Soy una seguidora de Jesús, al que admiro y amo:siempre que pasa por mis manos, un documento como este, y dictado por el mismo, lo guardo en mi blog, y en mi corazón con mucho amor
JESÚS DEFINE EL ORIGEN Y DESARROLLO DEL ESPÍRITU
Definamos hoy, hermanos míos, la gracia inherente a la naturaleza humana y
ascendamos los escalones que llevan al conocimiento de la creación del hombre. Parto de un Principio y digo, que el libre albedrío y el sentimiento de la responsabilidad de las acciones, le son dados al hombre en el estado natural y primitivo. Digo, que el alma humana los desarrolla a medida que su luz intelectual se hace más viva, y añado, que esta luz intelectual es propia del espíritu. El espíritu es una creación de Dios, de la que el alma fue la promotora, y la materia su expresión. El espíritu adquiere cada vez mayor lucidez para desarrollar su principio espiritual y amortiguar sus primitivas tendencias, enteramente animales. El espíritu del hombre nuevo no puede concebir las alegrías espirituales, pero se mantiene, en sus relaciones materiales, ajeno a toda demostración de ferocidad, cuando trae de su precedente habitación instintos dulces y en armonía con el estado social que abraza. El espíritu del hombre nuevo se hace delincuente cuando trae de su precedente habitación, el deseo de las demencias atroces y el gusto por las luchas furiosas. El hombre nuevo debe su fácil desarrollo o su embrutecimiento prolongado, a la intervención de los espíritus de que está rodeado y el progreso del mundo se encuentra obstaculizado por el bajo nivel moral de todos. La Tierra le debe a su Creador el justo tributo de su propio progreso y la Tierra en cambio demora siempre este progreso como si le fuera dificultoso el descubrir la meta y el origen, como si ella desconfiara del porvenir y quisiera ignorar el pasado. Todos los hombres se han ocupado del destino del hombre, mas todos echaron una sombría mirada de desaliento sobre el origen del hombre. Yo voy a daros algunas nociones respecto a dicho origen, aun cuando estas nociones hubieran de ser acogidas con el escepticismo propio de la época, cuyo triste resultado moral yo deploro. La creación, hermanos míos, no se encuentra tan por encima
de la fuerza de vuestra inteligencia, que no se pueda explicar con un razonamiento humano. Me
ofrezco por lo tanto a vosotros, como un filósofo de la Tierra, como un espíritu, cuyas investigaciones se vieron coronadas por el éxito y llamo con ello vuestra atención. Volveré a tomar después mi nombre y mi título, ahora no soy sino un amigo vuestro, que viene a comunicaros las impresiones recibidas por él en regiones más favorables para la educación moral e intelectual de los hombres. Me presento
como un profesor de bellezas desconocidas y tomo la palabra con el deseo de iluminaros. Estudio desde hace siglos, adoro el poder divino y alimento con su luz la linterna que yo poseo.
Hermanos míos, para que el cuadro de la creación sea comprensible para vosotros, es necesario admitir como punto de partida: el alma como facultad sensitiva, el espíritu como facultad pensante y la materia como facultad demostrativa, en el mundo en que habitáis. El alma, como dependencia del principio vital universal. El espíritu, como creación de este principio vital. La materia, como expresión de la sensibilidad y de la inteligencia.
Mis desarrollos respecto al espíritu formarán el tema de este capítulo. Es necesario por consiguiente establecer una base para la demostración y determinar las funciones del espíritu, completamente distintas de las del alma.
El alma es el principio del movimiento y de las sensaciones. El alma es el soplo divino que se desliza y se reanima por la fuerza de la materia, que se alimenta de las fuerzas de la naturaleza carnal y que concluye por su debilitamiento. El espíritu es una dependencia del alma y de la materia; al principio se caracteriza por el recuerdo, que establece la personalidad, luego por convertirse en una criatura inteligente por el continuo desarrollo de su naturaleza, desarrollo inherente a la transformación y emancipación de sus demostraciones exteriores y de sus deseos íntimos. En las razas de espíritus inferiores, la memoria está circunscrita a hábitos naturales y a combinaciones pueriles. En las razas más elevadas, la memoria se convierte en la fuente de progreso, dirigiendo su luz sobre las faltas cometidas en el pasado. En las regiones enteramente espirituales, la memoria saca del pasado enseñanzas preciosas para comprender y hacer comprender el porvenir. El espíritu se convierte en un iluminado con respecto a los designios de Dios y se eleva sin descanso hacia las verdades eternas, cuyas profundidades ya ha medido. En las primeras manifestaciones de su personalidad, el espíritu procede como los niños en los mundos carnales; camina con temor y dirige miradas de sorpresa, sobre todo lo que aún no llega a concebir, armoniza sonidos cuyo significado nadie comprende sino los espíritus de su orden, huye de la luz, que le inspira temor y se acerca a la llama, que lo divierte, presta poquísima atención a las enseñanzas de su vida y no le atraen más que los goces presentes, nada prepara y muy poco recuerda.
Durante el completo ejercicio de sus facultades, el espíritu se vuelve malo por cálculo, de malo que era por el ocio o por los desordenados deseos de sus instintos materiales. En medio de la luz de sus deberes, el espíritu se convierte en delincuente, olvidándolos para satisfacer pasiones cuya perniciosa influencia él conoce, y desde esta degradación moral el espíritu cae en la turbación de la muerte para despertarse entre las angustias de la duda y en las tinieblas del error. Cuando el espíritu humano cae entre los goces bestiales, aunque sin delinquir pero ingrato hacia Dios, pierde la pureza de su alma. Engolfado en divagaciones enfermizas, el espíritu humano pierde a menudo de vista el verdadero objetivo de la vida carnal y su ciencia, tan estimada de los hombres y que no les proporciona la paz del corazón y la salud del alma. ¿Qué es el alma sino la parte sensible del Ser, el derecho de sentir y de aspirar, la capacidad de gozar y de sufrir?
El espíritu del animal que os sigue como primero después de vosotros, hombres nuevos, es incapaz sin duda de arbitrar mejoras y fantasías de comodidades, ¿pero quién le impedirá a su alma concebir el dolor, llorar la separación, alegrarse por la maternidad y entregarse a las pasiones del amor?
El espíritu de ese hombre nuevo, oh, hombres ancianos, se encuentra ciertamente desprovisto de las facultades adquiridas por vosotros en el ejercicio de los dones de Dios, pero su alma no tiene ninguna diferencia con la vuestra, cuando son iguales las fuerzas morales. Me explicaré: si vuestro espíritu, en el ejercicio de los dones de Dios, es decir, en el camino de los goces y de los conocimientos adquiridos, dejó vuestra naturaleza humana llena de vicios, puesto que se inclinó al mal en el libre ejercicio de vuestras facultades, el alma se resiente de este embrutecimiento y permanece inerte en la sensación de las alegrías que le son inherentes y como desheredada por el distribuidor de estas alegrías. El espíritu concibe las buenas acciones y el alma se felicita por ello. El espíritu descubre la verdadera fortaleza y la verdadera justicia, fortaleciéndose el alma por el impulso que con ello se le da. El espíritu honra la ley de los mundos y destierra de su naturaleza brutal, el gusto por las infracciones de esa ley y el alma le presta la sensibilidad de su esencia para armonizar los preceptos de la ley con el sentimiento del beneficio y el horror hacia la crueldad. Si el espíritu titubea en seguir la luz del mejoramiento, el alma sufre y llora. El alma eleva la voz en el silencio, en la soledad y esta voz se llama «conciencia». El alma es la conciencia del espíritu, el alma es la elevada expresión de la moral, colocada en el Ser, como semilla del porvenir. El alma en los animales destructores parece asfixiada por la ferocidad del espíritu, mas en cuanto el espíritu mejora, el alma toma la fisonomía que le es propia, es decir, que domina los instintos groseros, hasta donde le permite el desarrollo de su inteligencia. Ella se anuncia por medio de la potencia de las emociones tiernas y por la manifestación de saciedad de los placeres corrompidos. El alma se adueña de la situación cuando las facultades del espíritu pierden su prestigio sobre la materia, mas en este caso la marcha humana se debilita y la derrota se hace completa a causa de la ruptura de la trinidad, el alma, el cerebro y el cuerpo. El espíritu no ofrece entonces más que demostraciones y la dilatación de los órganos, de los que precisa por no tenerlos más, los sonidos del pensamiento se desvían como los sonidos de una voz escuchada por oídos afectados de sordera. El pensamiento es la labor del espíritu, el espíritu piensa siempre. El espíritu marcha hacia delante por el ensanchamiento de su pensar. El espíritu no pierde su equilibrio en la locura sino que la debilidad de su instrumento hace imperfectas o nulas sus manifestaciones. El espíritu se agita durante la fiebre porque su organismo se encuentra enfermo. El espíritu pierde su poder de iniciativa en la vejez por el desgastamiento de su medio de manifestación. El espíritu también durante la locura ilumina con sus relámpagos, pero pronto se cansa de la lucha y esta lucha determina el fin de la vida corporal. El espíritu no se descubre en la infancia porque el cerebro no tiene el desarrollo conveniente, del mismo modo que en la vejez el sentimiento de la animalidad, domina la naturaleza humana; pero a medida que se adquieren fuerzas, el espíritu se evidencia a través de la niebla que lo envuelve demostrando su carácter y sus aptitudes. El espíritu no ha permanecido inactivo después de su última etapa en un mundo carnal, mas el estado de sopor producido por una nueva emigración, le quita la sensación de su poder, y ahí como en otra parte, la memoria se debilita en el sentido del mantenimiento de los decretos de Dios. La memoria del niño y la memoria del hombre recogen del pasado tan sólo las tendencias y los gustos, de los que la presente existencia ofrece la prueba innegable. La memoria del niño se manifiesta en sus inclinaciones. La memoria del hombre unas veces ilumina con la luz del genio su nueva carrera y otras, evidencia facultades pueriles o alumbra su ruta con la luz siniestra de delitos vergonzosos o inmundas orgías del espíritu.
