viernes, 4 de julio de 2014

VIDA DE JESÚS CONTADA POR EL MISMO CAPITULO 10º

Me gusta este tema mucho, porque me da fuerza y amor, para ver todas las cosas que por inmaduros a veces nos dejamos en el camino; puedo pensar y meditar sobre lo que Jesús nos comunico con su amor: Nunca nos deja solos, siempre esta con nosotros en cada momento por duro que sea, siempre estoy preparada para amarlo sobre todas las cosas por que me enseña tanto nos da tanto, que me da fuerzas, para amarlo y darle una satisfacción de amor y caridad.
¿Siempre te querré y siempre estaré a tu lado. Amigo Jesús mi amor es para siempre:
Todos los espíritus deben descubrir el poder de Dios y la dependencia de su propia naturaleza. Todos los espíritus deben estudiar el origen y el objeto de la existencia, pero deben al mismo tiempo dominar el instinto natural de la materia para convertir este descubrimiento y este dominio en el pedestal de su grandeza espiritual.
Todos los espíritus humanos, aunque tuvieran que permanecer siglos en la ignorancia, no saldrán de esta ignorancia sino cuando sus tendencias carnales hayan sido finalmente anuladas, mediante esfuerzos de paciencia y pruebas de pureza en presencia de la elevada esperanza de los bienes fastuosos de la espiritualidad.
Hermanos míos, en el mundo en que habitáis, las influencias del círculo de vuestras alianzas y la ceguera del espíritu no le permiten al pensamiento elevarse hasta los deliciosos goces de la espiritualidad. Él no es capaz de desprenderse de los objetos materiales y pocas veces le es dado meditar sobre la potencia de Dios, sintiéndose enseguida desviado por las aparentes contradicciones recogidas en el mismo seno de la naturaleza terrestre, mas la fuerza de la gracia está ahí, la luz de
Dios hiende las tinieblas, la voluntad del espíritu despedaza el yugo que lo aprisiona. Entonces el espíritu humano, decidido a conquistar su engrandecimiento, rasga el velo que le esconde la adorable figura de Dios.
¡Oh, divina naturaleza del alma! ¡Arroja tus lazos y tus dulzuras sobre el camino del hombre, en medio de las tribulaciones materiales y concede los dones de la ciencia a los que te reconocen como elemento de vida y de felicidad! ¡Sé la alegría de los creyentes y provoca entre ellos ideas de reformas, refina sus gustos, ensancha sus pensamientos y concédeles honores de alta moralidad! ¡Haz que baje entre las sombras de las pasiones la tranquila claridad, calma la fiebre de las pasiones,
destruye las causas del delito aplicando a todos los males el bálsamo de la palabra celeste! ¡Conviértete en el consuelo de los justos, pero da también aviso a los pecadores y haz la luz en la noche de sus espíritus! ¡Bella y santa poesía del alma,
domina las humillaciones de la materia carnal y conviértete en la fuente de los mejoramientos del espíritu humano!. Hermanos míos, la dependencia del espíritu humano, de la naturaleza espiritual del alma, es la base del pensamiento eterno de Dios para convertir las criaturas en el objeto de su amor. El principio de la religión universal descansa sobre esta base, que os muestra al hombre en su porvenir, libertado del yugo de los vicios de la naturaleza carnal y resplandeciente de los atributos del alma, cuya naturaleza es divina.
Alejo de mi pensamiento el recuerdo del embrutecimiento del hombre y demuestro a sus miradas el desarrollo futuro de su naturaleza espiritual, colocando como principio el indicado resultado de los esfuerzos del Ser y de la multiplicidad de conocimientos adquiridos. Mas debo deducir de todo lo dicho, que los esfuerzos del trabajo y la multiplicidad de las luces determinen el adelanto del espíritu y describan el círculo de sus atribuciones en el eterno pensamiento divino. Aparto de mi naturaleza el cuadro de los humillantes errores del espíritu humano, pero aspiro a su regeneración y esta aspiración llegará a ser una realidad. Aparto la vista de los hábitos monstruosos, de los negocios deshonrosos, de las prepotencias, de los delitos, de los horrores, de las corrupciones y veo en el fondo del cielo de mi alma, desarrollados cambios, elevaciones, honores y fuerzas para conquistar el poder  espiritual.
En el retraso de su naturaleza espiritual, los hombres se convierten en fraticidas e impíos. Vueltos a la felicidad que proporciona la memoria del alma, comprenderán el destino de sus espíritus y la justicia del fardo que constituyen las pruebas de la vida corporal. Sabrán armonizar las potencias del impulso carnal, con la solidez de las reglas del orden superior y recogerán el dulce fruto de la oración, cuando esta oración sea dirigida al Creador del Universo, cuyas obras serán respetadas y observadas sus leyes. Todos colaborarán en los propósitos divinos, cuando se entreguen al trabajo, reconociéndolo como la causa del acrecentamiento de la fuerza y de la inteligencia que nos aproximan a Dios. Los hombres se encuentran alejados de Dios. Los espíritus de la Tierra son inferiores como familias y como individualidades. La elevada expresión de la inteligencia divina los encuentra fríos y escépticos, el desarrollo de su órgano auditivo no está en relación con las armonías de la gracia, de cuyos dones están rodeados, y la pureza del elemento espiritual los hace parecer larvas que se arrastran por encima de las carnes putrefactas de un cadáver. Mas, lo hemos dicho ya, la gracia de la fuerza está ahí… La luz de Dios penetra a través de las tinieblas, la voluntad del espíritu despedaza el yugo que lo aprisiona, y por lo tanto el espíritu humano, pobre aún, pero resuelto a engrandecerse, rasga el velo que le esconde la adorable figura de Dios. El fin de los espíritus es el progresar y poco importa la naturaleza de los obstáculos que los rodean. ¿Qué pueden importarle las ambiciones mezquinas de su demora momentánea en la vida material? La desproporción de los alcances intelectuales con relación a la idea de la verdadera justicia y de las elevadas gracias, que por todas partes los rodean, ha de desaparecer por efecto de la voluntad y se ha de evidenciar la naturaleza espiritual cuando se borre la materialidad bajo el
imperio de mayores progresos y de alianzas más nobles en manifestaciones del alma.
Los espíritus de la Tierra se encuentran alejados de Dios a causa de la inferioridad de su naturaleza, que los somete a leyes monstruosas de la impiedad y a costumbres de bárbaros goces. Pero espíritus de más elevada naturaleza vienen a emancipar el pensamiento y a ensanchar el criterio de los espíritus de la Tierra y a menudo les son concedidas fuerzas de luces especiales que les permiten, mediante
apoyos de naturaleza intermediaria, poderse sostener en medio de estos espíritus atrasados, en medio del ambiente oscuro y de sufrimientos de la humanidad.
¡Pobres espíritus terrestres! Humillaos ante la ciencia de los delegados de Dios, para abreviar el camino hacia vuestra espiritualidad. Permaneced a la expectativa de los bienes futuros, caminando de una manera activa y consciente en medio de las pasiones y de los males de la humanidad, para reprimir las tendencias perniciosas de vuestra naturaleza y para aliviar a los más miserables entre vosotros.
Aprended a daros cuenta del objeto de vuestra existencia y proseguid el trabajo de vuestra regeneración, a pesar de la presión que el espíritu debe soportar por efecto de la lucha y de alejamiento de los hombres, entregados a los goces y al orgullo.
Buscad ayuda y consuelo en la fuente de la Divinidad y aligerad el fardo de los dolores propios de la naturaleza corporal en el empleo de las fuerzas de la naturaleza espiritual.
Sí, hermanos míos, es realmente Jesús quien os habla, mas la alegría intelectual derivada de la manifestaciones de su espíritu no puede ser concedida sino a los que han empezado la tarea de su purificación, el trabajo de su desmaterialización, a los que han entrado ya por el camino de las reformas de su propia naturaleza animal y por el de las luchas en contra de sí mismo, en contra de
todas las pasiones desorganizadoras del alma, en contra de todos los vicios que hacen descender al espíritu al nivel de los brutos, en contra de la ambición de los bienes terrestres, en contra de la facultad pensante que trata tan sólo de culpables ficciones, malas doctrinas, delirios de imaginación dignos de lástima, falsos estudios filosóficos, tristes soluciones, despreciables negaciones de la existencia de Dios.
Descubrid vuestros destinos, hermanos míos, en la manifestación espiritual. Practicad excursiones en medio de la luz, y libertad vuestras almas de los lazos que las oprimen. Permaneced defensores del el amor de la familia con el amor entre todos los espíritus, se aproxima a la habitación humilde lo mismo que a la fastuosa morada, y explica el porqué del rigor de las pruebas al lado de la abundancia de los dones; el por qué de la grandeza de las ideas al lado de la desnudez del espíritu, del camino de los honores al lado del estancamiento de las facultades, de la posesión de grandes inteligencias al lado del desarrollo puramente vegetativo del hombre en sus fases de crecimiento y de pausa.
libre pensamiento, ¡oh, vosotros que deseáis la emancipación del espíritu!, haced participar en la discusión el gran nombre de Dios e inclinaos ante los testimonios de su poder y de su amor. Acumulad tesoros de ciencia, pero recordad que sin la debida participación del espíritu, no existen verdaderos triunfos para el hombre y abandonad el tonto orgullo y el insolente desprecio de las naturalezas inferiores por lo que saben y por lo que no saben, por no alcanzarlo a concebir. Influid en favor de la educación general de las masas y emplead vuestras facultades para el bien general. Buscad creyentes para la religión universal, haciéndoos sus apóstoles. Ella quiere la fraternidad entre los hombres y la devoción para con Dios, busca el elemento divino en su pureza y la paz en el mundo, relaciona
Humillad la naturaleza carnal en lo que ella tiene de bestial. Destruid la vergüenza en el matrimonio reemplazándola por la sinceridad y la delicadeza del amor.
Huid de la gloria adornada de sangre, de las alegrías compradas con el precio de la deshonra, de los humos de la embriaguez y de las tentaciones de la carne. Haced que bajen hacia vosotros las fuerzas de la patria celeste, pidiéndolas con el fervor de un alma llena de esperanza y orad, como oran los ángeles, sin mezcla de debilidad y con la abnegación de las grandes almas. Llevad en el cumplimiento de las leyes humanas, la fuerza demostrativa del espíritu que lucha en contra de la sensibilidad del alma, pero dejad que el alma hable para endulzar la suerte del condenado. Id a la casa del pobre para dar pruebas de fraternidad. Castigad el asesinato pero jamás matéis al asesino; el derecho de muerte
sólo a Dios pertenece.
Haced descansar la ley humana sobre la ley divina y levantad al culpable después de la expiación para inducirlo hacia el camino de la rehabilitación y de la libertad. Despojad al hombre anciano de todas sus vejeces, rejuveneciéndolo en todo sentido y escribid sobre su rejuvenecimiento esta máxima religiosa humanitaria y fundamental: Dios para todos y cada hombre para sus hermanos.
Decid a todos los espíritus que la gracia se adquiere por el buen empleo de todas las facultades y poned en obra para la regeneración social la penosa pero gloriosa actividad de los nobles hijos de Dios, de los inteligentes y de los fuertes, mandados en auxilio de los ignorantes y de los débiles.
Entonces, hermanos míos, Jesús ya no os parecerá más tan lejos de vosotros y las manifestaciones de su espíritu arraigarán las convicciones en los vuestros, así como la dulce piedad de su alma atraerá los entusiasmos de vuestros corazones.

