miércoles, 13 de noviembre de 2013

VIDA DE JESÚS DICTADA POR EL MISMO 1ª PARTE

JESÚS HABLA DE SU NACIMIENTO Y DE SU FAMILIA
Hermanos míos, escuchad el relato de mi vida terrestre como Mesías:
Yo fui el mayor de siete hermanos.
Mi padre y mi madre vivían en una pequeña casa de Nazaret.
Mi padre era carpintero. Yo tenía veintitrés años cuando él murió.
Tuve que irme a Jerusalén algún tiempo después de la muerte de mi padre, allí, en contacto con hombres activos y turbulentos, me metí en asuntos públicos.
Los romanos gobernaban Jerusalén como todos los pueblos que habían sometido. Los impuestos se establecían sobre la fortuna, pero un hebreo pagaba más que un pagano.
Se daba el nombre de iniciados a los hombres de Estado, y el poder de estos hombres de Estado se manifestaba con depredaciones de todas clases.
Los descontentos me convencieron de que debía unirme a ellos hasta el punto que me olvidé de mi familia. Confié a extraños la tarea de arreglar los asuntos de mi padre, y sordo a los ruegos de mi madre, escuchando y pronunciando discursos propios para excitar las pasiones populares, yo me privé de todas las alegrías filiales y me sustraje a toda influencia de mis hermanos.
Mis correligionarios me inspiraban lástima; y esta lástima no tardó en cambiarse en deseo de corregir sus errores; me fui exaltando cada vez más y Dios me otorgó esa claridad suprema que da estabilidad a la fe, fuerza a la voluntad y alimento a las energías espirituales.
Mis visiones, si este nombre puede darse a la felicidad interna que me acompañaba, me alejaban de mis ocupaciones materiales para trazarme una vida de Apóstol y prepararme para la gloria del martirio. Respecto a los milagros que me atribuyeron, queridos hermanos, ni uno sólo es cierto; pero conviene meditar la sabiduría y la profundidad de la gracia de Dios.
Todos los destinos dotados con una misión, precisan ser alentados por Dios, y la pureza de los ángeles cubre con una sombra protectora la fragilidad del hombre.
El pensamiento de Dios echa la semilla en el presente, y esta semilla dará frutos en el porvenir. La solicitud del Padre sueña la felicidad de todos sus hijos, y el Mesías es mandado por el Padre, para sostener a sus hermanos en medio de los peligros presentes y futuros.
La razón reconoce un Dios que baja de las gradas de su potencia, para compadecer los males de sus criaturas, pero no podría admitir un Dios que favoreciera a los unos, olvidando a los otros, la razón debe negar los honores divinos cuando estos honores no se han establecido para el bien general y explicados por la justicia eterna, de que ya tenéis las descripciones.
La gracia tiene siempre, como pretexto, los designios del Ser Supremo sobre todos, y los Mesías no son más que instrumentos en las manos de Dios.
Dejemos pues los cuentos maravillosos, las despreciables historietas hechas alrededor de mi persona y honremos la luz que Dios permite que se haga en este día, mediante la sencilla expresión de mi individualidad y por medio del luminoso desarrollo de mi misión.
Mi nacimiento fue el fruto del matrimonio contraído entre José y  María. José era viudo y padre de cinco hijos cuando se casó con María. Estos hijos pasaron ante la posteridad como primos míos. María era hija de Joaquín y de Ana, del país de Jericó, y no tenía más que un hermano llamado Jaime, dos años menor que ella.
Nací en Betlén. Mi padre y mi madre habían hecho este viaje, sin duda, por asuntos particulares y por placer, con el objeto de reanudar relaciones comerciales o también para estrechar amistades; he ahí la verdadera historia.
Mis primeros años transcurrieron como los de todos los hijos de artesanos acomodados, y nada ofrecieron como indicio de la grandeza de mi futuro destino.
Yo era de carácter tímido y de inteligencia limitada, tímido como los niños educados con severidad y de limitadas facultades intelectuales, como todos aquellos cuyo desarrollo intelectual se descuida. Para mi familia era un ser inofensivo, huérfano, de cualidades de valer, de lo cual resaltaron las primeras contrariedades de mi existencia y también los primeros honores que tributé a Dios. Débil y pusilánime delante de mis padres, fuerte y animoso ante la gran figura de Dios, el niño desaparecía durante la plegaria para dejar su lugar al espíritu, ardoroso y dispuesto al sacrificio. Me dirigía a Dios con arrebatos de amor y reposaba en brazos de lo desconocido, de la doble fatiga impuesta a mi físico débil y a mi espíritu rebelde.
De la multiplicidad de mis prácticas de devoción resultaba una penosa confusión, que establecía, de más en más, el convencimiento de mi desnudez intelectual. Era costumbre de los habitantes de Nazaret y de las otras pequeñas ciudades de la Judea, de encaminarse hacia Jerusalén algunos días antes de la Pascua, que se celebraba en el mes de marzo. Los preparativos de toda clase que se hacían, daban fe
de la importancia que se atribuía a tal fiesta. Montones de géneros se vendían en dicha ocasión y se combinaban diversas compras para traer algo de la gran ciudad. En el año a que hemos llegado y que es el duodécimo de mi edad, tenía que participar yo también del viaje anual de mi familia, juntamente con el primogénito de mis hermanos consanguíneos. Partimos mi madre, mis hermanos y yo con una mujer llamada María; mi padre prometió alcanzarnos dos días después. Al llegar a Jerusalén mis impresiones fueron de alegría, y mi madre observó el feliz cambio que se había efectuado en mi semblante. Paramos en la casa de un amigo de mi padre. Mi hermano, tenía entonces veintidós años, él merece una mención especial. Mi padre había manifestado siempre hacia este hijo, el más vivo cariño, y los celos oprimían mi corazón cuando me olvidaba de reprimir esa vergonzosa pasión que se quería apoderar de mí.
Yo me había visto privado de las alegrías de la infancia debido a esta predilección paterna. Mi madre percibía algo de mis sufrimientos, pero los cuidados que exigían una numerosa familia le impedían hacer un estudio profundo de cada uno de los miembros de la misma.
Mi padre era de una honradez severa, de un carácter violento y despótico. La dulzura de mi madre lo desarmaba, pero los hijos le daban trabajo a este pobre padre, que no soportaba con paciencia la menor contradicción, y la incapacidad de su hijo Jesús lo irritaba tanto como las travesuras de los otros.
La bondad de mi hermano mayor tuvo por efecto el de destruir mis anteriores descontentos, motivados por la diferencia con que nos trataba nuestro padre, y la tierna María se alegraba al ver nuestra intimidad. La igualdad de gustos y de ideas nos unía más de lo que pudiera parecer a primera vista, y si no hubiera sido por mis preocupaciones religiosas, yo hubiera comprendido mejor la felicidad de esta nuestra armonía.
Encontrándonos solos, mi hermano me preguntó respecto a las impresiones que había recibido en ese día, y pasó enseguida a querer investigar mis pensamientos como de costumbre.
Esta vez me causó muy mal efecto el sermón que me dio mi hermano por mi carácter retraído y por el abuso que hacía de la devoción que me arrastraba al olvido de mis deberes de familia.
Mi hermano se acostó irritado en contra mía y al otro día yo le pedí que olvidara mi descuido de los pequeños deberes, en aras de las elevadas aspiraciones de mi alma. Mi hermano hizo un movimiento de lástima y gruesas lágrimas surcaron sus mejillas. No hablaré más de mi hermano, muerto poco tiempo después de este incidente; mas este recuerdo que me conmueve, viene bien aquí para que el lector tenga una justa idea de mis aptitudes, y que pueda darse así mejor cuenta de cosas que de otro modo le parecerían increíbles, si no se encontrase preparado por los elementos en concordancia con los designios de Dios.
Durante el día llegaron algunas visitas, entre las cuales se encontraba José de Arimatea. Él como amigo de mi padre, pronto se familiarizó con nosotros. Rico, patricio y hebreo, José se encontraba por estas razones en relación tanto con los ricos como con los pobres y oprimidos de la religión judaica.
Nos habló de las costumbres de Jerusalén, de la Sociedad escogida, de los sufrimientos del pueblo hebreo, y la dulzura y naturalidad de su lenguaje eran tal que nadie hubiera podido sospechar la diferencia de posición social. Despertó el empeño de mi madre hacia el cultivo de mi inteligencia y me preguntó que cuáles eran mis aptitudes y mis deberes habituales. La fantasía de mis prácticas religiosas lo hizo sonreír y le pareció que mi inteligencia se encontraba en todo retardada. «Sé más sobrio en tus prácticas de devoción, hijo mío, y aumenta tus conocimientos para poderte convertir en buen defensor de nuestra religión. Practica la virtud sin ostentación, como también sin debilidad, sin fanatismo y sin cobardía.
Arroja lejos de ti la ignorancia, embellece tu espíritu tal como el Dios de Israel lo manda, para entender sus obras y para poder valorar su misericordia. Hablaré con tu padre, hijo mío, y deseo que todos los años te mande aquí durante breve tiempo para estudiar el comercio de los hombres y las leyes de Dios».
Desde la primera conversación de José de Arimatea con Jesús de Nazaret bien veis hijos míos, como Jesús pudo instruirse, aun permaneciendo en su modesta condición de carpintero. Hombres de la laya de José de Arimatea arrojan la simiente y Dios permite que esta simiente dé frutos. Hombres iguales a José de Arimatea, ponen de manifiesto a la Providencia y esta clase de milagros se efectúan hoy como se efectuaron en mis tiempos.
Fui por primera vez al Templo de Jerusalén, la vigilia del gran sábado, (la Pascua) llevándome una mujer llamada Lía, viuda de un negociante de Jerusalén.
Nos encontrábamos los dos recogidos hacia el lado occidental del Templo. El silencio sólo era interrumpido por el murmullo de muchos doctores de la ley que se ocupaban de los decretos recientemente promulgados y de los arrestos a que ellos habían dado lugar.
Yo rezaba en mi posición habitual, con la cara entre las manos y de rodillas.
Poco a poco las voces que interrumpían el silencio del Templo interrumpieron también mis oraciones e hicieron nacer en mi espíritu el deseo de escucharlas.
Encontrándome entre las sombras creí poderme acercar sin que de ello se percibiera Lía. Me subí sobre un banco ocultándome lo más posible. Los doctores de la ley discutían; los unos con el objeto de hacer una manifestación a favor de los israelitas, presos durante la función del día anterior, los otros aconsejando permanecer apartados. Me acerqué mayormente a los oradores sagrados; ellos se apercibieron y oí estas palabras:
«Haced atención a este muchacho, él nos escucha tal vez para ponernos de acuerdo. Dios manda a veces a los niños el don de la sabiduría en discusiones que sobrepasan la inteligencia de su edad».
Me levanté sobre la punta de los pies para observar mejor al que había pronunciado estas palabras. Éste se me aproximó diciéndome:
«La madre que te ha criado, te ha enseñado que Dios nos ama a todos, ¿no es cierto?, y tú relacionas este conocimiento del amor de Dios hacia sus hijos, con el conocimiento del amor de los hijos entre ellos; pues bien, ¿qué dirías a los hijos ricos, libres, llenos de salud, cuyos hermanos se encontraran en la pobreza, en el abandono, debilitados por una enfermedad y esclavos en una prisión?»
A estos hombres en la abundancia, contesté sin dudar, yo les diría: «¡Id hermanos, id, socorred a vuestros hermanos, Dios os lo manda y vuestro coraje será bendecido!»
Vi que sonreía el que me había hablado, quien dijo: «DIOS HA HABLADO POR BOCA TUYA, HIJO MÍO», tendiéndome al mismo tiempo la mano, que yo apreté entre las mías, trémulo de emoción. Enseguida fui a reunirme con mi compañera, que me había estado observando desde el principio de esta escena. Ella me dijo: hazme el favor niño, de enseñarme a mí también lo que Dios quiere decir
con estas palabras:
«Los niños tendrán que escuchar sin emitir juicio y crecer antes de pretender elevarse a la condición peligrosa de fabricantes de moral y de dar consejos».
Contesté: «Tu Dios, Lía, es un déspota. El mío honra la libertad de pensar y de hablar. La debilidad de los esclavos constituye la fuerza de los patrones y la infancia prepara la juventud».
Leí en los ojos de Lía la sorpresa llena de satisfacción, y regresamos.
Con José de Arimatea, que se encontraba en casa, mantuve una conversación tan fuera de lo habitual en mis labios, generalmente poco demostrativos, que mi madre le preguntó a Lía qué era lo que me había hecho tomar ese camino.
«Tu hijo, querida María, está destinado a grandes cosas, contestó Lía. Lo digo delante de él: Eres una madre aventurada y tus entrañas están benditas».
Yo me sentí como levantado al oír esta predicción y mi vida me pareció más que nunca bajo el influjo de los designios de Dios.
¡Mujer de Jerusalén, el pobre niño que te ha seguido hasta el Templo del Señor te bendice!
A la mañana siguiente volvimos al Templo. Grande era el gentío y nos costó algún trabajo el atravesar el atrio. Al fin encontré un lugar y me puse a observar con estupor todo lo que me rodeaba.
La luz penetraba por aberturas hechas a propósito en los puntos de juntura de las paredes con la cúpula del edificio. Todas estas aberturas estaban cubiertas de ramas cortadas, de manera que la luz quedaba interceptada y débil, reemplazándosele con haces de luz suministrada por aparatos gigantescos de bronce.
En la inspección que hice de todas las cosas, descubrí al doctor de la ley que me había interrogado el día antes. Mi madre me preguntó en ese momento el motivo de mi distracción y yo le di esta culpable contestación: «Madre mía, sigue con tus plegarias y no te ocupes de lo que yo hago. Nada hay de común entre vos y yo». Yo sacaba este consentimiento y esta insolencia del estado de exaltación de mi espíritu, motivado por lo sucedido anteriormente, en vista de mi futura superioridad, y comprendí tan poco mi falta, que enseguida llevé mi atención sobre otros detalles.
Un doctor hablaba de la Justicia de Dios y yo comparé este hombre con el ángel Rafael bajado del cielo, para hacerles comprender a los oyentes la palabra divina. Creí sobre todo a la palabra divina cuando gritó: «¡La justicia divina es tu fuerza en contra de tus opresores, oh pueblo! ¡Ella deslumbra tus ojos, se levanta delante de ti cuando contemplas el ocaso del Sol, cuando tu espíritu se subleva a la
vista de las crueldades de tus dueños! ¡Este Sol no se oculta, este mártir no muere, oh hombres! Él va a resplandecer y proclamar en otra parte la Justicia de Dios».
Yo escuchaba estas enseñanzas con una avidez febril. ¡Al fin se hacía la luz en mi espíritu… veía, oh, Dios mío, tus misterios resplandecer delante de mí, leía en tu libro sagrado y comprendía la magnificencia de tu eterna justicia! ¡Edificaba en mi mente concepciones radiantes, me iluminaba de las claridades divinas, formaba proyectos insensatos, pero generosos; quería seguir a este Sol y a esos mártires en los
espacios desconocidos!... Volví en mí a la llamada de mi madre. La miré por un instante con la desconfianza de un alma que no se atreve a abrirse, porque sabe que el entusiasmo, como el calor, se pierde al contacto del frío.
«Nuestro Padre Celeste, le dije al fin, echa en mi espíritu el germen de mis ideas seguras y fuertes. Manda en mi corazón, tiene en sus manos el hilo de mi voluntad, dirige hacia mí la sabiduría de sus designios, se apodera de todos los momentos de mi vida; quiere destinarme a grandes trabajos... En una palabra, madre mía, retírate, acude a tus tareas; deja tu hijo al Padre de él que está en los Cielos».
«¡Cállate!, me dijo mi madre. – ¡A ti te han calentado la cabeza, pobre muchacho! – ¡Yo te digo que Dios no precisa de ti!... ¡Vamos, vamos!»
Mi madre tuvo que recurrir a la intervención de mi padre para poderme llevar.
Al día siguiente volvimos a Nazaret, dejando Jerusalén.
documentación  la vida de de Jesús contada por él mismo.