Si en un momento dado aparecen resplandores de la memoria del espíritu en el cerebro humano, el Ser se encuentra elevado en un éxtasis de poesía en medio de visiones de lejanas armonías. Si son otros los reflejos de esa memoria que relampaguea en el cerebro, el hombre puede convertirse en innovador.
El poder de la memoria lleva consigo la luz que alumbra el sendero humano, y la sensación del Ser, en el vasto horizonte de los descubrimientos, es un recuerdo confuso de los anteriores esfuerzos de cada uno. El hombre se siente empujado hacia el progreso por la memoria y nada queda perdido para él a pesar de las interrupciones momentáneas de sus fuerzas intelectuales. Las privaciones de la inteligencia no llevan consigo el alunamiento de sus esfuerzos y el reposo del espíritu nada les quita a su penetración y a su actividad futura. El sentimiento de las luces intelectuales resulta del adelantamiento del espíritu. La tendencia moral hacia las bellezas de la naturaleza, demuestra la sensibilidad del alma y esta sensibilidad se encuentra casi siempre asociada con el progreso del espíritu. La lucha de los instintos carnales con el principio espiritual que anima al espíritu adelantado, es el trabajo impuesto a ese espíritu. El testimonio de su victoria le asegura un aumento de facultades morales e intelectuales para su nueva peregrinación.
El fracaso repentino del principio espiritual en la lucha, sumerge al espíritu en el estupor, en el reposo humillante, en el debilitamiento de las aspiraciones divinas, en el remordimiento y en el abatimiento del alma. No quiero seguir en su expiación a los espíritus que se han desmerecido ellos mismos, porque el argumento de mi exposición es ajeno a la descripción de los tormentos inherentes a toda culpa, correspondiéndome tan sólo tratar de las gracias derramadas sobre el espíritu del hombre que ha permanecido firme en medio de la luz alcanzada en sus anteriores existencias. Me tomo la tarea de probar la elevada enseñanza de la llamada con propiedad gracia, de la gracia otorgada a la naturaleza
humana de conocer su origen y su destino, mediante el aprendizaje de sus deberes y en virtud de las manifestaciones de la verdad. En la naturaleza humana, he dicho, existen seres nuevos y seres renovados. Espíritus recién salidos del embrutecimiento material, sin otro reflejo de luz que los guíe, más que el instinto del alma, que dominando al espíritu, se encuentra a su vez dominada por la materia. Espíritus que han pasado por esperanzas de vida, por sufrimiento de degradaciones, por abatimientos, por alegrías, por relámpagos, por caídas, por éxtasis de felicidad, por tristezas, por glorias, por martirios. Espíritus cuyos sufrimientos fueron hijos de sus excesos y a los que el horror de la muerte los ha arrojado en medio del terror y del arrepentimiento. Espíritus que están llamados a sostener a sus hermanos y a ascender las gradas del poder espiritual. Espíritus fuertes por el desarrollo de su inteligencia. Espíritus dispuestos al bien por el desarrollo de sus facultades, preparados para la felicidad por su sentimiento de justicia y dominados por el deseo de las investigaciones.
Baso mi definición sobre la dependencia de las fuerzas intelectuales de la naturaleza espiritual y digo: que la medida de la inteligencia es proporcional a la extensión de los conocimientos adquiridos por el espíritu, en los desarrollos alcanzados en las sucesivas existencias temporales y de las alianzas productivas, en el camino ascendente de las facultades del alma y en la actividad del elemento divino. La ciencia humana ha llegado a demostrar la influencia efectiva de las funciones del cerebro sobre las manifestaciones intelectuales, pero este hecho, material para los ojos humanos, guarda dependencia con el organismo espiritual, por cuanto el cerebro no es más que el espejo del espíritu, y el espíritu se ve colocado en un medio que le es favorable para cumplir los decretos de Dios y llenar los fines de
su creación.
domingo, 25 de mayo de 2014
jueves, 15 de mayo de 2014
EN ORACIÓN
En la víspera de la partida del Señor, rumbo a Sídón, el culto del Evangelio, en la residencia de Pedro, se revistió de justificable melancolía. Las actividades del estudio edificante proseguirían, pero el trabajo de la revelación, de algún modo, experimentaría interrupción natural.La lectura de conmovedoras páginas de Isaías fue llevada a cabo por Mateo, con visible emotividad; sin embargo, en esa noche de despedidas nadie formuló cualquier indagación.
Intraducible expectativa se reflejaba en el semblante de todos.
El Maestro, por sí, se abstuvo de cualquier comentario, pero, al terminar la reunión, levantó los ojos lúcidos al Cielo y suplicó fervorosamente:
— Padre, enciende Tu Divina Luz en torno de todos los que Te olvidaron la bendición, en las sombras de la caminata terrestre.
Ampara a los que se olvidaron de repartir el pan que les sobra en la mesa harta.
Ayuda a los que no se avergüenzan de ostentar felicidad, al lado de la miseria y del infortunio. Socorre a los que no recuerdan de agradecer a los bienhechores.
Compadécete de aquéllos que duermen en las pesadillas del vicio, transmitiendo herencia dolorosa a los que inician la jornada humana.
Levanta a los que olvidaron la obligación del servicio al próximo. Apiádate del sabio que ocultó la inteligencia entre las cuatro paredes del paraíso doméstico.
Despierta los que sueñan con el dominio del mundo, desconociendo que la existencia en la carne es un simple minuto entre la cuna y el túmulo, frente a la Eternidad.
Levanta a los que cayeron vencidos por el exceso de confort material.
Corrige a los que esparcen la tristeza y el pesimismo entre los semejantes.
Perdona a los que recusaron la oportunidad de pacificación y marchan diseminando la rebeldía y la indisciplina.
Intervén a favor de todos los que se creen poseedores de fantasioso poder y suponen locamente absorberte el juicio, condenando a los propios hermanos.
Despierta las almas distraídas que envenenan el camino de los otros con la agresión espiritual de los gestos intempestivos.
Extiende manos paternales a todos los que olvidaron la sentencia de muerte renovadora de la vida que tu ley les grabó en el cuerpo precario. Esclarece a los que se perdieron en las tinieblas del odio y de la venganza, de la ambición descarriada y de la impiedad fría, que se creen poderosos y libres, cuando no pasan de esclavos, dignos de compasión, delante de tus sublimes designios.
Ellos todos, Padre, son delincuentes que escapan a los tribunales de la Tierra, pero están marcados por Tu Justicia Soberana y Perfecta, por delitos de olvido, delante del Infinito Bien...
A esa altura, se interrumpió la rogativa singular.
