Me llamo la caridad, soy la ruta principal que conduce a Dios; seguidme, porque soy el objeto al que debéis todos aspirar.
Hice esta mañana mi caminata habitual y con el corazón angustiado vengo a deciros: ¡Oh! Amigos míos, ¡cuántas miserias, cuántas lágrimas y cuánto tenéis que hacer para enjugarlas todas!
He procurado vanamente consolar a las pobres madres, diciéndoles al oído: ¡Ánimo! ¡Hay buenos corazones que velan por vosotras,
no os abandonarán, paciencia! Dios está aquí, sois sus amadas,
sois sus elegidas. Parece que me oyen y vuelven a mí sus grandes
ojos ansiosos; yo leía sobre sus pobres rostros que su cuerpo, ese
tirano del Espíritu, tenía hambre y que mis palabras serenaban un
poco el corazón, no llenaban su estómago. Repetía otra vez: ¡ánimo, ánimo! Y entonces una pobre madre, joven aún, que amamantaba a su hijito, lo ha tomado en sus brazos y lo ha levantado como rogándome que protegiese a aquel pobre pequeño ser que sólo sacaba de su seno estéril un alimento insuficiente. En otra parte, amigos míos, vi a pobres ancianos sin trabajo
y en breve sin asilo, atormentados por todos los sufrimientos de la necesidad, y avergonzados de su miseria, no atreverse, no habiendo mendigado nunca, a implorar la piedad de los transeúntes.
Con el corazón lleno de compasión, yo que nada tengo, me hice mendiga por ellos y voy por todas partes estimulando la beneficencia e inspirando buenos pensamientos a los corazones generosos y compasivos. Por esto vengo hoy, amigos míos y os digo: allá abajo hay infelices cuya mesa está sin pan, su hogar sin fuego y su lecho sin abrigo. No os digo lo que debéis hacer;
dejo la iniciativa a vuestros corazones; si yo os dictase vuestra línea de conducta, no tendríais el mérito de vuestra buena acción, sólo os digo: Soy la caridad y os tiendo la mano para vuestros
hermanos que sufren.
Mas si pido, también doy, y doy mucho; ¡os invito al gran banquete y os facilito el árbol en que os saciaréis todos! ¡Ved cuán bello es y cómo está cargado de flores y frutos! Id, id; coged todos
los frutos de ese hermoso árbol que llaman beneficencia. En el lugar de las ramas que habréis cogido, pondré todas las buenas acciones que hiciereis y llevará ese árbol a Dios para que lo cargue
de nuevo, porque la beneficencia es inagotable. Seguidme, pues, amigos míos, a fin de que os cuente en el número de los que se alisten a mi bandera; no temáis, yo os conduciré al camino de la salvación, porque yo soy la Caridad. , martirizada en Roma, Lyon , 1861). Hay varias maneras de hacer la caridad, que muchos entre vosotros confunden con la limosna; sin embargo, hay una gran diferencia. La limosna, amigos míos, algunas veces es útil porque alivia a los pobres; pero casi siempre es humillante para el que la hace y para el que la recibe. La caridad, por el contrario, une al bienhechor y al beneficiado, y además ¡se disfraza de tantos modos! Se puede ser caritativo incluso con los parientes, con los amigos, siendo indulgentes los unos con los otros, perdonándose sus debilidades, teniendo cuidado de no herir el amor propio de nadie: para vosotros, espíritas, en la manera de actuar con aquellos que no piensan como vosotros; conduciendo a los menos esclarecidos a creer y eso sin chocar, sin contradecir sus convicciones, conduciéndoles suavemente a nuestras reuniones donde podrán escucharnos y donde sabremos encontrar la parte sensible del corazón por donde debemos penetrar. Este es uno de los modos de hacer caridad. Escuchad ahora la caridad con los pobres, con esos desheredados del mundo, pero recompensados por Dios, si saben aceptar sus miserias sin murmurar, lo que depende de vosotros. Voy a hacerme comprender por medio de un ejemplo.
Veo varias veces a la semana una reunión de señoras de todas las edades; como sabéis para nosotras todas son hermanas. ¿Qué hacen ellas? Trabajan de prisa, de prisa; sus dedos son ágiles; ¡ved
como sus rostros están radiantes y como los corazones laten unidos! Pero, ¿cuál es su objetivo? Ven que se aproxima el invierno, que será rudo para las familias pobres; las hormigas no han podido
reunir durante el verano el grano necesario para su provisión, y la mayor parte de los efectos están empeñados; las pobres madres se inquietan y lloran pensando en sus hijitos que este invierno tendrán
frío y hambre. ¡Pero paciencia, pobre mujeres! Dios ha inspirado a otras más afortunadas que vosotras; se han reunido y os confeccionan vestidos; después, uno de estos días, cuando la nieve haya cubierto la tierra y cuando murmuréis diciendo: “Dios no es justo”, porque esta es la palabra habitual de los que sufren, entonces veréis aparecer a uno de los hijos de esas buenas trabajadoras que se han convertido en costureras de los pobres; sí, es para vosotras que ellas trabajan así y vuestras quejas se cambiará en
bendiciones, porque en el corazón de los infelices el amor sigue de muy cerca al odio.
Como todas esas trabajadoras necesitan ánimo, veo que las comunicaciones de los Espíritus les llegan de todos lados; los hombres que forman parte de esa sociedad, ayudan con su concurso,
haciendo una de esas lecturas que tanto agradan; y nosotros, para recompensar el celo de todos y de cada uno en particular, prometemos a esas obreras laboriosas buena clientela que les pagará
al contado en bendiciones, única moneda de curso en el cielo, asegurándoles, además y sin miedo de adelantarnos demasiado, que no les faltará. caridad.
viernes, 11 de octubre de 2013
sábado, 28 de septiembre de 2013
LUZ EN LAS SOMBRAS
afirmaba el instructor Druso, sabiamente el estudio de la situación espiritual de la criatura humana, después de la
muerte del cuerpo, no puede ser relegado a un plano secundario. Todas las civilizaciones que antecedieron a la gloria occidental en los tiempos modernos, consagran especial atención a los problemas del Más Allá. Egipto mantenía un incesante intercambio con los antepasados y enseñaba que los muertos sufrían un riguroso juicio entre Anubis, el genio con cabeza de chacal, y Horus, el genio con cabeza de halcón, ante Maat, la diosa de la justicia, decidiendo si las almas debían ascender al esplendor solar o volver a los laberintos de las pruebas, en la propia Tierra, en cuerpos deformes y viles. Los indios admitían que los desencarnados, de acuerdo con las resoluciones del Juez de los Muertos, subirían al Paraíso o descenderían a los precipicios del reino de Váruna, el dios de las aguas y del reino de los muertos, para ser aislados en cámaras de tortura, amarrados unos a otros por serpientes infernales. Los hebreos, griegos, galos y romanos, tenían creencias más o menos semejantes, convencidos de que la elevación celeste se reservaba a los espíritus rectos y buenos, puros y nobles, guardando los tormentos del infierno para aquellos que se rebajaban en la perversión y en el crimen, en las regiones de suplicio, fuera del mundo o en el propio mundo, a través de la reencarnación en formas envilecidas por la expiación y el sufrimiento.
La conversación nos fascinaba. Hilario y yo, estábamos de visita en la “Mansión de Paz”, notable escuela de reajuste, de la que Druso era el abnegado director y amigo.
El establecimiento, situado en los planos inferiores, era una especie de “Monasterio de San Bernardo”, en una zona castigada por la naturaleza hostil, con la diferencia de que la nieve, casi constante en torno del célebre convento enclavado en los desfiladeros existentes entre Suiza e Italia, allí era sustituida por la sombra densa que, en aquella hora, se hacía aún más densa, móvil y terrible, alrededor de la institución, como si estuviese dominada por un vendaval incesante.
Aquel puesto acogedor, que permanece bajo la jurisdicción de “Nuestro Hogar”
Por tanto, el enorme caserío, parecido a una amplia ciudad instalada con todos los recursos de seguridad y defensa, mantiene áreas de asistencia y cursos de instrucción, en los que médicos y sacerdotes, enfermeros y profesores, encuentran, después de la muerte terrestre, enseñanzas y actividades de la más elevada importancia. , fue fundado hace más de tres siglos, y se dedica a recibir espíritus infelices y enfermos que se deciden a trabajar por su propia regeneración, criaturas que se llevan a colonias de perfeccionamiento en la vida Superior, o que vuelven al plano físico, en una reencarnación rectificadora.
Queríamos efectuar algunas observaciones referentes a las leyes de causa y efecto –el karma de los hindúes– y, convenientemente recomendados por el Ministerio de Auxilio, estábamos allí, encantados con la palabra del orientador, que prosiguió con la mayor atención, después de una larga pausa:
–Es necesario tener en cuenta que la Tierra se contempla desde los más variados puntos de vista. Para el astrónomo, es un planeta que gravita en torno del Sol, para el guerrero, es un campo de lucha en el que la geografía se modifica a punta de bayoneta, para el sociólogo, es un amplio espacio en el que se acomodan diversas razas. Pero, para nosotros, es un valioso lugar de servicio espiritual, como un filtro en el que el alma se purifica poco a poco en el curso de los milenios, adquiriendo cualidades divinas para la ascensión a la gloria celeste. Por eso, hay que mantener la luz del amor y del conocimiento, en el seno de las tinieblas, igual que es necesario mantener el medicamento en el foco de la enfermedad.
Mientras oíamos, observábamos, allá afuera, a través de la transparencia de una amplia ventana, la convulsión de la naturaleza.
Un vendaval ululante, trayendo consigo una sustancia oscura, parecida a un lodo aéreo, se arremolinaba con violencia, en un torbellino extraño, en forma de tinieblas que se despeñaban como una cascada. Y, entre el cuerpo monstruoso de aquel torbellino terrible, surgían gritos de horror, vociferando maldiciones y gemidos.
Aparecían de refilón, unidos unos a otros, gran cantidad de criaturas agarradas entre sí ante el peligro, con el ansia instintiva de dominar y sobrevivir. Druso, como nosotros, contempló el triste cuadro con una visible piedad reflejada en su semblante. Nos miró en silencio, como si quisiera llamarnos a la reflexión. Parecía expresar cuánto le dolía en su alma el trabajo en aquel paraje de sufrimiento, cuando Hilario le preguntó:
“¿Por qué no se abren las puertas a los que gritan allí afuera? ¿No es éste un puesto de salvación?”.
–Sí, respondió el instructor sensibilizado, “pero la salvación solamente es importante para aquellos que desean salvarse”. Y después de un pequeño intervalo, continuó:
–En este plano, más allá de la tumba, la sorpresa más dolorosa para mí fue ésa: el encuentro con fieras humanas que habitaban en cuerpos carnales como personas comunes. Si las acogemos aquí sin la necesaria preparación, nos atacarían de inmediato, arrasando este instituto de asistencia pacífica. Y no podemos olvidar que el orden es la base de la caridad.
A pesar de su explicación firme y serena, Druso se concentraba en la visión exterior, dominado por la compasión que se reflejaba en su rostro.
Pasados unos instantes, prosiguió:
–Hay una gran tempestad magnética, y los caminantes de los planos inferiores, están siendo arrebatados por el huracán, como hojas secas por un vendaval.
¿Y tienen conciencia de eso? –preguntó Hilario con perplejidad.
–Muy pocos. Las personas que se encuentran así después del sepulcro, son aquellas que no se han acogido en la vida física al refugio moral de algún principio noble. Traen su interior inmerso en un torbellino tenebroso, parecido a la tormenta externa, por los pensamientos desorganizados y crueles de que se alimentan. Odian y aniquilan, muerden y hieren. Si los alojamos en los puestos de socorro aquí establecidos, sería como introducir tigres hambrientos entre fieles que oran en un templo. Pero, ¿se conservan siempre en ese terrible desajuste? –insistió mi compañero, fuertemente impresionado. El orientador intentó sonreír y contestó:
No, eso no. Esa fase de inconsciencia y desvarío pasa también como pasa la tempestad, aunque la crisis perdure, a veces por muchos años. Debido al temporal de las pruebas que le imponen dolor desde el exterior al interior, el alma se reforma, poco a poco, serenándose hasta abrazar, por fin, las responsabilidades que creó para sí misma.
–Quiere decir, entonces dije a mi vez que no basta el peregrinaje del espíritu después de la muerte, por los lugares de tinieblas y de padecimientos, para resarcir las deudas de la conciencia...
Exactamente aclaró el instructor. La desesperación sólo tiene el valor de la demencia a que se lanzan las almas en las explosiones de incontinencia y de rebeldía. No sirve como pago ante los tribunales divinos. No es razonable que el deudor solucione con gritos e improperios los compromisos que contrajo por su propia voluntad. Además, tengamos en cuanta que de los desmanes de orden mental a que nos entregamos desprevenidos, salimos siempre más infelices y endeudados. Pasada la fiebre de locura y de rebelión, el espíritu culpable vuelve al remordimiento y a la penitencia. Se calma, como la tierra que vuelve a la serenidad y a la paciencia, después de haber sido insultada por el terremoto, a pesar de haber sido maltrecha y herida. Entonces, como el suelo que vuelve a ser fértil, se somete de nuevo a la siembra renovadora de sus destinos.