sábado, 26 de octubre de 2013

LIBRE ALBEDRÍO

El hombre que tiene la libertad de pensar, tiene igualmente la de obrar. Sin el libre albedrío, el hombre sería una máquina.
Hay libertad de obrar, mientras haya voluntad para obrar. En las primeras etapas de la vida, la libertad es casi nula; se desarrolla y cambia de objetivo con el desenvolvimiento de las facultades. Si sus pensamientos están en concordancia con lo que su edad reclama, la criatura aplica su libre albedrío a lo que es necesario.
 El libre albedrío no es absoluto sino relativo - relativo a la posición ocupada por el hombre en la escala de los valores espirituales.
 Por el uso del libre albedrío el alma fija su destino, prepara sus alegrías o sus dolores.
 El destino es la resultante, a través de las vidas sucesivas, de nuestras propias y libres resoluciones.
En la esfera individual, el libre albedrío es, pues, el único elemento dominante.
La existencia de cada hombre es la resultante de sus actos y pensamientos El hombre está subordinado a su libre albedrío; pero su existencia está también sometida a determinadas circunstancias de acuerdo con el plan de sus servicios y pruebas en la Tierra, delineado por la individualidad en armonía con las opiniones de sus guías espirituales, antes de la reencarnación.
Las condiciones sociales, los obstáculos, los ambientes viciosos, el cerco de las tentaciones, los sinsabores, son circunstancias de la existencia del hombre. Entre ellas, sin embargo, está su voluntad soberana. Puede nacer en un ambiente humilde y miserable, procurando vencer por la perseverancia en el trabajo y triunfando por sobre las deficiencias encontradas; puede soportar las enfermedades con serenidad de ánimo y resignación; ser tentado de todas las maneras pero sólo se transformará en delincuente si lo desea.
El hombre es, pues, libre, libre para obrar, para escoger el tipo de vida que quiera llevar.
 Los dolores, las dificultades existentes en su vida, son pruebas y expiaciones que tiene como consecuencia del uso indebido, incorrecto del libre albedrío en existencias anteriores.
Si el hombre  tiene la libertad de pensar, tiene igualmente, la de obrar. Sin el libre albedrío, el hombre sería una máquina.  La libertad es la condición necesaria del alma humana que, sin ella, no podría construir su destino.
A primera vista, la libertad del hombre parece ser muy limitada, dentro del círculo de fatalidades que lo aprisiona: necesidades físicas, condiciones sociales, intereses o instintos. Pero, si se considera al problema desde más cerca, se ve que esta libertad es siempre suficiente para permitir que el alma quiebre este círculo y escape de las fuerzas opresoras.
La libertad y la responsabilidad son correlativas en el ser y aumentan con su elevación; la responsabilidad del hombre es la que crea su dignidad y moralidad. Sin ella no sería más que un autómata, un juguete de las fuerzas del ambiente: la noción de moralidad es inseparable de la de libertad.
Agreguemos, sin embargo, que el hombre es libre pero responsable y puede realizar lo que desee, pero estará ligado inevitablemente al fruto de sus propias acciones La fatalidad o determinismo, puede ser traducida por la elección de las pruebas hecha por el Espíritu antes de encarnar.
Si hay elección de pruebas antes de volver a nacer en un cuerpo, el Espíritu establece para sí mismo una especie de destino; de ahí que el libre albedrío no tenga una medida absoluta sino relativa.
Innumerables son los ejemplos de fracasos del Espíritu, por el uso indebido para el mal del libre albedrío; pero veamos algunos:
En relación con la posesión de bienes materiales: el hombre es libre para conservar cualesquiera posesiones que las legislaciones terrestres le permitan, de acuerdo con su diligencia en la acción o su derecho transitorio, pero si abusa de ellas, generando la penuria de los semejantes, de modo de favorecer los propios excesos, encontrará en las consecuencias de eso la serie de pruebas con las que aprenderá a encender en sí mismo la luz de la abnegación.
En relación con el estudio, el hombre es libre para leer y escribir, enseñar o estudiar todo lo que quisiera ...; pero si coloca los valores de la inteligencia al servicio del mal, deteriorando la existencia de los compañeros de la Humanidad, con el objeto de acentuar el propio orgullo, encontrará en las consecuencias de eso la serie de pruebas con las que aprenderá a encender en sí mismo la luz del discernimiento.
En relación con el trabajo, el hombre es libre para dedicarse a las tareas que prefiera pero si malversa el don de emprender y de obrar, encontrará en las consecuencias de eso, la serie de pruebas con las que aprenderá a encender en sí mismo la luz del servicio a los semejantes.
Finalmente, en relación con el sexo, el hombre es libre para dar a sus energías e impulsos sexuales la dirección que prefiera pero si para lisonjear a los propios sentidos transforma los recursos genésicos en dolor y desequilibrio, angustia o desesperación para los semejantes, por injuriar los sentimientos ajenos o por la deslealtad y falta de respeto en los compromisos y lazos efectivos, encontrará en las consecuencias de eso la serie de pruebas con las que aprenderá a encender en sí mismo la luz del amor puro. Como se ve, todos somos libres para desear, elegir, hacer y obtener, pero también todos somos constreñidos a tomar parte en los resultados de nuestras propias obras.
DOLOROSA PÉRDIDA
Ya entrada la noche, nos encontramos con un afligido corazón materno. La entidad que nos dirigía la palabra infundía compasión, por el semblante de horrible sufrimiento.
- ¡Calderaro! ¡Calderaro! - rogó ansiosa - ¡Ampara a mi hija, mi desventurada hija!
- ¡Oh! ¿Ha empeorado? - inquirió el instructor dando a entender que tenía conocimiento de la situación.
- ¡Mucho! ¡Mucho!... - gimieron los temblorosos labios de la afligida madre -; observo que enloqueció por completo...
- ¿Ya perdió la gran oportunidad?
- ¿Todavía no - informó la interlocutora - pero se encuentra al borde del desastre externo.
El orientador prometió ir a ver a la enferma en pocos minutos y regresamos a la intimidad.
Al interesarse en el asunto, el atento Asistente resumió el hecho.
- Se trata de un lamentable suceso - me explicó bondadoso - en el que concurren la liviandad y el odio como elementos de perversión. La hermana que se despidió hace unos momentos, dejó una hija en la corteza planetaria hace ocho años. Criada con cuidados excesivos, la joven se desarrolló ignorando el trabajo y la responsabilidad, a pesar de pertenecer a un nobilísimo cuadro social. Hija única, entregada desde muy temprano al capricho pernicioso, tan pronto se encontró sin la asistencia materna en el plano carnal, dominó a sus gobernantes, subordinó a las criadas, burló la vigilancia paterna y, rodeada de facilidades materiales se precipitó, a los veinte años, en desvaríos de la vida mundana. Desprotegida, así, por las circunstancias, no se preparó convenientemente para enfrentar los problemas del rescate personal. Sin la protección espiritual que es peculiar de la pobreza, sin los benditos estímulos de los obstáculos materiales y teniendo en contra de sus necesidades íntimas, la profunda belleza transitoria del rostro, la pobrecita renació seguida de cerca, no por un enemigo propiamente dicho pero sí por un cómplice de faltas graves, que estaba en la erraticidad desde mucho tiempo atrás, al cual se había vinculado por tremendos lazos de odio en un pasado próximo. Fue así que abusando de la libertad, entregada a un ocio reprobable, adquirió deberes con la maternidad, sin contar con la custodia del casamiento. Se reconoce ahora en esta situación, a los veinticinco años, soltera, rica y prestigiosa por el nombre de la familia, deplora tardíamente los compromisos asumidos y lucha con desesperación, por deshacerse del hijito inoportuno, el mismo compinche del pretérito al que me he referido; ese desdichado por «acrecentamiento de misericordia divina», busca de esto aprovechar el error de su excompañera para la realización de algún servicio redentor, con la supervisión de nuestros
Mayores.
Ante el espanto que de improviso me asaltó, al saber que la reencarnación constituye siempre una bendición que se concreta con la ayuda superior, el Asistente aseguró, para tranquilizarme:
- Dios es el Padre amoroso y sabio que siempre convierte nuestras propias faltas en remedios amargos que nos curen y fortalezcan. Fue así que Cecilia, la demente a quien dentro de poco visitaremos, recogió de su propia liviandad el extremo recurso, capaz de rectificar su vida ... Sin embargo, la desafortunada criatura reacciona ferozmente al socorro divino, con una conducta lastimosa y perversa. Coopero en los trabajos de asistencia a ella desde hace algunas semanas, en virtud de las reiteradas y conmovedoras intercesiones maternas ante nuestros superiores; no obstante, abrigo la vaga esperanza de una rehabilitación próxima. Los lazos entre la madre y el probable hijo son de amargura y de odio, que combinan energías desequilibrantes; tales vínculos traducen un acontecimiento en el que el espíritu femenino tendrá que recogerse en el santuario de la renuncia y la esperanza, si pretende la victoria. Para eso, para nivelar caminos salvadores y perfeccionar sentimientos, el Supremo Señor creó el tibio y aterciopelado nido del amor materno;
pero cuando la mujer se rebela insensible a las sublimes vibraciones de la inspiración divina, es difícil, si no imposible, ejecutar el programa delineado. La desafortunada criatura, dando alas a un condenable anhelo, buscó el socorro de médicos, que amparados por nuestro plano se negaron a satisfacer su criminal intento; se valió entonces de drogas venenosas, de las cuales ha estado abusando de manera intensiva. Su situación mental es de lastimoso desvarío.
Finalizado el breve preámbulo, Calderaro continuó:
Pero, no tenemos un minuto que perder. Vayamos a visitarla.
Transcurridos algunos instantes, penetramos en un aposento confortable y perfumado.
Tendida en el lecho, una joven mujer se debatía con convulsiones atroces. A su lado se encontraba la entidad materna, en la esfera invisible a los ojos carnales y una enfermera terrestre, de esas que a fuerza de presenciar catástrofes biológicas y dramas morales, se tornan poco sensibles al dolor ajeno.
La progenitora de la enferma se adelantó y nos informó:
¡La situación es muy grave! ¡Ayúdenla, por piedad! Mi presencia aquí se limita a impedir el acceso de elementos perturbadores, que prosiguen implacables, en ronda siniestra.
El Asistente se inclinó sobre la enferma, calmo y atento y me recomendó cooperar en el examen particular del cuadro fisiológico.
El paisaje orgánico era de los más conmovedores.
La compasión fraterna nos dispensará del triste relato referente al embrión, que estaba listo para ser expulsado.
Circunscribiéndonos a la tesis de dar medicación a mentes alucinadas, nos cabe solamente decir que la situación de la joven era impresionante y deplorable.
Todos los centros endocrinos estaban en desorden y los órganos autónomos trabajan aceleradamente. El corazón acusaba una extraña arritmia y en vano las glándulas sudoríparas se esforzaban por expulsar las toxinas que constituían un verdadero torrente invasor. En los lóbulos frontales la sombra era completa; en el córtex encefálico la perturbación era manifiesta; solamente en los ganglios basales había una suprema concentración de energías mentales que me permitían percibir que la infeliz criatura se había replegado al campo más bajo del ser, dominada por los impulsos desintegradores de sus propios sentimientos, desviados e incultos. Desde los ganglios basales, donde se aglomeraban las más intensas irradiaciones de la mente alucinada, descendían estiletes oscuros que acometían contra las trompas y los ovarios y que penetran en la cámara vital a la manera de muy tenues dardos de tiniebla, para incidir sobre la organización embrionaria de cuatro meses. El espectáculo era horrible a la vista.
Busqué sintonizarme con la enferma y empecé a oír sus afirmaciones crueles en el campo del pensamiento:
- ¡Odio! ... ¡Odio este hijo intruso que no le pedí a la vida! ... ¡Lo expulsaré! ... ¡Lo expulsaré! La mente del hijito, en proceso de reencarnación, como si fuera violentada durante un sueño apacible, suplicaba llorando:
- ¡Cuídame! ¡Cuídame! Quiero despertar en el trabajo! ¡Quiero vivir y devolver el equilibrio a mi destino ... ayúdame! ¡Restaré mi deuda! ... ¡Te pagaré con amor! ... ¡No me expulses! ¡Ten caridad! ...
-¡Nunca! ¡Nunca! ¡Maldito seas! - decía la desventurada, mentalmente - ¡Prefiero morir antes que recibirte en los brazos! ¡Envenenas mi vida, perturbas mi ruta! ¡Te detesto! ¡Morirás! ... Y los rayos oscuros seguían descendiendo continuamente.
Calderaro irguió su cabeza respetable y me encaró para preguntarme:
- ¿Comprendes la magnitud de la tragedia?
Respondí afirmativamente con una intraducible expresión.
En ese instante de nuestra expectativa, Cecilia se dirigió con decisión a la enfermera:
Estoy cansada, Liana, terriblemente cansada, ¡pero exijo la intervención esta noche! ¡Oh! ¡ ¿Pero así, en ese estado? ! - observó la otra.
Sí, sí - reiteró la enferma, inquieta -; no quiero postergar esa intervención. Los médicos se negaron a hacerla pero yo cuento con su apoyo. Mi padre no puede saber acerca de eso y odio esta situación que de ninguna manera conservé. Calderaro posó su diestra sobre la frente de la responsable de los servicios de enfermería, con la intención evidente de transmitir alguna providencia conciliatoria y la enfermera consideró:
Tratemos de hacer un poco de reposo, Cecilia. Cambiarás, posiblemente, ese plan.
No, no - objetó la imprevisora futura madre, con mal humor desembozando -; mi resolución es inamovible. Exijo la intervención esta noche.
A pesar de la negativa terminante, sorbió la copa de sedante que la compañera la ofrecía, atendiendo a nuestra influencia indirecta.
Se había consumado la medida que mi instructor deseaba.
Parcialmente desligada del cuerpo físico, en una compulsiva modorra por la acción calmante del remedio, Calderaro le aplicó fluidos magnéticos sobre el disco fotosensible del aparato visual y Cecilia comenzó a vernos, aunque imperfectamente, deteniéndose, admirada, en la contemplación de su progenitora.
Reparé, no obstante, en que si bien la madrecita derramaba un copioso llanto, por la conmoción, la hija se mantenía impasible, a pesar del asombro que se estampaba en su mirada.
La matrona no encarnada avanzó, se abrazó a ella y le pidió ansiosa:
 Hija querida, vengo hasta ti para que no te abalances a la siniestra aventura que planeas. Reconsidera tu actitud mental y armonízate con la vida. Recibe mis lágrimas como un llamado del corazón. Por piedad ¡óyeme! No te precipites en las tinieblas cuando la mano divina te abre las puertas de la luz. Nunca es tarde para volver a empezar, Cecilia; y Dios, en su infinita devoción, transforma nuestras faltas en redes salvadoras.