sábado, 21 de junio de 2014

EL MENSAJERO DEL AMOR

Se hablaba en la reunión, con respeto a la preponderancia de los sabios en la Tierra, cuando Jesús tomó la palabra y contó, sereno y cordial.
Hace muchos años, cuando el mundo peligraba en una desastrosa
crisis de ignorancia y perversidad, el Poderoso Padre le envió un mensajero de la ciencia, con la misión de entregarle un glorioso mensaje de vida eterna. Tomando forma, en los círculos de la carne, el esclarecido obrero se hizo profesor y, sumamente interesado en letras, se apasionó exclusivamente por las obras de la inteligencia, alejándose, asqueado, de la multitud inconsciente y declarando que vivía en una vanguardia luminosa, inaccesible a la comprensión de las personas comunes. Observándolo incapaz de atender a los compromisos asumidos, el Señor Compasivo providenció el viaje de otro portador de la ciencia que, transcurrido algún tiempo, se transformó en médico admirado. El nuevo emisario de la Providencia se refugió en una sala de hierbas y brebajes, interesándose tan sólo por el contacto con enfermos importantes, habilitados a la concesión de grandes recompensas, afirmando que la plebe era demasiado mezquina para cautivarle la atención. El Todo Bondadoso determinó, entonces, la venida de otro emisario de la ciencia, que se convirtió en un célebre guerrero. Usó la espada del cálculo con maestría, se puso al lado de hombres astuciosos y vengativos y, alejándose de los humildes y de los pobres, afirmaba que la única finalidad del pueblo era la de destacar la gloria de los dominadores sanguinolentos. Entristecido con tantos fracasos, el Señor Supremo expidió a otro misionero de la ciencia, que, pronto, se hizo primoroso artista. Se aisló en los salones ricos y hartos, componiendo música que embriagaba de placer el corazón de los hombres provisionalmente felices y afianzó que el populacho no le seducía la sensibilidad, que él mismo creía excesivamente avanzada para su tiempo.
Fue, entonces, que el Excelso Padre, preocupado con tantas negaciones, ordenó la venida de un mensajero de amor a los hombres.
Ése otro enviado divisó todos los cuadros de la Tierra, con inmensa piedad. Se compadeció del profesor, del médico, del guerrero y del artista, tanto cuanto se conmovió ante la desventura y el salvajismo de la multitud y, decidido a trabajar en nombre de Dios, se transformó en el siervo diligente de todos. Pasó a actuar en beneficio general e, identificado con el pueblo al que viniera a servir, sabía disculpar infinitamente y repetir
mil veces el mismo esfuerzo o la misma lección. Si era humillado o perseguido, procuraba comprender en la ofensa un desafío benéfico a su capacidad de desdoblarse en la acción regeneradora, para manifestar reconocimiento a la confianza del Padre que lo enviara. Por amar sin reservas sus hermanos de lucha, en muchas situaciones fue compelido a orar y pedir socorro del Cielo, delante de las garras de la calumnia y del sarcasmo; no obstante, entendía, en las más bajas manifestaciones de la naturaleza humana, sobrados motivos para consagrarse, con más calor, al mejoramiento de los compañeros animalizados, que aún desconocían la grandeza y a sublimidad del Padre Benevolente que les diera el ser.
Fue así, haciéndose el último de todos, que consiguió encender la luz de la fe renovadora y de la bondad pura en el corazón de las criaturas terrestres, elevándolas al más alto nivel, con plena victoria en la divina misión de la que fuera investido.
Hubo ligera pausa en la palabra dulce del Mesías y, ante la quietud que se hiciera espontánea en el ruidoso ambiente de minutos antes, concluyó él, con expresivo acento en la voz:
Cultura y santificación representan fuerzas inseparables de la gloria espiritual. La sabiduría y el amor son las dos alas de los ángeles que alcanzaron el Trono Divino, pero, en todas partes, quien ama sigue al frente de aquél que simplemente sabe.

