sumas que ha producido, y produce todavía, son incalculables. Es el impuesto provisional sobre el miedo de la eternidad. Siguiendo facultativo este impuesto, el producto es proporcionado a la creencia. Si la creencia no existe, el producto es nulo. El niño da de buena gana la golosina al que le promete espantar al duende. Pero cuando el niño no cree en el duende, guarda la golosina. La nueva revelación, dando ideas más sanas de la vida futura, y probando que puede salvarse el hombre por sus propias obras, debe encontrar una oposición tanto más viva cuanto agota una fuente muy importante de productos. Así sucede cada vez que un descubrimiento o una invención viene a cambiar las costumbres. Los que viven de los antiguos usos predican y desacreditan los nuevos, aunque sean más económicos. ¿Se cree, por ejemplo, que la imprenta, a pesar de los servicios que debía prestar a la Humanidad, debió ser aclamada por la numerosa clase de los copistas? No, ciertamente, debieron maldecirla. Así ha acontecido con otros respecto de las máquinas, líneas de ferrocarril y otras cien cosas.
A los ojos de los incrédulos, el dogma de la eternidad de las penas es una cuestión fútil de la que se ríen. A los ojos del filósofo, tiene una gravedad social por los abusos a que da lugar. El hombre verdaderamente religioso ve la dignidad de la religión interesada en la destrucción de estos abusos y de su causa.
Documentación recogida de el cielo y el infierno o la justicia divina según el espiritismo: Allan Kardec

sábado, 20 de julio de 2013

EL PORVENIR Y LA NADA

 Vivimos, pensamos, obramos, he aquí lo positivo: moriremos, esto no es menos cierto.
Pero dejando la Tierra, ¿a dónde vamos? ¿Qué es de nosotros? ¿Estaremos mejor o peor? ¿Seremos o no seremos? Ser o no ser: tal es la alternativa, es para siempre o para nunca jamás, es todo o nada, viviremos eternamente o todo se habrá concluido para siempre. Bien merece la pena pensar en ello. Todo hombre siente el deseo de vivir, de gozar, de querer, de ser feliz. Decid a uno que sepa que va a morir que vivirá todavía, que su hora no ha llegado, decidle sobre todo que será más feliz de lo que ha sido, y su corazón palpitará de alegría. ¿Pero por qué estas aspiraciones de dicha, si un soplo puede desvanecerlas?
¿Acaso existe algo más aflictivo que el pensamiento de la absoluta destrucción? Puros
afectos, inteligencia, progreso, saber laboriosamente adquirido, todo esto sería perdido, aniquilado.
¿Qué necesidad habría de esforzarse en ser mejor, reprimirse para refrenar sus pasiones, fatigarse en adornar su inteligencia, si no debe uno recoger de todo fruto alguno, sobre todo con el pensamiento de que mañana quizá no nos sirva ya para nada? Si así sucediese, el destino del hombre sería cien veces peor que el del bruto, porque el bruto vive enteramente para el presente, para satisfacción de sus apetitos materiales, sin aspiración al porvenir. Una intuición íntima afirma que esto no es posible.  Con la creencia en la nada, el hombre concentra forzosamente todos sus pensamientos sobre la vida presente, y no es posible, en efecto, preocuparse lógicamente de un porvenir en el cual no se cree. Esa preocupación exclusiva del presente que conduce naturalmente a pensar en sí mismo ante todo es, pues, el más poderoso estimulante del egoísmo, y el incrédulo es consecuente consigo mismo cuando deduce esta conclusión: “Gocemos mientras estamos aquí, gocemos lo más posible, puesto que con nosotros todo concluye. Gocemos aprisa, porque ignoramos cuánto durará esto.” Y este otro argumento, mucho más grave para la sociedad: “Gocemos a pesar de todo, cada uno para sí. La dicha aquí es del más listo.”
Si el respeto humano detiene a algunos, ¿qué freno tendrán aquellos que nada temen? Dicen
que la justicia humana sólo alcanza a los torpes, por esto discurren cuanto pueden para eludirla. Si
hay una doctrina mal sana y antisocial, seguramente es la del nihilismo, porque rompe los
verdaderos lazos de la solidaridad y de la fraternidad, fundamentos de las relaciones sociales.
 Supongamos que, por una circunstancia cualquiera, todo un pueblo adquiere la certeza de
que dentro de ocho días, de un mes, de un año si se quiere, habrá desaparecido, que ni un solo
individuo sobrevivirá, y que no quedará ni huella del mismo después de la muerte. ¿Qué hará
durante este tiempo? ¿Trabajará para su mejoramiento e instrucción? ¿Se sujetará al trabajo para
vivir? ¿Respetará los derechos, lo intereses y la vida de sus semejantes? ¿Se someterá a las leyes, a
una autoridad, cualquiera que sea, incluso la más legítima: la autoridad paternal? ¿Se obligará a
algún deber? Seguramente que no. Pues bien, lo que no sucede en masa, la doctrina del nihilismo lo
realiza cada día aisladamente. Si las consecuencias no son tan desastrosas como lo pudieran ser, es primeramente porque la mayor parte de los incrédulos tienen más fanfarronería que verdadera incredulidad, más duda que convicción, porque tienen miedo del que manifiesta al anonadamiento. El título de espíritu fuerte, lisonjea su amor propio. Además, los incrédulos absolutos están en ínfima minoría, sufren, a pesar suyo, el ascendiente de la opinión contraria, y son contenidos por una fuerza material. Pero si la incredulidad absoluta fuese un día la opinión de la mayoría, la sociedad quedaría disuelta. A esto tiende la propaganda de la idea del nihilismo.
 Un joven de dieciocho años padecía de una enfermedad de corazón declarada incurable. La ciencia
había dicho: puede morir tanto dentro de ocho días, como dentro de dos años, pero no pasará de ahí. Lo supo el joven, y al momento abandonó los estudios y se entregó a todos los excesos. Cuando se le decía lo peligroso que era en su situación esa vida desordenada, contestaba: “¡Qué me importa, puesto que sólo he de vivir dos años! ¿A qué cansar mi imaginación? Yo disfruto de lo que me resta y quiero divertirme hasta el fin.” He aquí la consecuencia lógica del nihilismo. Si este joven hubiese sido espiritista, habría sostenido: “La muerte sólo destruirá mi cuerpo, que dejaré como un vestido viejo, pero mi espíritu vivirá siempre. Yo seré en la vida futura lo que habré procurado ser en ésta. Nada de cuanto pueda adquirir en cualidades morales e intelectuales será perdido, y redundará en provecho de mi adelanto. Todos los defectos de que me despoje son un
paso más hacia la felicidad. Mi dicha o mi desgracia venideras dependen de la utilidad o inutilidad de mi existencia presente. Me interesa mucho aprovechar el poco tiempo que me queda, y evitar cuanto pueda debilitar mis fuerzas.” De estas dos doctrinas, ¿cuál es la preferible?