Casi todos los presentes, inclusive el propio Maestro, mostraban lágrimas en los ojos y, en el alto, la Luna radiante, en plenilunio divino, haciendo incidir sus rayos sobre la modesta vivienda de Simón, parecía clamar sin palabras que muchos hombres podrían vivir olvidados del Supremo Señor; sin embargo, el Padre de Infinita Bondad y de Perfecta Justicia, amoroso y recto, continuaría velando...
domingo, 27 de abril de 2014
LA CARIDAD OCULTA
La conversación en casa de Pedro versaba, esa noche, sobre la práctica del bien, con la viva colaboración verbal de todos.¿Cómo expresar la compasión, sin dinero? ¿Por qué medios incentivar la beneficencia, sin recursos monetarios?Con esas interrogantes, grandes nombres de la fortuna material eran invocados y la mayoría se inclinaba a admitir que solamente los poderosos de la Tierra se encontraban a la altura de estimular la piedad activa, cuando el Maestro interfirió, opinando, bondadoso:Un sincero devoto de la Ley fue exhortado por determinaciones del Cielo al ejercicio de la beneficencia; sin embargo, vivía en pobreza absoluta y no podía, de modo alguno, retirar la mínima parcela de su salario para el socorro a los semejantes. En verdad, daba de sí mismo, cuanto le era posible, en buenas palabras y gestos personales de aliento y estímulo a cuántos se hallaban en sufrimiento y dificultad; sin embargo, le hería el corazón por la imposibilidad de distribuir ropa y pan a los andrajosos y hambrientos a la margen de su camino.Rodeado de hijos pequeños, era esclavo del hogar que le absorbía el sudor. Reconoció, sin embargo, que, si le era vedado el esfuerzo en la caridad pública, podía perfectamente guerrear el mal, en todas las circunstancias de su marcha por la Tierra. Así es que pasó a extinguir, con incesante atención, todos los pensamientos inferiores que le eran sugeridos; cuando estaba en contacto con personas interesadas en la maledicencia, se retraía, cortés, y, cuando contestaba a alguna interpelación directa, recordaba esa o aquella pequeña virtud de la víctima ausente; si alguien, delante de él, daba alimento fácil para la cólera, consideraba la ira como una enfermedad digna de tratamiento y se recogía a la quietud; insultos ajenos le golpeaban el espíritu como pedruscos en un barril de miel, ya que, además de no reaccionar, proseguía tratando el ofensor con la fraternidad habitual; la calumnia no encontraba acceso en su alma, ya que toda denuncia torpe se perdía, inútil, en su grande silencio; reparando amenazas sobre la tranquilidad de alguien, intentaba deshacer las nubes de la incomprensión, sin alarde, antes que asumiesen aspecto tempestuoso; si alguna sentencia condenatoria giraba alrededor del prójimo, movilizaba, espontáneo, todas las posibilidades a su alcance en la defensa delicada e imperceptible; su empeño contra la incursión y la extensión del mal era tan fuertemente minucioso que llegaba a retirar los desperdicios y las piedras de la vía pública, para que no ofreciesen peligro a los transeúntes. Adoptando esas directrices, llegó al término de la jornada humana, incapaz de atender a las sugerencias de la beneficencia que el mundo conoce. Jamás pudiera extender una escudilla de sopa u ofrecer una piel de carnero a los hermanos necesitados. En esa posición, la muerte lo condujo al tribunal divino, donde el servidor humilde compareció receloso y desalentado. Temía el juicio de las autoridades celestes, cuando, de imprevisto, fue aureolado por brillante diadema, y, porque indagase, en lágrimas, la razón del inesperado premio, se enteró de que la sublime recompensa se refería a su triunfante posición en la guerra contra el mal, en que se hiciera valeroso colaborador. El Maestro fijó en los aprendices su mirada penetrante y calma y concluyó, en tono amigable: Distribuyamos el pan y la cobertura, encendamos luz para combatir la ignorancia e intensifiquemos la fraternidad aniquilando la discordia, pero no nos olvidemos del combate metódico y sereno contra el mal, en esfuerzo diario, convictos de que, en esa batalla santificante, conquistaremos la divina corona de la caridad oculta
lunes, 14 de abril de 2014
VIDA DE JESÚS DICTADA POR EL MISMO 8º CAPITULO
Sigo con la vida contada por Jesús, porque es apasionante y extraordinaria, nunca una vida me fascino tanto, como esta. con todo mi amor a qui la expongo.Sabedlo, hermanos míos, la pura luz de Jesús lo llevaba a establecer una creencia basada en la Ley divina de la asociación fraterna de los espíritus. Mas no era llegado aún el tiempo de esta elevada demostración y Jesús tenía que plegarse a los solos medios que podían consagrar su popularidad. Sabedlo también: Jesús tenía como guía la inspiración de los espíritus del Señor, pero Jesús llamaba hacia sí la inspiración mediante la emulación de su misma voluntad, y muchas veces, errores,
cuyo recuerdo le impone su memoria, fueron cometidos, siendo su causa la desviación de su juicio, en circunstancias en que sólo el libre albedrío debe gobernar el espíritu. Me manifiesto ahora con la alta protección de Dios. En el mundo terrestre también hablaba con la alta protección de Dios. Entre mis dos apariciones corren diez y nueve siglos y mi filiación. Así como mis palabras, no pueden ser las mismas. EL hijo de Dios, es un espíritu inteligente, llegado a su más alto destino por el cumplimiento de los deberes trazados a todos los espíritus de su orden y las palabras de Jesús con los hombres de estos tiempos, tienen que señalar la distancia existente entre ellos y los pueblos de la Judea a los que se dirigía Jesús en su vida corporal. Emociones de elevada significación empujaban a Jesús hacia la familia espiritual por él merecida y al mismo tiempo las emociones de su vida carnal durante su misión
humana, lo empujaban a manifestar el origen y el fin de ésta a los hombres de hoy en día.
¿Qué sería necesario para hacer desaparecer las dudas de la gran mayoría de
estos hombres? Sería necesario repetir mis conversaciones familiares de otros tiempos y sus divagaciones en los discursos destinados a honrar la humanidad futura con la exposición de los deberes y de la revelación de las verdades prometidas al hombre inteligente. Sería necesario humillar más aún mi naturaleza y descender al nivel de las manifestaciones de los espíritus que permanecen en la atmósfera material, donde su puesto les está señalado desde larga fecha. Sería necesario ofrecer pormenores sobre los acontecimientos futuros y hacer un empleo vergonzoso de la gracia divina
destinándola a manifestaciones tontas. Sería necesario obligar la fe de la humanidad con un milagro auténtico y arrojar el relámpago de la llama sobre la revelación, de la que yo soy el mensajero.
Exponer mi opinión sobre el papel no vale nada, lo mismo que el describir el camino que yo seguí. ¿Qué importancia podría tener ello para hombres cuya vida pasa en el desperdicio de la inteligencia, en el embrutecimiento que origina el abuso de la fuerza, en los permanentes deseos ambiciosos e inmorales, en el grotesco desdén por todo lo que les recuerda la fragilidad de la existencia presente y la pesada responsabilidad del espíritu inmortal, en la negación de Dios y en el desafío arrojado
a su justicia, con abominables divagaciones y con ejemplos más abominables aún, en el olvido completo de las atribuciones de hombre y en el olvido de todo pudor, de toda delicadeza, de toda probidad, de todo honor, de todo sentimiento humano?. Me coloco al nivel intelectual del médium que elegí; mas algunos hombres de espíritu grande encontrarán debilidad en mis manifestaciones y otros de más modesto talento harán notar las dificultades que surgen de estas mismas manifestaciones.
Otros, y son los más numerosos, me acusarán de haber engañado al pueblo hebreo con enseñanzas que lo animaban a abrazar una creencia que yo mismo no tenía. A ello contesto: En casi todas las circunstancias de mi vida, recabé mi coraje del convencimiento que tenía de los favores divinos y era necesario hacerme digno de esos favores con un desprendimiento completo de los goces de la familia y de toda ambición propia del hombre. Tenía que sostener luchas para llegar al estado que yo deseaba, pero la firmeza de mi fe tenía que triunfar, porque Dios era mi apoyo y el premio a que aspiraba. ¿La misericordia divina no me mandaba para llevar una misión fraterna? ¿Y no bastaba acaso la fuerza de este pensamiento para levantarme lleno de ardor después de un momento de depresión? En casi todas las obras de mi vida me preocupé del fin.