La mente desvariada de la oyente recordó las convenciones sociales, en forma vaga, como si viviera un minuto de pesadilla indefinible.
La palabra materna, sin embargo, continuó:
-¡Sálvate de conciencia, ante todo! El prejuicio es respetable, la sociedad tienen sus principios justos; no obstante, a veces, hijita, surge un momento en la esfera del destino y del dolor, en que debemos permanecer con Dios exclusivamente. No abandones el coraje; la fe; el sosiego... La maternidad iluminada por el amor y el sacrificio, es feliz en cualquier parte, incluso cuando el mundo, ignorando las causas de nuestras caídas nos niega recursos para la rehabilitación y nos relega a la reincidencia y el desamparo. Por ahora te enfrentarás con la tormenta de lágrimas; el temporal de la incomprensión y de la intolerancia azotará tu rostro... A pesar de eso, la bonanza volverá. El camino es de piedras y árido, los espinos dilaceran; ¡pero tendrás, si abres tu corazón, un hijito amoroso que te enseñará el futuro! En verdad, Cecilia, deberías erigir tu nido de felicidad en el árbol del equilibrio y glorificar, en paz, la realización de cada día y la bendición de cada noche: pero, no pudiste esperar.... Cediste a los golpes desatados de la pasión, abandonaste el ideal a los primeros impulsos del deseo. En vez de construir en la tranquilidad y en la confianza, con bases seguras, elegiste el camino peligroso de la precipitación. Ahora es imprescindible evitar el abismo fatal, eludir la vorágine traicionera, aferrándote al salvavidas del supremo deber... Regresa, pues, hija mía, a la serenidad del principio y resígnate al nuevo aspecto que imprimiste a tu propio rumbo, aceptando el ministerio de la maternidad dolorosa y sacrificando encantadoras aspiraciones. En el silencio y en la oscuridad de la proscripción social muchas veces logramos la felicidad de conocernos. El desprecio público que precipita a los más débiles en el olvido de sí mismo, yergue a los fuertes hacia Dios, sustentándolos en la senda de la redención. Es probable que tu padre te maldiga, que nuestros seres más queridos en la Tierra te menoscaben y traten de despreciarte; sin embargo, ¿qué martirio no ennoblecerá al espíritu dispuesto al rescate de sus débitos con dedicación al bien y con serenidad en el dolor? ¿No será mejor la corona de espinas en la frente que el bosque de brasas en la conciencia? El mal puede perdernos y desviarnos; el bien rectifica siempre. Más allá de esto, si es cierto que el padecimiento de la vergüenza azotará tu sensibilidad, la gloria de la maternidad resplandecerá en tu camino ... Tus lágrimas rociarán una flor querida y sublime, que será tu hijo, carne de tu carne, ser de tu ser ¿Qué no hará en el mundo la mujer que sabe renunciar? La tormenta rugirá, pero siempre fuera de tu corazón, porque allí dentro, en el santuario divino del amor, encontrarás en ti misma, el poder de la paz hasta alcanzar la victoria ...
La enferma escuchaba casi indiferente, dispuesta a no capitular. Recibía los llamados maternos sin que se alterara su actividad. La madrecita, sin embargo, proseguía, después de un largo intervalo:
- ¡Oye, Cecilia! No te quedes en esa actitud impasible. No aísles al cerebro del corazón, para que tu razonamiento se beneficie con el sentimiento, de modo que seas vencedora en la dura prueba. No te detengas en la preponderancia de la vida física ni supongas que la belleza espiritual y eterna erija su templo en el cuerpo de carne, en tránsito hacia el polvo. La muerte vendrá de cualquier modo, trayendo la realidad que confunde a la ilusión. No persistas en el velo de la mentira. Humíllate en la renuncia constructiva, toma tu cruz y prosigue hacia una comprensión más elevada ... en el madero de tu sufrimiento íntimo, oirás la enternecedora voz de un hijo bendito ... Si te aflige el abandono del mundo, será él, junto a ti, el tierno representante de la Divinidad ...
¿Qué falta te hará el manto de las fantasías si dos pequeñitos brazos aterciopelados te ciñen, cariñosos y fieles, para conducirte a la renovación hacia la vida superior? Fue entonces que Cecilia, infundiéndome asombro por lo agresiva, objetó con el pensamiento:
¿Cómo no me dijiste eso antes? En la Tierra siempre satisfacías mis deseos.
Nunca me permitiste el trabajo, favoreciste mi ocio, me hiciste creer que estaba en una posición más elevada que la de las otras criaturas, me inculcaste la suposición de que todos los privilegios especiales se me debían; en fin, ¡no me preparaste! Estoy sola, con un problema afligente ... Ahora no tengo el coraje de humillarme ... Mendigar un trabajo remunerado no es el ideal que me diste y enfrentar la vergüenza y la miseria será para mí peor que morir. ¡No, no! ... ¡No desisto, ni siquiera escuchando tu voz, que a despecho de todo todavía amo! ... Me es imposible retroceder ... La conmovedora escena horrorizada. Presenciaba allí el milenario conflicto de la ternura materna con la vida real.
La venerable matrona lloró con gran amargura, se tomó de la hija con mayor vehemencia y suplicó Perdóname por el mal que te hice al quererte demasiado...
¡Oh, hija querida, no siempre el amor humano avanza vigilante! A veces la ceguera nos impulsa a errores estrepitosos, que sólo borra el golpe de la muerte, en general. ¿Pero no tienes en cuenta mi dolor? Reconozco mi participación indirectas en tu presente infortunio, pero como entiendo ahora la extensión y la delicadez de los deberes maternos, no deseo que tengas que recoger espinos en el mismo lugar donde yo sufro los resultados amargos de mi falta de previsión. Porque yo me haya equivocado por excesos de ternura, no te desvíes tú por exceso de odio y disconformidad. Después del sepulcro, el día del bien es más luminoso y la noche del mal es mucho más densa y tormentosa. Acepta la humillación como una bendición, el dolor como preciosa oportunidad. Todas las luchas terrenas llegan y pasan; aunque perduren no son eternas. No compliques, pues, el destino.
Me someto a tus reproches. Los merece quien se olvidó de la selva de las realizaciones para la eternidad, para quedarse voluntariamente en el jardín de los caprichos placenteros, donde las flores no se ostentan más que por un fugaz minuto. Me olvidé, Cecilia, de la azada bienhechora del esfuerzo propio con la cual debía carpir el suelo de nuestra vida, sembrando dádivas de trabajo edificante y todavía no he llorado lo suficiente como para redimirse de tan lamentable error. Sin embargo, confío en ti, esperando que no te suceda lo mismo en la escarpada senda de la regeneración. Antes mendigar el pan de cada día, soportar las insinuaciones mordaces de la maldad humana, allí en la Tierra, que menospreciar el pan de las oportunidades de Dios, permitiendo que la crueldad avasalle nuestro corazón. El sufrimiento de los vencidos en el combate humano es el granero de luz de la experiencia. La Bondad Divina convierte nuestras llagas en lámparas encendidas para el alma. Bienaventurados los que llegan a la muerte con muchas cicatrices, porque
ellas denuncian la dura batalla. Para esos, una perenne era de paz fulgurará en el horizonte, porque la realidad no los sorprende cuando el frío de la tumba les atraviesa el corazón. La verdad se transforma para ellos en generosa amiga; ¡la esperanza y la comprensión serán sus compañeras fieles! Regresa a ti misma, hija mía, restaura el coraje y el optimismo, a pesar de las nubes amenazadoras que flotan en tu mente delirante... ¡Todavía hay tiempo! ¡Todavía hay tiempo!
La enferma, a pesar de todo, hizo un supremo esfuerzo por regresar al envoltorio de carne, pronunciando ásperas palabras de negación, inopinadas e ingratas.
Mientras se desembarazaba de la influencia pacificadora de Calderaro, regresó gradualmente al campo sensorial, profiriendo gritos roncos.
El instructor se aproximó a la progenitora, llorosa, e informó:
 Desgraciadamente, amiga mía, el proceso de locura por rebeldía parece haberse consumado. Confiémosla ahora al poder de la Suprema protección Divina.
En tanto que la entidad materna se deshacía en lágrimas, la enferma perturbada por las emisiones mentales con las que se complacía, se dirigió a la enfermera para reclamarle:
- ¡No puedo! ¡No puedo más! No soporto... La intervención, ¡ahora! ¡No quiero perder un minuto!
Luego de observar a la compañera durante algunos instantes, con aterrorizada expresión agregó:
- ¡Tuve unas pesadilla horrible! ... ¿Soñé que mi madre volvía de la muerte y me pedía paciencia y caridad! ¡No! ¡No! ... ¡Llegaré hasta el fin! ¡Preferiría el suicidio, por último!
Inspirada por mi orientador, la enfermera hizo aún varios comentarios respetables.
¿No sería conveniente aguardar más tiempo? ¿No sería el sueño un aviso providencial? El abatimiento de Cecilia era enorme. ¿No se sentiría amparada por una intervención espiritual? Juzgada, entonces, oportuno postergar la decisión.
La paciente, no obstante, permaneció irreductible. Y para nuestro asombro, ante la progenitora despojada del envoltorio físico, que lloraba, la operación comenzó, con siniestros propósitos para nosotros que observamos la escena totalmente sensibilizados.
Nunca supuse que la mente desequilibrada pudiera infligir tamaño mal a su propio patrimonio. El desorden del cosmos fisiológico se acentuaba a cada instante.
Penosamente sorprendido proseguí con el examen de la situación, verificando con espanto que el embrión reaccionaba al ser violentado, como adhiriéndose desesperadamente a las paredes de la placenta.
La mente del hijito inmaduro comenzó despertar a medida que aumentaba el esfuerzo para extraerlo. Ahora los rayos oscuros no partían tan sólo del encéfalo materno; eran emitidos igualmente por la organización embrionaria, estableciendo una mayor desarmonía.
Después de un prolongado e intenso trabajo el pequeño ser fue finalmente retirado ... Con asombro reparé también que la improvisada ginecóloga sustraía del recipiente femenino nada más que una diminuta porción de carne inanimada, porque la entidad reencarnante, como si fuerzas vigorosas e indefinibles la mantuviera atraída al cuerpo materno, ofrecía condiciones muy particulares, adheridas al campo celular que la expulsaba.
Semidespierta, en una funesta pesadilla de sufrimiento, reflejaba extrema desesperación; se lamentaba con gritos afligentes; expulsaba vibraciones mortíferas; balbuceaba frases inconexas. ¿No estaríamos allí ante dos fieras terriblemente encadenadas por las manos, la una a la otra? El hijito que no había llegado a nacer se transformó en un peligroso verdugo de la psiquis materna. Al comprimir con impulsos involuntarios el nido de vasos del útero, precisamente en la región donde se efectúa la permuta de la sangre materna con la del feto, provocó un proceso hemorrágico violento y abundante.
Proseguí observando.
Removido indebidamente y manteniendo allí por fuerzas incoercibles, el organismo periespiritual de la entidad que no había llegado a nacer, alcanzó con movimientos espontáneos la zona del corazón. Envolviendo los nudos de la aurícula derecha, perturbó las vías de estímulo, determinando choques tremendos en el sistema nervioso central.
Tal situación agravó el flujo hemorrágico que alcanzó una intensidad imprevista, obligando a la enfermera a pedir socorro inmediato, después de borrar como pudo, los vestigios de su falta.
- ¡Lo odio! ¡Lo odio! - clamaba la mente materna delirando, al sentir todavía la presencia del hijo en la intimidad de su organismo ¡Nunca arrullaré a un intruso que me arrojaría a la vergüenza!
Ambos, madre e hijo, parecían estar ahora, para decirlo más exactamente, sintonizados en la onda del odio, porque la mente de él, que exhibía una extraña forma de presentarse ante mis ojos, respondía en el colmo de la ira:
- ¡Me vengaré! ¡Pagarás moneda a moneda! ¡No te perdonaré! ... No me dejaste retomar la lucha terrenal donde el dolor, que tendríamos en común, me enseñaría a disculparme por el pasado delictuoso y a olvidar mis punzantes amarguras ... Renegaste de la prueba que habría de conducirnos al altar de la reconciliación, Me cerraste las puertas de la oportunidad redentora; sin embargo, el maléfico poder que impera en ti, habita igualmente en mi alma ... Trajiste a la superficie de mi razón el lodo de la perversidad que dormía dentro de mí. Me negaste el recurso de la purificación, pero ahora estamos nuevamente unidos y te arrastraré hacia el abismo... Me condenaste a la muerte y por eso, para ti mi sentencia es igual. No me diste el descanso, impediste mi retorno a la paz de la conciencia, pero no te quedarás por más tiempo en la Tierra ... No me quisiste para el servicio del amor ... Por lo tanto, serás otra vez mía para satisfacer mi odio. ¡Me vengaré! ¡Seguirás conmigo!
Los rayos mentales destructores se cruzaban en un horrible cuadro, de un espíritu a otro. Mientras observaba la intensificación de las toxinas a lo largo de toda la trama celular, Calderaro oraba en silencio, invocando el auxilio exterior, por lo que me pareció.
En efecto, a los pocos instantes un pequeño grupo de trabajadores espirituales entró en el recinto. El orientador suministró instrucciones. Deberían ayudar a la desventurada madre, que permanecía junto a la hija infeliz hasta la consumación de la experiencia.
Enseguida, el Asistente me invitó a salir, agregando:
Se verificará el desprendimiento del envoltorio carnal dentro de alguna horas. El odio, André, diariamente extermina criaturas en el mundo, con intensidad y eficacia más arrasadoras que las de todos los cañones de la Tierra tronando al mismo tiempo.
Es más poderoso, entre los hombres, para complicar los problemas y destruir la paz, que todas las guerras conocidas por la Humanidad en el transcurso de los siglos. Lo que oyes no es una mera teoría, has vivido con nosotros, en estos momentos, un hecho pavoroso que todos los días se repite en la esfera carnal. Establecido el imperio de fuerzas tan detestables sobre esas dos almas desequilibradas, a las que la Providencia procuró reunir en el instituto de la reencarnación, es necesario confiarlas, de aquí en adelante, al tiempo, a fin de que el dolor produzca los correctivos indispensables.
¡Oh! exclamé afligido al contemplar el duelo de ambas mentes tortuosas, ¿cómo quedarán? ¿permanecerán entrelazadas así? ¿Y por cuánto tiempo? Calderaro me observó, tan agobiado como un soldado valeroso que perdió temporalmente la batalla e informó:
- Ahora de nada vale la intervención directa. Solamente podremos cooperar con la oración del amor fraterno, aliada a la función renovadora de la lucha cotidiana. Se consumó para ambos un doloroso proceso de obsesión recíproca, de amargas consecuencias en el espacio y en el tiempo y cuya extensión ninguno de nosotros puede prever.
documentado de el libro Mundo Mayor.In dolorosa perdida y mensaje fraternal P. 139
de Chico Xavier