viernes, 6 de junio de 2014

LA VISITA DE LA VERDAD

En cierta ocasión, dijo el Maestro que sólo la Verdad hará libre al hombre, y tal vez no podía abarcar en lo inmediato la amplia extensión de esa manifestación,  le preguntó Pedro, durante  el culto doméstico:
Señor, ¿qué es la Verdad?
Jesús mostró en su rostro una enigmática expresión y contestó:
 La Verdad total es la Luz Divina total; sin embargo, el hombre aún está lejos de resistir su grandioso fulgor.
Reparando, sin embargo, que el pescador continuaba hambriento de nuevos esclarecimientos, el Amigo Celeste meditó algunos minutos y habló:
En una caverna oscura, donde la claridad nunca llegó, se encontraba cierto devoto, implorando el socorro divino. Se declaraba el más infeliz de los hombres, no obstante, en su ceguera, sentirse el mejor de todos. Reclamaba contra el ambiente fétido en que se encontraba. El aire apestado lo sofocaba  decía él en gritos conmovedores. Pedía una puerta libertadora que lo condujese a convivir con el día claro. Se consideraba robusto, apto, aprovechable. ¿Por qué motivo era conservado allí, en aquel aislamiento doloroso? Lloraba y gritaba, sin ocultar aflicciones y exigencias. ¿Qué razones lo obligaban a vivir en aquella atmósfera insoportable?
Notando Nuestro Padre que aquel hijo formulaba súplicas incesantes, entre la revuelta y la amargura, profundamente compadecido le envió la Fe.
La sublime virtud lo exhortó a confiar en el porvenir y a persistir en la oración.
El infeliz se consoló, de algún modo, pero, en breve tiempo, volvió a lamentarse.
Quería huir del basurero y, como se le aumentaron las lágrimas, el Todopoderoso le mandó la Esperanza.
La emisaria le acarició la frente sudorosa y le habló de la eternidad de la vida, buscando secarle el llanto desesperado. Para eso, le rogó calma, resignación, fortaleza.
El pobre pareció mejorar, pero, transcurridas algunas horas, retomó la lamentación.
No podía respirar — clamaba, con desaliento.
Condolido, determinó el Señor que la Caridad lo buscase.
La nueva mensajera lo acarició y alimentó, dirigiéndole palabras de cariño, como si fuera madre abnegada.
Pero, porque el miserable prosiguiese gritando, revoltoso, el Padre Compasivo le envió la Verdad.
Cuando la portadora del esclarecimiento se hizo sentir en la forma de una gran luz, el infortunado, entonces, se vio tal cual era y se aterrorizó. Su cuerpo era un conjunto monstruoso de llagas pestilentes de la cabeza a los pies y, ahora, percibía, espantado, que él mismo era el autor de la atmósfera intolerable en que vivía. El pobre tembló tambaleante, y, notando que la Verdad serena le abría la puerta de la liberación, se horrorizó de sí mismo; sin coraje de pensar en su propia curación, lejos de encarar a la visitante, frente a frente, para aprender a limpiarse y a purificarse, huyó, despavorido, en busca de otra caverna donde pudiese esconder la propia miseria que sólo entonces reconocía.
El Maestro hizo una larga pausa y terminó:
 Así ocurre con la mayoría de los hombres, delante de la realidad. Se sienten con derecho al recibimiento de todas las bendiciones del Eterno y gritan fuertemente, implorando la ayuda celestial.
Mientras están amparados por la Fe, por la Esperanza o por la Caridad, se consuelan y desconsuelan, creen y no creen, tímidos, irritados y titubeantes; pero, cuando la Verdad brilla delante de ellos, revelándoles la condición en que se encuentran, suelen huir, apresurados, en busca de escondrijos tenebrosos, dentro de los cuales puedan cultivar la ilusión.