Sentimos una gran expectación, cuando Hilario comentó:
¡Ah! ¡Si las almas encarnadas pudiesen morir en el cuerpo algunos días al año, no mediante el sueño físico en que se rehacen, sino con plena conciencia de la vida que les espera!...
Sí, dijo el orientador eso modificaría realmente la faz moral del mundo. Pero mientras tanto la existencia humana, por larga que sea, es un simple aprendizaje en el que el espíritu reclama benéficas restricciones para poder restaurar su camino. Usando un nuevo cuerpo entre sus semejantes, debe atender a la renovación que le corresponde, y eso exige la centralización de sus fuerzas mentales en esa transitoria experiencia terrestre.
La palabra fluida y sabia del instructor, era para nosotros motivo de singular encanto y, creyéndome en el deber de aprovechar aquellos minutos, sopesaba en silencio, para mí mismo, la calidad de las almas desencarnadas que sufrían la presión de la tormenta exterior.
Druso percibió mi indagación mental y sonrió, como esperando por mi parte una pregunta clara y positiva. Instado por la fuerza de su mirada, dije respetuosamente: ante este penoso espectáculo al que estamos asistiendo, nos vemos obligados a pensar en la procedencia de los que experimentan su inmersión en ese torbellino de horror... ¿Son delincuentes comunes, o criminales acusados de grandes faltas? ¿Habrá entre ellos seres primitivos como nuestros indígenas salvajes, por ejemplo?
La respuesta del orientador no se hizo esperar.
–Cuando vine acá, esas preguntas asaltaron igualmente mi pensamiento. Hace cincuenta años que estoy en este refugio de socorro, oración y esperanza. Entré en esta casa como un enfermo grave, después de haberme desligado del cuerpo terrestre. Aquí, encontré un hospital y una escuela. Amparado, pasé a estudiar mi nueva situación, anhelando poder servir. Fui camillero, limpiador, enfermero, profesor, magnetizador, hasta que, después de algunos años, recibí jubilosamente el encargo de orientar la institución, bajo la supervisión positiva de los instructores que nos dirigen. Obligado a efectuar pacientes y laboriosas investigaciones, como parte de mis deberes, puedo deciros que las tinieblas densas, solamente son ocupadas por las conciencias que se oscurecieron con la práctica de crímenes deliberados, apagando la luz del propio equilibrio. En estas regiones inferiores no transitan las almas simples, sencillas, que se encuentren sufriendo los errores naturales de las experiencias primitivas. Cada ser está adherido, por imposición de la atracción magnética, al nivel de evolución que le es propio. Los salvajes, en su gran mayoría, hasta tanto se desarrolla en ellos el mundo mental, viven casi siempre confinados en el bosque que resume sus intereses y sueños, retirándose lentamente del campo de la tribu, bajo la dirección de espíritus benevolentes y sabios que les asisten... y las almas notoriamente primitivas, en gran parte, caminan al influjo de las entidades beneméritas que les sustentan e inspiran, trabajando con sacrificio en las bases de la sociedad, y aprovechando los errores, hijos de las buenas intenciones, como enseñanzas preciosas que garantizan su educación. Os aseguro que en las zonas que podríamos llamar infernales, sólo residen los que, conociendo sus responsabilidades morales, se alejaron deliberadamente de ellas, con el loco propósito de escarnecer al propio Dios. El infierno puede ser definido como un amplio campo de desequilibrio, establecido por la maldad calculada, nacida de la ceguera voluntaria y la perversidad completa. Ahí viven, a veces por siglos, espíritus que se animalizaron, fijándose en la crueldad y egocentrismo. Forman una enorme zona vibratoria en conexión con la humanidad terrestre, ya que todos los padecimientos infernales son creaciones de la misma. Estos lugares tristes funcionan como una criba necesaria para todos los espíritus que desertan de las responsabilidades que el Señor les otorga. De ese modo, todas las almas que tienen el conocimiento de la verdad y la justicia, responsables en la construcción del bien, que en la Tierra incurren en ese o aquel delito, desatendiendo el noble deber que el mundo les fija, después de la muerte del cuerpo permanecen por estos lugares por días, meses o años, reconsiderando sus actuaciones, antes de la reencarnación que deben lograr para obtener su propio reajuste lo más pronto posible.
Por eso. aventuró a decir Hilario, cuando Druso, captando la pregunta, le interrumpió resumiendo:
Por eso, las entidades infernales que creen gobernar esta región con un poder infalible, residen aquí por un tiempo indeterminado y las criaturas perversas que se afinan con ellas, aunque sufran su dominio, están aquí por muchos años. Las almas extraviadas en la delincuencia y el vicio, que tienen posibilidades de próxima recuperación, permanecen aquí por períodos ligeros o regulares, aprendiendo que el precio de las pasiones es demasiado terrible. Para las criaturas desencarnadas de ese último tipo, que alcanzan el sufrimiento, el arrepentimiento y el remordimiento, la dilaceración y el dolor, a pesar de no hallarse libres de los trastornos oscuros con que han sido arrojados en las tinieblas, las casas fraternales y de asistencia como ésta, funcionan, activas y diligentes, acogiéndolas en todo lo posible, y habitándolas para que vuelvan a las experiencias de naturaleza expiatoria en la carne.
Me acordé del tiempo en que yo mismo había deambulado, semiinconsciente y perturbado, por las sombras, desde el momento en que me había librado del cuerpo físico, enfrentándome a mis propios estados mentales del pasado y del presente, cuando el orientador prosiguió:
Como es fácil deducir, si la oscuridad es el molde que imprime brillo a la luz, el infierno, como región de sufrimiento y de falta de armonía, es perfectamente posible, constituyendo un establecimiento justo de filtración, para el espíritu que se halla en el camino de la vida superior. Todos los lugares infernales surgen, viven y desaparecen, con la aprobación del Señor, que tolera semejantes creaciones en las almas humanas, como un padre que soporta las llagas adquiridas por sus hijos, y que se vale de ellas para ayudarles a valorar la salud. Las inteligencias consagradas a la rebeldía y criminalidad, por eso mismo, a pesar de admitir que trabajan para sí, permanecen al servicio del Señor, que corrige el mal con el propio mal. Por eso mismo, todo en la vida es movimiento hacia la victoria del bien supremo.
muerte del cuerpo, no puede ser relegado a un plano secundario. Todas las civilizaciones que antecedieron a la gloria occidental en los tiempos modernos, consagran especial atención a los problemas del Más Allá. Egipto mantenía un incesante intercambio con los antepasados y enseñaba que los muertos sufrían un riguroso juicio entre Anubis, el genio con cabeza de chacal, y Horus, el genio con cabeza de halcón, ante Maat, la diosa de la justicia, decidiendo si las almas debían ascender al esplendor solar o volver a los laberintos de las pruebas, en la propia Tierra, en cuerpos deformes y viles. Los indios admitían que los desencarnados, de acuerdo con las resoluciones del Juez de los Muertos, subirían al Paraíso o descenderían a los precipicios del reino de Váruna, el dios de las aguas y del reino de los muertos, para ser aislados en cámaras de tortura, amarrados unos a otros por serpientes infernales. Los hebreos, griegos, galos y romanos, tenían creencias más o menos semejantes, convencidos de que la elevación celeste se reservaba a los espíritus rectos y buenos, puros y nobles, guardando los tormentos del infierno para aquellos que se rebajaban en la perversión y en el crimen, en las regiones de suplicio, fuera del mundo o en el propio mundo, a través de la reencarnación en formas envilecidas por la expiación y el sufrimiento.
La conversación nos fascinaba. Hilario y yo, estábamos de visita en la “Mansión de Paz”, notable escuela de reajuste, de la que Druso era el abnegado director y amigo.
El establecimiento, situado en los planos inferiores, era una especie de “Monasterio de San Bernardo”, en una zona castigada por la naturaleza hostil, con la diferencia de que la nieve, casi constante en torno del célebre convento enclavado en los desfiladeros existentes entre Suiza e Italia, allí era sustituida por la sombra densa que, en aquella hora, se hacía aún más densa, móvil y terrible, alrededor de la institución, como si estuviese dominada por un vendaval incesante.
Aquel puesto acogedor, que permanece bajo la jurisdicción de “Nuestro Hogar”
Por tanto, el enorme caserío, parecido a una amplia ciudad instalada con todos los recursos de seguridad y defensa, mantiene áreas de asistencia y cursos de instrucción, en los que médicos y sacerdotes, enfermeros y profesores, encuentran, después de la muerte terrestre, enseñanzas y actividades de la más elevada importancia. , fue fundado hace más de tres siglos, y se dedica a recibir espíritus infelices y enfermos que se deciden a trabajar por su propia regeneración, criaturas que se llevan a colonias de perfeccionamiento en la vida Superior, o que vuelven al plano físico, en una reencarnación rectificadora.
Queríamos efectuar algunas observaciones referentes a las leyes de causa y efecto –el karma de los hindúes– y, convenientemente recomendados por el Ministerio de Auxilio, estábamos allí, encantados con la palabra del orientador, que prosiguió con la mayor atención, después de una larga pausa:
–Es necesario tener en cuenta que la Tierra se contempla desde los más variados puntos de vista. Para el astrónomo, es un planeta que gravita en torno del Sol, para el guerrero, es un campo de lucha en el que la geografía se modifica a punta de bayoneta, para el sociólogo, es un amplio espacio en el que se acomodan diversas razas. Pero, para nosotros, es un valioso lugar de servicio espiritual, como un filtro en el que el alma se purifica poco a poco en el curso de los milenios, adquiriendo cualidades divinas para la ascensión a la gloria celeste. Por eso, hay que mantener la luz del amor y del conocimiento, en el seno de las tinieblas, igual que es necesario mantener el medicamento en el foco de la enfermedad.
Mientras oíamos, observábamos, allá afuera, a través de la transparencia de una amplia ventana, la convulsión de la naturaleza.
Un vendaval ululante, trayendo consigo una sustancia oscura, parecida a un lodo aéreo, se arremolinaba con violencia, en un torbellino extraño, en forma de tinieblas que se despeñaban como una cascada. Y, entre el cuerpo monstruoso de aquel torbellino terrible, surgían gritos de horror, vociferando maldiciones y gemidos.
Aparecían de refilón, unidos unos a otros, gran cantidad de criaturas agarradas entre sí ante el peligro, con el ansia instintiva de dominar y sobrevivir. Druso, como nosotros, contempló el triste cuadro con una visible piedad reflejada en su semblante. Nos miró en silencio, como si quisiera llamarnos a la reflexión. Parecía expresar cuánto le dolía en su alma el trabajo en aquel paraje de sufrimiento, cuando Hilario le preguntó:
“¿Por qué no se abren las puertas a los que gritan allí afuera? ¿No es éste un puesto de salvación?”.
–Sí, respondió el instructor sensibilizado, “pero la salvación solamente es importante para aquellos que desean salvarse”. Y después de un pequeño intervalo, continuó:
–En este plano, más allá de la tumba, la sorpresa más dolorosa para mí fue ésa: el encuentro con fieras humanas que habitaban en cuerpos carnales como personas comunes. Si las acogemos aquí sin la necesaria preparación, nos atacarían de inmediato, arrasando este instituto de asistencia pacífica. Y no podemos olvidar que el orden es la base de la caridad.
A pesar de su explicación firme y serena, Druso se concentraba en la visión exterior, dominado por la compasión que se reflejaba en su rostro.
Pasados unos instantes, prosiguió:
–Hay una gran tempestad magnética, y los caminantes de los planos inferiores, están siendo arrebatados por el huracán, como hojas secas por un vendaval.
¿Y tienen conciencia de eso? –preguntó Hilario con perplejidad.
–Muy pocos. Las personas que se encuentran así después del sepulcro, son aquellas que no se han acogido en la vida física al refugio moral de algún principio noble. Traen su interior inmerso en un torbellino tenebroso, parecido a la tormenta externa, por los pensamientos desorganizados y crueles de que se alimentan. Odian y aniquilan, muerden y hieren. Si los alojamos en los puestos de socorro aquí establecidos, sería como introducir tigres hambrientos entre fieles que oran en un templo. Pero, ¿se conservan siempre en ese terrible desajuste? –insistió mi compañero, fuertemente impresionado. El orientador intentó sonreír y contestó:
No, eso no. Esa fase de inconsciencia y desvarío pasa también como pasa la tempestad, aunque la crisis perdure, a veces por muchos años. Debido al temporal de las pruebas que le imponen dolor desde el exterior al interior, el alma se reforma, poco a poco, serenándose hasta abrazar, por fin, las responsabilidades que creó para sí misma.
–Quiere decir, entonces dije a mi vez que no basta el peregrinaje del espíritu después de la muerte, por los lugares de tinieblas y de padecimientos, para resarcir las deudas de la conciencia...
Exactamente aclaró el instructor. La desesperación sólo tiene el valor de la demencia a que se lanzan las almas en las explosiones de incontinencia y de rebeldía. No sirve como pago ante los tribunales divinos. No es razonable que el deudor solucione con gritos e improperios los compromisos que contrajo por su propia voluntad. Además, tengamos en cuanta que de los desmanes de orden mental a que nos entregamos desprevenidos, salimos siempre más infelices y endeudados. Pasada la fiebre de locura y de rebelión, el espíritu culpable vuelve al remordimiento y a la penitencia. Se calma, como la tierra que vuelve a la serenidad y a la paciencia, después de haber sido insultada por el terremoto, a pesar de haber sido maltrecha y herida. Entonces, como el suelo que vuelve a ser fértil, se somete de nuevo a la siembra renovadora de sus destinos.