En cuanto a los medios para persuadir y convencer a los hombres, empleé los que requerían la situación de las cosas y la inteligencia de mis oyentes. Convencido de la asistencia de los espíritus de Dios, no podía asociar esta definición con los dogmas fundamentales de la ley judaica, puesto que los sacerdotes, cuya arrogancia estaba de acuerdo con su poder, vigilaban por el fiel cumplimiento de la ley, y éstos me habrían hecho morir antes de la hora establecida, antes del cumplimiento de la
obra si hubiera empezado demasiado pronto la siega de la mies del Señor. Tenía el convencimiento de la asistencia de los espíritus de Dios, pero al mismo tiempo estaba seguro del peligro que corría por esta revelación en una época en que los espíritus no estaban dispuestos a recibirla, y fundé una doctrina más en armonía con el desarrollo del espíritu humano, persuadido de que más tarde estas verdades se abrirían camino. Tenía el convencimiento de la asistencia de los espíritus de Dios,
pero en Jerusalén los amigos míos que tenían mi misma creencia, se habían negado a sostenerla en público. ¡Ello no significaba más, que un rejuvenecimiento de creencias! ¡Ello a pesar, de que las revelaciones se encuentran en el orden natural de las fuerzas humanas y de las fuerzas espirituales, de los designios de Dios y de los senderos abiertos por la Providencia! ¡Mas en este mundo de errores y de falsos profetas, cuántos obstáculos tienen que vencerse para demostrar la verdad! ¡Cuántos
vicios y cuántos desvarío se oponen a las nociones traídas por la virtud y por la razón! ¡Oh, mártires de todos los siglos que me habéis precedido! ¡Oh, mártires de todos los siglos que me habéis seguido! Descended de las regiones en que ahora os encontráis para decir conmigo: ¡Pobre humanidad! ¿Cuándo, pues, llegarás a ser digna de los esfuerzos de los que quieren emanciparte? ¿Cuándo tendrás tú el coraje de levantarte y de mirar a Dios? ¿De maldecir la ignorancia y de lanzarte hacia la
inmortalidad con la fe y con el amor?. Hermanos míos, la vida de Jesús tiene que ser explicada por él mismo para borrar las dudas que existen todavía respecto a su naturaleza y a su sinceridad. Jesús
lo dijo: Fue el apóstol de Juan y después de la muerte del Solitario, busqué reunir los antiguos preceptos con los que le dictaba la alta inteligencia de los mundos. El amor fraterno, la solidaridad humana, la justicia y la misericordia de Dios, tales eran los dogmas establecidos por Jesús. Mas, para predicar estas cosas con algún desarrollo era necesario romper los dogmas antiguos, con la idea de la creación de un solo mundo, la dependencia del alma con relación al infierno, la condenación eterna, el
poder del demonio, las demostraciones pueriles, los sacrificios impíos, en una palabra, era necesario destruir y reconstruir, y no tenía el tiempo ni los medios para llevarlo a cabo.
En mis conversaciones con Juan había quedado convenido que arrojaríamos la semilla en medio de la gente plebeya y que el título de hijo de Dios serviría para atraer a las masas en el porvenir, para que mi misión fuera provechosa e inmortal. La doctrina de Jesús tenía que apoyarse sobre el prestigio de la filiación divina, con el propósito de que ella quedara absolutamente establecida y religiosamente observada a fin de humillar todas las miserias morales. ¿Podía acaso el Mesías Jesús lanzar el
anatema en contra del poder y de la dureza de los ricos? No, las turbas tantas veces engañadas por las apariencias de la virtud, no habrían admitido la moral del pobre Nazareno y lo habrían acusado de envidiar a los mismos que él señalaba para desprecio de los adoradores de Dios. ¿Podía acaso el Mesías Jesús lanzar el anatema en contra de la esclavitud y de la justicia humana? No, puesto que la muchedumbre no hubiera comprendido a un hombre que intentaba derrumbar las instituciones hasta
entonces respetadas. Mas lo que el Mesías Jesús no podía intentar, podría intentarlo el hijo de Dios y el porvenir recompensaría a Jesús por la derrota y contrariedades de su vida presente. Al hijo de Dios le correspondería el decir: Mi reino no es de este mundo.
El Cielo y la Tierra pasarán, pero no pasarán mis palabras. Permaneced en la paz del Señor, caminad dentro de sus leyes y creed en la resurrección de los espíritus. Pedid y se os dará, la mano de Dios es sin fin y su amor es inmenso.
Bajad hasta el fondo de vuestros corazones y arrojad de él todo lo que tenga de impuro. Las impurezas corrompen el corazón y el alma. Sembrad, destruid la mala hierba. Yo os lo digo hombres de buena voluntad: los que hayan sembrado aquí recogerán en otra parte. Os lo digo aún: abandonad los bienes de la Tierra, puesto que los ricos no entrarán en el reino de mi Padre. Mas entrarán los que todo lo hayan dado para seguirme. Mas entrarán los que hayan comprendido mis palabras y las pongan en práctica. Yo era el enviado de la justicia de mi Padre y me hacía el intérprete de su
misericordia. Venid a mí, vosotros que habéis pecado, y os perdonaré. ¡Venid! La liberación de vuestras almas se efectuará por obra de mi amor. Yo soy el buen pastor y el buen pastor da la vida por su grey.
Yo soy la fuente del consuelo y a mi lado no se deben temer los peligros,
porque Dios está en mí y yo estoy en Él.
Seréis arrastrados por los espíritus de las tinieblas hacia la muerte del pecado, mas yo soy la luz, la verdadera luz hasta la consumación de los siglos. Id, les decía a los pecadores, id y no pequéis más. El Señor os perdona por mis labios, puesto que soy su hijo predilecto y todo lo que yo perdone en la Tierra será perdonado en el Cielo.
Soy el intérprete de mi Padre y del vuestro, porque la Patria Celeste es mi patria Vine para traeros la verdad, para que la verdad sea conocida de todos los hombres en el presente y en el porvenir.
Dios conoce vuestros más secretos pensamientos. Rogad pues con pureza de corazón para que vuestras oraciones sean oídas. Practicad el bien en las sombras y que vuestra mano izquierda no sepa lo que ha dado la derecha.
No imitéis a los hipócritas que levantan los ojos al cielo y tienen una cara escuálida, para demostrar a todos, que oran y ayunan. Cuando vayáis a la Sinagoga. Tomad una actitud modesta y entrad con el
alma libre de toda venalidad y desligada de todo rencor. Cuando deis expansión a vuestro espíritu y a vuestro cuerpo con el descanso y en medio de las distracciones, haceos fuertes en contra de todo lo que sea bajo y grosero, porque ello desarrollaría en vosotros las tendencias bestiales y harían
retroceder a vuestro espíritu. Cuando os encontréis en la aflicción, decid: ¡Dios mío! Sea hecha tu
voluntad y no la mía. Enseguida Dios os mandará la alegría y la fuerza. Cuando os encontréis en la abundancia distribuid lo necesario a los que no tienen y cuando os encontréis en la necesidad, recurrid a vuestros hermanos. Todos los hombres son hermanos y Dios les dice: Amaos los unos a los otros y amaos sobre todas las cosas Mis gustos me llevaban a las reuniones populares y a menudo la curiosidad que acompañaba a mi persona, desnaturalizaba mis palabras, arrojándolas a las
pasiones entusiastas de los amigos de lo maravilloso. Mis enemigos tomaban nota del ruido que se hacía alrededor de mis milagros y más tarde me acusaron de haber dejado que se creyera en estos milagros por no haberlos negado en lo más mínimo.
Mi naturaleza de hijo de Dios, hermanos míos, era para vosotros un sujeto de estudio y tengo que definírosla completamente. Pero voy antes a explicar dos milagros referidos en vuestros libros, y si los elijo es por encontrarlos de una inventiva más exagerada que las de los demás. En la ciudad de Jericó un ciego vino a encontrarse en el camino de Jesús y se puso a gritar: Jesús hijo de Dios haz que me sea dada la vista. Jesús le dijo: Te es devuelta la vista y él vio.
Hermanos míos, el ciego de Jericó es una quimera. El hombre enfermo encontraba siempre en mí consuelos y también algunos medios de alivio, debido a mis estudios sobre las enfermedades humanas. De estos milagros yo no he tenido conocimiento sino por los escritos de vuestros historiógrafos. El cuento de los cinco pescados y de los dos panes multiplicados y distribuidos entre muchos miles de hombres dejó perplejo mi Espíritu al ver tan grande tontería humana.
¡Ah! Hermanos míos, Jesús como acabo de decir, se encontró a menudo en medio de las reuniones populares, pero jamás hubo algo de su parte que pudiera dar lugar a semejantes fábulas. ¿Con qué objeto hubiera provocado la creencia en estos trastornos de la naturaleza material mientras decía que el poder del Padre residía en el fausto de la creación y en las inexorables leyes naturales de la materia?. Al principio de este libro os referí la resurrección de una jovencita, resurrección que sólo existió en la imaginación de los asistentes, pero que yo dejé que pasara como un hecho real porque no veía entonces inconveniente alguno en ello. La jovencita no había vuelto a la vida, yo lo sabía, pero aproveché la ilusión de los padres para inspirarles la fe en la resurrección del espíritu. Pero en cuanto a lo sucedido en Jericó y en todas las circunstancias en que se me hace aparecer como violando las leyes de la existencia material, insisto en mi negación absoluta respecto a mi participación en tales mentiras. Insisto en estos principios de alta filosofía religiosa: que Dios no ha pasado jamás los límites puestos por Él mismo, que Dios no ha concedido a nadie la facultad de transgredir las leyes divinas, las que reposan sobre leyes inmutables, que Dios es un Ser demasiado perfecto para engañarse, demasiado justo para favorecer a unos y dejar a los otros de lado, demasiado adorable para descender a combinaciones del género de las que se encuentran a cada paso en vuestros pretendidos libros sagrados.