domingo, 25 de mayo de 2014

VIDA DE JESÚS DICTADA POR EL MISMO 9ª PARTE

Soy una seguidora de Jesús, al que admiro y amo:siempre que pasa por mis manos, un documento como este, y dictado por el mismo, lo guardo en mi blog, y en mi corazón con mucho amor
JESÚS DEFINE EL ORIGEN Y DESARROLLO DEL ESPÍRITU
Definamos hoy, hermanos míos, la gracia inherente a la naturaleza humana y
ascendamos los escalones que llevan al conocimiento de la creación del hombre. Parto de un Principio y digo, que el libre albedrío y el sentimiento de la responsabilidad de las acciones, le son dados al hombre en el estado natural y primitivo. Digo, que el alma humana los desarrolla a medida que su luz intelectual se hace más viva, y añado, que esta luz intelectual es propia del espíritu. El espíritu es una creación de Dios, de la que el alma fue la promotora, y la materia su expresión. El espíritu adquiere cada vez mayor lucidez para desarrollar su principio espiritual y amortiguar sus primitivas tendencias, enteramente animales. El espíritu del hombre nuevo no puede concebir las alegrías espirituales, pero se mantiene, en sus relaciones materiales, ajeno a toda demostración de ferocidad, cuando trae de su precedente habitación instintos dulces y en armonía con el estado social que abraza. El espíritu del hombre nuevo se hace delincuente cuando trae de su precedente habitación, el deseo de las demencias atroces y el gusto por las luchas furiosas. El hombre nuevo debe su fácil desarrollo o su embrutecimiento prolongado, a la intervención de los espíritus de que está rodeado y el progreso del mundo se encuentra obstaculizado por el bajo nivel moral de todos. La Tierra le debe a su Creador el justo tributo de su propio progreso y la Tierra en cambio demora siempre este progreso como si le fuera dificultoso el descubrir la meta y el origen, como si ella desconfiara del porvenir y quisiera ignorar el pasado. Todos los hombres se han ocupado del destino del hombre, mas todos echaron una sombría mirada de desaliento sobre el origen del hombre. Yo voy a daros algunas nociones respecto a dicho origen, aun cuando estas nociones hubieran de ser acogidas con el escepticismo propio de la época, cuyo triste resultado moral yo deploro. La creación, hermanos míos, no se encuentra tan por encima
de la fuerza de vuestra inteligencia, que no se pueda explicar con un razonamiento humano. Me
ofrezco por lo tanto a vosotros, como un filósofo de la Tierra, como un espíritu, cuyas investigaciones se vieron coronadas por el éxito y llamo con ello vuestra atención. Volveré a tomar después mi nombre y mi título, ahora no soy sino un amigo vuestro, que viene a comunicaros las impresiones recibidas por él en regiones más favorables para la educación moral e intelectual de los hombres. Me presento
como un profesor de bellezas desconocidas y tomo la palabra con el deseo de iluminaros. Estudio desde hace siglos, adoro el poder divino y alimento con su luz la linterna que yo poseo.
Hermanos míos, para que el cuadro de la creación sea comprensible para vosotros, es necesario admitir como punto de partida: el alma como facultad sensitiva, el espíritu como facultad pensante y la materia como facultad demostrativa, en el mundo en que habitáis. El alma, como dependencia del principio vital universal. El espíritu, como creación de este principio vital. La materia, como expresión de la sensibilidad y de la inteligencia.
Mis desarrollos respecto al espíritu formarán el tema de este capítulo. Es necesario por consiguiente establecer una base para la demostración y determinar las funciones del espíritu, completamente distintas de las del alma.
El alma es el principio del movimiento y de las sensaciones. El alma es el soplo divino que se desliza y se reanima por la fuerza de la materia, que se alimenta de las fuerzas de la naturaleza carnal y que concluye por su debilitamiento. El espíritu es una dependencia del alma y de la materia; al principio se caracteriza por el recuerdo, que establece la personalidad, luego por convertirse en una criatura inteligente por el continuo desarrollo de su naturaleza, desarrollo inherente a la transformación y emancipación de sus demostraciones exteriores y de sus deseos íntimos. En las razas de espíritus inferiores, la memoria está circunscrita a hábitos naturales y a combinaciones pueriles. En las razas más elevadas, la memoria se convierte en la fuente de progreso, dirigiendo su luz sobre las faltas cometidas en el pasado. En las regiones enteramente espirituales, la memoria saca del pasado enseñanzas preciosas para comprender y hacer comprender el porvenir. El espíritu se convierte en un iluminado con respecto a los designios de Dios y se eleva sin descanso hacia las verdades eternas, cuyas profundidades ya ha medido. En las primeras manifestaciones de su personalidad, el espíritu procede como los niños en los mundos carnales; camina con temor y dirige miradas de sorpresa, sobre todo lo que aún no llega a concebir, armoniza sonidos cuyo significado nadie comprende sino los espíritus de su orden, huye de la luz, que le inspira temor y se acerca a la llama, que lo divierte, presta poquísima atención a las enseñanzas de su vida y no le atraen más que los goces presentes, nada prepara y muy poco recuerda.
Durante el completo ejercicio de sus facultades, el espíritu se vuelve malo por cálculo, de malo que era por el ocio o por los desordenados deseos de sus instintos materiales. En medio de la luz de sus deberes, el espíritu se convierte en delincuente, olvidándolos para satisfacer pasiones cuya perniciosa influencia él conoce, y desde esta degradación moral el espíritu cae en la turbación de la muerte para despertarse entre las angustias de la duda y en las tinieblas del error. Cuando el espíritu humano cae entre los goces bestiales, aunque sin delinquir pero ingrato hacia Dios, pierde la pureza de su alma. Engolfado en divagaciones enfermizas, el espíritu humano pierde a menudo de vista el verdadero objetivo de la vida carnal y su ciencia, tan estimada de los hombres y que no les proporciona la paz del corazón y la salud del alma. ¿Qué es el alma sino la parte sensible del Ser, el derecho de sentir y de aspirar, la capacidad de gozar y de sufrir?
El espíritu del animal que os sigue como primero después de vosotros, hombres nuevos, es incapaz sin duda de arbitrar mejoras y fantasías de comodidades, ¿pero quién le impedirá a su alma concebir el dolor, llorar la separación, alegrarse por la maternidad y entregarse a las pasiones del amor?
El espíritu de ese hombre nuevo, oh, hombres ancianos, se encuentra ciertamente desprovisto de las facultades adquiridas por vosotros en el ejercicio de los dones de Dios, pero su alma no tiene ninguna diferencia con la vuestra, cuando son iguales las fuerzas morales. Me explicaré: si vuestro espíritu, en el ejercicio de los dones de Dios, es decir, en el camino de los goces y de los conocimientos adquiridos, dejó vuestra naturaleza humana llena de vicios, puesto que se inclinó al mal en el libre ejercicio de vuestras facultades, el alma se resiente de este embrutecimiento y permanece inerte en la sensación de las alegrías que le son inherentes y como desheredada por el distribuidor de estas alegrías. El espíritu concibe las buenas acciones y el alma se felicita por ello. El espíritu descubre la verdadera fortaleza y la verdadera justicia, fortaleciéndose el alma por el impulso que con ello se le da. El espíritu honra la ley de los mundos y destierra de su naturaleza brutal, el gusto por las infracciones de esa ley y el alma le presta la sensibilidad de su esencia para armonizar los preceptos de la ley con el sentimiento del beneficio y el horror hacia la crueldad. Si el espíritu titubea en seguir la luz del mejoramiento, el alma sufre y llora. El alma eleva la voz en el silencio, en la soledad y esta voz se llama «conciencia». El alma es la conciencia del espíritu, el alma es la elevada expresión de la moral, colocada en el Ser, como semilla del porvenir. El alma en los animales destructores parece asfixiada por la ferocidad del espíritu, mas en cuanto el espíritu mejora, el alma toma la fisonomía que le es propia, es decir, que domina los instintos groseros, hasta donde le permite el desarrollo de su inteligencia. Ella se anuncia por medio de la potencia de las emociones tiernas y por la manifestación de saciedad de los placeres corrompidos. El alma se adueña de la situación cuando las facultades del espíritu pierden su prestigio sobre la materia, mas en este caso la marcha humana se debilita y la derrota se hace completa a causa de la ruptura de la trinidad, el alma, el cerebro y el cuerpo. El espíritu no ofrece entonces más que demostraciones y la dilatación de los órganos, de los que precisa por no tenerlos más, los sonidos del pensamiento se desvían como los sonidos de una voz escuchada por oídos afectados de sordera. El pensamiento es la labor del espíritu, el espíritu piensa siempre. El espíritu marcha hacia delante por el ensanchamiento de su pensar. El espíritu no pierde su equilibrio en la locura sino que la debilidad de su instrumento hace imperfectas o nulas sus manifestaciones. El espíritu se agita durante la fiebre porque su organismo se encuentra enfermo. El espíritu pierde su poder de iniciativa en la vejez por el desgastamiento de su medio de manifestación. El espíritu también durante la locura ilumina con sus relámpagos, pero pronto se cansa de la lucha y esta lucha determina el fin de la vida corporal. El espíritu no se descubre en la infancia porque el cerebro no tiene el desarrollo conveniente, del mismo modo que en la vejez el sentimiento de la animalidad, domina la naturaleza humana; pero a medida que se adquieren fuerzas, el espíritu se evidencia a través de la niebla que lo envuelve demostrando su carácter y sus aptitudes. El espíritu no ha permanecido inactivo después de su última etapa en un mundo carnal, mas el estado de sopor producido por una nueva emigración, le quita la sensación de su poder, y ahí como en otra parte, la memoria se debilita en el sentido del mantenimiento de los decretos de Dios. La memoria del niño y la memoria del hombre recogen del pasado tan sólo las tendencias y los gustos, de los que la presente existencia ofrece la prueba innegable. La memoria del niño se manifiesta en sus inclinaciones. La memoria del hombre unas veces ilumina con la luz del genio su nueva carrera y otras, evidencia facultades pueriles o alumbra su ruta con la luz siniestra de delitos vergonzosos o inmundas orgías del espíritu.
Si en un momento dado aparecen resplandores de la memoria del espíritu en el cerebro humano, el Ser se encuentra elevado en un éxtasis de poesía en medio de visiones de lejanas armonías. Si son otros los reflejos de esa memoria que relampaguea en el cerebro, el hombre puede convertirse en innovador.
El poder de la memoria lleva consigo la luz que alumbra el sendero humano, y la sensación del Ser, en el vasto horizonte de los descubrimientos, es un recuerdo confuso de los anteriores esfuerzos de cada uno. El hombre se siente empujado hacia el progreso por la memoria y nada queda perdido para él a pesar de las interrupciones momentáneas de sus fuerzas intelectuales. Las privaciones de la inteligencia no llevan consigo el alunamiento de sus esfuerzos y el reposo del espíritu nada les quita a su penetración y a su actividad futura. El sentimiento de las luces intelectuales resulta del adelantamiento del espíritu. La tendencia moral hacia las bellezas de la naturaleza, demuestra la sensibilidad del alma y esta sensibilidad se encuentra casi siempre asociada con el progreso del espíritu. La lucha de los instintos carnales con el principio espiritual que anima al espíritu adelantado, es el trabajo impuesto a ese espíritu. El testimonio de su victoria le asegura un aumento de facultades morales e intelectuales para su nueva peregrinación.
El fracaso repentino del principio espiritual en la lucha, sumerge al espíritu en el estupor, en el reposo humillante, en el debilitamiento de las aspiraciones divinas, en el remordimiento y en el abatimiento del alma. No quiero seguir en su expiación a los espíritus que se han desmerecido ellos mismos, porque el argumento de mi exposición es ajeno a la descripción de los tormentos inherentes a toda culpa, correspondiéndome tan sólo tratar de las gracias derramadas sobre el espíritu del hombre que ha permanecido firme en medio de la luz alcanzada en sus anteriores existencias. Me tomo la tarea de probar la elevada enseñanza de la llamada con propiedad gracia, de la gracia otorgada a la naturaleza
humana de conocer su origen y su destino, mediante el aprendizaje de sus deberes y en virtud de las manifestaciones de la verdad. En la naturaleza humana, he dicho, existen seres nuevos y seres renovados. Espíritus recién salidos del embrutecimiento material, sin otro reflejo de luz que los guíe, más que el instinto del alma, que dominando al espíritu, se encuentra a su vez dominada por la materia. Espíritus que han pasado por esperanzas de vida, por sufrimiento de degradaciones, por abatimientos, por alegrías, por relámpagos, por caídas, por éxtasis de felicidad, por tristezas, por glorias, por martirios. Espíritus cuyos sufrimientos fueron hijos de sus excesos y a los que el horror de la muerte los ha arrojado en medio del terror y del arrepentimiento. Espíritus que están llamados a sostener a sus hermanos y a ascender las gradas del poder espiritual. Espíritus fuertes por el desarrollo de su inteligencia. Espíritus dispuestos al bien por el desarrollo de sus facultades, preparados para la felicidad por su sentimiento de justicia y dominados por el deseo de las investigaciones.
Baso mi definición sobre la dependencia de las fuerzas intelectuales de la naturaleza espiritual y digo: que la medida de la inteligencia es proporcional a la extensión de los conocimientos adquiridos por el espíritu, en los desarrollos alcanzados en las sucesivas existencias temporales y de las alianzas productivas, en el camino ascendente de las facultades del alma y en la actividad del elemento divino. La ciencia humana ha llegado a demostrar la influencia efectiva de las funciones del cerebro sobre las manifestaciones intelectuales, pero este hecho, material para los ojos humanos, guarda dependencia con el organismo espiritual, por cuanto el cerebro no es más que el espejo del espíritu, y el espíritu se ve colocado en un medio que le es favorable para cumplir los decretos de Dios y llenar los fines de
su creación.