Sentimos una gran expectación, cuando Hilario comentó:
¡Ah! ¡Si las almas encarnadas pudiesen morir en el cuerpo algunos días al año, no mediante el sueño físico en que se rehacen, sino con plena conciencia de la vida que les espera!...
Sí, dijo el orientador eso modificaría realmente la faz moral del mundo. Pero mientras tanto la existencia humana, por larga que sea, es un simple aprendizaje en el que el espíritu reclama benéficas restricciones para poder restaurar su camino. Usando un nuevo cuerpo entre sus semejantes, debe atender a la renovación que le corresponde, y eso exige la centralización de sus fuerzas mentales en esa transitoria experiencia terrestre.
La palabra fluida y sabia del instructor, era para nosotros motivo de singular encanto y, creyéndome en el deber de aprovechar aquellos minutos, sopesaba en silencio, para mí mismo, la calidad de las almas desencarnadas que sufrían la presión de la tormenta exterior.
Druso percibió mi indagación mental y sonrió, como esperando por mi parte una pregunta clara y positiva. Instado por la fuerza de su mirada, dije respetuosamente: ante este penoso espectáculo al que estamos asistiendo, nos vemos obligados a pensar en la procedencia de los que experimentan su inmersión en ese torbellino de horror... ¿Son delincuentes comunes, o criminales acusados de grandes faltas? ¿Habrá entre ellos seres primitivos como nuestros indígenas salvajes, por ejemplo?
La respuesta del orientador no se hizo esperar.
–Cuando vine acá, esas preguntas asaltaron igualmente mi pensamiento. Hace cincuenta años que estoy en este refugio de socorro, oración y esperanza. Entré en esta casa como un enfermo grave, después de haberme desligado del cuerpo terrestre. Aquí, encontré un hospital y una escuela. Amparado, pasé a estudiar mi nueva situación, anhelando poder servir. Fui camillero, limpiador, enfermero, profesor, magnetizador, hasta que, después de algunos años, recibí jubilosamente el encargo de orientar la institución, bajo la supervisión positiva de los instructores que nos dirigen. Obligado a efectuar pacientes y laboriosas investigaciones, como parte de mis deberes, puedo deciros que las tinieblas densas, solamente son ocupadas por las conciencias que se oscurecieron con la práctica de crímenes deliberados, apagando la luz del propio equilibrio. En estas regiones inferiores no transitan las almas simples, sencillas, que se encuentren sufriendo los errores naturales de las experiencias primitivas. Cada ser está adherido, por imposición de la atracción magnética, al nivel de evolución que le es propio. Los salvajes, en su gran mayoría, hasta tanto se desarrolla en ellos el mundo mental, viven casi siempre confinados en el bosque que resume sus intereses y sueños, retirándose lentamente del campo de la tribu, bajo la dirección de espíritus benevolentes y sabios que les asisten... y las almas notoriamente primitivas, en gran parte, caminan al influjo de las entidades beneméritas que les sustentan e inspiran, trabajando con sacrificio en las bases de la sociedad, y aprovechando los errores, hijos de las buenas intenciones, como enseñanzas preciosas que garantizan su educación. Os aseguro que en las zonas que podríamos llamar infernales, sólo residen los que, conociendo sus responsabilidades morales, se alejaron deliberadamente de ellas, con el loco propósito de escarnecer al propio Dios. El infierno puede ser definido como un amplio campo de desequilibrio, establecido por la maldad calculada, nacida de la ceguera voluntaria y la perversidad completa. Ahí viven, a veces por siglos, espíritus que se animalizaron, fijándose en la crueldad y egocentrismo. Forman una enorme zona vibratoria en conexión con la humanidad terrestre, ya que todos los padecimientos infernales son creaciones de la misma. Estos lugares tristes funcionan como una criba necesaria para todos los espíritus que desertan de las responsabilidades que el Señor les otorga. De ese modo, todas las almas que tienen el conocimiento de la verdad y la justicia, responsables en la construcción del bien, que en la Tierra incurren en ese o aquel delito, desatendiendo el noble deber que el mundo les fija, después de la muerte del cuerpo permanecen por estos lugares por días, meses o años, reconsiderando sus actuaciones, antes de la reencarnación que deben lograr para obtener su propio reajuste lo más pronto posible.
Por eso. aventuró a decir Hilario, cuando Druso, captando la pregunta, le interrumpió resumiendo:
Por eso, las entidades infernales que creen gobernar esta región con un poder infalible, residen aquí por un tiempo indeterminado y las criaturas perversas que se afinan con ellas, aunque sufran su dominio, están aquí por muchos años. Las almas extraviadas en la delincuencia y el vicio, que tienen posibilidades de próxima recuperación, permanecen aquí por períodos ligeros o regulares, aprendiendo que el precio de las pasiones es demasiado terrible. Para las criaturas desencarnadas de ese último tipo, que alcanzan el sufrimiento, el arrepentimiento y el remordimiento, la dilaceración y el dolor, a pesar de no hallarse libres de los trastornos oscuros con que han sido arrojados en las tinieblas, las casas fraternales y de asistencia como ésta, funcionan, activas y diligentes, acogiéndolas en todo lo posible, y habitándolas para que vuelvan a las experiencias de naturaleza expiatoria en la carne.
Me acordé del tiempo en que yo mismo había deambulado, semiinconsciente y perturbado, por las sombras, desde el momento en que me había librado del cuerpo físico, enfrentándome a mis propios estados mentales del pasado y del presente, cuando el orientador prosiguió:
Como es fácil deducir, si la oscuridad es el molde que imprime brillo a la luz, el infierno, como región de sufrimiento y de falta de armonía, es perfectamente posible, constituyendo un establecimiento justo de filtración, para el espíritu que se halla en el camino de la vida superior. Todos los lugares infernales surgen, viven y desaparecen, con la aprobación del Señor, que tolera semejantes creaciones en las almas humanas, como un padre que soporta las llagas adquiridas por sus hijos, y que se vale de ellas para ayudarles a valorar la salud. Las inteligencias consagradas a la rebeldía y criminalidad, por eso mismo, a pesar de admitir que trabajan para sí, permanecen al servicio del Señor, que corrige el mal con el propio mal. Por eso mismo, todo en la vida es movimiento hacia la victoria del bien supremo.
viernes, 6 de septiembre de 2013
DESIGUALDADES SOCIALES
LA IGUALDAD DE DERECHOS DEL HOMBRE Y DE LA MUJER
Las desigualdades sociales provenientes de las más variadas condiciones económicas y espirituales, de los diferentes pueblos de la Tierra, siempre son obra del hombre y no de Dios. En realidad Dios creó a los Espíritus iguales y destinados al mismo fin, pero los hombres, debido a las imperfecciones morales que todavía poseen, crearon leyes, muchas de ellas injustas y hasta crueles, para regular las relaciones en la sociedad. Como consecuencia de esas leyes han surgido las desigualdades sociales, más o menos pronunciadas en determinadas naciones, conforme con el grado evolutivo de sus elementos humanos.
Sin embargo, el progreso sigue su curso ascendente y ininterrumpido y la desigualdad social, como todo lo que es inferior, día a día disminuye. Desaparecerá cuando dejen de predominar el egoísmo y el orgullo. Entonces, quedará solamente la desigualdad de merecimientos. Día vendrá en que los miembros de la gran familia de los hijos de Dios dejarán de compararse por la pureza de la sangre. Sólo el Espíritu es más o menos puro y eso no depende de la posición social. Aun las desigualdades tolerables o normales para la categoría de nuestro planeta, dejarán de existir.No se abolirán tan pronto como los unionistas desearían o imaginan. Ni se harán desaparecer con revoluciones ni con guerras, ni leyes, decretos o discursos, disturbios ni maldiciones. Las desigualdades irán desapareciendo de modo lento y gradual, de acuerdo con el ritmo de los esfuerzos individuales y colectivos, por el progreso moral, y entonces serán destruidos los privilegios de casta, sangre, posición, sexo, raza, religión, etc.
Debemos comprender que a pesar de ello, con el destierro de las desigualdades sociales no se producirá un proceso de uniformación de los hombres. La especie humana no se transformará en una máquina, en un sistema robotizado. Los hombres se orientarán por medio de las leyes divinas, a fin de que sus tendencias naturales puedan surgir y desarrollarse normalmente, sin actitudes coercitivas por parte de quien quiera que sea. Evidentemente, habrá quien ocupe cargos de mayores o menores responsabilidades, pero con el adelantamiento espiritual, los seres humanos ya no sufrirán los males provocados por el egoísmo, la envidia, el orgullo o los prejuicios. Del mismo modo, en una sociedad moralizada no se producirá la diferencia que aún hoy se observa entre el hombre y la mujer. En este sentido, los Espíritus Superiores preguntan: «¿ No otorgó Dios a ambos la inteligencia del bien y del mal y la facultad de progresar?»
Luego, ante los códigos divinos ambos poseen los mismos derechos; la diferencia de sexo existe por fuerza de la necesidad de las experiencias específicas, por las cuales el Espíritu precisa pasar. Además, el Espíritu, centella divina, no posee sexo conforme con las denominaciones humanas.
Entre el hombre y la mujer existe la igualdad de derechos; «… no la de funciones. Es necesario que cada uno esté en el lugar que le compete, ocupándose de lo exterior el hombre y de lo interior la mujer, cada uno de acuerdo con sus aptitudes. La ley humana para ser equitativa debe consagrar la igualdad de los derechos del hombre y de la mujer. Cualquier privilegio concedido a uno o a otro es contrario a la justicia. La emancipación de la mujer acompaña al progreso de la civilización, su esclavitud marcha a la par con la barbarie. Además de eso, los sexos sólo existen en la organización física. Visto que los Espíritus pueden encarnar en uno u otro, bajo este aspecto no hay ninguna diferencia entre ellos. Por consiguiente , deben gozar de los mismos derechos».
Por más que en el mundo se acentúen los cambios sociales, siempre serán diferentes las funciones del hombre y de la mujer, por necesidad de la planificación reencarnatoria. El hombre y la mujer, en la institución conyugal, son como el cerebro y el corazón del organismo doméstico.
Ambos son portadores de igual responsabilidad en el sagrado colegio que es la familia; y si en la vida, el alma femenina ha presentado siempre un coeficiente más avanzado de espiritualidad, es porque desde temprano el espíritu masculino intoxicó las fuentes de su propia libertad, a través de toda clase de abusos, perjudicando su posición moral en el transcurso de existencias numerosas, en múltiples experiencias seculares. La ideología feminista de los tiempos modernos, no obstante, con sus diversas banderas políticas y sociales, puede ser un veneno para la mujer desprevenida en cuanto a sus grandes deberes espirituales sobre la faz de la Tierra.
La desigualdad social es el más elevado testimonio de la verdad de la reencarnación, mediante la cual cada Espíritu tiene su posición definida de regeneración y rescate. En tal caso consideramos que la pobreza, la miseria, la guerra, la ignorancia, como otras calamidades colectivas, son enfermedades del organismo social, debidas a la situación de prueba de la casi generalidad de sus miembros. Una vez que cese la causa patógena, con la iluminación espiritual de todos a través del Evangelio de Cristo, la dolencia colectiva quedará eliminada del medio ambiente humano.
LA MUJER ANTE CRISTO
Cada vez que estemos dispuestos a considerar a la mujer en un plano de inferioridad, recordémosla en el tiempo de Jesús.
Hace veinte siglos, con excepción de las patricias del Imperio, casi todas las compañeras del pueblo, en la mayoría de las circunstancias, sufrían extrema humillación, convertidas en bestias de carga cuando no eran vendidas en subasta pública. Sin embargo, al ser alcanzadas por el verbo renovador del Divino Maestro, nadie respondió con tanta lealtad y vehemencia a los llamados celestiales. Entre las que habían descendido a los valles de la perturbación y la sombra, encontramos en Magdalena al más alto testimonio de recuperación moral, de las tinieblas hacia la luz; y entre las que se mantenían en el monte del equilibrio doméstico, sorprendemos en Juana de Cusa al más noble exponente de colaboración y fidelidad. Atraídas por el amor puro, conducían a la presencia del Señor a los afligidos y mutilados, a los enfermos y los niños. Y a pesar de que no integraran el círculo de sus apóstoles, fueron ellas – representadas por las hijas anónimas de Jerusalén – las únicas demostraciones de solidaridad espontánea que lo visitaran, sin prejuicios, bajo la cruz del martirio, cuando los propios discípulos se dispersaban. Más tarde, junto a los continuadores de la Buena Nueva se mantuvieron en el mismo nivel de elevación y de entendimiento.
Dorcas, la costurera jopense , después de recibir el amparo de Simón Pedro se transformó en la más activa colaboradora en la asistencia a los infortunados; Febe es la mensajera de la epístola de Pablo de Tarso a los romanos. Lidia, en Filipos, es la primera mujer con suficiente coraje para transformar su propia casa en santuario del Evangelio que estaba por nacer. Loide y Eunice, parientas de Timoteo, eran modelos morales de la fe viva.