viernes, 11 de octubre de 2013

CARIDAD

 Me llamo la caridad, soy la ruta principal que conduce a Dios; seguidme, porque soy el objeto al que debéis todos aspirar.
Hice esta mañana mi caminata habitual y con el corazón angustiado vengo a deciros: ¡Oh! Amigos míos, ¡cuántas miserias, cuántas lágrimas y cuánto tenéis que hacer para enjugarlas todas!
He procurado vanamente consolar a las pobres madres, diciéndoles al oído: ¡Ánimo! ¡Hay buenos corazones que velan por vosotras,
no os abandonarán, paciencia! Dios está aquí, sois sus amadas,
sois sus elegidas. Parece que me oyen y vuelven a mí sus grandes
ojos ansiosos; yo leía sobre sus pobres rostros que su cuerpo, ese
tirano del Espíritu, tenía hambre y que mis palabras serenaban un
poco el corazón, no llenaban su estómago. Repetía otra vez: ¡ánimo, ánimo! Y entonces una pobre madre, joven aún, que amamantaba a su hijito, lo ha tomado en sus brazos y lo ha levantado como rogándome que protegiese a aquel pobre pequeño ser que sólo sacaba de su seno estéril un alimento insuficiente. En otra parte, amigos míos, vi a pobres ancianos sin trabajo
y en breve sin asilo, atormentados por todos los sufrimientos de la necesidad, y avergonzados de su miseria, no atreverse, no habiendo mendigado nunca, a implorar la piedad de los transeúntes.
Con  el corazón lleno de compasión, yo que nada tengo, me hice mendiga por ellos y voy por todas partes estimulando la  beneficencia e inspirando buenos pensamientos a los corazones generosos y compasivos. Por esto vengo hoy, amigos míos y os  digo: allá abajo hay infelices cuya mesa está sin pan, su hogar sin fuego y su lecho sin abrigo. No os digo lo que debéis hacer;
dejo la iniciativa a vuestros corazones; si yo os dictase vuestra línea de conducta, no tendríais el mérito de vuestra buena acción, sólo os digo: Soy la caridad y os tiendo la mano para vuestros
hermanos que sufren.
Mas si pido, también doy, y doy mucho; ¡os invito al gran banquete y os facilito el árbol en que os saciaréis todos! ¡Ved cuán bello es y cómo está cargado de flores y frutos! Id, id; coged todos
los frutos de ese hermoso árbol que llaman beneficencia. En el lugar de las ramas que habréis cogido, pondré todas las buenas acciones que hiciereis y llevará ese árbol a Dios para que lo cargue
de nuevo, porque la beneficencia es inagotable. Seguidme, pues, amigos míos, a fin de que os cuente en el número de los que se alisten a mi bandera; no temáis, yo os conduciré al camino de la salvación, porque yo soy la Caridad. , martirizada en Roma, Lyon , 1861). Hay varias maneras de hacer la caridad, que muchos entre vosotros confunden con la limosna; sin embargo, hay una gran diferencia. La limosna, amigos míos, algunas veces es útil porque alivia a los pobres; pero casi siempre es humillante para el que la hace y para el que la recibe. La caridad, por el contrario, une al bienhechor y al beneficiado, y además ¡se disfraza de tantos modos! Se puede ser caritativo incluso con los parientes, con los amigos, siendo indulgentes los unos con los otros, perdonándose sus debilidades, teniendo cuidado de no herir el amor propio de nadie: para vosotros, espíritas, en la manera de actuar con aquellos que no piensan como vosotros; conduciendo a los menos esclarecidos a creer y eso sin chocar, sin contradecir sus convicciones, conduciéndoles suavemente a nuestras reuniones donde podrán escucharnos y donde sabremos encontrar la parte sensible del corazón por donde debemos penetrar. Este es uno de los modos de hacer caridad. Escuchad ahora la caridad con los pobres, con esos desheredados del mundo, pero recompensados por Dios, si saben  aceptar sus miserias sin murmurar, lo que depende de vosotros. Voy a hacerme comprender por medio de un ejemplo.
Veo varias veces a la semana una reunión de señoras de todas las edades; como sabéis para nosotras todas son hermanas. ¿Qué hacen ellas? Trabajan de prisa, de prisa; sus dedos son ágiles; ¡ved
como sus rostros están radiantes y como los corazones laten unidos! Pero, ¿cuál es su objetivo? Ven que se aproxima el invierno, que será rudo para las familias pobres; las hormigas no han podido
reunir durante el verano el grano necesario para su provisión, y la mayor parte de los efectos están empeñados; las pobres madres se inquietan y lloran pensando en sus hijitos que este invierno tendrán
frío y hambre. ¡Pero paciencia, pobre mujeres! Dios ha inspirado a otras más afortunadas que vosotras; se han reunido y os confeccionan vestidos; después, uno de estos días, cuando la nieve haya cubierto la tierra y cuando murmuréis diciendo: “Dios no es justo”, porque esta es la palabra habitual de los que sufren, entonces veréis aparecer a uno de los hijos de esas buenas trabajadoras que se han convertido en costureras de los pobres; sí, es para vosotras que ellas trabajan así y vuestras quejas se cambiará en
bendiciones, porque en el corazón de los infelices el amor sigue de muy cerca al odio.
Como todas esas trabajadoras necesitan ánimo, veo que las comunicaciones de los Espíritus les llegan de todos lados; los hombres que forman parte de esa sociedad, ayudan con su concurso,
haciendo una de esas lecturas que tanto agradan; y nosotros, para recompensar el celo de todos y de cada uno en particular, prometemos a esas obreras laboriosas buena clientela que les pagará
al contado en bendiciones, única moneda de curso en el cielo, asegurándoles, además y sin miedo de adelantarnos demasiado, que no les faltará. caridad.

sábado, 28 de septiembre de 2013

LUZ EN LAS SOMBRAS

afirmaba el instructor Druso, sabiamente el estudio de la situación espiritual de la criatura humana, después de la
muerte del cuerpo, no puede ser relegado a un plano secundario. Todas las civilizaciones que antecedieron a la gloria occidental en los tiempos modernos, consagran especial atención a los problemas del Más Allá. Egipto mantenía un incesante intercambio con los antepasados y enseñaba que los muertos sufrían un riguroso juicio entre Anubis, el genio con cabeza de chacal, y Horus, el genio con cabeza de halcón, ante Maat, la diosa de la justicia, decidiendo si las almas debían ascender al esplendor solar o volver a los laberintos de las pruebas, en la propia Tierra, en cuerpos deformes y viles. Los indios admitían que los desencarnados, de acuerdo con las resoluciones del Juez de los Muertos, subirían al Paraíso o descenderían a los precipicios del reino de Váruna, el dios de las aguas y del reino de los muertos, para ser aislados en cámaras de tortura, amarrados unos a otros por serpientes infernales. Los hebreos, griegos, galos y romanos, tenían creencias más o menos semejantes, convencidos de que la elevación celeste se reservaba a los espíritus rectos y buenos, puros y nobles, guardando los tormentos del infierno para aquellos que se rebajaban en la perversión y en el crimen, en las regiones de suplicio, fuera del mundo o en el propio mundo, a través de la reencarnación en formas envilecidas por la expiación y el sufrimiento.
La conversación nos fascinaba. Hilario y yo, estábamos de visita en la “Mansión de Paz”, notable escuela de reajuste, de la que Druso era el abnegado director y amigo.
El establecimiento, situado en los planos inferiores, era una especie de “Monasterio de San Bernardo”, en una zona castigada por la naturaleza hostil, con la diferencia de que la nieve, casi constante en torno del célebre convento enclavado en los desfiladeros existentes entre Suiza e Italia, allí era sustituida por la sombra densa que, en aquella hora, se hacía aún más densa, móvil y terrible, alrededor de la institución, como si estuviese dominada por un vendaval incesante.
Aquel puesto acogedor, que permanece bajo la jurisdicción de “Nuestro Hogar”
Por tanto, el enorme caserío, parecido a una amplia ciudad instalada con todos los recursos de seguridad y defensa, mantiene áreas de asistencia y cursos de instrucción, en los que médicos y sacerdotes, enfermeros y profesores, encuentran, después de la muerte terrestre, enseñanzas y actividades de la más elevada importancia. , fue fundado hace más de tres siglos, y se dedica a recibir espíritus infelices y enfermos que se deciden a trabajar por su propia regeneración, criaturas que se llevan a colonias de perfeccionamiento en la vida Superior, o que vuelven al plano físico, en una reencarnación rectificadora.
Queríamos efectuar algunas observaciones referentes a las leyes de causa y efecto –el karma de los hindúes– y, convenientemente recomendados por el Ministerio de Auxilio, estábamos allí, encantados con la palabra del orientador, que prosiguió con la mayor atención, después de una larga pausa:
–Es necesario tener en cuenta que la Tierra se contempla desde los más variados puntos de vista. Para el astrónomo, es un planeta que gravita en torno del Sol, para el guerrero, es un campo de lucha en el que la geografía se modifica a punta de bayoneta, para el sociólogo, es un amplio espacio en el que se acomodan diversas razas. Pero, para nosotros, es un valioso lugar de servicio espiritual, como un filtro en el que el alma se purifica poco a poco en el curso de los milenios, adquiriendo cualidades divinas para la ascensión a la gloria celeste. Por eso, hay que mantener la luz del amor y del conocimiento, en el seno de las tinieblas, igual que es necesario mantener el medicamento en el foco de la enfermedad.
Mientras oíamos, observábamos, allá afuera, a través de la transparencia de una amplia ventana, la convulsión de la naturaleza.
Un vendaval ululante, trayendo consigo una sustancia oscura, parecida a un lodo aéreo, se arremolinaba con violencia, en un torbellino extraño, en forma de tinieblas que se despeñaban como una cascada. Y, entre el cuerpo monstruoso de aquel torbellino terrible, surgían gritos de horror, vociferando maldiciones y gemidos.