¡Oh, ciertamente, Dios me ha protegido! Sí, Dios me ha empujado hacia el porvenir para que fuera la luz y el guía de éste; pero no siempre fui digno de este honor, y es porque llegué a ser lo que pude, preceder a la humanidad, y enseguida bajar desde esa luz hasta ella para bendecirla con mi sangre y emanciparla con mis palabras. Será también hijo de Dios el hombre que saborea la paz en medio de la
tristeza y de los sufrimientos, porque él es libre de pensar, libre de adorar a Dios, libre de llevar alivio a sus hermanos con la fuerza del espíritu y la efusión del corazón, porque él es libre de vivir sin apostatar de su fe y de morir confesándola, libre de marchar hacia adelante durante la vida y después de la muerte. Será también hija de Dios la mujer de la Tierra que haya sufrido todas las desilusiones con dignidad, que haya defendido todos sus derechos con la conciencia de su valer espiritual, que haya ascendido las gradas de la ciencia divina y multiplicado sus buenas acciones para ofrecerlas al Dios del Universo. Será hija de Dios y podrá conservar este nombre tanto ante el mundo que habrá dejado, como ante el mundo hacia el cual habrá sido llamada por la voluntad divina. Deseaba yo con demasiado ardor la felicidad de los hombres y era demasiado absoluto para mis propósitos para justificar la opinión de los que emplean con demasiada crudeza el calificativo de impostor o de los que disimulan el propósito de esta injuria con expresiones más favorables para la lectura de sus libros.
Tomando el nombre de hijo de Dios sabía que tenía el derecho para hacerlo: adelantándome hacia el abismo sabía que había caído en él. Me era agradable la amargura de la muerte, como hombre obligado a morir, y predecía a mis apóstoles el abandono del que más tarde se hicieron culpables. Pedía fuerzas a mi elevada protección espiritual y en mis alianzas humanas descendía a debilidades comunes a todos los hombres. Mi naturaleza era pues como todas las naturalezas humanas,
dividida entre la atracción de la Divina Providencia y la atracción de las alegrías humanas, pero el progreso de mis pensamientos, cada vez mejor y más intensamente dirigidos hacia el horizonte celeste, tenía que destruir mis tendencias corporales, convirtiéndome en el Mesías inmortal.
El hombre desvinculado de los estorbos mundanos, es realmente el hijo de Dios. Juan lo había dicho antes que yo, y él no tenía sólo en vista el porvenir conquistado, cuando me hizo prometer que respetaría mi denominación y de sostenerla ante todos y en contra de todos. Mi posición de hijo de Dios, hermanos míos, es más concebible entre los adeptos de la religión universal, que entre las almas encerradas en el círculo estrecho de una religión humana.
La religión universal se funda en la justicia de Dios, no levanta templos para una fracción de los hombres, no tiene formulismos externos forzados; pero da la paz después de la oración, porque la oración está despojada de todas las supersticiones que acompañan a las religiones humanas.
La religión universal define a Dios con sus atributos de grandeza y de poder, las religiones humanas definen a Dios con las debilidades inherentes a la humanidad. La religión universal tiene su asiento en el alma, como en un santuario. Las religiones humanas están condenadas al error y a los alzamientos de la razón. La religión universal se manifiesta con la elevación de los pensamientos y el deseo de perfección. Las religiones humanas exigen la fe sin proporcionar el sentimiento de ésta. Ellas concluyen por convertir al hombre en fanático e incrédulo.
La religión universal, hermanos míos, os dice que todos somos iguales, en virtud de nuestro origen. La religión universal os eleva en el porvenir y os avala en contra del orgullo hablándoos del pasado.
La religión universal os da la definición exacta de vuestro Ser y os salva de la desesperación, os inicia en la gloria de vuestro Dios y os promete alegrías en su casa. La casa de Dios es la casa de las inteligencias que han llegado a la perfección y al coronamiento. Es la Patria del hijo de Dios. De ahí viene Jesús en este momento para explicarnos su naturaleza. De ahí bajó en un día de misericordia, para ser Mesías, vuestro guía y consolador. Desde ahí también os bendice todas las veces que
vuestras miradas piden la luz de Dios, y os la manda. Desde ahí os llama a todos, sí a todos, los unos después de los otros. He ahí el cielo, el porvenir de la religión universal, he ahí la mañana deliciosa
de vuestra noche actual, el fin de vuestros esfuerzos, el trabajo de vuestra existencia. Conquistar la muerte, conquistar la luz, conquistar un lugar en el sol de los soles, una voz en el concierto de las armonías divinas, conquistar la perfección del espíritu y no descender de las altas regiones sino para ayudar a las almas débiles, libertar las almas esclavas para demostrar a los ignorantes la grandeza de Dios y el elevado destino del espíritu.
¡Ah, hermanos míos! Mereced esta dicha y recread vuestra alma con esta esperanza.
Durante varios siglos, después de la última humillación de su espíritu, Jesús asistió a los procederes contrarios a toda ley divina de los depositarios de la autoridad religiosa y si no impidió estos excesos es porque Dios deja a cada uno la responsabilidad de sus acciones delante de su Justicia; porque Dios confirma sus leyes no interviniendo en el ejercicio de la libertad individual. Las fuerzas ocultas
pueden bien sacudir un mundo, los Mesías y los agentes superiores de la autoridad divina pueden bien ser los Mensajeros de luz, pero la lucha es siempre ruda y la materia resulta la más fuerte. La materialidad apaga el sentimiento de espiritualidad en los mundos inferiores, del mismo modo que la espiritualidad apaga la materialidad en las altas regiones. Por todas estas razones no pudo poner freno al comercio que se hacía de su doctrina y tuvo que oír sus falsas definiciones, contemplar los delitos y las abominables venganzas, con el alma inmovilizada por la voluntad divina.
Hermanos míos, mis queridos hermanos, bendecid el misericordioso pensamiento que me manda nuevamente entre vosotros. No preguntéis a Dios sus secretos, mas aproximaos al fuego de su amor, al fulgor de su luz, a la inteligencia de su naturaleza y desprendeos lo más posible de las tendencias de la naturaleza carnal. La naturaleza carnal os arrastra hacia amores deshonestos, a ambiciones rastreras, a
cálculos delictuosos, a demostraciones hipócritas, a alegrías humillantes para el alma y a la pérdida de vuestra dignidad espiritual. Hombre como vosotros, yo también estuve sometido a las leyes de la materia y vengo a deciros que Dios quiere la posesión de vuestra alma toda entera. Acumulad tesoros para el porvenir en Dios y despreciad las riquezas terrenas. Destruid vuestra ambición por los honores humanos y mereced los celestes. Empezad la reforma de vuestros gustos depravados, de vuestros hábitos licenciosos, destronad el orgullo y el egoísmo para hacer resplandecer la modestia y la caridad. Adorad a Dios, como la luz y la libertad, como la calma y la fuerza, la inteligencia y la pureza y no lo insultéis más con oraciones hechas sin la compresión de sus atributos que quieren la libertad, la calma, la fuerza, la inteligencia y la pureza de vuestros deseos, de vuestro amor, de vuestra fe y de
vuestra esperanza. Permaneced en la paz conmigo, vosotros que queréis seguirme, y pronunciad
en la efusión de vuestro corazón, la oración que os voy a dictar para terminar este capitulo Dios mío, haz que este mundo se me represente tal como es realmente: un lugar de pruebas, un fardo doloroso, una habitación fría y temporal; mas endulza las amarguras de la prueba, alivia el fardo, con el concurso de las almas hermanas de la mía y descubre a mis miradas el cuadro deslumbrador de las fastuosas recompensas, debidas a la eterna gravitación de los espíritus, para conquistar la espiritualidad pura
en tu aureola y en tu gloria.
martes, 1 de abril de 2014
LA RECETA DE LA FELICIDAD
Tadeo, aficionado a los comentarios más fervorosos, en el culto de la Buena Nueva en casa de Pedro, se había entusiasmó durante la reunión, con el enunciado de los deberes para la felicidad humana y protestaba al mismo tiempo contra los dominadores de Roma y los rabinos del Sanedrín.
Excitado por una inocultable rebeldía, hizo una extensa disertación sobre la discordia y el sufrimiento que reinaba en el pueblo, ubicando su causa en las deficiencias políticas de la época, después de que expuso algunas consideraciones importantes acerca del asunto, Jesús le preguntó
Tadeo, ¿cómo interpretas tú la felicidad?
Señor, la felicidad es la paz de todos.
Cristo esbozó una significativa expresión en su fisonomía y adujo:
Así es, Tadeo no ignoro eso; entre tanto, estimaría saber qué te haría realmente feliz.