Sin embargo, aun cuando semejantes heroínas no hubieran de hecho existido, no podemos olvidar que, un día, buscando a alguien para que ejerciera en el mundo la necesaria tutela sobre la vida preciosa del Embajador Divino, el Supremo Poder del Universo no titubeó en recurrir a la abnegada mujer, escondida en un hogar ignorado y simple… Humilde, tenía oculta la experiencia de los sabios; frágil como el lirio, llevaba consigo la resistencia del diamante; pobre entre los pobres, portaba en su propia virtud los tesoros incorruptibles del corazón y, desvalida entre los hombres, era grande y prestigiosa ante Dios.
He aquí el motivo por el cual, siempre que el razonamiento nos induzca a ponderar lo relativo a la gloria de Cristo – recordando la grandeza de nuestras propias madres en la Tierra -, habremos de inclinarnos, reconocidos y reverentes ante la luz inmarcesible de la Estrella de Nazareth.
Las desigualdades sociales provenientes de las más variadas condiciones económicas y espirituales, de los diferentes pueblos de la Tierra, siempre son obra del hombre y no de Dios. En realidad Dios creó a los Espíritus iguales y destinados al mismo fin, pero los hombres, debido a las imperfecciones morales que todavía poseen, crearon leyes, muchas de ellas injustas y hasta crueles, para regular las relaciones en la sociedad. Como consecuencia de esas leyes han surgido las desigualdades sociales, más o menos pronunciadas en determinadas naciones, conforme con el grado evolutivo de sus elementos humanos.
Sin embargo, el progreso sigue su curso ascendente y ininterrumpido y la desigualdad social, como todo lo que es inferior, día a día disminuye. Desaparecerá cuando dejen de predominar el egoísmo y el orgullo. Entonces, quedará solamente la desigualdad de merecimientos. Día vendrá en que los miembros de la gran familia de los hijos de Dios dejarán de compararse por la pureza de la sangre. Sólo el Espíritu es más o menos puro y eso no depende de la posición social. Aun las desigualdades tolerables o normales para la categoría de nuestro planeta, dejarán de existir.No se abolirán tan pronto como los unionistas desearían o imaginan. Ni se harán desaparecer con revoluciones ni con guerras, ni leyes, decretos o discursos, disturbios ni maldiciones. Las desigualdades irán desapareciendo de modo lento y gradual, de acuerdo con el ritmo de los esfuerzos individuales y colectivos, por el progreso moral, y entonces serán destruidos los privilegios de casta, sangre, posición, sexo, raza, religión, etc.
Debemos comprender que a pesar de ello, con el destierro de las desigualdades sociales no se producirá un proceso de uniformación de los hombres. La especie humana no se transformará en una máquina, en un sistema robotizado. Los hombres se orientarán por medio de las leyes divinas, a fin de que sus tendencias naturales puedan surgir y desarrollarse normalmente, sin actitudes coercitivas por parte de quien quiera que sea. Evidentemente, habrá quien ocupe cargos de mayores o menores responsabilidades, pero con el adelantamiento espiritual, los seres humanos ya no sufrirán los males provocados por el egoísmo, la envidia, el orgullo o los prejuicios. Del mismo modo, en una sociedad moralizada no se producirá la diferencia que aún hoy se observa entre el hombre y la mujer. En este sentido, los Espíritus Superiores preguntan: «¿ No otorgó Dios a ambos la inteligencia del bien y del mal y la facultad de progresar?»
Luego, ante los códigos divinos ambos poseen los mismos derechos; la diferencia de sexo existe por fuerza de la necesidad de las experiencias específicas, por las cuales el Espíritu precisa pasar. Además, el Espíritu, centella divina, no posee sexo conforme con las denominaciones humanas.
Entre el hombre y la mujer existe la igualdad de derechos; «… no la de funciones. Es necesario que cada uno esté en el lugar que le compete, ocupándose de lo exterior el hombre y de lo interior la mujer, cada uno de acuerdo con sus aptitudes. La ley humana para ser equitativa debe consagrar la igualdad de los derechos del hombre y de la mujer. Cualquier privilegio concedido a uno o a otro es contrario a la justicia. La emancipación de la mujer acompaña al progreso de la civilización, su esclavitud marcha a la par con la barbarie. Además de eso, los sexos sólo existen en la organización física. Visto que los Espíritus pueden encarnar en uno u otro, bajo este aspecto no hay ninguna diferencia entre ellos. Por consiguiente , deben gozar de los mismos derechos».
Por más que en el mundo se acentúen los cambios sociales, siempre serán diferentes las funciones del hombre y de la mujer, por necesidad de la planificación reencarnatoria. El hombre y la mujer, en la institución conyugal, son como el cerebro y el corazón del organismo doméstico.
Ambos son portadores de igual responsabilidad en el sagrado colegio que es la familia; y si en la vida, el alma femenina ha presentado siempre un coeficiente más avanzado de espiritualidad, es porque desde temprano el espíritu masculino intoxicó las fuentes de su propia libertad, a través de toda clase de abusos, perjudicando su posición moral en el transcurso de existencias numerosas, en múltiples experiencias seculares. La ideología feminista de los tiempos modernos, no obstante, con sus diversas banderas políticas y sociales, puede ser un veneno para la mujer desprevenida en cuanto a sus grandes deberes espirituales sobre la faz de la Tierra.
La desigualdad social es el más elevado testimonio de la verdad de la reencarnación, mediante la cual cada Espíritu tiene su posición definida de regeneración y rescate. En tal caso consideramos que la pobreza, la miseria, la guerra, la ignorancia, como otras calamidades colectivas, son enfermedades del organismo social, debidas a la situación de prueba de la casi generalidad de sus miembros. Una vez que cese la causa patógena, con la iluminación espiritual de todos a través del Evangelio de Cristo, la dolencia colectiva quedará eliminada del medio ambiente humano.
LA MUJER ANTE CRISTO
Cada vez que estemos dispuestos a considerar a la mujer en un plano de inferioridad, recordémosla en el tiempo de Jesús.
Hace veinte siglos, con excepción de las patricias del Imperio, casi todas las compañeras del pueblo, en la mayoría de las circunstancias, sufrían extrema humillación, convertidas en bestias de carga cuando no eran vendidas en subasta pública. Sin embargo, al ser alcanzadas por el verbo renovador del Divino Maestro, nadie respondió con tanta lealtad y vehemencia a los llamados celestiales. Entre las que habían descendido a los valles de la perturbación y la sombra, encontramos en Magdalena al más alto testimonio de recuperación moral, de las tinieblas hacia la luz; y entre las que se mantenían en el monte del equilibrio doméstico, sorprendemos en Juana de Cusa al más noble exponente de colaboración y fidelidad. Atraídas por el amor puro, conducían a la presencia del Señor a los afligidos y mutilados, a los enfermos y los niños. Y a pesar de que no integraran el círculo de sus apóstoles, fueron ellas – representadas por las hijas anónimas de Jerusalén – las únicas demostraciones de solidaridad espontánea que lo visitaran, sin prejuicios, bajo la cruz del martirio, cuando los propios discípulos se dispersaban. Más tarde, junto a los continuadores de la Buena Nueva se mantuvieron en el mismo nivel de elevación y de entendimiento.
Dorcas, la costurera jopense , después de recibir el amparo de Simón Pedro se transformó en la más activa colaboradora en la asistencia a los infortunados; Febe es la mensajera de la epístola de Pablo de Tarso a los romanos. Lidia, en Filipos, es la primera mujer con suficiente coraje para transformar su propia casa en santuario del Evangelio que estaba por nacer. Loide y Eunice, parientas de Timoteo, eran modelos morales de la fe viva.
Sin embargo, aun cuando semejantes heroínas no hubieran de hecho existido, no podemos olvidar que, un día, buscando a alguien para que ejerciera en el mundo la necesaria tutela sobre la vida preciosa del Embajador Divino, el Supremo Poder del Universo no titubeó en recurrir a la abnegada mujer, escondida en un hogar ignorado y simple… Humilde, tenía oculta la experiencia de los sabios; frágil como el lirio, llevaba consigo la resistencia del diamante; pobre entre los pobres, portaba en su propia virtud los tesoros incorruptibles del corazón y, desvalida entre los hombres, era grande y prestigiosa ante Dios.
He aquí el motivo por el cual, siempre que el razonamiento nos induzca a ponderar lo relativo a la gloria de Cristo – recordando la grandeza de nuestras propias madres en la Tierra -, habremos de inclinarnos, reconocidos y reverentes ante la luz inmarcesible de la Estrella de Nazareth.
jueves, 15 de agosto de 2013
EL PARAÍSO PERDIDO
Para explicar el origen del hombre, Moisés relata en el libro bíblico «Génesis», la historia de Adán y Eva, que habrían sido los primeros seres humanos, creados por Dios para habitar un jardín de delicias. Tentados por la serpiente, comieron el fruto prohibido del árbol de la ciencia y fueron expulsados del paraíso hacia la Tierra, donde su supervivencia dependería de su propia labor.
Se trataba de una explicación adecuada al nivel de comprensión del pueblo judío de la época mosaica, pero que no puede ser considerada como verdad absoluta en la actualidad, señalada por el progreso intelectual y científico.
Las teorías que identifican en las razas humanas el resultado del perfeccionamiento biológico, a través de los milenios, de los organismos primitivos que inicialmente poblaron la Tierra, son hoy ampliamente difundidas, aceptadas por la comunidad científica y confirmadas por el Plano Espiritual. Los recientes descubrimientos de la Antropología y la Arqueología no solo han confirmado esas teorías, sino también proporcionado argumentos a favor de la tesis de la población simultánea de varias regiones del Planeta, por medio de razas diferentes, con caracteres físicos singulares, lo que denota su origen diversificado y un desenvolvimiento independiente.
No obstante, la simbología de la narración mosaica refleja un fenómeno usual en el proceso de desarrollo y evolución de los globos y de los Espíritus que los habitan. Los mundos progresan a través del crecimiento en moralidad y saber de los seres que viven en ellos. Cuando un planeta alcanza una fase culminante en su transición evolutiva, los espíritus que no han acompañado el progreso general del orbe y en él se han transformado en elementos de perturbación del bienestar de la colectividad, son conducidos a mundos menos adelantados, donde aplicarán su inteligencia y la intuición de los conocimientos adquiridos, en beneficio del progreso de la humanidad que los habita. Al mismo tiempo expiarán, en contacto con las difíciles condiciones de vida de su nuevo ambiente y entre pueblos más atrasados, las faltas pasadas y la obstinación voluntaria, sufriendo la opresión del dolor que los impulsará hacia la renovación. Esas emigraciones entre los diversos mundos del Universo son periódicas y se pueden efectuar con los elementos de un pueblo, una raza, o con los habitantes de un planeta.
En el Génesis, Moisés registra las reminiscencias de un grupo de espíritus, personificados por Adán y Eva, que emigró hacia la Tierra, proveniente de un planeta del sistema orbital de la estrella que llamamos Cabra o Capela, que pertenece a la constelación del Capricornio.
Hace miles de años, ese planeta del sistema de Capela, que guarda mucha afinidad con el globo terrestre, alcanzó la culminación de uno de sus extraordinarios ciclos evolutivos. Allí había algunos millones de espíritus rebeldes, en el camino de la evolución general, que dificultaban la consolidación de la arduas conquistas de aquellos pueblos llenos de piedad y virtudes; pero una acción de saneamiento general habría de expulsarlos de aquella humanidad, que había hecho un culto de la concordia perpetua, para edificar sus elevados trabajos.
Las grandes comunidades espirituales, directoras del Cosmos, deliberaron entonces acerca de localizar a esas entidades, pertinaces en el crimen, aquí en la Tierra lejana, donde aprenderían a realizar, por el dolor y los trabajos penosos del ambiente, las grandes conquistas del corazón e impulsarían, simultáneamente, el progreso de sus hermanos inferiores.
Sufriendo el dolor del exilio y de la separación de sus afectos, fueron recibidos por Jesús que, con sus amorosas advertencias despertó sus esperanzas de redención en el porvenir y los invitó a cooperar fraternalmente para el perfeccionamiento de la raza primitiva que habitaba el orbe. Jesús les prometió asistencia cotidiana y su futura venida, para indicarles el camino que habría de posibilitarles el retorno « paraíso perdido».
Con el auxilio de esos espíritus endeudados y afligidos, que reencarnaron en las regiones de la Tierra que ya estaban habitadas por los clanes y pueblos primitivos, las falanges de Jesús procedieron al perfeccionamiento de los caracteres biológicos de las razas humanas y sentaron las bases del progreso y la civilización en el Planeta.
Al vivir en medio de pueblos primitivos, todavía en estado de barbarie, esas entidades se sintieron degradadas, en un ambiente rudo, para expiar sus faltas. Alentaban el retorno al «paraíso perdido» cuyo recuerdo intuitivo se propagó a través de las generaciones y fue relatado en las páginas bíblicas.