Aparecían de refilón, unidos unos a otros, gran cantidad de criaturas agarradas entre sí ante el peligro, con el ansia instintiva de dominar y sobrevivir. Druso, como nosotros, contempló el triste cuadro con una visible piedad reflejada en su semblante. Nos miró en silencio, como si quisiera llamarnos a la reflexión. Parecía expresar cuánto le dolía en su alma el trabajo en aquel paraje de sufrimiento, cuando Hilario le preguntó:
“¿Por qué no se abren las puertas a los que gritan allí afuera? ¿No es éste un puesto de salvación?”.
–Sí, respondió el instructor sensibilizado, “pero la salvación solamente es importante para aquellos que desean salvarse”. Y después de un pequeño intervalo, continuó:
–En este plano, más allá de la tumba, la sorpresa más dolorosa para mí fue ésa: el encuentro con fieras humanas que habitaban en cuerpos carnales como personas comunes. Si las acogemos aquí sin la necesaria preparación, nos atacarían de inmediato, arrasando este instituto de asistencia pacífica. Y no podemos olvidar que el orden es la base de la caridad.
A pesar de su explicación firme y serena, Druso se concentraba en la visión exterior, dominado por la compasión que se reflejaba en su rostro.
Pasados unos instantes, prosiguió:
–Hay una gran tempestad magnética, y los caminantes de los planos inferiores, están siendo arrebatados por el huracán, como hojas secas por un vendaval.
¿Y tienen conciencia de eso? –preguntó Hilario con perplejidad.
–Muy pocos. Las personas que se encuentran así después del sepulcro, son aquellas que no se han acogido en la vida física al refugio moral de algún principio noble. Traen su interior inmerso en un torbellino tenebroso, parecido a la tormenta externa, por los pensamientos desorganizados y crueles de que se alimentan. Odian y aniquilan, muerden y hieren. Si los alojamos en los puestos de socorro aquí establecidos, sería como introducir tigres hambrientos entre fieles que oran en un templo. Pero, ¿se conservan siempre en ese terrible desajuste? –insistió mi compañero, fuertemente impresionado. El orientador intentó sonreír y contestó:
No, eso no. Esa fase de inconsciencia y desvarío pasa también como pasa la tempestad, aunque la crisis perdure, a veces por muchos años. Debido al temporal de las pruebas que le imponen dolor desde el exterior al interior, el alma se reforma, poco a poco, serenándose hasta abrazar, por fin, las responsabilidades que creó para sí misma.
–Quiere decir, entonces dije a mi vez que no basta el peregrinaje del espíritu después  de la muerte, por los lugares de tinieblas y de padecimientos, para resarcir las deudas de la conciencia...
Exactamente aclaró el instructor. La desesperación sólo tiene el valor de la demencia a que se lanzan las almas en las explosiones de incontinencia y de rebeldía. No sirve como pago ante los tribunales divinos. No es razonable que el deudor solucione con gritos e improperios los compromisos que contrajo por su propia voluntad. Además, tengamos en cuanta que de los desmanes de orden mental a que nos entregamos desprevenidos, salimos siempre más infelices y endeudados. Pasada la fiebre de locura y de rebelión, el espíritu culpable vuelve al remordimiento y a la penitencia. Se calma, como la tierra que vuelve a la serenidad y a la paciencia, después de haber sido insultada por el terremoto, a pesar de haber sido maltrecha y herida. Entonces, como el suelo que vuelve a ser fértil, se somete de nuevo a la siembra renovadora de sus destinos.
Sentimos una gran expectación, cuando Hilario comentó:
¡Ah! ¡Si las almas encarnadas pudiesen morir en el cuerpo algunos días al año, no mediante el sueño físico en que se rehacen, sino con plena conciencia de la vida que les espera!...
Sí, dijo el orientador eso modificaría realmente la faz moral del mundo. Pero mientras tanto la existencia humana, por larga que sea, es un simple aprendizaje en el que el espíritu reclama benéficas restricciones para poder restaurar su camino. Usando un nuevo cuerpo entre sus semejantes, debe atender a la renovación que le corresponde, y eso exige la centralización de sus fuerzas mentales en esa transitoria experiencia terrestre.
La palabra fluida y sabia del instructor, era para nosotros motivo de singular encanto y, creyéndome en el deber de aprovechar aquellos minutos, sopesaba en silencio, para mí mismo, la calidad de las almas desencarnadas que sufrían la presión de la tormenta exterior.
Druso percibió mi indagación mental y sonrió, como esperando por mi parte una pregunta clara y positiva. Instado por la fuerza de su mirada, dije respetuosamente: ante este penoso espectáculo al que estamos asistiendo, nos vemos obligados a pensar en la procedencia de los que experimentan su inmersión en ese torbellino de horror... ¿Son delincuentes comunes, o criminales acusados de grandes faltas? ¿Habrá entre ellos seres primitivos como nuestros indígenas salvajes, por ejemplo?
La respuesta del orientador no se hizo esperar.
–Cuando vine acá, esas preguntas asaltaron igualmente mi pensamiento. Hace cincuenta años que estoy en este refugio de socorro, oración y esperanza. Entré en esta casa como un enfermo grave, después de haberme desligado del cuerpo terrestre. Aquí, encontré un hospital y una escuela. Amparado, pasé a estudiar mi nueva situación, anhelando poder servir. Fui camillero, limpiador, enfermero, profesor, magnetizador, hasta que, después de algunos años, recibí jubilosamente el encargo de orientar la institución, bajo la supervisión positiva de los instructores que nos dirigen. Obligado a efectuar pacientes y laboriosas investigaciones, como parte de mis deberes, puedo deciros que las tinieblas densas, solamente son ocupadas por las conciencias que se oscurecieron con la práctica de crímenes deliberados, apagando la luz del propio equilibrio. En estas regiones inferiores no transitan las almas simples, sencillas, que se encuentren sufriendo los errores naturales de las experiencias primitivas. Cada ser está adherido, por imposición de la atracción magnética, al nivel de evolución que le es propio. Los salvajes, en su gran mayoría, hasta tanto se desarrolla en ellos el mundo mental, viven casi siempre confinados en el bosque que resume sus intereses y sueños, retirándose lentamente del campo de la tribu, bajo la dirección de espíritus benevolentes y sabios que les asisten... y las almas notoriamente primitivas, en gran parte, caminan al influjo de las entidades beneméritas que les sustentan e inspiran, trabajando con sacrificio en las bases de la sociedad, y aprovechando los errores, hijos de las buenas intenciones, como enseñanzas preciosas que garantizan su educación. Os aseguro que en las zonas que podríamos llamar infernales, sólo residen los que, conociendo sus responsabilidades morales, se alejaron deliberadamente de ellas, con el loco propósito de escarnecer al propio Dios. El infierno puede ser definido como un amplio campo de desequilibrio, establecido por la maldad calculada, nacida de la ceguera voluntaria y la perversidad completa. Ahí viven, a veces por siglos, espíritus que se animalizaron, fijándose en la crueldad y egocentrismo. Forman una enorme zona vibratoria en conexión con la humanidad terrestre, ya que todos los padecimientos infernales son creaciones de la misma. Estos lugares tristes funcionan como una criba necesaria para todos los espíritus que desertan de las responsabilidades que el Señor les otorga. De ese modo, todas las almas que tienen el conocimiento de la verdad y la justicia, responsables en la construcción del bien, que en la Tierra incurren en ese o aquel delito, desatendiendo el noble deber que el mundo les fija, después de la muerte del cuerpo permanecen por estos lugares por días, meses o años, reconsiderando sus actuaciones, antes de la reencarnación que deben lograr para obtener su propio reajuste lo más pronto posible.
Por eso. aventuró a decir Hilario, cuando Druso, captando la pregunta, le interrumpió resumiendo:
Por eso, las entidades infernales que creen gobernar esta región con un poder infalible, residen aquí por un tiempo indeterminado y las criaturas perversas que se afinan con ellas, aunque sufran su dominio, están aquí por muchos años. Las almas extraviadas en la delincuencia y el vicio, que tienen posibilidades de próxima recuperación, permanecen aquí por períodos ligeros o regulares, aprendiendo que el precio de las pasiones es demasiado terrible. Para las criaturas desencarnadas de ese último tipo, que alcanzan el sufrimiento, el arrepentimiento y el remordimiento, la dilaceración y el dolor, a pesar de no hallarse libres de los trastornos oscuros con que han sido arrojados en las tinieblas, las casas fraternales y de asistencia como ésta, funcionan, activas y diligentes, acogiéndolas en todo lo posible, y habitándolas para que vuelvan a las experiencias de naturaleza expiatoria en la carne.
Me acordé del tiempo en que yo mismo había deambulado, semiinconsciente y perturbado, por las sombras, desde el momento en que me había librado del cuerpo físico, enfrentándome a mis propios estados mentales del pasado y del presente, cuando el orientador prosiguió:
Como es fácil deducir, si la oscuridad es el molde que imprime brillo a la luz, el infierno, como región de sufrimiento y de falta de armonía, es perfectamente posible, constituyendo un establecimiento justo de filtración, para el espíritu que se halla en el camino de la vida superior. Todos los lugares infernales surgen, viven y desaparecen, con la aprobación del Señor, que tolera semejantes creaciones en las almas humanas, como un padre que soporta las llagas adquiridas por sus hijos, y que se vale de ellas para ayudarles a valorar la salud. Las inteligencias consagradas a la rebeldía y criminalidad, por eso mismo, a pesar de admitir que trabajan para sí, permanecen al servicio del Señor, que corrige el mal con el propio mal. Por eso mismo, todo en la vida es movimiento hacia la victoria del bien supremo.