Cualesquiera que sean las consecuencias, si el nihilismo fuese una verdad habría que
aceptarlo. Y no serían ni sistemas contrarios, ni el temor del mal que resultaría, los que podrían impedir que lo fuese. No hay, pues, que hacerse ilusiones. El escepticismo, la duda, la indiferencia,
aumentan cada día, a pesar de los esfuerzos de la religión. Si la religión es impotente contra la incredulidad es porque le falta algo para combatirla, de manera que si permaneciese inactiva en un
tiempo dado, sería infaliblemente vencida. Lo que le falta en este siglo de positivismo, en el que se quiere comprender antes que creer, es la sanción de esas doctrinas por hechos positivos, así como la
concordancia de ciertas doctrinas con los datos positivos de la ciencia. Si ésta dice blanco y los
hechos dicen negro, hay que optar entre la evidencia o la fe ciega.  En tal situación, el Espiritismo viene a oponer un dique a la invasión de la incredulidad, no sólo con el raciocinio, no sólo con la perspectiva de los peligros que trae consigo, sino más bien con hechos materiales, haciendo palpables al tacto y a la vista el alma y la vida futura.
Cada uno es libre, sin duda alguna, en su creencia, de creer algo o de no creer nada. Pero
aquellos que quieren hacer prevalecer en la mente de las masas, de la juventud sobre todo, la
negación del porvenir apoyándose en la autoridad de su saber y del ascendiente de su posición,
siembran en la sociedad gérmenes de turbación y de disolución, y contraen una grave
responsabilidad.  Hay otra doctrina que asegura no ser materialista, porque admite la existencia de un principio inteligente fuera de la materia: es la de la absorción en el todo universal. Según esta doctrina, cada individuo se apropia desde su nacimiento una partícula de este principio, que
constituye su alma, y le da la vida, la inteligencia y el sentimiento. A la muerte, ese alma vuelve al centro común y se pierde en el infinito, como una gota de agua en el océano.
Esta doctrina, sin duda alguna, es preferible al materialismo puro, puesto que admite algo, y el otro no admite nada. Pero las consecuencias son exactamente las mismas. Que el hombre sea
sumido en la nada o en un depósito común, es igual para él. Si en el primer caso está destruido, en
el segundo pierde su individualidad, esto es, como si no existiera. Las relaciones sociales quedan
destruidas, lo esencial para él es la conservación de su yo. Sin esto, ¿qué importa ser o no ser? El
porvenir para él es siempre nulo, y la vida presente es lo único que le preocupa e interesa. Desde el
punto de vista de sus consecuencias morales, esta doctrina es tan malsana, tan desconsoladora, tan
excitante del egoísmo como el materialismo puro.  Se puede, además, formular la objeción siguiente contra esa doctrina: todas las gotas de agua procedentes del océano se asemejan y tienen propiedades idénticas, como las partes de un mismo todo. ¿Por qué las almas, si proceden de ese gran océano de la inteligencia universal, se asemejan tan poco? ¿Por qué el genio al lado de la estupidez? ¿Las virtudes más sublimes al lado de los vicios más vergonzosos? ¿La bondad, la dulzura, la mansedumbre, al lado de la maldad, de la crueldad y la barbarie? ¿Cómo difieren tanto unas
de otras partes de un todo homogéneo? Se dirá. Acaso, que es la educación la que las modifica. Pero entonces, ¿de dónde proceden las cualidades innatas, las inteligencias precoces, los instintos buenos y malos, independientes de toda educación y muy a menudo poco en armonía con los ámbitos en que se desarrollan?
La educación, sin duda alguna, modifica las cualidades intelectuales y morales del alma.
Pero aquí surge otra dificultad. ¿Quién da al alma la educación para hacerla progresar? Otras almas
que, siendo de un mismo origen, no deben estar más adelantadas. Por otra parte, el alma, volviendo
al Todo Universal de donde salió, después de haber progresado durante la vida, lleva allí un
elemento más perfecto, de lo que se deduce que ese todo, con el tiempo, debe encontrarse
profundamente modificado y mejorado. ¿Cuál es la causa de que incesantemente salgan almas
ignorantes y perversas?  En esa doctrina, el manantial universal de inteligencia que provea las almas humanas es independiente de Dios. No es precisamente el panteísmo. El panteísmo, propiamente dicho, difiere porque considera el principio universal de vida y el de inteligencia como constituyendo la  Divinidad. Dios es a la vez espíritu y materia. Todos los seres, todos los cuerpos de la Naturaleza componen la Divinidad, de la que son moléculas y elementos constitutivos. Dios es el conjunto de todas las inteligencias reunidas. Cada individuo, siendo una parte del todo, es Dios mismo, ningún ser superior e independiente manda al conjunto. El Universo es una inmensa república sin jefe o, más bien, en ella cada uno es jefe con un poder absoluto.
A este sistema se pueden oponer numerosas objeciones, de las cuales las principales son:
No pudiéndose comprender la Divinidad sin perfecciones infinitas, uno se pregunta: ¿Cómo un todo
perfecto puede componerse de partes tan imperfectas y que tienen necesidad de progresar? Estando
cada parte sometida a la ley del progreso, resulta que el mismo Dios debe progresar. Si progresa sin
cesar, debió ser en el principio muy imperfecto. ¿Cómo un ser imperfecto, compuesto de voluntades e ideas tan divergentes, pudo concebir leyes tan armoniosas de tan admirable unidad, sabiduría y previsión como las que rigen el Universo? Si todas las almas son porciones de la Divinidad, todas han contribuido a formar las leyes de la Naturaleza. ¿A qué se debe que estén murmurando sin cesar contra esas leyes que ellas hicieron? Una teoría no puede ser aceptada como verdadera más que con la condición de satisfacer la razón y dar cuenta de todos los hechos que abraza. Si solamente un hecho viene a desmentirla, es porque no está en lo verdadero en absoluto.
 Desde el punto de vista moral, las consecuencias son también ilógicas. Por de pronto es
para las almas, como en el sistema precedente, la absorción en un todo y la pérdida de la
individualidad. Si se admite, según la opinión de algunos panteístas, que conservan su
individualidad, Dios no tiene ya una voluntad única, es un compuesto de millones de voluntades
divergentes. Siendo, pues, cada alma parte integrante de la Divinidad, ninguna es dominada por
una potencia superior. No asume, por consiguiente, ninguna responsabilidad por sus actos buenos o
malos, ni tiene interés alguno en hacer el bien, y puede hacer el mal impunemente, puesto que es
señora soberana.  Además de que estos sistemas no satisfacen ni a la razón ni a las aspiraciones del
hombre, se tropieza, como vemos, con dificultades insuperables, porque no pueden resolver todas
las dudas que de hecho suscitan. El hombre tiene, pues, tres alternativas: la nada, la absorción, o
la individualidad del alma antes y después de la muerte. La lógica nos conduce inevitablemente a esta última creencia. Es también la que ha sido el fundamento de todas las religiones desde que el
mundo existe. Si la lógica nos conduce a la individualidad del alma, nos trae también esta otra consecuencia: que la suerte de cada alma debe depender de sus cualidades personales, porque sería irracional admitir que el alma rezagada del salvaje y la del hombre perverso estuviesen al nivel de las del sabio y del hombre de bien. Según la justicia, las almas deben tener la responsabilidad de sus actos. Pero para que sean responsables, es menester que sean libres de escoger entre el bien y el mal. Sin el libre albedrío hay fatalidad, y con la fatalidad no cabe la responsabilidad. Todas las religiones han admitido igualmente el principio de la suerte feliz o desgraciada
de las almas después de la muerte, es decir, de las penas y de los goces futuros que se resumen en la doctrina del cielo y del infierno, que se encuentra en todas partes. Pero en lo que difieren
esencialmente es en la naturaleza de esas penas y de esos goces y, sobre todo, en las circunstancias
que pueden merecer las unas y los otros. De aquí puntos de fe contradictorios que han hecho surgir
diferentes cultos, y los deberes particulares impuestos por cada uno de ellos para adorar a Dios, y
por este medio ganar el cielo y evitar el infierno.  Todas las religiones han debido, en su origen, estar en proporción o relación con el grado de adelanto moral e intelectual de los hombres. Éstos, todavía demasiado materiales para comprender el mérito de las cuestiones puramente espirituales, han hecho consistir la mayor parte de los deberes religiosos en el cumplimiento de formas exteriores. Durante cierto tiempo, esas
formas bastaron a su razón. Más tarde, haciéndose la luz en su inteligencia, sienten el vacío que
dejan las formas tras de sí, y si la religión no llena este vacío, la abandonan y se vuelven filósofos.