La figura de Adán debe ser interpretada, como símbolo de la Humanidad. La palabra hebrea Haadan no es un nombre propio, sino significa: el hombre, en general, la humanidad. Su desobediencia a las determinaciones divinas representa la infracción a las leyes del bien, en que incurren los hombres, particularmente los exiliados del sistema de Capela, al dejarse dominar por los instintos materiales.
Programa IV Aspecto Filosófico
El árbol de la ciencia es una alegoría referente a la posibilidad de que el hombre discernía entre el bien y el mal, a través del progreso en conocimiento y del consecuente desenvolvimiento de su libre albedrío, que acarrea la responsabilidad sobre sus actos. Así, al mismo tiempo que el árbol de la ciencia simboliza el crecimiento en saber, implica también responsabilidad del hombre por sus opciones ante la vida.
El fruto del árbol de la Ciencia, que florece en medio del «jardín de las delicias»,
corresponde al producto de la evolución material y se constituye en objeto de los deseos materiales del hombre Comer el fruto es dejarse vencer por las tentaciones de la materia, en detrimento de las conquistas espirituales que les corresponde realizar. El árbol de la vida simboliza la vida espiritual, es una referencia a las conquistas morales y demás bienes del espíritu, que el orbe del sistema de Capela había concretado y que los exiliados ya no podrían aprovechar, por haber perdido la armonía con el ambiente espiritual del planeta.
La muerte, de la que son alertados por la palabra divina, corresponde a los resultados de la infracción a los principios del bien. Es un término utilizado en el sentido espiritual e implica la imposibilidad de que las entidades se beneficiaran con las adquisiciones que serían el resultado de la evolución moral, e incluso de su permanencia en su planeta de origen y del contacto con las virtudes desarrolladas por los que allí quedaban.
La serpiente simboliza, por su forma y modo de locomoción, la sinuosidad de los malos consejos que, al esquivar los obstáculos de la conciencia, consiguen alcanzar al ser, al encontrar los resquicios de su inferioridad en lo más recóndito de su corazón.
De tal modo, las enseñanzas espíritas, relativas a la raza adámica, esclarecen el mito registrado en el Génesis y proporcionan una explicación racional para las reminiscencias de las promesas de la venida del Mesías, encontradas en diversas comunidades terrestres.
Un gran número de entidades exiliadas recién pudieron retornar a su orbe de origen, después de muchas existencias de pruebas y expiaciones. Sin embargo, algunas todavía se encuentran en la Tierra, por su persistencia en el mal.
Raza adámica Génesis de la 3º revelación de Allan Kardec
De acuerdo con la enseñanza de los espíritus, fue una de esas grandes inmigraciones, o, si se prefiere, una de esas colonias de espíritus, llegada de otra esfera, la que dio nacimiento a la raza simbolizada por Adán, que, por tal razón, es denominada raza adámica. La Tierra estaba poblada desde hacía mucho tiempo cuando llegaron los espíritus que componían tal colonia, así como América se encontraba habitada ya cuando llegaron los europeos.
La raza adámica, más adelantada que aquellas otras que la precedieron, era la más inteligente y la que impulsó a las demás a progresar. El Génesis la describe como una raza trabajadora y hábil en las artes y las ciencias, desde sus comienzos, lo cual no es común en las razas primitivas, y concuerda con la opinión de que lo componían espíritus que ya habían progresado. Todo prueba su escasa antigüedad sobre la Tierra, así como nada contradice conceptuar sus pocos miles de años en el planeta. Por el contrario, todo eso lo La doctrina que intenta explicar que el origen de todo el género humano deriva de una pareja de seis mil años de antigüedad, es inadmisible en el estado actual de los conocimientos. A continuación resumimos las principales consideraciones de orden físico y moral que la contradicen:
Desde el punto de vista fisiológicos, ciertas razas presentan características físicas especiales que impiden asignar a todas un origen común. Hay diferencias que no son producto del clima, ya que los blancos que se reproducen en países de negros no se vuelven negros, y viceversa. El ardor motivado por el sol tuesta y broncea la epidermis, pero no ha convertido jamás a un blanco en negro, no ha achatado su nariz, cambiado los rasgos de su fisonomía ni transformado las hebras sedosas en motas. Hoy se sabe que la raza negra debe su color a un tejido subcutáneo particular, propio de la especie, denominado melanina.
Debemos considerar que las razas negra, mongólica y caucásica tuvieron orígenes propios y nacieron simultánea o sucesivamente en diferentes partes del globo. Sus cruces produjeron razas mixtas secundarias. Los caracteres fisiológicos de las razas primitivas son una señal evidente de que provienen de tipos especiales. Las mismas consideraciones valen tanto para el hombre como para los animales, en cuanto a la pluralidad de orígenes (cap. X, n.º 2)
Adán y sus descendientes son representados en el Génesis como hombres esencialmente inteligentes, ya que, desde la segunda generación, construyen ciudades, cultivan la tierra y trabajan metales. Sus progresos en el terreno de las artes y las ciencias son rápidos y constantes. No se podría concebir que tamaña fuente tuviese por retoños tantos pueblos atrasados y de inteligencia tan rudimentaria, al punto que aún en nuestros días se codean con la animalidad. ¿Cómo pudieron haber perdido toda huella y hasta el mínimo recuerdo tradicional de lo que sus padres hacían? Una diferencia tan radical en las aptitudes intelectuales y en el desarrollo moral testifica, con no menor evidencia, la diferencia de origen. Independientemente de los hechos geológicos, la prueba de la existencia del hombre sobre la Tierra antes de la época determinada por el Génesis, la obtenemos de la población del globo.
Sin hacer referencia a la cronología china, que se remonta a treinta mil años atrás, documentos más dignos de autenticidad atestiguan que Egipto, la India y otras comarcas estaban habitadas, y en su apogeo, como mínimo tres mil años antes de la era cristiana; en consecuencia, mil años después de la creación del primer hombre, según la cronología bíblica. Documentos y observaciones recientes no dejan ninguna duda acerca de las relaciones existentes entre América y el antiguo Egipto, de donde deducimos que esa comarca ya se hallaba poblada en esa época. Sería necesario admitir, entonces, que en mil años la posteridad de un solo hombre pudo cubrir la mayor parte de la Tierra; mas tal fecundidad sería contraria a todas las leyes antropológicas.
Tal imposibilidad se nos muestra aún más evidente si admitimos, con el Génesis, que el diluvio destruyó a todo el género humano, con excepción de Noé y su familia, que por otra parte no era numerosa, en el año 1656 del mundo, es decir, 2348 años antes de la era cristiana. Noé sería, entonces, el responsable de la población del planeta. Ahora bien, cuando los hebreos se establecieron en Egipto, 612 años después del diluvio, sólo ellos hubieran podido poblar un poderoso imperio, sin contar a los habitantes de las otras comarcas, pues no es admisible que los descendientes de Noé en menos de seis siglos se hayan reproducido de tal forma.
Hacemos notar, también, que los egipcios recibieron a los hebreos como a extranjeros y que sería sorprendente que hubiesen perdido el recuerdo de una comunidad de origen tan cercano, mientras que conservaban religiosamente los momentos de su historia.
Una rigurosa lógica, corroborada por los hechos, demuestra de la manera más perentoria que el hombre se halla en la Tierra desde un tiempo indeterminado muy anterior a la época que señala el Génesis. Existe de igual forma, una diversidad de orígenes primitivos, ya que demostrar la imposibilidad de una proposición es demostrar la proposición contraria. Si la Geología lograra descubrir huellas auténticas de la presencia humana antes del gran diluvio, la demostración sería más completa.
Los mundos progresan físicamente por la elaboración de la materia y moralmente por la depuración de los espíritus que en ellos viven. La felicidad está en relación directa con el predominio del bien sobre el mal, y a su vez, el predominio del bien es producto del adelanto moral de los espíritus. El progreso intelectual no basta, ya que con la inteligencia pueden hacer el mal.
La Exposición Universal de 1867 presentó antigüedades mexicanas que no dejan duda alguna sobre las relaciones que los pueblos de esta comarca tuvieron con los antiguos egipcios. León Méchedin, en una nota colocada en una de las paredes del templo mexicano donde realizaba dicha Exposición, expresó lo siguiente:
“No es conveniente publicar antes de tiempo los descubrimientos que acerca de la historia del hombre ha hecho la reciente expedición científica de México. Pero nada se opone a que el público sepa que la exploración señaló la existencia de un gran número de ciudades desdibujadas por el tiempo, pero que gracias a la piqueta y al fuego podrán salir de sus mortajas. Las investigaciones pusieron al descubierto tres capas de civilización, las cuales otorgan al mundo americano una antigüedad fabulosa.”
Cada día la ciencia opone un nuevo argumento a la doctrina que pretende que la aparición del hombre sobre la Tierra data de 6.000 años atrás y de una fuente única. [N. de A. Kardec.]
En la Revista Espírita de enero de 1862 publicamos un artículo donde exponíamos nuestra interpretación sobre la doctrina de los ángeles caídos y presentamos esta teoría sólo como hipótesis, ya que nos basábamos en una opinión personal controvertible, pues en ese momento carecíamos de elementos imbatibles como para lanzar una afirmación absoluta: habíamos formulado la hipótesis en calidad de ensayo y para provocar el examen, mas determinados a abandonarla o modificarla si era preciso. Esta teoría pasó con admirable éxito la prueba del control universal. No sólo ha sido aceptada por la mayoría de los espíritas como la teoría más racional y más acorde con la soberana justicia divina, sino que ha sido confirmada por la generalidad de las instrucciones dadas por los espíritus al respecto. Lo mismo ocurre con la que se ocupa del origen de la raza adámica. [N. de A. Kardec.]
Cuando un mundo llega a uno de esos períodos de transformación que lo hará ascender de jerarquía, se operan mutaciones en su población encarnada y desencarnada; es entonces cuando ocurren las grandes emigraciones e inmigraciones (n.º 34 y 35). Quienes, a pesar de su inteligencia y su saber, perseveran en el mal, en su rebeldía contra Dios y sus leyes, son una traba para el progreso moral ulterior, una causa permanente de inquietud para el reposo y la felicidad de los buenos; razón por la que son excluidos y enviados a mundos adelantados, donde aplicarán su inteligencia y la intuición de los conocimientos adquiridos para ayudar a progresar a quienes los rodean, al mismo tiempo que expiarán, a través de una serie de penosas existencias, caracterizadas por el trabajo duro, sus faltas pasadas y su endurecimiento voluntario.
¿Qué papel desempeñarán ellos en medio de esos pueblos aún en la infancia de la barbarie, si no es el de ángeles o espíritus caídos enviados en misión expiatoria? ¿Acaso no será para ellos un paraíso perdido el mundo del cual fueron expulsados? Y tal morada, ¿no sería para ellos un lugar de delicias, en comparación con el medio ingratos en el cual se encontrarán relegados durante miles de siglos, hasta que hayan merecido su liberación? El vago recuerdo intuitivo que conserven será para ellos como un espejismo lejano que les recordará lo que han perdido por su falta. Al mismo tiempo que los malos abandonan el mundo que habitaban, otros espíritus mejores los reemplazan. Para éstos, que llegan de un mundo menos avanzado, al que dejaron gracias a sus propios méritos, el nuevo hogar será una recompensa. Así es como la población espiritual se renueva y purga de sus peores elementos, con lo cual el estado moral del mundo mejora.
Estas mutaciones a veces son parciales, es decir, limitadas a un pueblo, a una raza; otras veces son generales, mas esto acontece cuando el período de renovación llega para el mundo.
La raza adámica presenta todos los caracteres de una raza proscrita. Los espíritus que la componen fueron exiliados en la Tierra, ya poblada, pero por hombres primitivos, inmersos en la ignorancia, a quienes debía hacer progresar llevándoles las luces de una inteligencia desarrollada. ¿Y acaso no es tal el papel desempeñado por esa raza hasta el presente? Su superioridad intelectual prueba que el mundo de donde provenía era más avanzado que la Tierra. Pero ese mundo estaba a punto de entrar en una nueva fase de progreso y esos espíritus, debido a su obstinación, no supieron adaptarse a las nuevas condiciones. Su desubicación hubiera significado un obstáculo para la marcha providencial de los acontecimientos. Por este motivo fueron excluidos, al tiempo que otros merecieron ocupar sus lugares.
Al relegar a esta raza a un mundo de trabajo y sufrimientos, Dios tuvo razón en decir: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. En su mansedumbre, le prometió que le enviaría un Salvador, quien le señalaría la ruta a seguir para poder escapar de este lugar de miserias, de este infierno, y alcanzar la bienaventuranza de los elegidos. Este Salvador, que Él envió en persona de Cristo, enseñó la ley de amor y caridad, desconocida por ellos, la que debía ser la verdadera áncora de su salvación.
Para lograr que la Humanidad avance en determinado sentido, espíritus superiores, aunque sin alcanzar las cualidades de Cristo, encarnan de tiempo en tiempo sobre la Tierra para llevar a cabo misiones especiales, las que ayudarán al mismo tiempo a su progreso personal si las cumplen de acuerdo con los designios del Creador.