jueves, 15 de mayo de 2014

EN ORACIÓN

En la víspera de la partida del Señor, rumbo a Sídón, el culto del Evangelio, en la residencia de Pedro, se revistió de justificable melancolía. Las actividades del estudio edificante proseguirían, pero el trabajo de la revelación, de algún modo, experimentaría interrupción natural.
La lectura de conmovedoras páginas de Isaías fue llevada a cabo por Mateo, con visible emotividad; sin embargo, en esa noche de despedidas nadie formuló cualquier indagación.
Intraducible expectativa se reflejaba en el semblante de todos.
El Maestro, por sí, se abstuvo de cualquier comentario, pero, al terminar la reunión, levantó los ojos lúcidos al Cielo y suplicó fervorosamente:
— Padre, enciende Tu Divina Luz en torno de todos los que Te olvidaron la bendición, en las sombras de la caminata terrestre.
Ampara a los que se olvidaron de repartir el pan que les sobra en la mesa harta.
Ayuda a los que no se avergüenzan de ostentar felicidad, al lado de la miseria y del infortunio. Socorre a los que no recuerdan de agradecer a los bienhechores.
Compadécete de aquéllos que duermen en las pesadillas del vicio, transmitiendo herencia dolorosa a los que inician la jornada humana.
Levanta a los que olvidaron la obligación del servicio al próximo. Apiádate del sabio que ocultó la inteligencia entre las cuatro paredes del paraíso doméstico.
Despierta los que sueñan con el dominio del mundo, desconociendo que la existencia en la carne es un simple minuto entre la cuna y el túmulo, frente a la Eternidad.
Levanta a los que cayeron vencidos por el exceso de confort material.
Corrige a los que esparcen la tristeza y el pesimismo entre los semejantes.
Perdona a los que recusaron la oportunidad de pacificación y marchan diseminando la rebeldía y la indisciplina.
Intervén a favor de todos los que se creen poseedores de fantasioso poder y suponen locamente absorberte el juicio, condenando a los propios hermanos.
Despierta las almas distraídas que envenenan el camino de los otros con la agresión espiritual de los gestos intempestivos.
Extiende manos paternales a todos los que olvidaron la sentencia de muerte renovadora de la vida que tu ley les grabó en el cuerpo precario. Esclarece a los que se perdieron en las tinieblas del odio y de la venganza, de la ambición descarriada y de la impiedad fría, que se creen poderosos y libres, cuando no pasan de esclavos, dignos de compasión, delante de tus sublimes designios.
Ellos todos, Padre, son delincuentes que escapan a los tribunales de la Tierra, pero están marcados por Tu Justicia Soberana y Perfecta, por delitos de olvido, delante del Infinito Bien...
A esa altura, se interrumpió la rogativa singular.
Casi todos los presentes, inclusive el propio Maestro, mostraban lágrimas en los ojos y, en el alto, la Luna radiante, en plenilunio divino, haciendo incidir sus rayos sobre la modesta vivienda de Simón, parecía clamar sin palabras que muchos hombres podrían vivir olvidados del Supremo Señor; sin embargo, el Padre de Infinita Bondad y de Perfecta Justicia, amoroso y recto, continuaría velando...

domingo, 27 de abril de 2014

LA CARIDAD OCULTA


La conversación en casa de Pedro versaba, esa noche, sobre la práctica del bien, con la viva colaboración verbal de todos.¿Cómo expresar la compasión, sin dinero? ¿Por qué medios incentivar la beneficencia, sin recursos monetarios?Con esas interrogantes, grandes nombres de la fortuna material eran invocados y la mayoría se inclinaba a admitir que solamente los poderosos de la Tierra se encontraban a la altura de estimular la piedad activa, cuando el Maestro interfirió, opinando, bondadoso:Un sincero devoto de la Ley fue exhortado por determinaciones del Cielo al ejercicio de la beneficencia; sin embargo, vivía en pobreza absoluta y no podía, de modo alguno, retirar la mínima parcela de su salario para el socorro a los semejantes. En verdad, daba de sí mismo, cuanto le era posible, en buenas palabras y gestos personales de aliento y estímulo a cuántos se hallaban en sufrimiento y dificultad; sin embargo, le hería el corazón por la imposibilidad de distribuir ropa y pan a los andrajosos y hambrientos a la margen de su camino.Rodeado de hijos pequeños, era esclavo del hogar que le absorbía el sudor. Reconoció, sin embargo, que, si le era vedado el esfuerzo en la caridad pública, podía perfectamente guerrear el mal, en todas las circunstancias de su marcha por la Tierra. Así es que pasó a extinguir, con incesante atención, todos los pensamientos inferiores que le eran sugeridos; cuando estaba en contacto con personas interesadas en la maledicencia, se retraía, cortés, y, cuando contestaba a alguna interpelación directa, recordaba esa o aquella pequeña virtud de la víctima ausente; si alguien, delante de él, daba alimento fácil para la cólera, consideraba la ira como una enfermedad digna de tratamiento y se recogía a la quietud; insultos ajenos le golpeaban el espíritu como pedruscos en un barril de miel, ya que, además de no reaccionar, proseguía tratando el ofensor con la fraternidad habitual; la calumnia no encontraba acceso en su alma, ya que toda denuncia torpe se perdía, inútil, en su grande silencio; reparando amenazas sobre la tranquilidad de alguien, intentaba deshacer las nubes de la incomprensión, sin alarde, antes que asumiesen aspecto tempestuoso; si alguna sentencia condenatoria giraba  alrededor del prójimo, movilizaba, espontáneo, todas las posibilidades a su alcance en la defensa delicada e imperceptible; su empeño contra la incursión y la extensión del mal era tan fuertemente minucioso que llegaba a retirar los desperdicios y las piedras de la vía pública, para que no ofreciesen peligro a los transeúntes. Adoptando esas directrices, llegó al término de la jornada humana, incapaz de atender a las sugerencias de la beneficencia que el mundo conoce. Jamás pudiera extender una escudilla de sopa u ofrecer una piel de carnero a los hermanos necesitados. En esa posición, la muerte lo condujo al tribunal divino, donde el servidor humilde compareció receloso y desalentado. Temía el juicio de las autoridades celestes, cuando, de imprevisto, fue aureolado por brillante diadema, y, porque indagase, en lágrimas, la razón del inesperado premio, se enteró de que la sublime recompensa se refería a su triunfante posición en la guerra contra el mal, en que se hiciera valeroso colaborador. El Maestro fijó en los aprendices su mirada penetrante y calma y concluyó, en tono amigable: Distribuyamos el pan y la cobertura, encendamos luz para combatir la ignorancia e intensifiquemos la fraternidad aniquilando la discordia, pero no nos olvidemos del combate metódico y sereno contra el mal, en esfuerzo diario, convictos de que, en esa batalla santificante, conquistaremos la divina corona de la caridad oculta