 Si la religión, apropiada en un principio a los conocimientos limitados de los hombres, hubiese seguido siempre el movimiento progresivo del espíritu humano, no habría incrédulos,
porque está en la del hombre la necesidad de creer, y creerá si se le da un alimento espiritual en armonía con sus necesidades intelectuales.
El hombre quiere saber de dónde viene y a dónde va. Si se le señala un fin que no corresponda ni a sus aspiraciones ni a la idea que se forma de Dios, ni a los datos positivos que le suministre la ciencia; si además se le imponen para alcanzarlo condiciones cuya utilidad no admite
su razón, todo lo rechaza. El materialismo y el panteísmo le parecen aún más racionales, porque en ellos se discute y se raciocina. Es un raciocinio falso, es verdad, pero prefiere razonar en falso a dejar de razonar. Pero que se le presente un porvenir con condiciones lógicas, digno en todo de la
grandeza, de la justicia y de la infinita bondad de Dios, y abandonará el materialismo y el panteísmo, cuyo vacío siente en su fuero interno, y que admitió únicamente por no saber nada mejor. El Espiritismo da algo mejor, y por eso es acogido tan fervorosamente por todos aquellos a
quienes atormenta la punzante incertidumbre de la duda, y que no encuentran ni en las creencias ni en las filosofías vulgares lo que buscan. Tiene a su favor la lógica del raciocinio y la sanción de los
hechos, y por esto se le ha combatido inútilmente.  El hombre tiene instintivamente la creencia en el porvenir. Pero no teniendo hasta hoy ninguna base cierta para definirlo, su imaginación ha forjado sistemas que han traído la diversidad de creencias. No siendo la doctrina espiritista sobre el porvenir una obra de imaginación más o menos ingeniosamente expresada, y sí el resultado de la observación de hechos materiales que se desarrollan hoy a nuestra vista, reunirá, como lo hace ya actualmente, las opiniones divergentes o flotantes, y traerá poco a poco y por la fuerza natural de las cosas la unidad de creencias sobre este punto, creencia que no tendrá por base una hipótesis, sino una certeza. La unificación hecha en lo relativo a la suerte de las almas será el primer punto de contacto entre los diferentes cultos, un paso inmenso hacia la tolerancia religiosa primero, y más tarde hacia la fusión.

domingo, 23 de junio de 2013

¿QUÉ ES LA OBSESIÓN?

En el Movimiento Espírita existe mucha confusión al respecto de la obsesión y de cómo se
caracteriza. Uno de los obstáculos para su curación está, en la dificultad para identificarla. Frecuentemente, es confundida con la simple influencia de Espíritus sufrientes o con las influencias negativas que todo ser humano recibe. Se puede comparar este error, más o menos, como el del médico que, al examinar al paciente, confundió el resfriado con la tuberculosis. Hay aquellos que confunden la obsesión con mediumnidad o con el trabajo del paciente en el campo de la asistencia social. Es un grave error que puede llevar a consecuencias dañinas. Es lo mismo que un médico prescribiera para la cura de una enfermedad, que su paciente estudiara medicina o que fuera a trabajar a un hospital.
La obsesión es una enfermedad con fondo moral que debe ser tratada por métodos lógicos
y racionales enseñados por la Doctrina Espírita. Si deberá haber actividad mediúmnica o no en la
vida del paciente, ello quedará decidido después del tratamiento, pues dependerá de una serie de
factores que deberán ser evaluados por el dirigente de sesiones o por el responsable del Centro.
Es necesario para el observador, detenerse en algunos detalles para identificar correctamente
el proceso obsesivo. Sólo de esta manera podrá ser tratado correctamente.
“La obsesión presenta caracteres diversos que es muy necesario distinguir, y que resultan
del grado de opresión y de la naturaleza de los efectos que produce”. (Allan Kardec en el Libro de
los Médiums, capítulo 23:237)
“La palabra obsesión es de algún modo un término genérico por el cual se designa esta
especie de fenómeno, cuyas principales variedades son: la obsesión simple, la fascinación y la subyugación.”
(ítem anterior)
1.1 - Definición clásica.
Allan Kardec, el codificador, define de esta manera la obsesión:
“La obsesión es la acción persistente de un Espíritu malo sobre una persona. Presenta características
muy diversas, desde la simple influencia de orden moral, sin señales exteriores perceptibles,
hasta la completa perturbación del organismo y las facultades mentales”
“Se trata del dominio que algunos Espíritus pueden adquirir sobre ciertas personas. Son
siempre los Espíritus inferiores que buscan dominar, pues los buenos no ejercen ningún constreñimiento...
Los malos, por el contrario, se agarran a los que consiguen cautivar. Si llegan a dominar a
alguien, se identifican con el Espíritu de la víctima y la conducen con se hace con un niño”.
La obsesión es el dominio que los Espíritus inferiores adquieren sobre algunas personas,
provocándoles desequilibrios psíquicos, emocionales y orgánicos. Esta es la definición básica que
Allan Kardec dio de ella. Como causa fundamental de la obsesión, el Codificador señaló ciertas
flaquezas del organismo moral de los pacientes.
La Doctrina Espírita enseña que todos nosotros recibimos la influencia de los buenos y
malos Espíritus, explicando que se trata de un proceso natural, por medio del cual el espíritu es
estimulado a la experiencia evolutiva cuando está encarnado. Sin embargo, cuando un Espíritu
atrasado se apega a una persona y su influencia perniciosa se vuelve constante, entonces puede
clasificarse como obsesión.
Los síntomas que caracterizan a la obsesión varían en cada uno de los casos, desde simples
efectos morales, pasando por manías, fobias, alteraciones emocionales acentuadas, cambios en la
estructura psíquica, subyugación del cuerpo físico, hasta la completa disgregación de la normalidad
psicológica, produciendo la locura.
En el tratamiento de la obsesión es preciso saber distinguir sus efectos, de aquellos otros
causados por las influencias naturales (mas o menos pasajeras) y de las alteraciones emocionales
oriundas del propio psiquismo del paciente.
Existen personas que buscan el Centro Espírita trayendo desequilibrios psicológicos que,
aunque se puedan beneficiar de las enseñanzas de la Espiritualidad, también necesitan del apoyo de
terapeutas. La relación con la vida actual, la propia educación que reciben o su pasado reencarnatorio
les cargan de traumas y condicionamientos que los hacen sufrir.
El estudio de la Doctrina y las conferencias públicas podrán ayudar a esos individuos en la
recuperación de la normalidad anhelada, pero el entrevistador u orientador no debe dispensar la
competente orientación profesional, cuando lo crea necesario.