viernes, 6 de septiembre de 2013

DESIGUALDADES SOCIALES

LA IGUALDAD DE DERECHOS DEL HOMBRE Y DE LA MUJER
Las desigualdades sociales provenientes de las más variadas condiciones económicas y espirituales, de los diferentes pueblos de la Tierra, siempre son obra del hombre y no de Dios. En realidad Dios creó a los Espíritus iguales y destinados al mismo fin, pero los hombres, debido a las imperfecciones morales que todavía poseen, crearon leyes, muchas de ellas injustas y hasta crueles, para regular las relaciones en la sociedad. Como consecuencia de esas leyes han surgido las desigualdades sociales, más o menos pronunciadas en determinadas naciones, conforme con el grado evolutivo de sus elementos humanos.
Sin embargo, el progreso sigue su curso ascendente y ininterrumpido y la desigualdad social, como todo lo que es inferior, día a día disminuye.  Desaparecerá cuando dejen de predominar el egoísmo y el orgullo. Entonces, quedará solamente la desigualdad de merecimientos. Día vendrá en que los miembros de la gran familia de los hijos de Dios dejarán de compararse por la pureza de la sangre. Sólo el Espíritu es más o menos puro y eso no depende de la posición social. Aun las desigualdades tolerables o normales para la categoría de nuestro planeta, dejarán de existir.No se abolirán tan pronto como los unionistas desearían o imaginan. Ni se harán desaparecer con revoluciones ni con guerras, ni leyes, decretos o discursos, disturbios ni maldiciones. Las desigualdades irán desapareciendo de modo lento y gradual, de acuerdo con el ritmo de los esfuerzos individuales y colectivos, por el progreso moral, y entonces serán destruidos los privilegios de casta, sangre, posición, sexo, raza, religión, etc.
Debemos comprender que a pesar de ello, con el destierro de las desigualdades sociales no se producirá un proceso de uniformación de los hombres. La especie humana no se transformará en una máquina, en un sistema robotizado. Los hombres se orientarán por medio de las leyes divinas, a fin de que sus tendencias naturales puedan surgir y desarrollarse normalmente, sin actitudes coercitivas por parte de quien quiera que sea. Evidentemente, habrá quien ocupe cargos de mayores o menores responsabilidades, pero con el adelantamiento espiritual, los seres humanos ya no sufrirán los males provocados por el egoísmo, la envidia, el orgullo o los prejuicios. Del mismo modo, en una sociedad moralizada no se producirá la diferencia que aún hoy se observa entre el hombre y la mujer. En este sentido, los Espíritus Superiores preguntan: «¿ No otorgó Dios a ambos la inteligencia del bien y del mal y la facultad de progresar?»
Luego, ante los códigos divinos ambos poseen los mismos derechos; la diferencia de sexo existe por fuerza de la necesidad de las experiencias específicas, por las cuales el Espíritu precisa pasar. Además, el Espíritu, centella divina, no posee sexo conforme con las denominaciones humanas.
Entre el hombre y la mujer existe la igualdad de derechos; «… no la de funciones. Es necesario que cada uno esté en el lugar que le compete, ocupándose de lo exterior el hombre y de lo interior la mujer, cada uno de acuerdo con sus aptitudes. La ley humana para ser equitativa debe consagrar la igualdad de los derechos del hombre y de la mujer. Cualquier privilegio concedido a uno o a otro es contrario a la justicia. La emancipación de la mujer acompaña al progreso de la civilización, su esclavitud marcha a la par con la barbarie. Además de eso, los sexos sólo existen en la organización física. Visto que los Espíritus pueden encarnar en uno u otro, bajo este aspecto no hay ninguna diferencia entre ellos. Por consiguiente , deben gozar de los mismos derechos».
Por más que en el mundo se acentúen los cambios sociales, siempre serán diferentes las funciones del hombre y de la mujer, por necesidad de la planificación reencarnatoria. El hombre y la mujer, en la institución conyugal, son como el cerebro y el corazón del organismo doméstico.
Ambos son portadores de igual responsabilidad en el sagrado colegio que es la familia; y si en la vida, el alma femenina ha presentado siempre un coeficiente más avanzado de espiritualidad, es porque desde temprano el espíritu masculino intoxicó las fuentes de su propia libertad, a través de toda clase de abusos, perjudicando su posición moral en el transcurso de existencias numerosas, en múltiples experiencias seculares. La ideología feminista de los tiempos modernos, no obstante, con sus diversas banderas políticas y sociales, puede ser un veneno para la mujer desprevenida en cuanto a sus grandes deberes espirituales sobre la faz de la Tierra.
La desigualdad social es el más elevado testimonio de la verdad de la reencarnación, mediante la cual cada Espíritu tiene su posición definida de regeneración y rescate. En tal caso consideramos que la pobreza, la miseria, la guerra, la ignorancia, como otras calamidades colectivas, son enfermedades del organismo social, debidas a la situación de prueba de la casi generalidad de sus miembros. Una vez que cese la causa patógena, con la iluminación espiritual de todos a través del Evangelio de Cristo, la dolencia colectiva quedará eliminada del medio ambiente humano.
LA MUJER ANTE CRISTO
Cada vez que estemos dispuestos a considerar a la mujer en un plano de inferioridad, recordémosla en el tiempo de Jesús.
Hace veinte siglos, con excepción de las patricias del Imperio, casi todas las compañeras del pueblo, en la mayoría de las circunstancias, sufrían extrema humillación, convertidas en bestias de carga cuando no eran vendidas en subasta pública. Sin embargo, al ser alcanzadas por el verbo renovador del Divino Maestro, nadie respondió con tanta lealtad y vehemencia a los llamados celestiales. Entre las que habían descendido a los valles de la perturbación y la sombra, encontramos en Magdalena al más alto testimonio de recuperación moral, de las tinieblas hacia la luz; y entre las que se mantenían en el monte del equilibrio doméstico, sorprendemos en Juana de Cusa al más noble exponente de colaboración y fidelidad. Atraídas por el amor puro, conducían a la presencia del Señor a los afligidos y mutilados, a los enfermos y los niños. Y a pesar de que no integraran el círculo de sus apóstoles, fueron ellas – representadas por las hijas anónimas de Jerusalén – las únicas demostraciones de solidaridad espontánea que lo visitaran, sin prejuicios, bajo la cruz del martirio, cuando los propios discípulos se dispersaban. Más tarde, junto a los continuadores de la Buena Nueva se mantuvieron en el mismo nivel de elevación y de entendimiento.
Dorcas, la costurera jopense , después de recibir el amparo de Simón Pedro se transformó en la más activa colaboradora en la asistencia a los infortunados; Febe es la mensajera de la epístola de Pablo de Tarso a los romanos. Lidia, en Filipos, es la primera mujer con suficiente coraje para transformar su propia casa en santuario del Evangelio que estaba por nacer. Loide y Eunice, parientas de Timoteo, eran modelos morales de la fe viva.
Sin embargo, aun cuando semejantes heroínas no hubieran de hecho existido, no podemos olvidar que, un día, buscando a alguien para que ejerciera en el mundo la necesaria tutela sobre la vida preciosa del Embajador Divino, el Supremo Poder del Universo no titubeó en recurrir a la abnegada mujer, escondida en un hogar ignorado y simple… Humilde, tenía oculta la experiencia de los sabios; frágil como el lirio, llevaba consigo la resistencia del diamante; pobre entre los pobres, portaba en su propia virtud los tesoros incorruptibles del corazón y, desvalida entre los hombres, era grande y prestigiosa ante Dios.
He aquí el motivo por el cual, siempre que el razonamiento nos induzca a ponderar lo relativo a la gloria de Cristo – recordando la grandeza de nuestras propias madres en la Tierra -, habremos de inclinarnos, reconocidos y reverentes ante la luz inmarcesible de la Estrella de Nazareth.