lunes, 14 de abril de 2014

VIDA DE JESÚS DICTADA POR EL MISMO 8º CAPITULO

Sigo con la vida contada por Jesús, porque es apasionante y extraordinaria, nunca una vida me fascino tanto, como esta. con todo mi amor a qui la expongo.
Sabedlo, hermanos míos, la pura luz de Jesús lo llevaba a establecer una creencia basada en la Ley divina de la asociación fraterna de los espíritus. Mas no era llegado aún el tiempo de esta elevada demostración y Jesús tenía que plegarse a los solos medios que podían consagrar su popularidad. Sabedlo también: Jesús tenía como guía la inspiración de los espíritus del Señor, pero Jesús llamaba hacia sí la inspiración mediante la emulación de su misma voluntad, y muchas veces, errores,
cuyo recuerdo le impone su memoria, fueron cometidos, siendo su causa la desviación de su juicio, en circunstancias en que sólo el libre albedrío debe gobernar el espíritu. Me manifiesto ahora con la alta protección de Dios. En el mundo terrestre también hablaba con la alta protección de Dios. Entre mis dos apariciones corren diez y nueve siglos y mi filiación. Así como mis palabras, no pueden ser las mismas. EL hijo de Dios, es un espíritu inteligente, llegado a su más alto destino por el cumplimiento de los deberes trazados a todos los espíritus de su orden y las palabras de Jesús con los hombres de estos tiempos, tienen que señalar la distancia existente entre ellos y los pueblos de la Judea a los que se dirigía Jesús en su vida corporal. Emociones de elevada significación empujaban a Jesús hacia la familia espiritual por él merecida y al mismo tiempo las emociones de su vida carnal durante su misión
humana, lo empujaban a manifestar el origen y el fin de ésta a los hombres de hoy en día.
¿Qué sería necesario para hacer desaparecer las dudas de la gran mayoría de
estos hombres? Sería necesario repetir mis conversaciones familiares de otros tiempos y sus divagaciones en los discursos destinados a honrar la humanidad futura con la exposición de los deberes y de la revelación de las verdades prometidas al hombre inteligente. Sería necesario humillar más aún mi naturaleza y descender al nivel de las manifestaciones de los espíritus que permanecen en la atmósfera material, donde su puesto les está señalado desde larga fecha. Sería necesario ofrecer pormenores sobre los acontecimientos futuros y hacer un empleo vergonzoso de la gracia divina
destinándola a manifestaciones tontas. Sería necesario obligar la fe de la humanidad  con un milagro auténtico y arrojar el relámpago de la llama sobre la revelación, de la que yo soy el mensajero.
Exponer mi opinión sobre el papel no vale nada, lo mismo que el describir el camino que yo seguí. ¿Qué importancia podría tener ello para hombres cuya vida pasa en el desperdicio de la inteligencia, en el embrutecimiento que origina el abuso de la fuerza, en los permanentes deseos ambiciosos e inmorales, en el grotesco desdén por todo lo que les recuerda la fragilidad de la existencia presente y la pesada responsabilidad del espíritu inmortal, en la negación de Dios y en el desafío arrojado
a su justicia, con abominables divagaciones y con ejemplos más abominables aún, en el olvido completo de las atribuciones de hombre y en el olvido de todo pudor, de toda delicadeza, de toda probidad, de todo honor, de todo sentimiento humano?. Me coloco al nivel intelectual del médium que elegí; mas algunos hombres de espíritu grande encontrarán debilidad en mis manifestaciones y otros de más modesto talento harán notar las dificultades que surgen de estas mismas manifestaciones.
Otros, y son los más numerosos, me acusarán de haber engañado al pueblo hebreo con enseñanzas que lo animaban a abrazar una creencia que yo mismo no tenía. A ello contesto: En casi todas las circunstancias de mi vida, recabé mi coraje del convencimiento que tenía de los favores divinos y era necesario hacerme digno de esos favores con un desprendimiento completo de los goces de la familia y de toda ambición propia del hombre. Tenía que sostener luchas para llegar al estado que yo deseaba, pero la firmeza de mi fe tenía que triunfar, porque Dios era mi apoyo y el premio a que aspiraba. ¿La misericordia divina no me mandaba para llevar una misión fraterna? ¿Y no bastaba acaso la fuerza de este pensamiento para levantarme lleno de ardor después de un momento de depresión? En casi todas las obras de mi vida me preocupé del fin.
En cuanto a los medios para persuadir y convencer a los hombres, empleé los que requerían la situación de las cosas y la inteligencia de mis oyentes. Convencido de la asistencia de los espíritus de Dios, no podía asociar esta definición con los dogmas fundamentales de la ley judaica, puesto que los sacerdotes, cuya arrogancia estaba de acuerdo con su poder, vigilaban por el fiel cumplimiento de la ley, y éstos me habrían hecho morir antes de la hora establecida, antes del cumplimiento de la
obra si hubiera empezado demasiado pronto la siega de la mies del Señor. Tenía el convencimiento de la asistencia de los espíritus de Dios, pero al mismo tiempo estaba seguro del peligro que corría por esta revelación en una época en que los espíritus no estaban dispuestos a recibirla, y fundé una doctrina más en armonía con el desarrollo del espíritu humano, persuadido de que más tarde estas verdades se abrirían camino. Tenía el convencimiento de la asistencia de los espíritus de Dios,
pero en Jerusalén los amigos míos que tenían mi misma creencia, se habían negado a sostenerla en público. ¡Ello no significaba más, que un rejuvenecimiento de creencias! ¡Ello a pesar, de que las revelaciones se encuentran en el orden natural de las fuerzas humanas y de las fuerzas espirituales, de los designios de Dios y de los senderos abiertos por la Providencia! ¡Mas en este mundo de errores y de falsos profetas, cuántos obstáculos tienen que vencerse para demostrar la verdad! ¡Cuántos
vicios y cuántos desvarío se oponen a las nociones traídas por la virtud y por la razón! ¡Oh, mártires de todos los siglos que me habéis precedido! ¡Oh, mártires de todos los siglos que me habéis seguido! Descended de las regiones en que ahora os encontráis para decir conmigo: ¡Pobre humanidad! ¿Cuándo, pues, llegarás a ser digna de los esfuerzos de los que quieren emanciparte? ¿Cuándo tendrás tú el coraje de levantarte y de mirar a Dios? ¿De maldecir la ignorancia y de lanzarte hacia la
inmortalidad con la fe y con el amor?. Hermanos míos, la vida de Jesús tiene que ser explicada por él mismo para borrar las dudas que existen todavía respecto a su naturaleza y a su sinceridad. Jesús
lo dijo: Fue el apóstol de Juan y después de la muerte del Solitario, busqué reunir los antiguos preceptos con los que le dictaba la alta inteligencia de los mundos. El amor fraterno, la solidaridad humana, la justicia y la misericordia de Dios, tales eran los dogmas establecidos por Jesús. Mas, para predicar estas cosas con algún desarrollo era necesario romper los dogmas antiguos, con la idea de la creación de un solo mundo, la dependencia del alma con relación al infierno, la condenación eterna, el
poder del demonio, las demostraciones pueriles, los sacrificios impíos, en una palabra, era necesario destruir y reconstruir, y no tenía el tiempo ni los medios para llevarlo a cabo.
En mis conversaciones con Juan había quedado convenido que arrojaríamos la semilla en medio de la gente plebeya y que el título de hijo de Dios serviría para atraer a las masas en el porvenir, para que mi misión fuera provechosa e inmortal. La doctrina de Jesús tenía que apoyarse sobre el prestigio de la filiación divina, con el propósito de que ella quedara absolutamente establecida y religiosamente observada a fin de humillar todas las miserias morales. ¿Podía acaso el Mesías Jesús lanzar el
anatema en contra del poder y de la dureza de los ricos? No, las turbas tantas veces engañadas por las apariencias de la virtud, no habrían admitido la moral del pobre Nazareno y lo habrían acusado de envidiar a los mismos que él señalaba para desprecio de los adoradores de Dios. ¿Podía acaso el Mesías Jesús lanzar el anatema en contra de la esclavitud y de la justicia humana? No, puesto que la muchedumbre no hubiera comprendido a un hombre que intentaba derrumbar las instituciones hasta
entonces respetadas. Mas lo que el Mesías Jesús no podía intentar, podría intentarlo el hijo de Dios y el porvenir recompensaría a Jesús por la derrota y contrariedades de su vida presente. Al hijo de Dios le correspondería el decir: Mi reino no es de este mundo.
El Cielo y la Tierra pasarán, pero no pasarán mis palabras. Permaneced en la paz del Señor, caminad dentro de sus leyes y creed en la resurrección de los espíritus. Pedid y se os dará, la mano de Dios es sin fin y su amor es inmenso.
Bajad hasta el fondo de vuestros corazones y arrojad de él todo lo que tenga de impuro. Las impurezas corrompen el corazón y el alma. Sembrad, destruid la mala hierba. Yo os lo digo hombres de buena voluntad: los que hayan sembrado aquí recogerán en otra parte. Os lo digo aún: abandonad los bienes de la Tierra, puesto que los ricos no entrarán en el reino de mi Padre. Mas entrarán los que todo lo hayan dado para seguirme. Mas entrarán los que hayan comprendido mis palabras y las pongan en práctica. Yo era el enviado de la justicia de mi Padre y me hacía el intérprete de su
misericordia. Venid a mí, vosotros que habéis pecado, y os perdonaré. ¡Venid! La liberación de vuestras almas se efectuará por obra de mi amor. Yo soy el buen pastor y el buen pastor da la vida por su grey.
Yo soy la fuente del consuelo y a mi lado no se deben temer los peligros,
porque Dios está en mí y yo estoy en Él.