Es evidente que el entrevistador o dirigente del Centro Espírita tiene que saber diferenciar la
obsesión de las otras anomalías psíquicas. Existen algunas reglas generales que pueden observarse,
lo que les ayudará con profundidad, será la experiencia en trono de los casos examinados.
El fenómeno obsesivo presenta señales morales, psicológicas o físicos característicos, que el
trabajador debe aprender a identificar. En la obsesión, obsesión, se observa un constreñimiento de la
voluntad del paciente, un incómodo que parece no cede a ninguna providencia. Con la simple influencia
de sufridores, eso no ocurre. En ella, solo se observa la tristeza apática, la melancolía,
llanto, sin mayor gravedad. Alguien puede estar alterado emocionalmente, influenciado por un Espíritu
sufriente, sin con ello estar obsesado.
Los síntomas relacionados abajo, pueden ser indicadores de procesos obsesivos ya desarrollados
o en fase de desarrollo. Si permanecen constantes en una persona, se puede sospechar con
gran margen de acierto, que esté bajo el imperio de la obsesión. Son estos:
- Depresión, angustia y tristeza.
- Pesadillas constantes.
- Tendencia al vicio.
- Prácticas mundanas.
- Agresividad fuera de lo normal.
- Abandono de la vida social o familiar.
- Ruidos extraños a voluntad propia.
- Visión frecuente o esporádica de sombras.
- Impresión de escuchar voces.
- Manías y tics nerviosos.
Una persona, alguna que otra vez, puede tener pesadillas, entrar en un estado de tristeza o
sentir cualquiera de los síntomas citados arriba, sin que esté siendo víctima de la obsesión. Lo que
caracterizará la fenomenología obsesiva será la insistencia de esos estados mórbidos en incomodar a
la persona.
Todavía en el campo de los síntomas, se puede afirmar que en las simples influencias espirituales,
las entidades normalmente son Espíritus sufridores o ignorantes, que pueden ser apartados
fácilmente del campo psíquico del paciente a través de pases y evangelización. En las obsesiones
provocadas por Espíritus malos es diferente. Los síntomas se presentan con tendencias agravantes y
enfermas. Se observa una insistencia de la entidad en agredir al obsesado o interferir en su mente,
afectando la normalidad.
Con el tiempo, el responsable de la recepción en el Centro Espírita adquirirá experiencia
suficiente para detectar la obsesión y prever su tratamiento con relativa seguridad.
1.2 – Causas de la obsesión.
Es de vital importancia a los que trabajan con el tratamiento de la obsesión, descubrir las
causas que llevarán al paciente a caer bajo el dominio del Espíritu obsesor que lo atormenta. Sabemos,
a través de las enseñanzas de Allan Kardec, que en el fondo de todas las perturbaciones espirituales
residen las flaquezas morales del perturbado, las imperfecciones del alma que son las puertas
de entrada para la influencia extraña.
Algo parecido ocurre con las enfermedades del cuerpo físico: cuando ellas se instalan en el
organismo, la causa está generalmente en las flaquezas de la estructura orgánica.
En estudios realizados en el Grupo Espírita Bezerra de Menezes, en la ciudad de San José
de Río Preto, San Pablo, Brasil, fueron examinados más de 7 mil casos de comportamientos anormales,
causadas por Espíritus o no, se clasificaron las causas de la obsesión como si vinieran de
cuatro fuentes distintas:
- Causa moral
- Causa Kármica
- Contaminaciones
- Auto obsesión.
Causa moral.
Hay dos situaciones que pueden llevar a un paciente a ser víctima de la obsesión de fondo
moral: el Espíritu inmaduro y el Espíritu mal orientado. En el primer caso, el de la inmadurez espiritual,
son pacientes poco adelantados moralmente, con el psiquismo todavía dominado por pensamientos
inferiores. La conducta de esas personas con acciones y pensamientos inferiores, atraen a
Espíritus imperfectos que se afinizan con ellas. En el principio de la relación, se verifica solo alguna
interferencia en algunas actitudes del individuo. Mas tarde, aparece un delicado mecanismo de interinfluenciación,
donde las voluntades y deseos son conmutados entre perturbado y perturbador.
Luego, la voluntad del obsesado, poco a poco va siendo sustituida por la del obsesor,
instalándose el fenómeno obsesivo. Este tipo de obsesión es común y hay situaciones en que los que
la llevan ni perciben que dividen su vida mental con un Espíritu inferior. En ese tipo de obsesión no
hay gran cura en el tratamiento. Lo que se puede conseguir es una mejoría relativa, pues no hay
como cambiar bruscamente el estado evolutivo de una persona, haciéndola entender conceptos que
todavía no tienen condiciones de concebir.
En la segunda situación, la del Espíritu mal orientado, se encuentran los pacientes que
tuvieron educación deficitaria en el hogar, en la religión, en la escuela. La inferioridad del mundo
terrenal, sus costumbres y sistemas educativos estimulan en el ser humano un desarrollo de las
pasiones y lo apartan de Dios. Estructuras psicológicas mal orientadas provocan en las personas,
conductas desordenadas, llevándolas a sintonizar con Espíritus inferiores. Por el mismo mecanismo
citado anteriormente, se forma el proceso obsesivo de fondo moral. En esos casos, el tratamiento
será más fácil, pues se trata de un problema que una simple orientación bien conducida puede resolver.
Causa karmica.
Se clasifican como obsesiones kármicas los casos obsesivos relacionados con las vidas
pasadas de un paciente en desequilibrio. Karma es un término que se refiere al bagaje histórico del
Espíritu. Es el producto de todas las encarnaciones vividas por la entidad. La palabra “Karma” es de
origen sánscrito (una de las más antiguas lenguas de la india), y significa “acción”. Se puede decir, a
grosso modo, que el karma es la acción del Espíritu en toda su trayectoria evolutiva, desde su
primera encarnación.
Se denominan obsesiones de “causa kármica”, aquellas en que las persecuciones observadas
no pertenecen a la relación obsesado y obsesor, ocurridas en vidas pasadas, en este u otros
mundos. Es un tipo de obsesión provocada por la desarmonía de conducta entre dos o más seres
humanos, generando odios, resentimientos y venganzas que pueden extenderse hacia sus vidas futuras.
La ley de acción y reacción, o causa y efecto, regulan estos procesos de ajuste entre las partes
envueltas, permitiendo que las consecuencias de esta cosecha mal hecha den sus frutos con vistas al
aprendizaje de todos.
El compromiso en el pasado, a través de las ataduras vibratorias, atrae al desencarnado
que, viendo consumida la fase de infancia de su enemigo, inicia su influencia maléfica sobre él.
Durante dos años se instala la obsesión, presentándose una mayor o menor gravedad, según las
circunstancias de cada caso.
Contaminaciones.
En la Génesis, Capítulo XIV, Allan Kardec hace un importante estudio sobre los fluidos
espirituales. Examinando dichos puntos, se puede concluir que los ambientes materiales poseen una
especie de atmósfera espiritual creada por las personas que viven con ellas. Se obtiene de ahí, que
los Centros Espíritas, los terrenos de Umbanda, las Iglesias, los hogares, los locales de trabajo y de
diversiones, constituyen verdaderos núcleos de magnetismo espiritual, creados por los pensamientos
de los que los frecuentan. Aprendemos que en esos ambientes constituidos por personas mas o
menos imperfectas, donde se asocian Espíritus desencarnados con tendencias afines.