El discípulo, con cierta timidez, enunció:
Maestro, supongo que expresaría la suprema tranquilidad si llegara a comprender a los otros. Deseo, en tal sentido, que mi prójimo no desprecie mis intenciones nobles y puras. Sé que muchas veces, me equivoco, porque soy humano; no obstante, estaría satisfecho si quienes conviven conmigo reconocieran mi sincero propósito de acertar.
Gozaría de un bendito júbilo si pudiese confiar en mis semejantes, y si ellos me dispensaran la debida consideración de que me sienta acreedor, en concordancia con la elevación de mi ideal.
Ansío ser respetado por todos para que pueda trabajar sin impedimentos.
Sería motivo de regocijo que la maledicencia se olvidara de mi.
Vivo con la expectativa de la cordialidad ajena y en mi opinión, el mundo sería un paraíso, si las personas comunes se tratasen de acuerdo con mi anhelo sincero de ser respetado por los demás. La indiferencia y la calumnia me duelen en el corazón.
Considero que el sarcasmo y la sospecha han sido organizados por los Espíritus de las tinieblas, para tormento de las criaturas humanas.
La crueldad es amargura, cuando está dirigida en contra mía; la maldad es un fantasma doloroso cuando sale a mi encuentro. En razón de todo eso, me sentiría venturoso si mis parientes, allegados y coterráneos me buscaran, no por lo que aparento ser en las imperfecciones del cuerpo, sino por
el contenido de buena voluntad que presumo conservar en mi alma.
Por encima de todo, Señor, estaría sumamente satisfecho si cuántos peregrinan conmigo me concediesen el derecho de experimentar libremente mi género de felicidad personal, desde que me sienta aprobado por el código del bien, en el campo de mi conciencia, sin ironías y críticas absurdas.
Resumiendo, Maestro, quisiera recibir la comprensión el respeto y la estima de todos, aunque no sea, aún, el modelo de perfección que el Cielo espera de mí, con el bendito aporte del dolor y del tiempo.
El apóstol se quedó en silencio, y se insinuó en el humilde salón un incontenible movimiento de curiosidad ante la opinión que Cristo adoptaría.
Algunos de los compañeros esperaban que el Amigo Celestial hiciera uso de la palabra en una extensa disertación, pero el Maestro detuvo su limpia mirada en el discípulo y habló con franqueza y dulzura:
Entonces, Tadeo, si tu propósito es la alegría y la felicidad de todo el mundo, haz a los otros como deseas que los otros, hagan contigo. Si cada hombre caminara según esa misma norma, en breve propagaríamos
en la en la Tierra la dicha del paraíso.
sábado, 22 de marzo de 2014
VIDA DE JESÚS DICTADA POR EL MISMO 7º PARTE
Mi prestigio en la Judea lo debía a la personalidad de Juan. Es evidente, que
de no haber mediado la muerte de Juan, Jesús no habría conseguido influenciar a las masas, para que lo siguieran en un país donde las masas honraban al piadoso cenobita. Y por otra parte, está probado por ello, que la celebridad de Jesús hubiera quedado circunscrita entre la protección del Maestro y la dulce afectuosidad de algún discípulo, si Juan hubiera conservado por más tiempo su prestigio en la Judea.
Mas, por efecto de la voluntad divina, la muerte de Juan vino a favorecer la misión de Jesús. La pérdida del apóstol era fácil preverla en vista de su extraña predicación; mas el género de muerte que le impuso una mujer escandalosamente deshonrada, hizo esta pérdida más cruel para los amigos del mártir.
Juan fue arrestado y encarcelado por orden de Herodiades, que se había casado con Herodes, a causa de un delito. Desde su prisión, Juan, que podía comunicarse con sus discípulos, me mandó muchos de ellos para darme a conocer su penosa situación y confiarme el poder que tenía en la Judea. Mis apóstoles acogieron con frialdad a los discípulos de Juan. El relato de los últimos sucesos y el temor de que yo corriera la misma suerte que él, les causó estupor y despertó en ellos un vergonzoso egoísmo. Desconociendo la fraternidad del dolor, desprovistos de esa elevación en la fe, que más tarde conquistaron, me suplicaron todos que renunciara al encargo que Juan quería confiarme y que permaneciera como un espectador neutral en una tragedia cuyo desenlace no podría ser cambiado de manera alguna por mi influencia.
Asustado por las consecuencias del arresto de Juan, desesperado por el probable fracaso de mis tentativas, pero resuelto a ensayarlas, y fuerte, sobre todo por el legado que me dejaba el Apóstol de Dios, me encaminé con los discípulos del prisionero para colocarme en las condiciones de poderlo servir y para recibir sus últimas instrucciones.
Mis apóstoles y los discípulos de Juan tenían la misma fe. Pero estos últimos,
endurecidos por las privaciones mayores, exaltados por más fuertes tensiones de
espíritu, tenían que superar a los míos en todas las circunstancias de extremo infortunio y de fulminante adversidad.
La cólera de Jesús prorrumpió en amargos reproches. Él llamó viles y perjuros a los malos servidores de Dios, a los que faltan a la delicadeza, al honor, a la amistad y predijo el abandono y el aislamiento de su alma a los que lo llamaran con el miedo y la fuga.
Mas la cólera de Jesús tenía que calmarse en la soledad, porque una elevada manifestación le inspiraba palabras como estas:
«Perdónales, Dios mío, puesto que no me conocen. Sostenme porque Tú eres el sólo fuerte. Defiendeme en contra de la desesperación y consolida mi voluntad que vacila. Tú eres mi único refugio. Tú eres mi sola esperanza. Jesús encontraba amplias compensaciones, en la adorable bondad de Dios, a las tristezas que invadían su Espíritu, y las malas impresiones desaparecían en la plegaria.
Hermanos míos, el más bello de los heroísmos humanos, es el olvido de sí mismo para llevar a otros la palabra de paz y de consuelo. Las más grandes virtudes se encuentran en los senderos dolorosos y la marcha del alma hacia el Creador no se efectúa sino a fuerza de sacrificios.
Honrad la desventura, inclinaos delante de la miseria, haced brotar la esperanza en los corazones febriles, trabajad empeñosamente en servir a los enfermos y en adormecer sus sufrimientos; quebrad al mal en sus obras y esforzaos en la liberación del justo.
Llegué al lado de Juan con la pasajera esperanza de salvarlo, mas él ahogó esta esperanza dándome las más espantosas informaciones respecto al poder que lo mantenía en cadenas.
Lo que yo debía hacer, me dijo Juan, en el interés de nuestra causa, era mantenerme alejado del centro de la persecución y continuar haciéndome de partidarios en las clases más ínfimas.
Quedé solo con Juan, no habiendo nada en mis apariencias que pudiera dar la menor sospecha a los guardianes del prisionero, y escuché la palabra del Apóstol inspirada ya por los resplandores, que él entreveía del más allá, entre las sombras de la muerte. De rodillas, como poco tiempo antes, durante la penitencia del Jordán, incliné la cabeza delante de esa gran figura en la historia de los siglos.
Juan me levantó, me abrazó, me dio ánimo y me hizo prometer que seguiría sus consejos. Resuelto a morir antes que renegar de sus palabras, me hizo saber así la condición que se le imponía para concederle la vida y la libertad. No veo la hora de alejarme de la justicia de los hombres y te dejo el cuidado de mi gloria ante la posteridad. Hijo de Dios, continúa mi misión. ¡Date prisa! Los días están contados y nuestra alianza debe recibir su sello en la patria celeste, después del éxito. ¡Date prisa! La causa de Dios está en peligro y el Mesías Juan confía al Mesías Jesús. Adora la causa de Dios que nos ha lanzado aquí y marcha hacia la muerte con la mirada fija en el porvenir. En el porvenir el nombre de Jesús será glorificado y su fe triunfará, porque el Dios de justicia y de amor lo ha designado el Mesías de la religión universal. La voz de Juan tomó entonces un tono profético, pasaron visiones ante él e hizo resurgir en mí la seguridad de mi futura elevación.
¡Oh, fe santa! ¡Tú despiertas el coraje y las virtudes, proporcionas el desprecio de los honores y de los sufrimientos, cumples milagros de amor y de sacrificios, adquieres fuerzas y devoción; llevas la libertad al espíritu y la tranquilidad a los corazones! ¡Tú eres la puerta de la esperanza, la llama de la caridad, la estrella maravillosa que brilla en el cielo oscuro de los náufragos!. ¡Oh, amor de Dios Santo! ¡Tú sólo te manifiestas al alma creyente y a todo espíritu fuerte y desligado de las tinieblas!.
¡Oh, Dios mío! Haz fácil la fe a los hombres que leerán estas palabras y manifiéstales todo tu amor.
La paciencia de Juan no se desmintió, pues él recibió la muerte con la tranquilidad que da la fe.