Sin la reencarnación, la misión de Cristo no tendría sentido, así como la promesa hecha por Dios. Supongamos que el alma de cada hombre se crease en el instante del nacimiento de su cuerpo y que apareciese y desapareciese sólo una vez sobre la Tierra; no habría, en tal caso, relación entre aquellas de la edad adámica y las de la época de Cristo, ni tampoco entre las que llegaron posteriormente; todas serían extrañas entre sí. La promesa hecha por Dios de enviar un Salvador no podría aplicarse a los descendientes de Adán si sus almas no habían sido creadas todavía. Para que la misión de Cristo pudiese relacionarse con las palabras de Dios, era preciso que se llevase a cabo con las mismas almas. Si estas almas fuesen nuevas no podrían estar manchadas por la falta del primer padre, quien es sólo el padre carnal y no el padre espiritual, puesto que si no Dios hubiese creado almas mancilladas por una falta que no podría influir sobre ella, ya que no existían en el momento de producirse el pecado. La doctrina popular del pecado original implica la necesidad de establecer una relación entre las almas de la época de Cristo y las del tiempo de Adán. En consecuencia, es preciso aceptar la reencarnación.
Decid que todas esas almas formaban parte de la colonia de espíritus exiliados en la Tierra en tiempos de Adán y que se hallaban mancilladas por los vicios que motivaron su exclusión de un mundo mejor, y tendréis la única interpretación racional del pecado original, pecado propio de cada individuo y no el producto de la responsabilidad de la falta de un tercero a quien jamás se ha conocido. Decid que esas almas, o espíritus, renacen en la Tierra incorporadas en la vida material en múltiples oportunidades para progresar y depurarse y que Cristo llegó para iluminar a esas mismas almas, no sólo en razón de sus vidas pasadas, sino en vista de sus existencias ulteriores, y únicamente entonces daréis a su misión la dimensión real y formal que puede ser aceptada por la razón. Un ejemplo cotidiano, sorprendente por su analogía, hará más comprensible aún el significado de los principios que acabamos de exponer:
El 24 de mayo de 1861 la fragata Ifigenia llegaba a Nueva Caledonia llevando consigo una compañía disciplinaria compuesta por 291 hombres. El comandante de la colonia les leyó en el momento de su llegada la orden del día, redactada en los términos que siguen:
“Al llegar a esta tierra lejana, vosotros ya habéis comprendido el papel que os está reservado.
“Siguiendo el ejemplo de los valientes marinos que trabajan a vuestro lado, nos ayudaréis a llevar con hidalguía, a las tribus salvajes de la Nueva Caledonia, la antorcha de la civilización. ¿No es acaso la vuestra una hermosa y noble misión? Creo que la cumpliréis dignamente.
“Escuchad las órdenes y los consejos de vuestros superiores. Yo soy su cabeza; deseo que entendáis bien mis palabras.
“La elección de vuestro comandante, oficiales, suboficiales y cabos constituye una garantía segura de los esfuerzos que se intentarán para hacer de vosotros excelentes soldados. Es más, para elevaros a la altura de buenos ciudadanos y transformaros en colonos honorables si así lo deseáis.
“Vuestra disciplina será severa; debe serlo. Puesta en nuestras manos, será firme e inflexible, sabedlo bien; mas también, justa y paternal; ella sabrá distinguir el error del vicio y de la degradación...”
A estos hombres, expulsados por su mala conducta de un país civilizado y enviados en castigo a convivir con un pueblo bárbaro, ¿qué les dice su jefe?
“Habéis infringido las leyes de vuestro país; allí fuisteis causa de inquietud y escándalo; fuisteis expulsados. Os envían aquí, pero podréis redimiros de vuestro pasado mediante el trabajo; podréis crearos una posición honorable y convertiros en honestos ciudadanos. Tenéis una hermosa misión que cumplir: civilizar tribus salvajes. La disciplina será severa, pero justa, pues sabremos distinguir a quienes se conduzcan correctamente. Vuestro destino depende de vosotros; podéis mejorarlo si así lo deseáis, ya que poseéis vuestro libre arbitrio.”
Para esos hombres relegados en medio de la barbarie, ¿no es acaso la madre patria un paraíso perdido por sus faltas y su rebelión contra la ley? En esa tierra lejana, ¿no son ellos ángeles caídos? ¿Las palabras del comandante no se asemejan a las que Dios formuló a los espíritus exiliados en la Tierra?: “Habéis desobedecido mis leyes, y es por eso que os he exiliado del mundo donde hubierais podido vivir felices y en paz. Aquí estaréis condenados a trabajar, mas podréis, por vuestra buena conducta, merecer el perdón y reconquistar la patria que habéis perdido por vuestra falta, es decir, el cielo.”
En un primer momento, la idea de decadencia parece encontrar en contradicción con el principio que establece que los espíritus no pueden retroceder. Mas es necesario pensar que no se trata de un regreso al estado primitivo. El espíritu, aunque en una posición inferior, no pierde nada de lo que ya ha adquirido, su desarrollo moral e intelectual es el mismo, sea cual fuere el medio en el que se halle. Está en la misma posición del hombre de mundo condenado a la cárcel por sus fechorías. Ciertamente, se halla degradado, venido a menos en lo que respecta a su situación social, mas no se volverá ni más estúpido ni más ignorante. ¿Podemos pensar acaso que esos hombres enviados a Nueva Caledonia van a transformarse de repente en modelos de virtud, que van a abjurar de golpe de sus errores pasados? Para pensar así, sería preciso no conocer a la Humanidad. Por la misma razón, los espíritus de la raza adámica, una vez trasplantados en esta tierra de exilio no se despojaron inmediatamente de su orgullo y malos instintos; mucho tiempo aún conservaron sus tendencias originales, un resto del antiguo cáncer, pues bien, ¿no es ése el pecado original?
documentación recogida en en Génesis de Allan Kardec.
Se trataba de una explicación adecuada al nivel de comprensión del pueblo judío de la época mosaica, pero que no puede ser considerada como verdad absoluta en la actualidad, señalada por el progreso intelectual y científico.
Las teorías que identifican en las razas humanas el resultado del perfeccionamiento biológico, a través de los milenios, de los organismos primitivos que inicialmente poblaron la Tierra, son hoy ampliamente difundidas, aceptadas por la comunidad científica y confirmadas por el Plano Espiritual. Los recientes descubrimientos de la Antropología y la Arqueología no solo han confirmado esas teorías, sino también proporcionado argumentos a favor de la tesis de la población simultánea de varias regiones del Planeta, por medio de razas diferentes, con caracteres físicos singulares, lo que denota su origen diversificado y un desenvolvimiento independiente.
No obstante, la simbología de la narración mosaica refleja un fenómeno usual en el proceso de desarrollo y evolución de los globos y de los Espíritus que los habitan. Los mundos progresan a través del crecimiento en moralidad y saber de los seres que viven en ellos. Cuando un planeta alcanza una fase culminante en su transición evolutiva, los espíritus que no han acompañado el progreso general del orbe y en él se han transformado en elementos de perturbación del bienestar de la colectividad, son conducidos a mundos menos adelantados, donde aplicarán su inteligencia y la intuición de los conocimientos adquiridos, en beneficio del progreso de la humanidad que los habita. Al mismo tiempo expiarán, en contacto con las difíciles condiciones de vida de su nuevo ambiente y entre pueblos más atrasados, las faltas pasadas y la obstinación voluntaria, sufriendo la opresión del dolor que los impulsará hacia la renovación. Esas emigraciones entre los diversos mundos del Universo son periódicas y se pueden efectuar con los elementos de un pueblo, una raza, o con los habitantes de un planeta.
En el Génesis, Moisés registra las reminiscencias de un grupo de espíritus, personificados por Adán y Eva, que emigró hacia la Tierra, proveniente de un planeta del sistema orbital de la estrella que llamamos Cabra o Capela, que pertenece a la constelación del Capricornio.
Hace miles de años, ese planeta del sistema de Capela, que guarda mucha afinidad con el globo terrestre, alcanzó la culminación de uno de sus extraordinarios ciclos evolutivos. Allí había algunos millones de espíritus rebeldes, en el camino de la evolución general, que dificultaban la consolidación de la arduas conquistas de aquellos pueblos llenos de piedad y virtudes; pero una acción de saneamiento general habría de expulsarlos de aquella humanidad, que había hecho un culto de la concordia perpetua, para edificar sus elevados trabajos.
Las grandes comunidades espirituales, directoras del Cosmos, deliberaron entonces acerca de localizar a esas entidades, pertinaces en el crimen, aquí en la Tierra lejana, donde aprenderían a realizar, por el dolor y los trabajos penosos del ambiente, las grandes conquistas del corazón e impulsarían, simultáneamente, el progreso de sus hermanos inferiores.
Sufriendo el dolor del exilio y de la separación de sus afectos, fueron recibidos por Jesús que, con sus amorosas advertencias despertó sus esperanzas de redención en el porvenir y los invitó a cooperar fraternalmente para el perfeccionamiento de la raza primitiva que habitaba el orbe. Jesús les prometió asistencia cotidiana y su futura venida, para indicarles el camino que habría de posibilitarles el retorno « paraíso perdido».
Con el auxilio de esos espíritus endeudados y afligidos, que reencarnaron en las regiones de la Tierra que ya estaban habitadas por los clanes y pueblos primitivos, las falanges de Jesús procedieron al perfeccionamiento de los caracteres biológicos de las razas humanas y sentaron las bases del progreso y la civilización en el Planeta.
Al vivir en medio de pueblos primitivos, todavía en estado de barbarie, esas entidades se sintieron degradadas, en un ambiente rudo, para expiar sus faltas. Alentaban el retorno al «paraíso perdido» cuyo recuerdo intuitivo se propagó a través de las generaciones y fue relatado en las páginas bíblicas.
La figura de Adán debe ser interpretada, como símbolo de la Humanidad. La palabra hebrea Haadan no es un nombre propio, sino significa: el hombre, en general, la humanidad. Su desobediencia a las determinaciones divinas representa la infracción a las leyes del bien, en que incurren los hombres, particularmente los exiliados del sistema de Capela, al dejarse dominar por los instintos materiales.
Programa IV Aspecto Filosófico
El árbol de la ciencia es una alegoría referente a la posibilidad de que el hombre discernía entre el bien y el mal, a través del progreso en conocimiento y del consecuente desenvolvimiento de su libre albedrío, que acarrea la responsabilidad sobre sus actos. Así, al mismo tiempo que el árbol de la ciencia simboliza el crecimiento en saber, implica también responsabilidad del hombre por sus opciones ante la vida.
El fruto del árbol de la Ciencia, que florece en medio del «jardín de las delicias»,
corresponde al producto de la evolución material y se constituye en objeto de los deseos materiales del hombre Comer el fruto es dejarse vencer por las tentaciones de la materia, en detrimento de las conquistas espirituales que les corresponde realizar. El árbol de la vida simboliza la vida espiritual, es una referencia a las conquistas morales y demás bienes del espíritu, que el orbe del sistema de Capela había concretado y que los exiliados ya no podrían aprovechar, por haber perdido la armonía con el ambiente espiritual del planeta.
La muerte, de la que son alertados por la palabra divina, corresponde a los resultados de la infracción a los principios del bien. Es un término utilizado en el sentido espiritual e implica la imposibilidad de que las entidades se beneficiaran con las adquisiciones que serían el resultado de la evolución moral, e incluso de su permanencia en su planeta de origen y del contacto con las virtudes desarrolladas por los que allí quedaban.
La serpiente simboliza, por su forma y modo de locomoción, la sinuosidad de los malos consejos que, al esquivar los obstáculos de la conciencia, consiguen alcanzar al ser, al encontrar los resquicios de su inferioridad en lo más recóndito de su corazón.
De tal modo, las enseñanzas espíritas, relativas a la raza adámica, esclarecen el mito registrado en el Génesis y proporcionan una explicación racional para las reminiscencias de las promesas de la venida del Mesías, encontradas en diversas comunidades terrestres.
Un gran número de entidades exiliadas recién pudieron retornar a su orbe de origen, después de muchas existencias de pruebas y expiaciones. Sin embargo, algunas todavía se encuentran en la Tierra, por su persistencia en el mal.
Raza adámica Génesis de la 3º revelación de Allan Kardec
De acuerdo con la enseñanza de los espíritus, fue una de esas grandes inmigraciones, o, si se prefiere, una de esas colonias de espíritus, llegada de otra esfera, la que dio nacimiento a la raza simbolizada por Adán, que, por tal razón, es denominada raza adámica. La Tierra estaba poblada desde hacía mucho tiempo cuando llegaron los espíritus que componían tal colonia, así como América se encontraba habitada ya cuando llegaron los europeos.
La raza adámica, más adelantada que aquellas otras que la precedieron, era la más inteligente y la que impulsó a las demás a progresar. El Génesis la describe como una raza trabajadora y hábil en las artes y las ciencias, desde sus comienzos, lo cual no es común en las razas primitivas, y concuerda con la opinión de que lo componían espíritus que ya habían progresado. Todo prueba su escasa antigüedad sobre la Tierra, así como nada contradice conceptuar sus pocos miles de años en el planeta. Por el contrario, todo eso lo La doctrina que intenta explicar que el origen de todo el género humano deriva de una pareja de seis mil años de antigüedad, es inadmisible en el estado actual de los conocimientos. A continuación resumimos las principales consideraciones de orden físico y moral que la contradicen:
Desde el punto de vista fisiológicos, ciertas razas presentan características físicas especiales que impiden asignar a todas un origen común. Hay diferencias que no son producto del clima, ya que los blancos que se reproducen en países de negros no se vuelven negros, y viceversa. El ardor motivado por el sol tuesta y broncea la epidermis, pero no ha convertido jamás a un blanco en negro, no ha achatado su nariz, cambiado los rasgos de su fisonomía ni transformado las hebras sedosas en motas. Hoy se sabe que la raza negra debe su color a un tejido subcutáneo particular, propio de la especie, denominado melanina.