En las investigaciones basadas en la obsesión, realizadas en el Grupo Espírita Bezerra de
Menezes de Brasil, se verificó que frecuentadores de ambientes espirituales donde predominan presencias
de Espíritus inferiores (terrenos primitivos, centros espíritas desajustados o templos de sectas
extrañas), pueden quedar contaminados con su influencia. Tal dominio se forma en virtud de la
sintonía mental de los frecuentadores, con los Espíritus que habitualmente van ahí. Estas obsesiones
tienen la denominación de “contaminaciones”.
En los casos de los terrenos dichos anteriormente de Umbanda, los consultantes – como
son llamados allí los necesitados – casi siembre van a solicitar ayuda para la solución de sus problemas
materiales y amorosos. En esos ambientes, generalmente predominan intereses rápidos, ligados
a la vida material y nadie acostumbra a tratar las cuestiones morales relativas al futuro del individuo
como Espíritu inmortal.
Los Espíritus inferiores que militan en esos ambientes, ayudan a las personas interfiriendo
sus vidas, causándoles contrariedades o efectos materiales que engañan a los que no poseen conocimientos
de la verdad enseñada por el Consolador. Cuando el frecuentador se aparta de esos lugares,
la influencia de los malos Espíritus no siempre cesa. Al notar que están perdiendo sus víctimas,
pueden instalar la desarmonía emocional así como material en la vida de los que envuelven.
Las obsesiones causadas por contaminaciones son más frecuentes de lo que se imagina. En
la región de San José de Río Preto (Brasil), por ejemplo, lo son un 40% de los casos examinados.
Las contaminaciones también pueden ocurrir a través de las actividades de los Centros Espirituales
mal orientados. Cuando personas novatas, sin estudio o preparación, son puestas en reuniones
mediúmnicas para ejercitar sus facultades, es muy común caer bajo el dominio de los Espíritus
inferiores, acabando como víctimas de la obsesión. Grupos espíritas dominados por entidades ignorantes
y malévolas son verdaderos focos de contaminación espiritual, que perjudican a los que allí
van a buscar ayuda y orientación para sus vidas.
Auto-obsesión.
En la auto-obsesión, la mente de la persona enferma se encuentra en una condición enferma
parecida a la neurosis. Es una situación donde él se atormenta a sí mismo con pensamientos de los
cuales no se consigue librar. Hay casos más graves en que el paciente no acepta que su mal resida en
él mismo.
Las causas de este tipo de obsesión residen en los problemas anímicos del paciente, o sea,
en sus dramas personales, de esta o de otras encarnaciones. Son traumas, remordimientos, culpas y
situaciones que vienen de la intimidad de su ser, que le perjudican la normalidad psicológica.
Cuando se examinan esos casos mediúmnicamente, se pueden encontrar Espíritus atrasados
o sufrientes asociados a la vida mental de los enfermos. Pero, en las comunicaciones indican que
ellos están allí por causa de la sintonía mental con el obsesado. Agravan su mal, pero no son los
causantes de él.
La causa central de ese tipo de obsesión reside en el paciente, que se atormenta él mismo,
en una especie de punición a sí mismo. La mente de un auto-obsesado está cerrada en sí misma y es
preciso abrirla para la vida exterior, si queremos ayudarlo.
La psicoterapia convencional puede y debe ser utilizada en el tratamiento de la auto-obsesión.
Uniéndose a él la terapia espírita, basada en la evangelización y en el ascendente moral, se
pueden obtener resultados satisfactorios. El tratamiento abrirá la prisión psíquica donde el individuo
vive, liberándole de la esclavitud mental.
1.3 - Grados de la obsesión.
La obsesión posee causas, consecuencias y señales diversas. Allan Kardec ordenó el fenómeno
obsesivo según ciertas características y grados de intensidad que le es propio y que facilita el
entender la gravedad de cada caso. El Codificador clasificó la obsesión en tres categorías distintas,
según su grado de manifestación: Obsesión simple, Fascinación y Subyugación.
Obsesión simple.
En la obsesión simple, ocurre un grado de constreñimiento que se limita a perturbar la
voluntad, emoción y psiquismo del paciente obsesado. El Espíritu inferior incomoda al individuo,
pero no domina en profundidad su psiquismo. Alguien que tenga el sueño perturbado por pesadillas,
puede estar siendo víctima de una obsesión simple. Si, mientras tanto, los efectos provocados por
esos sueños ruines permanecen durante el día perturbando al enfermo, el caso puede ser clasificado
como una subyugación moral.
Pacientes portadores de depresiones de carácter leve a mediana, pueden ser víctima de
obsesiones simples. Sin embargo, si la situación psicológica degenera en la predominación de malos
pensamientos en el tránsito mental, la situación también puede ser clasificada como subyugación
moral.
Pequeños tics nerviosos y manías esporádicas, también pueden clasificarse como obsesiones
simples. En el caso de que los tics nerviosos se vuelvan constantes, el fenómeno obsesivo podrá
ser clasificado como subyugación física. En resumen, la obsesión simple es, como el propio nombre
indica, una interferencia espiritual no grave. Pero, es importante citar que algunas obsesiones simples,
si no fueran cuidadas adecuadamente, podrán degenerar en formas más graves, tales como la
subyugación o fascinación. Por tanto, todos los casos de obsesión merecen la mayor intención.
Fascinación.
La fascinación es el proceso de obsesión más grave. Es Allan Kardec todavía quien así lo
dice, hablando de esa situación obsesiva:
“La tarea (de desobsesión) es mucho más fácil cuando el obseso, comprendiendo la situación
en que se halla, aporta su concurso poniendo voluntad y orando. No sucede lo mismo si,
seducida por el espíritu embustero, la víctima está ilusionada con las supuestas cualidades de quien
la domina y se complace en el error en que este último la sume, porque en tal circunstancia, muy al
contrario de colaborar con los que le asisten, rechaza su ayuda. Tal es el caso de la fascinación,
siempre infinitamente más rebelde que la más violenta de las subyugaciones. Digamos, por último,
que en todos los casos de obsesión, la plegaria es el más poderoso auxiliar de la oración contra el
espíritu obsesor.” – (El evangelio según el Espiritismo, Capítulo 28:81).
En la fascinación, existe un mecanismo de profunda ilusión instalada en la mente enferma
del paciente. Él afecta a las facultades intelectuales, distorsionando el raciocinio, la capacidad de
juicio y la razón. El Espíritu obsesor engaña al enfermo explorando en sus flaquezas morales,
engañándolo con falsas promesas. Un fascinado no admite que está obsesado. El defecto moral que
provoca la fascinación es el orgullo. Infelizmente todos nosotros, seres humanos, todavía tenemos
esa hierva dañina en la intimidad del alma. Buenos valores mediúmnicos ya se perderán por causa de
la supervalorización que algunas personas darán a su amor propio.
Los espíritus fascinadores son hipócritas. No poseen vergüenza alguna en adornarse con
nombres honrados y, así mismo, llevar a sus víctimas a tomar actitudes ridículas delante de los
demás.
La fascinación es más común de lo que se piensa. Actualmente, alcanza al Movimiento
Espírita como una enfermedad moral muy seria. Es ella la responsable de la edición de libros antidoctrinarios
y comprometedores existentes en el mercado de la literatura espírita en buen número.