jueves, 15 de agosto de 2013

EL PARAÍSO PERDIDO

Para explicar el origen del hombre, Moisés relata en el libro bíblico «Génesis», la historia de Adán y Eva, que habrían sido los primeros seres humanos, creados por Dios para habitar un jardín de delicias. Tentados por la serpiente, comieron el fruto prohibido del árbol de la ciencia y fueron expulsados del paraíso hacia la Tierra, donde su supervivencia dependería de su propia labor.
Se trataba de una explicación adecuada al nivel de comprensión del pueblo judío de la época mosaica, pero que no puede ser considerada como verdad absoluta en la actualidad, señalada por el progreso intelectual y científico.
Las teorías que identifican en las razas humanas el resultado del perfeccionamiento biológico, a través de los milenios, de los organismos primitivos que inicialmente poblaron la Tierra, son hoy ampliamente difundidas, aceptadas por la comunidad científica y confirmadas por el Plano Espiritual. Los recientes descubrimientos de la Antropología y la Arqueología no solo han confirmado esas teorías, sino también proporcionado argumentos a favor de la tesis de la población simultánea de varias regiones del Planeta, por medio de razas diferentes, con caracteres físicos singulares, lo que denota su origen diversificado y un desenvolvimiento independiente.
No obstante, la simbología de la narración mosaica refleja un fenómeno usual en el proceso de desarrollo y evolución de los globos y de los Espíritus que los habitan. Los mundos progresan a través del crecimiento en moralidad y saber de los seres que viven en ellos. Cuando un planeta alcanza una fase culminante en su transición evolutiva, los espíritus que no han acompañado el progreso general del orbe y en él se han transformado en elementos de perturbación del bienestar de la colectividad, son conducidos a mundos menos adelantados, donde aplicarán su inteligencia y la intuición de los conocimientos adquiridos, en beneficio del progreso de la humanidad que los habita. Al mismo tiempo expiarán, en contacto con las difíciles condiciones de vida de su nuevo ambiente y entre pueblos más atrasados, las faltas pasadas y la obstinación voluntaria, sufriendo la opresión del dolor que los impulsará hacia la renovación. Esas emigraciones entre los diversos mundos del Universo son periódicas y se pueden efectuar con los elementos de un pueblo, una raza, o con los habitantes de un planeta.
En el Génesis, Moisés registra las reminiscencias de un grupo de espíritus, personificados por Adán y Eva, que emigró hacia la Tierra, proveniente de un planeta del sistema orbital de la estrella que llamamos Cabra o Capela, que pertenece a la constelación del Capricornio.
Hace miles de años, ese planeta del sistema de Capela, que guarda mucha afinidad con el globo terrestre, alcanzó la culminación de uno de sus extraordinarios ciclos evolutivos. Allí había algunos millones de espíritus rebeldes, en el camino de la evolución general, que dificultaban la consolidación de la arduas conquistas de aquellos pueblos llenos de piedad y virtudes; pero una acción de saneamiento general habría de expulsarlos de aquella humanidad, que había hecho un culto de la concordia perpetua, para edificar sus elevados trabajos.
Las grandes comunidades espirituales, directoras del Cosmos, deliberaron entonces acerca de localizar a esas entidades, pertinaces en el crimen, aquí en la Tierra lejana, donde aprenderían a realizar, por el dolor y los trabajos penosos del ambiente, las grandes conquistas del corazón e impulsarían, simultáneamente, el progreso de sus hermanos inferiores.
Sufriendo el dolor del exilio y de la separación de sus afectos, fueron recibidos por Jesús que, con sus amorosas advertencias despertó sus esperanzas de redención en el porvenir y los invitó a cooperar fraternalmente para el perfeccionamiento de la raza primitiva que habitaba el orbe. Jesús les prometió asistencia cotidiana y su futura venida, para indicarles el camino que habría de posibilitarles el retorno « paraíso perdido».
Con el auxilio de esos espíritus endeudados y afligidos, que reencarnaron en las regiones de la Tierra que ya estaban habitadas por los clanes y pueblos primitivos, las falanges de Jesús procedieron al perfeccionamiento de los caracteres biológicos de las razas humanas y sentaron las bases del progreso y la civilización en el Planeta.
Al vivir en medio de pueblos primitivos, todavía en estado de barbarie, esas entidades se sintieron degradadas, en un ambiente rudo, para expiar sus faltas. Alentaban el retorno al «paraíso perdido» cuyo recuerdo intuitivo se propagó a través de las generaciones y fue relatado en las páginas bíblicas.
La figura de Adán debe ser interpretada, como símbolo de la Humanidad.  La palabra hebrea Haadan no es un nombre propio, sino significa: el hombre, en general, la humanidad. Su desobediencia a las determinaciones divinas representa la infracción a las leyes del bien, en que incurren los hombres, particularmente los exiliados del sistema de Capela, al dejarse dominar por los instintos materiales.
Programa IV Aspecto Filosófico
El árbol de la ciencia es una alegoría referente a la posibilidad de que el hombre discernía entre el bien y el mal, a través del progreso en conocimiento y del consecuente desenvolvimiento de su libre albedrío, que acarrea la responsabilidad sobre sus actos. Así, al mismo tiempo que el árbol de la ciencia simboliza el crecimiento en saber, implica también responsabilidad del hombre por sus opciones ante la vida.
El fruto del árbol de la Ciencia, que florece en medio del «jardín de las delicias»,
corresponde al producto de la evolución material y se constituye en objeto de los deseos materiales del hombre Comer el fruto es dejarse vencer por las tentaciones de la materia, en detrimento de las conquistas espirituales que les corresponde realizar. El árbol de la vida simboliza la vida espiritual, es una referencia a las conquistas morales y demás bienes del espíritu, que el orbe del sistema de Capela había concretado y que los exiliados ya no podrían aprovechar, por haber perdido la armonía con el ambiente espiritual del planeta.
La muerte, de la que son alertados por la palabra divina, corresponde a los resultados de la infracción a los principios del bien. Es un término utilizado en el sentido espiritual e implica la imposibilidad de que las entidades se beneficiaran con las adquisiciones que serían el resultado de la evolución moral, e incluso de su permanencia en su planeta de origen y del contacto con las virtudes desarrolladas por los que allí quedaban.
La serpiente simboliza, por su forma y modo de locomoción, la sinuosidad de los malos consejos que, al esquivar los obstáculos de la conciencia, consiguen alcanzar al ser, al encontrar los resquicios de su inferioridad en lo más recóndito de su corazón.
De tal modo, las enseñanzas espíritas, relativas a la raza adámica, esclarecen el mito registrado en el Génesis y proporcionan una explicación racional para las reminiscencias de las promesas de la venida del Mesías, encontradas en diversas comunidades terrestres.
Un gran número de entidades exiliadas recién pudieron retornar a su orbe de origen, después de muchas existencias de pruebas y expiaciones. Sin embargo, algunas todavía se encuentran en la Tierra, por su persistencia en el mal.
Raza adámica Génesis de la 3º revelación de Allan Kardec 
De acuerdo con la enseñanza de los espíritus, fue una de esas grandes inmigraciones, o, si se prefiere, una de esas colonias de espíritus, llegada de otra esfera, la que dio nacimiento a la raza simbolizada por Adán, que, por tal razón, es denominada raza adámica. La Tierra estaba poblada desde hacía mucho tiempo cuando llegaron los espíritus que componían tal colonia, así como América se encontraba habitada ya cuando llegaron los europeos.
La raza adámica, más adelantada que aquellas otras que la precedieron, era la más inteligente y la que impulsó a las demás a progresar. El Génesis la describe como una raza trabajadora y hábil en las artes y las ciencias, desde sus comienzos, lo cual no es común en las razas primitivas, y concuerda con la opinión de que lo componían espíritus que ya habían progresado. Todo prueba su escasa antigüedad sobre la Tierra, así como nada contradice conceptuar sus pocos miles de años en el planeta. Por el contrario, todo eso lo La doctrina que intenta explicar que el origen de todo el género humano deriva de una pareja de seis mil años de antigüedad, es inadmisible en el estado actual de los conocimientos. A continuación resumimos las principales consideraciones de orden físico y moral que la contradicen:
Desde el punto de vista fisiológicos, ciertas razas presentan características físicas especiales que impiden asignar a todas un origen común. Hay diferencias que no son producto del clima, ya que los blancos que se reproducen en países de negros no se vuelven negros, y viceversa. El ardor motivado por el sol tuesta y broncea la epidermis, pero no ha convertido jamás a un blanco en negro, no ha achatado su nariz, cambiado los rasgos de su fisonomía ni transformado las hebras sedosas en motas. Hoy se sabe que la raza negra debe su color a un tejido subcutáneo particular, propio de la especie, denominado melanina.
Debemos considerar que las razas negra, mongólica y caucásica tuvieron orígenes propios y nacieron simultánea o sucesivamente en diferentes partes del globo. Sus cruces produjeron razas mixtas secundarias. Los caracteres fisiológicos de las razas primitivas son una señal evidente de que provienen de tipos especiales. Las mismas consideraciones valen tanto para el hombre como para los animales, en cuanto a la pluralidad de orígenes (cap. X, n.º 2)
Adán y sus descendientes son representados en el Génesis como hombres esencialmente inteligentes, ya que, desde la segunda generación, construyen ciudades, cultivan la tierra y trabajan metales. Sus progresos en el terreno de las artes y las ciencias son rápidos y constantes. No se podría concebir que tamaña fuente tuviese por retoños tantos pueblos atrasados y de inteligencia tan rudimentaria, al punto que aún en nuestros días se codean con la animalidad. ¿Cómo pudieron haber perdido toda huella y hasta el mínimo recuerdo tradicional de lo que sus padres hacían? Una diferencia tan radical en las aptitudes intelectuales y en el desarrollo moral testifica, con no menor evidencia, la diferencia de origen.  Independientemente de los hechos geológicos, la prueba de la existencia del hombre sobre la Tierra antes de la época determinada por el Génesis, la obtenemos de la población del globo.
Sin hacer referencia a la cronología china, que se remonta a treinta mil años atrás, documentos más dignos de autenticidad atestiguan que Egipto, la India y otras comarcas estaban habitadas, y en su apogeo, como mínimo tres mil años antes de la era cristiana; en consecuencia, mil años después de la creación del primer hombre, según la cronología bíblica. Documentos y observaciones recientes no dejan ninguna duda acerca de las relaciones existentes entre América y el antiguo Egipto, de donde deducimos que esa comarca ya se hallaba poblada en esa época. Sería necesario admitir, entonces, que en mil años la posteridad de un solo hombre pudo cubrir la mayor parte de la Tierra; mas tal fecundidad sería contraria a todas las leyes antropológicas.
Tal imposibilidad se nos muestra aún más evidente si admitimos, con el Génesis, que el diluvio destruyó a todo el género humano, con excepción de Noé y su familia, que por otra parte no era numerosa, en el año 1656 del mundo, es decir, 2348 años antes de la era cristiana. Noé sería, entonces, el responsable de la población del planeta. Ahora bien, cuando los hebreos se establecieron en Egipto, 612 años después del diluvio, sólo ellos hubieran podido poblar un poderoso imperio, sin contar a los habitantes de las otras comarcas, pues no es admisible que los descendientes de Noé en menos de seis siglos se hayan reproducido de tal forma.
Hacemos notar, también, que los egipcios recibieron a los hebreos como a extranjeros y que sería sorprendente que hubiesen perdido el recuerdo de una comunidad de origen tan cercano, mientras que conservaban religiosamente los momentos de su historia.