Habiendo quedado solo después de la muerte de Juan para dirigir a los hombres en la nueva creencia, yo recobré fuerzas en el recuerdo de las brillantes promesas de mi amigo y reuní los principios de su severidad para los pecadores, con una moral cuya base era la fraternidad tranquilidad que da la fe.
Habiendo quedado solo después de la muerte de Juan para dirigir a los hombres en la nueva creencia, yo recobré fuerzas en el recuerdo de las brillantes promesas de mi amigo y reuní los principios de su severidad para los pecadores, con una moral cuya base era la fraternidad.
Engrandecido por la fama del solitario, seguí la costumbre de la purificación en el Jordán, tomando abiertamente el título de hijo de Dios y dejando a Juan el nombre de Precursor que él había tomado espontáneamente. Designando la habitación de mi Padre en el cielo, presentaba esta imagen con colores que convenían a los hijos de la Tierra de ese tiempo. Hoy no podría decir más: el cielo y
el infierno; las puertas del infierno no prevalecerán en contra mía. La muerte es eterna para el pecador; el demonio lo arrastrará a un abismo sin fondo, y no verá jamás a Dios, porque él lo habrá maldecido, y porque la luz no penetrará en el infierno. La luz es Dios. El demonio reina en las tinieblas y el réprobo lanza gritos de angustia, llamando a Dios, que permanecerá, eternamente sordo a ellos. Mas hoy digo en cambio:
Hermanos míos, el cielo es una designación vaga de la habitación de Dios. El
infierno no existe. La muerte es el término de una etapa del espíritu; las existencias
sucesivas operan paulatinamente la purificación en la naturaleza de los espíritus, a los que la justicia de Dios da, a todos por igual, una manifestación confusa de lan verdad, la cual paso a paso se perfecciona a medida que ellos caminan en la presencia del porvenir, por el abandono de los instintos materiales y por la pureza de los deseos. Mis preceptos son los mismos ahora que entonces, mas se apoyan sobre el punto fundamental de una doctrina, cuya exposición no hubieran podido comprender los hombres que entonces me rodeaban, y yo debía purificar sus espíritus sin
preocuparme de los medios. Tenía que exhibirme como hijo de Dios, porque la palabra reformador no hubiera sido suficiente, siéndome de necesidad el conquistar un principio divino para elevarme ante la posteridad, para la que tal vez hubiera pasado ignorado sin este principio. En mis primeras predicaciones de Jerusalén, había ciertamente adelantado la negación del infierno durante mis demostraciones respecto a la bondad divina, mas ahí me escuchaban hombres familiarizados ya con
dicho pensamiento, hijo de la misma razón. Aquí la tradición del infierno imprimía a mis discursos la tétrica energía de las masas que se manifiestan siempre deseosas, y yo quería atraerme la confianza de esas masas. Durante mi estancia en Jerusalén, había explicado la manifestación del espíritu para con el espíritu, mas aquí yo hablaba del espíritu de Dios y del espíritu de las tinieblas, del espíritu puro y del espíritu impuro, de la resurrección de los cuerpos y de la presencia de Dios en el juicio de cada hombre después de morir, e insistía en lo de mi presencia a la derecha
del Padre Celeste, cuando viniera a juzgar a los vivos y a los muertos. Hermanos míos, los enemigos de Jesús han sacado partido de estas contradicciones para acusarlo, y el expediente que Jesús empleaba para dominar las masas, le valió el que se le considerase como un ambicioso de los favores populares. Pero las pruebas respecto a las verdaderas intenciones de Jesús, se encuentran en sus invariables demostraciones sobre la fraternidad e igualdad entre los hombres, en su continua familiaridad con los más pobres y más desvergonzados, en su fácil renuncia a los halagos de la carne, en su alejamiento de las riquezas y de la disipación mundana, en su modo de presentarse, en sus hábitos, en su suplicio, que pudo evitar, y en fin, en el supremo honor que recibió de Dios al designarle como vuestro Mesías y vuestro iniciador en las nuevas doctrinas, en su felicidad, sus dolores, sus alegrías, su gloria.
de no haber mediado la muerte de Juan, Jesús no habría conseguido influenciar a las masas, para que lo siguieran en un país donde las masas honraban al piadoso cenobita. Y por otra parte, está probado por ello, que la celebridad de Jesús hubiera quedado circunscrita entre la protección del Maestro y la dulce afectuosidad de algún discípulo, si Juan hubiera conservado por más tiempo su prestigio en la Judea.Mas, por efecto de la voluntad divina, la muerte de Juan vino a favorecer la misión de Jesús. La pérdida del apóstol era fácil preverla en vista de su extraña predicación; mas el género de muerte que le impuso una mujer escandalosamente deshonrada, hizo esta pérdida más cruel para los amigos del mártir.
Juan fue arrestado y encarcelado por orden de Herodiades, que se había casado con Herodes, a causa de un delito. Desde su prisión, Juan, que podía comunicarse con sus discípulos, me mandó muchos de ellos para darme a conocer su penosa situación y confiarme el poder que tenía en la Judea. Mis apóstoles acogieron con frialdad a los discípulos de Juan. El relato de los últimos sucesos y el temor de que yo corriera la misma suerte que él, les causó estupor y despertó en ellos un vergonzoso egoísmo. Desconociendo la fraternidad del dolor, desprovistos de esa elevación en la fe, que más tarde conquistaron, me suplicaron todos que renunciara al encargo que Juan quería confiarme y que permaneciera como un espectador neutral en una tragedia cuyo desenlace no podría ser cambiado de manera alguna por mi influencia.
Asustado por las consecuencias del arresto de Juan, desesperado por el probable fracaso de mis tentativas, pero resuelto a ensayarlas, y fuerte, sobre todo por el legado que me dejaba el Apóstol de Dios, me encaminé con los discípulos del prisionero para colocarme en las condiciones de poderlo servir y para recibir sus últimas instrucciones.
Mis apóstoles y los discípulos de Juan tenían la misma fe. Pero estos últimos,
endurecidos por las privaciones mayores, exaltados por más fuertes tensiones de
espíritu, tenían que superar a los míos en todas las circunstancias de extremo infortunio y de fulminante adversidad.
La cólera de Jesús prorrumpió en amargos reproches. Él llamó viles y perjuros a los malos servidores de Dios, a los que faltan a la delicadeza, al honor, a la amistad y predijo el abandono y el aislamiento de su alma a los que lo llamaran con el miedo y la fuga.
Mas la cólera de Jesús tenía que calmarse en la soledad, porque una elevada manifestación le inspiraba palabras como estas:
«Perdónales, Dios mío, puesto que no me conocen. Sostenme porque Tú eres el sólo fuerte. Defiendeme en contra de la desesperación y consolida mi voluntad que vacila. Tú eres mi único refugio. Tú eres mi sola esperanza. Jesús encontraba amplias compensaciones, en la adorable bondad de Dios, a las tristezas que invadían su Espíritu, y las malas impresiones desaparecían en la plegaria.
Hermanos míos, el más bello de los heroísmos humanos, es el olvido de sí mismo para llevar a otros la palabra de paz y de consuelo. Las más grandes virtudes se encuentran en los senderos dolorosos y la marcha del alma hacia el Creador no se efectúa sino a fuerza de sacrificios.
Honrad la desventura, inclinaos delante de la miseria, haced brotar la esperanza en los corazones febriles, trabajad empeñosamente en servir a los enfermos y en adormecer sus sufrimientos; quebrad al mal en sus obras y esforzaos en la liberación del justo.
Llegué al lado de Juan con la pasajera esperanza de salvarlo, mas él ahogó esta esperanza dándome las más espantosas informaciones respecto al poder que lo mantenía en cadenas.
Lo que yo debía hacer, me dijo Juan, en el interés de nuestra causa, era mantenerme alejado del centro de la persecución y continuar haciéndome de partidarios en las clases más ínfimas.
Quedé solo con Juan, no habiendo nada en mis apariencias que pudiera dar la menor sospecha a los guardianes del prisionero, y escuché la palabra del Apóstol inspirada ya por los resplandores, que él entreveía del más allá, entre las sombras de la muerte. De rodillas, como poco tiempo antes, durante la penitencia del Jordán, incliné la cabeza delante de esa gran figura en la historia de los siglos.