Esas obras son escritas por médiums y escritores vanidosos, que bajo el imperio de la fascinación, no
se dan cuenta del ridículo a que se someten.
También es fascinación la responsable de innumerables conductas esdrújulas observadas en
Centros Espíritas, tales como la entonación de cánticos, utilización de ropas y adornos en las sesiones,
uso de cromoterapia, transformación de la tribuna en anecdotario, etc.
Los intelectuales, aun instruidos, no están libres de la fascinación. Algunos de esos individuos,
por confiar excesivamente en su presunto saber, se vuelven instrumentos de Espíritus fascinadores
y pasan a divulgar en el Movimiento Espírita conceptos anti-doctrinarios nocivos a la fe
espírita.
Allan Kardec nos alerta en otro gran peligro: el de la fascinación de grupos espíritas. Iniciados
atrevidos e inexpertos pueden caer víctimas de Espíritus embusteros que se complacen en ejercer
dominio bajo todos aquellos que le prestan oído, manifestándose algunas veces como guías y
otras como Espíritus de otra naturaleza.
La fascinación también puede caer sobre grupos experimentados que se juzgan maduros o
suficientes para entregar libros escritos a través de su dañina influencia. El orgullo y el sentimiento
de superioridad es la gran puerta para la entrada de Espíritus fascinadores. Por tanto, se debe tener
todo el cuidado en la dirección de Centros Espíritas y de las sesiones mediúmnicas. Los dirigentes
son el blanco preferido de los Espíritus hipócritas que, dominados, pueden más fácilmente dominar
al grupo.Subyugación.
La subyugación es un tipo de obsesión que presenta un elevado grado de dominio del
aspecto corporal, y a veces, moral del paciente. Cuando la subyugación es moral, se diferencia de la
fascinación, porque el paciente sabe que está obsesado. En la fascinación él niega que lo esté.
En la subyugación ocurre un intenso dominio del Espíritu obsesor en el plano fluídico que,
en algunos momentos, llega a imantar al cuerpo espiritual del enfermo, provocándole crisis de movimientos
involuntarios, con consecuentes reflejos en el cuerpo físico.
Las crisis provocadas por esta categoría de obsesión son conocidas en el lenguaje popular
como “posesión”. Ese término es inadecuado, pues no se llega a poseer el cuerpo físico por parte del
Espíritu desencarnado. Lo correcto es afirmar que alguien está subyugado por un Espíritu, esto es,
bajo su dominio, su juego.
El desarrollo de los procesos de subyugación se inicia primero en el plano moral. Después
de encontrada la sintonía adecuada, él evoluciona hacia la homogeneización fluídica, que más tarde
llevará al dominio del periespíritu. Más tarde, empezarán a aparecer las crisis que afectan al cuerpo
físico, con tics nerviosos constantes, muecas, agresiones y situaciones parecidas a convulsiones.
1.4 – Situaciones obsesivas
Las situaciones, generalmente, no presentan gravedad y pueden ser tratadas relativamente
fácil a través de la metodología espírita. Sólo en un número pequeño de casos hay factores que
predisponen a la degeneración del proceso, culminando en subyugación o fascinación. En las obsesiones
más graves, casi siempre se encuentran situaciones donde el enfermo tiene un alto índice de
endeudamiento frente a las leyes de Dios. En esos casos, se percibe todavía la presencia marcada,
ostensible, de un Espíritu obsesor y de circunstancias morales en el paciente que facilitan la evolución
del estado mórbido.
En todos los casos de obsesión hay siempre dos lados unidos. En un lado está el obsesado,
aquel que sufre la agresión del obsesor. En el otro, está el obsesor, que provoca la agresión, dando
origen a la obsesión.
En la patología obsesiva hay varias situaciones de dominio espiritual, que precisan ser bien
comprendidas a fin de contribuir con la finalidad de la terapia espírita. Citaremos los casos posibles
que pueden ocurrir, teniendo como objetivo facilitar el trabajo de los adoctrinadores, pues, como
veremos, será preciso actuar en las dos vertientes del proceso, para solucionarlo de forma conveniente.
Se puede tener las siguientes situaciones obsesivas:
- De desencarnado a encarnado
- De encarnado a desencarnado
- De desencarnado a desencarnado
- De encarnado a encarnado
- Auto-obsesión
- Obsesión recíproca.
De desencarnado a encarnado.
Se trata de la obsesión convencional, conforme Allan Kardec nos dice en las obras básicas.
Es un proceso obsesivo más común y de mayor incidencia. Todas las personas poseen la faja psíquica
con la cual sintonizan. Cuando la insistencia de esa influencia se sitúa en el campo de la influencia
de los Espíritus atrasados, aparece ahí el fenómeno obsesivo. Las razones de la obsesión son diversas,
como ya tuvimos oportunidad de verificar.
De encarnado a desencarnado.
Aunque esa situación obsesiva no sea muy común, ella se observa en casos en los cuales
personas encarnadas pueden ejercer sobre Espíritus desencarnados una influencia magnética muy
grande. Tales sucesos pueden ocurrir en ocasiones en que alguien pierde un ser querido y alimenta
hacia él un amor posesivo.
El deseo de quien está del lado material en permanecer ligado a aquel que partió y el
lamento desmedido, pueden establecer lazos fluidicos bastante poderosos entre ambos. Casos entre
padres e hijos; entre amantes; entre enemigos; situaciones que envuelven disputas por herencia, etc.,
ya fueron observados y clasificados como siendo entre “encarnado y desencarnado”.
De desencarnado a desencarnado.
Espíritus que atormentan Espíritus son un drama que se desarrolla tanto en la Tierra como
en el plano espiritual. En las sesiones de mediumnidad es muy común en los médiums tener contacto
con entidades que se quejan de estar siendo perseguidas por verdugos invisibles. En la Revista
Espírita, del mes de junio de 1860, en el artículo “Conferencias familiares más allá de la tumba”,
Allan Kardec evoca al espíritu de la Sra. Duret y propone lo siguiente:
Pregunta: ¿El Espíritu que obsesó un médium en vida, puede obsesarlo después de la muerte?
Respuesta: La muerte no libera al hombre de la obsesión de los malos Espíritus: es la figura
de los demonios, atormentando a las almas sufridoras. Si, esos Espíritus los persiguen después de la
muerte y les causan sufrimientos horribles, porque el Espíritu atormentado se siente en un abrazo de
que no se puede librar.
De encarnado a encarnado.
Personas obsesándose entre ellas, existen en gran número. La obsesión entre vivos se puede
manifestar a través de sentimientos de envidia, pasión, deseo de poder, orgullo y odio. Tenemos
como ejemplo, situaciones de relación interpersonal, como el marido que limita la libertad de la
esposa; la esposa que somete al marido a sus caprichos; padres que se creen con derecho de limitar
la libertad de los hijos; pasiones que terminan en dramas dolorosos, pactos de suicidio, asesinato,etc.
Auto-obsesión.
En la auto-obsesión, como ya vimos, la mente del enfermo se encuentra en una condición
enferma, donde él se atormenta a sí mismo. Las causas de este tipo de obsesión, residen en los
problemas anímicos del paciente, o sea, en sus propios dramas personales, vividos en esta o en otras
encarnaciones.