Debemos considerar que las razas negra, mongólica y caucásica tuvieron orígenes propios y nacieron simultánea o sucesivamente en diferentes partes del globo. Sus cruces produjeron razas mixtas secundarias. Los caracteres fisiológicos de las razas primitivas son una señal evidente de que provienen de tipos especiales. Las mismas consideraciones valen tanto para el hombre como para los animales, en cuanto a la pluralidad de orígenes (cap. X, n.º 2)
Adán y sus descendientes son representados en el Génesis como hombres esencialmente inteligentes, ya que, desde la segunda generación, construyen ciudades, cultivan la tierra y trabajan metales. Sus progresos en el terreno de las artes y las ciencias son rápidos y constantes. No se podría concebir que tamaña fuente tuviese por retoños tantos pueblos atrasados y de inteligencia tan rudimentaria, al punto que aún en nuestros días se codean con la animalidad. ¿Cómo pudieron haber perdido toda huella y hasta el mínimo recuerdo tradicional de lo que sus padres hacían? Una diferencia tan radical en las aptitudes intelectuales y en el desarrollo moral testifica, con no menor evidencia, la diferencia de origen. Independientemente de los hechos geológicos, la prueba de la existencia del hombre sobre la Tierra antes de la época determinada por el Génesis, la obtenemos de la población del globo.
Sin hacer referencia a la cronología china, que se remonta a treinta mil años atrás, documentos más dignos de autenticidad atestiguan que Egipto, la India y otras comarcas estaban habitadas, y en su apogeo, como mínimo tres mil años antes de la era cristiana; en consecuencia, mil años después de la creación del primer hombre, según la cronología bíblica. Documentos y observaciones recientes no dejan ninguna duda acerca de las relaciones existentes entre América y el antiguo Egipto, de donde deducimos que esa comarca ya se hallaba poblada en esa época. Sería necesario admitir, entonces, que en mil años la posteridad de un solo hombre pudo cubrir la mayor parte de la Tierra; mas tal fecundidad sería contraria a todas las leyes antropológicas.
Tal imposibilidad se nos muestra aún más evidente si admitimos, con el Génesis, que el diluvio destruyó a todo el género humano, con excepción de Noé y su familia, que por otra parte no era numerosa, en el año 1656 del mundo, es decir, 2348 años antes de la era cristiana. Noé sería, entonces, el responsable de la población del planeta. Ahora bien, cuando los hebreos se establecieron en Egipto, 612 años después del diluvio, sólo ellos hubieran podido poblar un poderoso imperio, sin contar a los habitantes de las otras comarcas, pues no es admisible que los descendientes de Noé en menos de seis siglos se hayan reproducido de tal forma.
Hacemos notar, también, que los egipcios recibieron a los hebreos como a extranjeros y que sería sorprendente que hubiesen perdido el recuerdo de una comunidad de origen tan cercano, mientras que conservaban religiosamente los momentos de su historia.
Una rigurosa lógica, corroborada por los hechos, demuestra de la manera más perentoria que el hombre se halla en la Tierra desde un tiempo indeterminado muy anterior a la época que señala el Génesis. Existe de igual forma, una diversidad de orígenes primitivos, ya que demostrar la imposibilidad de una proposición es demostrar la proposición contraria. Si la Geología lograra descubrir huellas auténticas de la presencia humana antes del gran diluvio, la demostración sería más completa.
Los mundos progresan físicamente por la elaboración de la materia y moralmente por la depuración de los espíritus que en ellos viven. La felicidad está en relación directa con el predominio del bien sobre el mal, y a su vez, el predominio del bien es producto del adelanto moral de los espíritus. El progreso intelectual no basta, ya que con la inteligencia pueden hacer el mal.
La Exposición Universal de 1867 presentó antigüedades mexicanas que no dejan duda alguna sobre las relaciones que los pueblos de esta comarca tuvieron con los antiguos egipcios. León Méchedin, en una nota colocada en una de las paredes del templo mexicano donde realizaba dicha Exposición, expresó lo siguiente:
“No es conveniente publicar antes de tiempo los descubrimientos que acerca de la historia del hombre ha hecho la reciente expedición científica de México. Pero nada se opone a que el público sepa que la exploración señaló la existencia de un gran número de ciudades desdibujadas por el tiempo, pero que gracias a la piqueta y al fuego podrán salir de sus mortajas. Las investigaciones pusieron al descubierto tres capas de civilización, las cuales otorgan al mundo americano una antigüedad fabulosa.”
Cada día la ciencia opone un nuevo argumento a la doctrina que pretende que la aparición del hombre sobre la Tierra data de 6.000 años atrás y de una fuente única. [N. de A. Kardec.]
En la Revista Espírita de enero de 1862 publicamos un artículo donde exponíamos nuestra interpretación sobre la doctrina de los ángeles caídos y presentamos esta teoría sólo como hipótesis, ya que nos basábamos en una opinión personal controvertible, pues en ese momento carecíamos de elementos imbatibles como para lanzar una afirmación absoluta: habíamos formulado la hipótesis en calidad de ensayo y para provocar el examen, mas determinados a abandonarla o modificarla si era preciso. Esta teoría pasó con admirable éxito la prueba del control universal. No sólo ha sido aceptada por la mayoría de los espíritas como la teoría más racional y más acorde con la soberana justicia divina, sino que ha sido confirmada por la generalidad de las instrucciones dadas por los espíritus al respecto. Lo mismo ocurre con la que se ocupa del origen de la raza adámica. [N. de A. Kardec.]
Cuando un mundo llega a uno de esos períodos de transformación que lo hará ascender de jerarquía, se operan mutaciones en su población encarnada y desencarnada; es entonces cuando ocurren las grandes emigraciones e inmigraciones (n.º 34 y 35). Quienes, a pesar de su inteligencia y su saber, perseveran en el mal, en su rebeldía contra Dios y sus leyes, son una traba para el progreso moral ulterior, una causa permanente de inquietud para el reposo y la felicidad de los buenos; razón por la que son excluidos y enviados a mundos adelantados, donde aplicarán su inteligencia y la intuición de los conocimientos adquiridos para ayudar a progresar a quienes los rodean, al mismo tiempo que expiarán, a través de una serie de penosas existencias, caracterizadas por el trabajo duro, sus faltas pasadas y su endurecimiento voluntario.
¿Qué papel desempeñarán ellos en medio de esos pueblos aún en la infancia de la barbarie, si no es el de ángeles o espíritus caídos enviados en misión expiatoria? ¿Acaso no será para ellos un paraíso perdido el mundo del cual fueron expulsados? Y tal morada, ¿no sería para ellos un lugar de delicias, en comparación con el medio ingratos en el cual se encontrarán relegados durante miles de siglos, hasta que hayan merecido su liberación? El vago recuerdo intuitivo que conserven será para ellos como un espejismo lejano que les recordará lo que han perdido por su falta. Al mismo tiempo que los malos abandonan el mundo que habitaban, otros espíritus mejores los reemplazan. Para éstos, que llegan de un mundo menos avanzado, al que dejaron gracias a sus propios méritos, el nuevo hogar será una recompensa. Así es como la población espiritual se renueva y purga de sus peores elementos, con lo cual el estado moral del mundo mejora.
Estas mutaciones a veces son parciales, es decir, limitadas a un pueblo, a una raza; otras veces son generales, mas esto acontece cuando el período de renovación llega para el mundo.
La raza adámica presenta todos los caracteres de una raza proscrita. Los espíritus que la componen fueron exiliados en la Tierra, ya poblada, pero por hombres primitivos, inmersos en la ignorancia, a quienes debía hacer progresar llevándoles las luces de una inteligencia desarrollada. ¿Y acaso no es tal el papel desempeñado por esa raza hasta el presente? Su superioridad intelectual prueba que el mundo de donde provenía era más avanzado que la Tierra. Pero ese mundo estaba a punto de entrar en una nueva fase de progreso y esos espíritus, debido a su obstinación, no supieron adaptarse a las nuevas condiciones. Su desubicación hubiera significado un obstáculo para la marcha providencial de los acontecimientos. Por este motivo fueron excluidos, al tiempo que otros merecieron ocupar sus lugares.
Al relegar a esta raza a un mundo de trabajo y sufrimientos, Dios tuvo razón en decir: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. En su mansedumbre, le prometió que le enviaría un Salvador, quien le señalaría la ruta a seguir para poder escapar de este lugar de miserias, de este infierno, y alcanzar la bienaventuranza de los elegidos. Este Salvador, que Él envió en persona de Cristo, enseñó la ley de amor y caridad, desconocida por ellos, la que debía ser la verdadera áncora de su salvación.
Para lograr que la Humanidad avance en determinado sentido, espíritus superiores, aunque sin alcanzar las cualidades de Cristo, encarnan de tiempo en tiempo sobre la Tierra para llevar a cabo misiones especiales, las que ayudarán al mismo tiempo a su progreso personal si las cumplen de acuerdo con los designios del Creador.
Sin la reencarnación, la misión de Cristo no tendría sentido, así como la promesa hecha por Dios. Supongamos que el alma de cada hombre se crease en el instante del nacimiento de su cuerpo y que apareciese y desapareciese sólo una vez sobre la Tierra; no habría, en tal caso, relación entre aquellas de la edad adámica y las de la época de Cristo, ni tampoco entre las que llegaron posteriormente; todas serían extrañas entre sí. La promesa hecha por Dios de enviar un Salvador no podría aplicarse a los descendientes de Adán si sus almas no habían sido creadas todavía. Para que la misión de Cristo pudiese relacionarse con las palabras de Dios, era preciso que se llevase a cabo con las mismas almas. Si estas almas fuesen nuevas no podrían estar manchadas por la falta del primer padre, quien es sólo el padre carnal y no el padre espiritual, puesto que si no Dios hubiese creado almas mancilladas por una falta que no podría influir sobre ella, ya que no existían en el momento de producirse el pecado. La doctrina popular del pecado original implica la necesidad de establecer una relación entre las almas de la época de Cristo y las del tiempo de Adán. En consecuencia, es preciso aceptar la reencarnación.
Decid que todas esas almas formaban parte de la colonia de espíritus exiliados en la Tierra en tiempos de Adán y que se hallaban mancilladas por los vicios que motivaron su exclusión de un mundo mejor, y tendréis la única interpretación racional del pecado original, pecado propio de cada individuo y no el producto de la responsabilidad de la falta de un tercero a quien jamás se ha conocido. Decid que esas almas, o espíritus, renacen en la Tierra incorporadas en la vida material en múltiples oportunidades para progresar y depurarse y que Cristo llegó para iluminar a esas mismas almas, no sólo en razón de sus vidas pasadas, sino en vista de sus existencias ulteriores, y únicamente entonces daréis a su misión la dimensión real y formal que puede ser aceptada por la razón. Un ejemplo cotidiano, sorprendente por su analogía, hará más comprensible aún el significado de los principios que acabamos de exponer:
El 24 de mayo de 1861 la fragata Ifigenia llegaba a Nueva Caledonia llevando consigo una compañía disciplinaria compuesta por 291 hombres. El comandante de la colonia les leyó en el momento de su llegada la orden del día, redactada en los términos que siguen:
“Al llegar a esta tierra lejana, vosotros ya habéis comprendido el papel que os está reservado.
“Siguiendo el ejemplo de los valientes marinos que trabajan a vuestro lado, nos ayudaréis a llevar con hidalguía, a las tribus salvajes de la Nueva Caledonia, la antorcha de la civilización. ¿No es acaso la vuestra una hermosa y noble misión? Creo que la cumpliréis dignamente.
“Escuchad las órdenes y los consejos de vuestros superiores. Yo soy su cabeza; deseo que entendáis bien mis palabras.
“La elección de vuestro comandante, oficiales, suboficiales y cabos constituye una garantía segura de los esfuerzos que se intentarán para hacer de vosotros excelentes soldados. Es más, para elevaros a la altura de buenos ciudadanos y transformaros en colonos honorables si así lo deseáis.
“Vuestra disciplina será severa; debe serlo. Puesta en nuestras manos, será firme e inflexible, sabedlo bien; mas también, justa y paternal; ella sabrá distinguir el error del vicio y de la degradación...”
A estos hombres, expulsados por su mala conducta de un país civilizado y enviados en castigo a convivir con un pueblo bárbaro, ¿qué les dice su jefe?
“Habéis infringido las leyes de vuestro país; allí fuisteis causa de inquietud y escándalo; fuisteis expulsados. Os envían aquí, pero podréis redimiros de vuestro pasado mediante el trabajo; podréis crearos una posición honorable y convertiros en honestos ciudadanos. Tenéis una hermosa misión que cumplir: civilizar tribus salvajes. La disciplina será severa, pero justa, pues sabremos distinguir a quienes se conduzcan correctamente. Vuestro destino depende de vosotros; podéis mejorarlo si así lo deseáis, ya que poseéis vuestro libre arbitrio.”