Juan me levantó, me abrazó, me dio ánimo y me hizo prometer que seguiría sus consejos. Resuelto a morir antes que renegar de sus palabras, me hizo saber así la condición que se le imponía para concederle la vida y la libertad. No veo la hora de alejarme de la justicia de los hombres y te dejo el cuidado de mi gloria ante la posteridad. Hijo de Dios, continúa mi misión. ¡Date prisa! Los días están contados y nuestra alianza debe recibir su sello en la patria celeste, después del éxito. ¡Date prisa! La causa de Dios está en peligro y el Mesías Juan confía al Mesías Jesús. Adora la causa de Dios que nos ha lanzado aquí y marcha hacia la muerte con la mirada fija en el porvenir. En el porvenir el nombre de Jesús será glorificado y su fe triunfará, porque el Dios de justicia y de amor lo ha designado el Mesías de la religión universal. La voz de Juan tomó entonces un tono profético, pasaron visiones ante él e hizo resurgir en mí la seguridad de mi futura elevación.
¡Oh, fe santa! ¡Tú despiertas el coraje y las virtudes, proporcionas el desprecio de los honores y de los sufrimientos, cumples milagros de amor y de sacrificios, adquieres fuerzas y devoción; llevas la libertad al espíritu y la tranquilidad a los corazones! ¡Tú eres la puerta de la esperanza, la llama de la caridad, la estrella maravillosa que brilla en el cielo oscuro de los náufragos!. ¡Oh, amor de Dios Santo! ¡Tú sólo te manifiestas al alma creyente y a todo espíritu fuerte y desligado de las tinieblas!.
¡Oh, Dios mío! Haz fácil la fe a los hombres que leerán estas palabras y manifiéstales todo tu amor.
La paciencia de Juan no se desmintió, pues él recibió la muerte con la tranquilidad que da la fe.
Habiendo quedado solo después de la muerte de Juan para dirigir a los hombres en la nueva creencia, yo recobré fuerzas en el recuerdo de las brillantes promesas de mi amigo y reuní los principios de su severidad para los pecadores, con una moral cuya base era la fraternidad tranquilidad que da la fe.
Habiendo quedado solo después de la muerte de Juan para dirigir a los hombres en la nueva creencia, yo recobré fuerzas en el recuerdo de las brillantes promesas de mi amigo y reuní los principios de su severidad para los pecadores, con una moral cuya base era la fraternidad.
Engrandecido por la fama del solitario, seguí la costumbre de la purificación en el Jordán, tomando abiertamente el título de hijo de Dios y dejando a Juan el nombre de Precursor que él había tomado espontáneamente. Designando la habitación de mi Padre en el cielo, presentaba esta imagen con colores que convenían a los hijos de la Tierra de ese tiempo. Hoy no podría decir más: el cielo y
el infierno; las puertas del infierno no prevalecerán en contra mía. La muerte es eterna para el pecador; el demonio lo arrastrará a un abismo sin fondo, y no verá jamás a Dios, porque él lo habrá maldecido, y porque la luz no penetrará en el infierno. La luz es Dios. El demonio reina en las tinieblas y el réprobo lanza gritos de angustia, llamando a Dios, que permanecerá, eternamente sordo a ellos. Mas hoy digo en cambio:
Hermanos míos, el cielo es una designación vaga de la habitación de Dios. El
infierno no existe. La muerte es el término de una etapa del espíritu; las existencias
sucesivas operan paulatinamente la purificación en la naturaleza de los espíritus, a los que la justicia de Dios da, a todos por igual, una manifestación confusa de lan verdad, la cual paso a paso se perfecciona a medida que ellos caminan en la presencia del porvenir, por el abandono de los instintos materiales y por la pureza de los deseos. Mis preceptos son los mismos ahora que entonces, mas se apoyan sobre el punto fundamental de una doctrina, cuya exposición no hubieran podido comprender los hombres que entonces me rodeaban, y yo debía purificar sus espíritus sin
preocuparme de los medios. Tenía que exhibirme como hijo de Dios, porque la palabra reformador no hubiera sido suficiente, siéndome de necesidad el conquistar un principio divino para elevarme ante la posteridad, para la que tal vez hubiera pasado ignorado sin este principio. En mis primeras predicaciones de Jerusalén, había ciertamente adelantado la negación del infierno durante mis demostraciones respecto a la bondad divina, mas ahí me escuchaban hombres familiarizados ya con
dicho pensamiento, hijo de la misma razón. Aquí la tradición del infierno imprimía a mis discursos la tétrica energía de las masas que se manifiestan siempre deseosas, y yo quería atraerme la confianza de esas masas. Durante mi estancia en Jerusalén, había explicado la manifestación del espíritu para con el espíritu, mas aquí yo hablaba del espíritu de Dios y del espíritu de las tinieblas, del espíritu puro y del espíritu impuro, de la resurrección de los cuerpos y de la presencia de Dios en el juicio de cada hombre después de morir, e insistía en lo de mi presencia a la derecha
del Padre Celeste, cuando viniera a juzgar a los vivos y a los muertos. Hermanos míos, los enemigos de Jesús han sacado partido de estas contradicciones para acusarlo, y el expediente que Jesús empleaba para dominar las masas, le valió el que se le considerase como un ambicioso de los favores populares. Pero las pruebas respecto a las verdaderas intenciones de Jesús, se encuentran en sus invariables demostraciones sobre la fraternidad e igualdad entre los hombres, en su continua familiaridad con los más pobres y más desvergonzados, en su fácil renuncia a los halagos de la carne, en su alejamiento de las riquezas y de la disipación mundana, en su modo de presentarse, en sus hábitos, en su suplicio, que pudo evitar, y en fin, en el supremo honor que recibió de Dios al designarle como vuestro Mesías y vuestro iniciador en las nuevas doctrinas, en su felicidad, sus dolores, sus alegrías, su gloria.
domingo, 9 de marzo de 2014
LA NECESIDAD DE COMPRENSIÓN
Ante las indagaciones fraternales del Señor, aclaró que fue tratado rudamente en la vía pública. Varios deudores, que fueron invitados por él a pagarle, respondieron con ingratitud y grosería.
No se limitó Cristo al consuelo individual, sino que exhortando evidentemente a todos los compañeros, narró, con inflexión benevolente:
Un grande explicador de los textos de Job poseía singulares disposiciones para los servicios de la comprensión y de la bondad, y, quizá por eso, organizó una escuela en la que pontificaba con indiscutible sabiduría.
Amparando, en cierta ocasión, a un aprendiz inquieto que frecuentemente se lamentaba de maltratos que recibía en la plaza pública, salió pacientemente en compañía del discípulo, por las calles de Jerusalén, implorando limosnas para determinados servicios del Templo.
La mayoría de los transeúntes daba o negaba, con indiferencia, pero, en una esquina de mucho movimiento, un hombre vigoroso les respondió a la rogativa con aspereza y escarnio.
El maestro tomó al aprendiz por la mano y ambos lo siguieron, cuidadosos. No anduvieron mucho tiempo y lo vieron caer al suelo, atormentado por un dolor violento, provocando el socorro general. Verificaron, pronto, que el hermano irritado sufría de cólicos mortales.
Siguieron adelante, cuando se quedaron frente a un caballero que no se dignó responderles a la súplica, dirigiéndoles tan sólo una mirada rencorosa y dura. El orientador y el tutelado le siguieron los pasos, y, cuando el extraño personaje alcanzó su domicilio, notaron que un compacto grupo de personas llorosas lo aguardaba, grupo ése al cual se unió en copioso llanto, informándose los dos de que el infeliz retenía en el hogar una hija muerta.
Prosiguieron pidiendo limosnas en la vía pública y, a pocos pasos, recibieron fuertes palabrotas de un muchacho a quien se habían dirigido. Se retrajeron ambos, a la expectativa, verificando, después de media hora de observación, verificaron que el infortunado no era más que un loco.
Enseguida, oyeron atrevidas frases de un viejo que les prometía prisión y pedradas; pero, transcurridas algunas horas, supieron que el infortunado era simplemente un negociante quebrado, que se convirtiera de señor en esclavo, en razón de las deudas enormes.
Como el día declinaba, el respetable instructor propuso al discípulo que regresaran, y reflexionó
¿Guardaste la lección? Acepta la necesidad del entendimiento como sagrado imperativo de la vida. Nunca más te quejes de aquéllos que exhiben expresiones de rebeldía o desespero en las calles.
El primero que nos surgió al frente era un enfermo común; el segundo tenia a la muerte en su casa; el tercero padecía de locura y el cuarto experimentaba la quiebra . En la mayoría de los casos, quien nos recibe de mal humor permanece en una senda mucho más oscura y más espinosa que la nuestra.
Y, completando la enseñanza, terminó el Señor, delante de los compañeros sorprendidos:
Cuando encontremos a los portadores de la aflicción, tengamos piedad y auxiliémoslos a que recuperen la paz interior. El toro conserva los cuernos, por no haber alcanzado, aún, el don de las alas. Protestamos, generalmente, contra la oveja que nos perturba el reposo, balando, atormentada; pero, raramente nos acordamos de que el pobre animal está siguiendo, bajo pesado lazo, el camino del matadero.
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