Una rigurosa lógica, corroborada por los hechos, demuestra de la manera más perentoria que el hombre se halla en la Tierra desde un tiempo indeterminado muy anterior a la época que señala el Génesis. Existe de igual forma, una diversidad de orígenes primitivos, ya que demostrar la imposibilidad de una proposición es demostrar la proposición contraria. Si la Geología lograra descubrir huellas auténticas de la presencia humana antes del gran diluvio, la demostración sería más completa.
Los mundos progresan físicamente por la elaboración de la materia y moralmente por la depuración de los espíritus que en ellos viven. La felicidad está en relación directa con el predominio del bien sobre el mal, y a su vez, el predominio del bien es producto del adelanto moral de los espíritus. El progreso intelectual no basta, ya que con la inteligencia pueden hacer el mal.
La Exposición Universal de 1867 presentó antigüedades mexicanas que no dejan duda alguna sobre las relaciones que los pueblos de esta comarca tuvieron con los antiguos egipcios. León Méchedin, en una nota colocada en una de las paredes del templo mexicano donde realizaba dicha Exposición, expresó lo siguiente:
“No es conveniente publicar antes de tiempo los descubrimientos que acerca de la historia del hombre ha hecho la reciente expedición científica de México. Pero nada se opone a que el público sepa que la exploración señaló la existencia de un gran número de ciudades desdibujadas por el tiempo, pero que gracias a la piqueta y al fuego podrán salir de sus mortajas. Las investigaciones pusieron al descubierto tres capas de civilización, las cuales otorgan al mundo americano una antigüedad fabulosa.”
Cada día la ciencia opone un nuevo argumento a la doctrina que pretende que la aparición del hombre sobre la Tierra data de 6.000 años atrás y de una fuente única. [N. de A. Kardec.]
En la Revista Espírita de enero de 1862 publicamos un artículo donde exponíamos nuestra interpretación sobre la doctrina de los ángeles caídos y presentamos esta teoría sólo como hipótesis, ya que nos basábamos en una opinión personal controvertible, pues en ese momento carecíamos de elementos imbatibles como para lanzar una afirmación absoluta: habíamos formulado la hipótesis en calidad de ensayo y para provocar el examen, mas determinados a abandonarla o modificarla si era preciso. Esta teoría pasó con admirable éxito la prueba del control universal. No sólo ha sido aceptada por la mayoría de los espíritas como la teoría más racional y más acorde con la soberana justicia divina, sino que ha sido confirmada por la generalidad de las instrucciones dadas por los espíritus al respecto. Lo mismo ocurre con la que se ocupa del origen de la raza adámica. [N. de A. Kardec.]
Cuando un mundo llega a uno de esos períodos de transformación que lo hará ascender de jerarquía, se operan mutaciones en su población encarnada y desencarnada; es entonces cuando ocurren las grandes emigraciones e inmigraciones (n.º 34 y 35). Quienes, a pesar de su inteligencia y su saber, perseveran en el mal, en su rebeldía contra Dios y sus leyes, son una traba para el progreso moral ulterior, una causa permanente de inquietud para el reposo y la felicidad de los buenos; razón por la que son excluidos y enviados a mundos adelantados, donde aplicarán su inteligencia y la intuición de los conocimientos adquiridos para ayudar a progresar a quienes los rodean, al mismo tiempo que expiarán, a través de una serie de penosas existencias, caracterizadas por el trabajo duro, sus faltas pasadas y su endurecimiento voluntario.
¿Qué papel desempeñarán ellos en medio de esos pueblos aún en la infancia de la barbarie, si no es el de ángeles o espíritus caídos enviados en misión expiatoria? ¿Acaso no será para ellos un paraíso perdido el mundo del cual fueron expulsados? Y tal morada, ¿no sería para ellos un lugar de delicias, en comparación con el medio ingratos en el cual se encontrarán relegados durante miles de siglos, hasta que hayan merecido su liberación? El vago recuerdo intuitivo que conserven será para ellos como un espejismo lejano que les recordará lo que han perdido por su falta. Al mismo tiempo que los malos abandonan el mundo que habitaban, otros espíritus mejores los reemplazan. Para éstos, que llegan de un mundo menos avanzado, al que dejaron gracias a sus propios méritos, el nuevo hogar será una recompensa. Así es como la población espiritual se renueva y purga de sus peores elementos, con lo cual el estado moral del mundo mejora.
Estas mutaciones a veces son parciales, es decir, limitadas a un pueblo, a una raza; otras veces son generales, mas esto acontece cuando el período de renovación llega para el mundo.
La raza adámica presenta todos los caracteres de una raza proscrita. Los espíritus que la componen fueron exiliados en la Tierra, ya poblada, pero por hombres primitivos, inmersos en la ignorancia, a quienes debía hacer progresar llevándoles las luces de una inteligencia desarrollada. ¿Y acaso no es tal el papel desempeñado por esa raza hasta el presente? Su superioridad intelectual prueba que el mundo de donde provenía era más avanzado que la Tierra. Pero ese mundo estaba a punto de entrar en una nueva fase de progreso y esos espíritus, debido a su obstinación, no supieron adaptarse a las nuevas condiciones. Su desubicación hubiera significado un obstáculo para la marcha providencial de los acontecimientos. Por este motivo fueron excluidos, al tiempo que otros merecieron ocupar sus lugares.
Al relegar a esta raza a un mundo de trabajo y sufrimientos, Dios tuvo razón en decir: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. En su mansedumbre, le prometió que le enviaría un Salvador, quien le señalaría la ruta a seguir para poder escapar de este lugar de miserias, de este infierno, y alcanzar la bienaventuranza de los elegidos. Este Salvador, que Él envió en persona de Cristo, enseñó la ley de amor y caridad, desconocida por ellos, la que debía ser la verdadera áncora de su salvación.
Para lograr que la Humanidad avance en determinado sentido, espíritus superiores, aunque sin alcanzar las cualidades de Cristo, encarnan de tiempo en tiempo sobre la Tierra para llevar a cabo misiones especiales, las que ayudarán al mismo tiempo a su progreso personal si las cumplen de acuerdo con los designios del Creador.
Sin la reencarnación, la misión de Cristo no tendría sentido, así como la promesa hecha por Dios. Supongamos que el alma de cada hombre se crease en el instante del nacimiento de su cuerpo y que apareciese y desapareciese sólo una vez sobre la Tierra; no habría, en tal caso, relación entre aquellas de la edad adámica y las de la época de Cristo, ni tampoco entre las que llegaron posteriormente; todas serían extrañas entre sí. La promesa hecha por Dios de enviar un Salvador no podría aplicarse a los descendientes de Adán si sus almas no habían sido creadas todavía. Para que la misión de Cristo pudiese relacionarse con las palabras de Dios, era preciso que se llevase a cabo con las mismas almas. Si estas almas fuesen nuevas no podrían estar manchadas por la falta del primer padre, quien es sólo el padre carnal y no el padre espiritual, puesto que si no Dios hubiese creado almas mancilladas por una falta que no podría influir sobre ella, ya que no existían en el momento de producirse el pecado. La doctrina popular del pecado original implica la necesidad de establecer una relación entre las almas de la época de Cristo y las del tiempo de Adán. En consecuencia, es preciso aceptar la reencarnación.
Decid que todas esas almas formaban parte de la colonia de espíritus exiliados en la Tierra en tiempos de Adán y que se hallaban mancilladas por los vicios que motivaron su exclusión de un mundo mejor, y tendréis la única interpretación racional del pecado original, pecado propio de cada individuo y no el producto de la responsabilidad de la falta de un tercero a quien jamás se ha conocido. Decid que esas almas, o espíritus, renacen en la Tierra incorporadas en la vida material en múltiples oportunidades para progresar y depurarse y que Cristo llegó para iluminar a esas mismas almas, no sólo en razón de sus vidas pasadas, sino en vista de sus existencias ulteriores, y únicamente entonces daréis a su misión la dimensión real y formal que puede ser aceptada por la razón. Un ejemplo cotidiano, sorprendente por su analogía, hará más comprensible aún el significado de los principios que acabamos de exponer:
El 24 de mayo de 1861 la fragata Ifigenia llegaba a Nueva Caledonia llevando consigo una compañía disciplinaria compuesta por 291 hombres. El comandante de la colonia les leyó en el momento de su llegada la orden del día, redactada en los términos que siguen:
“Al llegar a esta tierra lejana, vosotros ya habéis comprendido el papel que os está reservado.
“Siguiendo el ejemplo de los valientes marinos que trabajan a vuestro lado, nos ayudaréis a llevar con hidalguía, a las tribus salvajes de la Nueva Caledonia, la antorcha de la civilización. ¿No es acaso la vuestra una hermosa y noble misión? Creo que la cumpliréis dignamente.
“Escuchad las órdenes y los consejos de vuestros superiores. Yo soy su cabeza; deseo que entendáis bien mis palabras.
“La elección de vuestro comandante, oficiales, suboficiales y cabos constituye una garantía segura de los esfuerzos que se intentarán para hacer de vosotros excelentes soldados. Es más, para elevaros a la altura de buenos ciudadanos y transformaros en colonos honorables si así lo deseáis.
“Vuestra disciplina será severa; debe serlo. Puesta en nuestras manos, será firme e inflexible, sabedlo bien; mas también, justa y paternal; ella sabrá distinguir el error del vicio y de la degradación...”
A estos hombres, expulsados por su mala conducta de un país civilizado y enviados en castigo a convivir con un pueblo bárbaro, ¿qué les dice su jefe?
“Habéis infringido las leyes de vuestro país; allí fuisteis causa de inquietud y escándalo; fuisteis expulsados. Os envían aquí, pero podréis redimiros de vuestro pasado mediante el trabajo; podréis crearos una posición honorable y convertiros en honestos ciudadanos. Tenéis una hermosa misión que cumplir: civilizar tribus salvajes. La disciplina será severa, pero justa, pues sabremos distinguir a quienes se conduzcan correctamente. Vuestro destino depende de vosotros; podéis mejorarlo si así lo deseáis, ya que poseéis vuestro libre arbitrio.”
Para esos hombres relegados en medio de la barbarie, ¿no es acaso la madre patria un paraíso perdido por sus faltas y su rebelión contra la ley? En esa tierra lejana, ¿no son ellos ángeles caídos? ¿Las palabras del comandante no se asemejan a las que Dios formuló a los espíritus exiliados en la Tierra?: “Habéis desobedecido mis leyes, y es por eso que os he exiliado del mundo donde hubierais podido vivir felices y en paz. Aquí estaréis condenados a trabajar, mas podréis, por vuestra buena conducta, merecer el perdón y reconquistar la patria que habéis perdido por vuestra falta, es decir, el cielo.”
En un primer momento, la idea de decadencia parece encontrar en contradicción con el principio que establece que los espíritus no pueden retroceder. Mas es necesario pensar que no se trata de un regreso al estado primitivo. El espíritu, aunque en una posición inferior, no pierde nada de lo que ya ha adquirido, su desarrollo moral e intelectual es el mismo, sea cual fuere el medio en el que se halle. Está en la misma posición del hombre de mundo condenado a la cárcel por sus fechorías. Ciertamente, se halla degradado, venido a menos en lo que respecta a su situación social, mas no se volverá ni más estúpido ni más ignorante. ¿Podemos pensar acaso que esos hombres enviados a Nueva Caledonia van a transformarse de repente en modelos de virtud, que van a abjurar de golpe de sus errores pasados? Para pensar así, sería preciso no conocer a la Humanidad. Por la misma razón, los espíritus de la raza adámica, una vez trasplantados en esta tierra de exilio no se despojaron inmediatamente de su orgullo y malos instintos; mucho tiempo aún conservaron sus tendencias originales, un resto del antiguo cáncer, pues bien, ¿no es ése el pecado original?
documentación recogida en en Génesis de Allan Kardec.