Seréis arrastrados por los espíritus de las tinieblas hacia la muerte del pecado, mas yo soy la luz, la verdadera luz hasta la consumación de los siglos. Id, les decía a los pecadores, id y no pequéis más. El Señor os perdona por mis labios, puesto que soy su hijo predilecto y todo lo que yo perdone en la Tierra será perdonado en el Cielo.
Soy el intérprete de mi Padre y del vuestro, porque la Patria Celeste es mi patria Vine para traeros la verdad, para que la verdad sea conocida de todos los hombres en el presente y en el porvenir.
Dios conoce vuestros más secretos pensamientos. Rogad pues con pureza de corazón para que vuestras oraciones sean oídas. Practicad el bien en las sombras y que vuestra mano izquierda no sepa lo que ha dado la derecha.
No imitéis a los hipócritas que levantan los ojos al cielo y tienen una cara escuálida, para demostrar a todos, que oran y ayunan. Cuando vayáis a la Sinagoga. Tomad una actitud modesta y entrad con el
alma libre de toda venalidad y desligada de todo rencor. Cuando deis expansión a vuestro espíritu y a vuestro cuerpo con el descanso y en medio de las distracciones, haceos fuertes en contra de todo lo que sea bajo y grosero, porque ello desarrollaría en vosotros las tendencias bestiales y harían
retroceder a vuestro espíritu. Cuando os encontréis en la aflicción, decid: ¡Dios mío! Sea hecha tu
voluntad y no la mía. Enseguida Dios os mandará la alegría y la fuerza.  Cuando os encontréis en la abundancia distribuid lo necesario a los que no tienen y cuando os encontréis en la necesidad, recurrid a vuestros hermanos. Todos los hombres son hermanos y Dios les dice: Amaos los unos a los otros y amaos sobre todas las cosas Mis gustos me llevaban a las reuniones populares y a menudo la curiosidad que acompañaba a mi persona, desnaturalizaba mis palabras, arrojándolas a las
pasiones entusiastas de los amigos de lo maravilloso. Mis enemigos tomaban nota del ruido que se hacía alrededor de mis milagros y más tarde me acusaron de haber dejado que se creyera en estos milagros por no haberlos negado en lo más mínimo.
Mi naturaleza de hijo de Dios, hermanos míos, era para vosotros un sujeto de estudio y tengo que definírosla completamente. Pero voy antes a explicar dos milagros referidos en vuestros libros, y si los elijo es por encontrarlos de una inventiva más exagerada que las de los demás. En la ciudad de Jericó un ciego vino a encontrarse en el camino de Jesús y se puso a gritar: Jesús hijo de Dios haz que me sea dada la vista. Jesús le dijo: Te es devuelta la vista y él vio.
Hermanos míos, el ciego de Jericó es una quimera. El hombre enfermo encontraba siempre en mí consuelos y también algunos medios de alivio, debido a mis estudios sobre las enfermedades humanas. De estos milagros yo no he tenido conocimiento sino por los escritos de vuestros historiógrafos. El cuento de los cinco pescados y de los dos panes multiplicados y distribuidos entre muchos miles de hombres dejó perplejo mi Espíritu al ver tan grande tontería humana.
¡Ah! Hermanos míos, Jesús como acabo de decir, se encontró a menudo en medio de las reuniones populares, pero jamás hubo algo de su parte que pudiera dar lugar a semejantes fábulas. ¿Con qué objeto hubiera provocado la creencia en estos trastornos de la naturaleza material mientras decía que el poder del Padre residía en el fausto de la creación y en las inexorables leyes naturales de la materia?. Al principio de este libro os referí la resurrección de una jovencita, resurrección que sólo existió en la imaginación de los asistentes, pero que yo dejé que pasara como un hecho real porque no veía entonces inconveniente alguno en ello. La jovencita no había vuelto a la vida, yo lo sabía, pero aproveché la ilusión de los padres para inspirarles la fe en la resurrección del espíritu. Pero en cuanto a lo sucedido en Jericó y en todas las circunstancias en que se me hace aparecer como violando las leyes de la existencia material, insisto en mi negación absoluta respecto a mi participación en tales mentiras. Insisto en estos principios de alta filosofía religiosa: que Dios no ha pasado jamás los límites puestos por Él mismo, que Dios no ha concedido a nadie la facultad de transgredir las leyes divinas, las que reposan sobre leyes inmutables, que Dios es un Ser demasiado perfecto para engañarse, demasiado justo para favorecer a unos y dejar a los otros de lado, demasiado adorable para descender a combinaciones del género de las que se encuentran a cada paso en vuestros pretendidos libros sagrados.
¡Oh, ciertamente, Dios me ha protegido! Sí, Dios me ha empujado hacia el porvenir para que fuera la luz y el guía de éste; pero no siempre fui digno de este honor, y es porque llegué a ser lo que pude, preceder a la humanidad, y enseguida bajar desde esa luz hasta ella para bendecirla con mi sangre y emanciparla con mis palabras. Será también hijo de Dios el hombre que saborea la paz en medio de la
tristeza y de los sufrimientos, porque él es libre de pensar, libre de adorar a Dios, libre de llevar alivio a sus hermanos con la fuerza del espíritu y la efusión del corazón, porque él es libre de vivir sin apostatar de su fe y de morir confesándola, libre de marchar hacia adelante durante la vida y después de la muerte. Será también hija de Dios la mujer de la Tierra que haya sufrido todas las desilusiones con dignidad, que haya defendido todos sus derechos con la conciencia de su valer espiritual, que haya ascendido las gradas de la ciencia divina y multiplicado sus buenas acciones para ofrecerlas al Dios del Universo. Será hija de Dios y podrá conservar este nombre tanto ante el mundo que habrá dejado, como ante el mundo hacia el cual habrá sido llamada por la voluntad divina. Deseaba yo con demasiado ardor la felicidad de los hombres y era demasiado absoluto para mis propósitos para justificar la opinión de los que emplean con demasiada crudeza el calificativo de impostor o de los que disimulan el propósito de esta injuria con expresiones más favorables para la lectura de sus libros.
Tomando el nombre de hijo de Dios sabía que tenía el derecho para hacerlo: adelantándome hacia el abismo sabía que había caído en él. Me era agradable la amargura de la muerte, como hombre obligado a morir, y predecía a mis apóstoles el abandono del que más tarde se hicieron culpables. Pedía fuerzas a mi elevada protección espiritual y en mis alianzas humanas descendía a debilidades comunes a todos los hombres. Mi naturaleza era pues como todas las naturalezas humanas,
dividida entre la atracción de la Divina Providencia y la atracción de las alegrías humanas, pero el progreso de mis pensamientos, cada vez mejor y más intensamente dirigidos hacia el horizonte celeste, tenía que destruir mis tendencias corporales, convirtiéndome en el Mesías inmortal.
El hombre desvinculado de los estorbos mundanos, es realmente el hijo de Dios. Juan lo había dicho antes que yo, y él no tenía sólo en vista el porvenir conquistado, cuando me hizo prometer que respetaría mi denominación y de sostenerla ante todos y en contra de todos. Mi posición de hijo de Dios, hermanos míos, es más concebible entre los adeptos de la religión universal, que entre las almas encerradas en el círculo estrecho de una religión humana.
La religión universal se funda en la justicia de Dios, no levanta templos para una fracción de los hombres, no tiene formulismos externos forzados; pero da la paz después de la oración, porque la oración está despojada de todas las supersticiones que acompañan a las religiones humanas.
La religión universal define a Dios con sus atributos de grandeza y de poder, las religiones humanas definen a Dios con las debilidades inherentes a la humanidad. La religión universal tiene su asiento en el alma, como en un santuario. Las religiones humanas están condenadas al error y a los alzamientos de la razón. La religión universal se manifiesta con la elevación de los pensamientos y el deseo de perfección. Las religiones humanas exigen la fe sin proporcionar el sentimiento de ésta. Ellas concluyen por convertir al hombre en fanático e incrédulo.
La religión universal, hermanos míos, os dice que todos somos iguales, en virtud de nuestro origen. La religión universal os eleva en el porvenir y os avala en contra del orgullo hablándoos del pasado.
La religión universal os da la definición exacta de vuestro Ser y os salva de la desesperación, os inicia en la gloria de vuestro Dios y os promete alegrías en su casa. La casa de Dios es la casa de las inteligencias que han llegado a la perfección y al coronamiento. Es la Patria del hijo de Dios. De ahí viene Jesús en este momento para explicarnos su naturaleza. De ahí bajó en un día de misericordia, para ser Mesías, vuestro guía y consolador. Desde ahí también os bendice todas las veces que
vuestras miradas piden la luz de Dios, y os la manda. Desde ahí os llama a todos, sí a todos, los unos después de los otros. He ahí el cielo, el porvenir de la religión universal, he ahí la mañana deliciosa
de vuestra noche actual, el fin de vuestros esfuerzos, el trabajo de vuestra existencia. Conquistar la muerte, conquistar la luz, conquistar un lugar en el sol de los soles, una voz en el concierto de las armonías divinas, conquistar la perfección del espíritu y no descender de las altas regiones sino para ayudar a las almas débiles, libertar las almas esclavas para demostrar a los ignorantes la grandeza de Dios y el elevado destino del espíritu.
¡Ah, hermanos míos! Mereced esta dicha y recread vuestra alma con esta esperanza.
Durante varios siglos, después de la última humillación de su espíritu, Jesús asistió a los procederes contrarios a toda ley divina de los depositarios de la autoridad religiosa y si no impidió estos excesos es porque Dios deja a cada uno la responsabilidad de sus acciones delante de su Justicia; porque Dios confirma sus leyes no interviniendo en el ejercicio de la libertad individual. Las fuerzas ocultas