“No es raro que el hombre sea obsesor de sí mismo” – (Allan Kardec, en Obras Póstumas, ítem 58)
Obsesión recíproca.
Son situaciones de persecución en que dos Espíritus alimentan odio el uno por el otro o son
esclavos de las mismas pasiones. Algunos casos pueden clasificarse como de verdadera simbiosis,
donde uno se alimenta de los desequilibrios del otro. Puede acontecer entre encarnados y
desencarnados

jueves, 13 de junio de 2013

EL TRÁNSITO

 No se excluyen por la confianza en la vida futura los temores del tránsito de esta vida a la otra. Muchos no temen la muerte por el hecho de morirse, lo que temen es el momento de la
transición. ¿Se sufre o no se sufre en el tránsito? He aquí lo que les ocupa más, y la importancia de este asunto es tanto mayor cuanto con toda seguridad nadie puede evitarlo. Puede uno dejar de hacer un viaje terrestre, pero aquel camino han de recorrerlo todos, ricos y pobres, y por doloroso que sea, ni la clase social, ni la fortuna, pueden endulzar su amargura.  Al ver la calma de ciertas muertes y las terribles convulsiones de la agonía en algunas otras, se puede ya considerar que las sensaciones no son siempre las mismas. Pero, ¿quién puede hacernos una reseña respecto de esto? ¿Quién nos describiría el fenómeno fisiológico de la separación del alma y del  de la suma de los puntos de contacto que existe entre el cuerpo y el periespíritu, y de la mayor o menor dificultad y lentitud que ofrece la separación. Es preciso, pues, entender que, según las circunstancias, la muerte puede ser más o menos penosa. Estas diversas circunstancias son las que vamos a examinar.
cuerpo? ¿Quién nos dirá las impresiones que se sienten en este instante supremo? Sobre este punto, la ciencia y la religión enmudecen. ¿Y por qué? Porque falta a la una y a la otra el conocimiento de las leyes que rigen las relaciones del espíritu y la materia; la una se detiene en el umbral de la vida espiritual; la otra en el de la vida material. El Espiritismo es el lazo de unión entre las dos. Él solo puede referir cómo se opera la transición, y sea por las nociones más positivas que da de la naturaleza del alma, ya sea por lo que informan los que han dejado la envoltura material. El conocimiento del lazo fluídico que une el alma y el cuerpo es la clave de este fenómeno, así como de muchos otros. La materia inerte es insensible, éste es un hecho positivo. Sólo el alma experimenta las sensaciones del placer y del dolor. Durante la vida, cualquier separación de la materia se refleja en el alma, quien recibe por ello una impresión más o menos dolorosa. El alma es la que sufre y no el cuerpo. Éste no es más que el instrumento del dolor, el alma es el paciente. Después de la muerte, estando el cuerpo separado del alma, puede ser impunemente mutilado, porque nada siente. El alma, cuando está aislada, no sufre por la desorganización de este último. Tiene sus sensaciones propias, cuyo origen no está en la materia tangible. El periespíritu es la envoltura fluídica del alma, de la cual no se separa ni antes ni después de la muerte, con la que no forma, por expresarlo así, más que uno, porque no puede concebirse el uno sin el otro. Durante la vida, el fluido peri-espiritual penetra en el cuerpo en todas sus partes y sirve de vehículo a las sensaciones físicas del alma. Por este intermediario obra también el alma sobre el cuerpo y dirige sus movimientos. La extinción de la vida orgánica causa la separación del alma y del cuerpo por la rotura del lazo fluídico que los une, pero esta separación jamás es brusca. El fluido periespiritual se separa poco a poco de todos los órganos. de modo que la separación no es completa y absoluta sino cuando no queda un solo átomo del periespíritu unido a una molécula del cuerpo. La sensación dolorosa que el alma experimenta en semejante momento está en razón

Sentemos, desde luego, como principios los cuatro casos siguientes, que se pueden mirar
como las situaciones extremas, entre las cuales hay una multitud de matices:
1.º Si en el momento de la extinción de la vida orgánica estuviese operada completamente la
separación del periespíritu, el alma no sentiría absolutamente nada.
2.º Si en este momento la cohesión de los dos elementos está en toda su fuerza, se produce
una especie de rasgadura que obra dolorosamente sobre el alma.
3.º Si la cohesión es débil, la separación es fácil y se verifica sin sacudidas.
4.º Si después del cese completo de la vida orgánica existen todavía numerosos puntos de
contacto entre el cuerpo y el periespíritu, podrá el alma sentir los efectos de la descomposición del
cuerpo hasta que el lazo se rompa enteramente.
De esto resulta que el sufrimiento que acompaña a la muerte está subordinado a la fuerza de
adherencia que une el cuerpo al periespíritu. Que todo lo que pueda menguar esta fuerza y
favorecer la rapidez de la separación hace el tránsito menos penoso. En fin, que si la separación se opera sin ninguna dificultad, el alma no experimenta ninguna sensación desagradable.
En el tránsito de la vida corporal a la vida espiritual se produce también otro fenómeno de
una importancia capital: es el de la turbación. En este momento, el alma experimenta un sopor que
paraliza momentáneamente sus facultades y neutraliza, en parte al menos, las sensaciones. Está, por expresarlo así, cataleptizada, de modo que casi nunca es testigo consciente del último suspiro.
Decimos casi nunca, porque hay un caso en que puede tener conciencia de ello, como veremos
después. La turbación puede, pues, considerarse como el estado normal en el instante de la muerte.
Su duración es indeterminada, varía de algunas horas a algunos años. A medida que se disipa, el
alma está en la situación de un hombre que sale de un sueño profundo. Las ideas son confusas,
vagas e inciertas. Se ve como al través de una niebla, poco a poco la vista se aclara, la memoria
vuelve, y se reconoce. Pero este despertar varía según los individuos. En unos es tranquilo y
   experimentan una sensación deliciosa, mientras que en otros está lleno de terror, de ansiedad, y produce el efecto de una terrible pesadilla.
El momento del último suspiro no es, pues, el más penoso, porque, ordinariamente, el
alma no tiene conciencia de sí misma. Pero antes sufre por la des-agregación de la materia durante
las convulsiones de la agonía, y después, por las angustias de la turbación. Apresurémonos a
declarar que este estado no es general. La intensidad y la duración de este sufrimiento están, como
hemos dicho, en razón de la afinidad que existe entre el cuerpo y el periespíritu. Cuanto más grande es esta afinidad, mayor es y más penosos son los esfuerzos del espíritu para separarse de sus lazos.
Pero hay personas en las cuales la cohesión es tan débil, que la separación se opera por sí misma y naturalmente. El espíritu se separa del cuerpo como un fruto maduro cae de su tallo. Esto sucede con las muertes tranquilas y de apacible despertar en la otra vida. El estado moral del alma es la causa principal que influye sobre la mayor o menor facilidad de la separación. La afinidad entre el cuerpo y el periespíritu está en razón de la adhesión del espíritu a la materia. Está en su máximum en el hombre cuyas preocupaciones se encuentran todas en la vida y goces materiales, y es casi nula en aquel cuya alma purificada se ha identificado con anticipación con la vida espiritual. Puesto que la lentitud y la dificultad de la separación están en razón del grado de depuración y des-materialización del alma, depende de cada uno hacer el tránsito más o menos fácil o penoso, agradable o doloroso.
Sentado esto, a la vez como teoría y como resultado de la observación, nos queda por
examinar la influencia de la clase de muerte sobre las sensaciones del alma en el último momento.
En la muerte natural, la que resulta de la extinción de las fuerzas vitales por la edad o la
enfermedad, la separación se opera gradualmente. En el hombre cuya alma está desmaterializada y
cuyos pensamientos se han desprendido de las preocupaciones terrestres, la separación es casi
completa antes de la muerte real. El cuerpo vive todavía con vida orgánica cuando el alma ha
entrado ya en la vida espiritual, y no está ligada al cuerpo sino por un lazo tan débil. que rompe a la
última palpitación del corazón. En este estado, el espíritu puede haber recobrado ya su lucidez y ser
testigo consciente de la extinción de la vida de su cuerpo, considerándose feliz por haberse librado
de él. Para él la turbación es casi nula. Esto no es más que un momento de sueño pacífico, de donde sale con una indecible impresión de dicha y de esperanza.
En el hombre material y sensual, aquel que ha vivido más para el cuerpo que para el espíritu,
para quien la vida espiritual es nada, ni siquiera una realidad en su pensamiento, todo ha contribuido a aflojarlos durante la vida. Al aproximarse la muerte, la separación se hace también por grados continuos. Las convulsiones de la agonía son indicio de la lucha que sostiene el espíritu que, a veces, quiere romper los lazos que le retienen, otras se aferra a su cuerpo, del cual una fuerza irresistible le arranca violentamente, como si dijéramos a pedazos.
 El espíritu se adhiere tanto más a la vida corporal cuanto no ve nada más allá. Siente que se le escapa y quiere retenerla. En lugar de abandonarse al movimiento que  la  arrastra, resiste con todas sus fuerzas, pudiendo así prolongar la lucha durante días, semanas y meses enteros. Sin duda en este momento el espíritu no tiene toda su lucidez. La turbación ha comenzado mucho tiempo antes de su muerte, pero por esto no sufre menos, y la vaguedad en que se encuentra, la
acabado todo. La turbación continúa, siente que vive, pero no sabe si es de la vida material o de la vida espiritual. Lucha todavía hasta que las ultimas ligaduras del periespiritu se rompen. La muerte ha puesto termino a la enfermedad efectiva, pero no ha tenido sus consecuencias. Mientras existen puntos de contacto entre el cuerpo y el periespíritu, el espíritu   
siente los achaques de aquel, y sufre muy diferente en la posición del espiritu desmaterializado aun en la mas crueles  enfermedades. Los lazos fluídicos que le unen al cuerpo, siendo muy débiles, se rompen sin ninguna sacudida. Después su confianza en el porvenir, que ha entrevisto ya con el pensamiento, algunas veces también en realidad, le hace mirar la muerte como una libertad y sus males como una prueba. De lo que resulta para él una tranquilidad moral y una resignación que endulzan el sufrimiento. Después de la muerte, rotos estos lazos en el mismo instante, ninguna reacción dolorosa se opera en él. Siente su despertar libre, dispuesto, aliviado de un gran peso, sobre todo contento porque no sufre ya. En la muerte violenta, las condiciones no son exactamente las mismas. Ninguna desagregación parcial ha podido traer una separación anticipada entre el cuerpo y el periespíritu. La vida orgánica, en toda su fuerza, se para repentinamente. La separación del periespíritu no comienza, pues, sino después de la muerte, y en este caso, como en los otros, no puede operarse instantáneamente.
El espíritu, sorprendido, está como aturdido, pero sintiendo que piensa, se cree aún vivo, y
esta ilusión dura hasta que se da cuenta de su posición. Este estado intermediario entre la vida
corporal y la vida espiritual es uno de los más interesantes para el estudio, porque presenta el
singular espectáculo de un espíritu que toma su cuerpo fluídico por su cuerpo material, y que
experimenta todas las sensaciones de la vida orgánica. Ofrece una variedad infinita de matices,
según el carácter, los conocimientos y el grado de adelanto moral del espíritu. Es de corta duración
para aquellos cuya alma está depurada, porque en ellos había un desprendimiento anticipado, y la
muerte, incluso la más súbita, no hace más que apresurar su realización. En otros puede prolongarse durante años. Este estado es muy frecuente incluso en los casos de muerte ordinaria, y para algunos no tiene nada que sea penoso, según las cualidades del espíritu. Pero para otros, es una situación terrible. En el suicidio, sobre todo, ésta es la situación más penosa. El cuerpo, reteniendo al periespíritu por todas sus fibras, todas las convulsiones del mismo repercuten en el alma, y por esto siente atroces sufrimientos.
El estado del espíritu en el momento de la muerte puede resumirse así: El espíritu sufre tanto más cuanto el desprendimiento del periespíritu es más lento. La prontitud del desprendimiento está en razón del grado de adelanto moral del espíritu. Para el espíritu desmaterializado, cuya
conciencia es pura, la muerte es un sueño de algunos instantes, exento de todo sufrimiento, y cuyo despertar está lleno de suavidad. Para trabajar en su depuración, reprimir sus tendencias malas, vencer sus pasiones, es preciso ver sus ventajas en el porvenir. Para identificarse con la vida futura, dirigir a ella sus aspiraciones y preferirla a la vida terrestre, es necesario no sólo creer en aquella, sino comprendedla. Es necesario representársela bajo un aspecto satisfactorio para la razón, en completa concordancia con la lógica, el buen sentido y la idea que uno se forma de la grandeza, de la bondad y de la justicia de Dios. De todas las doctrinas filosóficas, el Espiritismo es la que ejerce, bajo este aspecto, la más poderosa influencia por la fe inquebrantable que da. El espíritu formal no se limita a creer, cree porque comprende, y comprende porque se dirige a su entendimiento. La vida futura es una realidad que se descorre sin cesar a su vista. La ve y la toca, por expresarlo así, en todos los instantes. La duda no puede entrar en su alma. La vida corporal, tan limitada, se borra para él ante la vida espiritual, que es la verdadera vida. De ahí el poco caso que hace de las sinuosidades del camino y su resignación en las vicisitudes, de las cuales comprende la causa y la utilidad. Su alma se eleva por las relaciones directas que tiene con el mundo invisible, los lazos fluídicos que le adhieren a la materia se debilitan y así se opera un primer desprendimiento parcial que facilita el tránsito de esta vida a la otra. La turbación inseparable del tránsito dura poco tiempo, porque tan pronto como se ha franqueado el paso se reconoce a sí mismo. Nada le es extraño y se da cuenta de su estado.
Ciertamente el Espiritismo no es indispensable para obtener este resultado. Así es que no
tiene pretensión de que sólo él puede asegurar la salvación del alma, pero la facilita por los
conocimientos que procura, los sentimientos que inspira y las disposiciones en la cuales coloca el
espíritu, a quien hace comprender la necesidad de mejorarse. Además, da los medios de facilitar el
desprendimiento de otros espíritus en el momento en que dejan la envoltura terrestre, y de abreviar
el término de la turbación por la plegaria y la evocación. Por la oración sincera, que es una
magnetización espiritual, se provoca una desagregación más pronta del fluido periespiritual, por una evocación dirigida discretamente y con prudencia, y animando con palabras de benevolencia, se saca al espíritu del sopor en que se encuentra y se le ayuda a reconocerse más pronto. Si está  sufriendo, se le incita al arrepentimiento, el único que puede abreviar los sufrimientos