pueden bien sacudir un mundo, los Mesías y los agentes superiores de la autoridad divina pueden bien ser los Mensajeros de luz, pero la lucha es siempre ruda y la materia resulta la más fuerte. La materialidad apaga el sentimiento de espiritualidad en los mundos inferiores, del mismo modo que la espiritualidad apaga la materialidad en las altas regiones. Por todas estas razones no pudo poner freno al comercio que se hacía de su doctrina y tuvo que oír sus falsas definiciones, contemplar los delitos y las abominables venganzas, con el alma inmovilizada por la voluntad divina.
Hermanos míos, mis queridos hermanos, bendecid el misericordioso pensamiento que me manda nuevamente entre vosotros. No preguntéis a Dios sus secretos, mas aproximaos al fuego de su amor, al fulgor de su luz, a la inteligencia de su naturaleza y desprendeos lo más posible de las tendencias de la naturaleza carnal. La naturaleza carnal os arrastra hacia amores deshonestos, a ambiciones rastreras, a
cálculos delictuosos, a demostraciones hipócritas, a alegrías humillantes para el alma y a la pérdida de vuestra dignidad espiritual. Hombre como vosotros, yo también estuve sometido a las leyes de la materia y vengo a deciros que Dios quiere la posesión de vuestra alma toda entera. Acumulad tesoros para el porvenir en Dios y despreciad las riquezas terrenas. Destruid vuestra ambición por los honores humanos y mereced los celestes. Empezad la reforma de vuestros gustos depravados, de vuestros hábitos licenciosos, destronad el orgullo y el egoísmo para hacer resplandecer la modestia y la caridad. Adorad a Dios, como la luz y la libertad, como la calma y la fuerza, la inteligencia y la pureza y no lo insultéis más con oraciones hechas sin la compresión de sus atributos que quieren la libertad, la calma, la fuerza, la inteligencia y la pureza de vuestros deseos, de vuestro amor, de vuestra fe y de
vuestra esperanza. Permaneced en la paz conmigo, vosotros que queréis seguirme, y pronunciad
en la efusión de vuestro corazón, la oración que os voy a dictar para terminar este capitulo Dios mío, haz que este mundo se me represente tal como es realmente: un lugar de pruebas, un fardo doloroso, una habitación fría y temporal; mas endulza las amarguras de la prueba, alivia el fardo, con el concurso de las almas hermanas de la mía y descubre a mis miradas el cuadro deslumbrador de las fastuosas recompensas, debidas a la eterna gravitación de los espíritus, para conquistar la espiritualidad pura
en tu aureola y en tu gloria.