Para esos hombres relegados en medio de la barbarie, ¿no es acaso la madre patria un paraíso perdido por sus faltas y su rebelión contra la ley? En esa tierra lejana, ¿no son ellos ángeles caídos? ¿Las palabras del comandante no se asemejan a las que Dios formuló a los espíritus exiliados en la Tierra?: “Habéis desobedecido mis leyes, y es por eso que os he exiliado del mundo donde hubierais podido vivir felices y en paz. Aquí estaréis condenados a trabajar, mas podréis, por vuestra buena conducta, merecer el perdón y reconquistar la patria que habéis perdido por vuestra falta, es decir, el cielo.”
En un primer momento, la idea de decadencia parece encontrar en contradicción con el principio que establece que los espíritus no pueden retroceder. Mas es necesario pensar que no se trata de un regreso al estado primitivo. El espíritu, aunque en una posición inferior, no pierde nada de lo que ya ha adquirido, su desarrollo moral e intelectual es el mismo, sea cual fuere el medio en el que se halle. Está en la misma posición del hombre de mundo condenado a la cárcel por sus fechorías. Ciertamente, se halla degradado, venido a menos en lo que respecta a su situación social, mas no se volverá ni más estúpido ni más ignorante. ¿Podemos pensar acaso que esos hombres enviados a Nueva Caledonia van a transformarse de repente en modelos de virtud, que van a abjurar de golpe de sus errores pasados? Para pensar así, sería preciso no conocer a la Humanidad. Por la misma razón, los espíritus de la raza adámica, una vez trasplantados en esta tierra de exilio no se despojaron inmediatamente de su orgullo y malos instintos; mucho tiempo aún conservaron sus tendencias originales, un resto del antiguo cáncer, pues bien, ¿no es ése el pecado original?
documentación recogida en en Génesis de Allan Kardec.
lunes, 29 de julio de 2013
DOCTRINA DE LAS PENAS ETERNAS
Origen de la doctrina de las penas eternas
La creencia en la eternidad de las penas pierde cada día tanto terreno que, sin ser profeta, cada uno puede prever su próximo fin. Ha sido combatida con argumentos tan poderosos y tan perentorios, que casi parece superfluo ocuparse de ella de hoy en adelante, y basta dejarla que se extinga. Sin embargo, hay que conceder que, aunque caduca, es todavía el escudo de los adversarios de las nuevas ideas, el cual defienden con más empeño, porque es uno de los lados más vulnerables y prevén las consecuencias de su caída. Desde este punto de vista, esta cuestión merece un examen serio.
La doctrina de las penas eternas, como la del infierno material, tuvo su razón de ser cuando ese temor podía ser un freno para los hombres poco adelantados intelectual y moralmente.
Por lo mismo que poco o nada se hubieran impresionado con la idea de las penas morales, tampoco se hubieran sobrecogido con la de las penas temporales, ni aun habrían comprendido la justicia de las penas graduadas y proporcionadas, porque no eran aptos para distinguir las diferencias, algunas veces poco sensibles, entre el bien y el mal, ni el valor relativo de las circunstancias atenuantes o agravantes.
Cuando más cerca están los hombres del estado primitivo, tanto más materiales son. El sentido se desarrolla en ellos con más lentitud. Por esta misma razón sólo pueden tener de Dios y de sus atributos una idea muy imperfecta, lo mismo que de la vida futura. Asimilan a Dios a su propia naturaleza. Para ellos es un soberano absoluto, tanto más temible cuanto más invisible, como un monarca déspota que, escondido en su palacio, no se muestra nunca a sus súbditos. Sólo es poderoso por la fuerza material, porque no comprenden la fuerza moral. Se lo representan armado
con el rayo, o en medio de los relámpagos y de la tempestad, sembrado en sus excursiones la ruina y el desconsuelo, a imitación de los guerreros invencibles. Un Dios de mansedumbre y de misericordia no sería un Dios, y sí un ser débil que no sabría hacerse obedecer. La venganza implacable, los castigos terribles, eternos, nada tenían que contradijeran la idea que tenían formada de Dios, ni que repugnase a su razón. Implacables como eran en sus resentimientos, crueles para con sus enemigos, sin piedad para los vencidos, Dios, muy superior a ellos, debía ser todavía más terrible. Para hombres tales, se necesitan creencias religiosas asimiladas a su naturaleza todavía adusta. Una religión completamente espiritual, toda amor y caridad, no podía hermanarse con la brutalidad de las costumbres y de las pasiones. No vituperamos, pues, a Moisés por su legislación draconiana, que apenas bastaba para contener a su pueblo indócil, ni el haber representado a Dios.
como a un Dios vengador. Era necesario en aquella época. La apreciable doctrina de Jesús no habría encontrado eco y hubiera sido ineficaz. Según se fue desarrollando el espíritu, el velo material se fue disipando poco a poco para comprender las cosas espirituales. Pero esto sólo se verificó gradualmente. Cuando vino Jesús pudo anunciar un Dios clemente, hablar de su reino que no es de este mundo, y decir a los hombres:
“Amaos unos a otros, haced bien a los que os odian.” Siendo así que los antiguos decían: “Ojo por ojo, diente por diente.” ¿Quiénes eran, pues, los hombres que vivían en tiempo de Jesús? ¿Eran almas nuevamente creadas y encarnadas? Si esto fuese, Dios habría creado en tiempo de Jesús almas más adelantadas que en tiempos de Moisés. Pero entonces, ¿qué se hicieron de éstas? ¿Habrían languidecido durante la eternidad en el embrutecimiento? El solo sentido común rechaza esta suposición. No, eran las mismas almas que, después de haber vivido bajo la ley mosaica, habían adquirido durante muchas existencias un desarrollo suficiente para comprender una doctrina más elevada, y están hoy lo bastante adelantadas para recibir una enseñanza todavía más completa.
Sin embargo, Cristo no pudo revelar a sus contemporáneos todos los misterios del porvenir. Él mismo dijo: “Tengo todavía muchas cosas que deciros, pero no las comprenderíais, por esto os hablo en parábolas.” Sobre todo, en lo relativo a la moral, es decir, los deberes de hombre a hombre, fue muy explícito, porque haciendo vibrar la cuerda sensible de la vida material, sabía que le comprenderían. Sobre los demás puntos se limitaba a sembrar, bajo una forma alegórica, los gérmenes de lo que debería desarrollarse más tarde. La doctrina de las penas y de las recompensas futuras pertenece a este último orden de ideas. Sobre todo con respecto a las penas, no debió combatir por de pronto todas las admitidas. Venía para señalar a los hombres nuevos deberes. La caridad y el amor del prójimo en lugar del espíritu de odio y de venganza, La abnegación, en lugar del egoísmo, esto era ya mucho. No podía razonablemente amenguar el temor del castigo reservado a los prevaricadores sin debilitar al mismo tiempo la idea del deber. Prometía el reino de los cielos a los buenos. Esta mansión era, pues, prohibida a los malos. ¿A dónde irían? Era necesaria la alternativa contraria, propia para impresionar inteligencias todavía demasiado materiales como para identificarse con la vida espiritual, porque no hay que perder de vista que Jesús hablaba al pueblo, a la parte menos ilustrada de la sociedad, para la cual se necesitaban, por decirlo así, imágenes casi palpables y no ideas fútiles. Por esto no entra en detalles superfluos: le bastaba oponer un castigo al premio. No se necesitaba más en aquella época.
Si Jesús amenazó a los culpables con el fuego eterno, también los amenazó con echarlos a la Gehenna. ¿Y qué era esa Gehenna? Un sitio cercano a Jerusalén, un pudridero a donde iban las inmundicias de la ciudad. ¿Deberíamos tomar esto así, al pie de la letra? Era una de aquellas figuras enérgicas con cuya ayuda impresionaba a las masas. Lo mismo sucede con el fuego eterno. Si tal no hubiese sido su pensamiento, estaría en contradicción consigo mismo enalteciendo la clemencia y la misericordia de Dios, porque la clemencia y la inexorabilidad son tan contrarias, que se anulan.
Sería, pues, interpretar muy mal el sentido de las palabras de Jesús, ver en ellas la sanción del dogma de las penas eternas, cuando toda su enseñanza proclama la mansedumbre del Creador.
En la oración dominical nos enseña a decir: “Señor, perdónanos nuestras ofensas, como perdonamos a los que nos han ofendido.” Si el culpable no pudiera esperar perdón alguno, no haría falta pedirlo. ¿Pero este perdón es sin condición?, ¿es una gracia, un indulto puro y sencillo del merecido castigo? No, la medida de este perdón está subordinada al modo con que habremos perdonado, es decir, que si no perdonamos, no seremos perdonados. Dios, imponiendo como condición absoluta el olvido de las ofensas, no podía exigir que el hombre débil hiciese lo que el Todopoderoso no hiciera. La oración dominical es una protesta diaria contra la venganza de Dios.
Para hombres que sólo tenían una noción confusa de la espiritualidad del alma, la idea del fuego material nada chocante era, tanto menos cuanto que estaba en la creencia vulgar, derivada de la del infierno pagano, casi universalmente esparcida. La eternidad de las penas nada tenía tampoco que repugnarse a gentes sometidas desde muchos siglos a la legislación del terrible Jehová. En el pensamiento de Jesús, el fuego eterno no podía ser más que una figura. Poco le importaba que aquella figura fuese tomada al pie de la letra, si debía servir de freno. Bien sabía que el tiempo y el progreso se encargarían de hacer comprender su sentido alegórico, sobre todo cuando, según su predicción, el Espíritu de Verdad vendría a iluminar a los hombres sobre todas las cosas.
El carácter esencial de las penas irrevocables es la ineficacia del arrepentimiento. Jesús, pues, jamás dijo que el arrepentimiento nunca hallaría perdón ante Dios. En todas las ocasiones, al contrario, muestra a Dios clemente, misericordioso, dispuesto a recibir al hijo pródigo a su regreso, bajo el techo paterno. No lo presenta inflexible más que con el pecador endurecido. Pero si tiene el castigo en una mano, en la otra tiene siempre el perdón para el culpable, cuando éste vuelve sinceramente hacia Él. No es éste, por cierto, el retrato de un Dios sin piedad. Así es que conviene hacer notar que Jesús nunca pronunció contra persona alguna, ni aun contra los mayores culpables, una condenación irremisible.
Todas las religiones primitivas, de acuerdo con el carácter de los pueblos, tuvieron dioses guerreros que combatieron mandando los ejércitos. El Jehová de los hebreos les daba mil medios para exterminar a sus enemigos, les premiaba con la victoria o les castigaba con la derrota. Según la idea que se formaba de Dios, se creía honrarle o aplacarle con la sangre de los animales o de los hombres. De aquí proceden los sacrificios sangrientos que tan importante papel hicieron en todas las religiones antiguas. Los judíos habían abolido los sacrificios humanos. Los cristianos, a pesar de la enseñanza de Cristo, creyeron por mucho tiempo honrar al Creador entregando por millares a las llamas y a los tormentos a aquellos que llamaba herejes. Eran, bajo otra forma, verdaderos sacrificios humanos, puesto que lo hacían para mayor gloria de Dios, y con acompañamiento de ceremonias religiosas. Hoy mismo invocan todavía al Dios de los ejércitos antes del combate, y le glorifican después de la victoria, y esto, muchas veces por las causas más injustas y más anticristianas. ¡Cuán tardío es el hombre en desprenderse de sus preocupaciones, de sus costumbres y de sus ideas primeras! Cuántos siglos nos separan de Moisés, y nuestra generación cristiana ve todavía huellas de los antiguos y bárbaros usos, admitidos, o al menos aprobados, por la religión actual. Ha sido necesario el poder de la opinión de los no ortodoxos, de aquellos apellidos herejes, para concluir con las hogueras y hacer comprender la verdadera grandeza de Dios. Pero a falta de hogueras, las persecuciones materiales y morales están en todo su vigor. Tan arraigada está en el hombre la idea de un Dios cruel. Imbuido de sentimientos que le inculcan desde la niñez, puede el hombre admirarse de que Dios que le representan honrándose por actos bárbaros, condene a tormentos eternos, y vea sin piedad los padecimientos de los condenados?
Sí, son algunos filósofos impíos, en sentir de algunos, los que se escandalizaron al ver el nombre de Dios profanado por actos indignos de Él. Son aquellos que lo mostraron a los hombres en toda su magnitud, despojándole de las pasiones y de las pequeñeces humanas que le atribuía una creencia poco ilustrada. La religión ganó en dignidad lo que perdió en prestigio exterior, pues si son menos los hombres adictos a la forma, es mayor el número de los que son con más sinceridad religiosos en su corazón y en sus sentimientos. Pero al lado de aquellos, ¡cuántos hay que, quedándose en la superficie, han venido a parar a la negación de toda providencia! Por no haber sabido poner al tiempo las creencias religiosas en armonía con los progresos de la razón humana, han hecho surgir en los unos el deísmo, en los otros la incredulidad absoluta, en otros el panteísmo; es decir, que el hombre se hizo Dios a sí mismo por no ver uno bastante perfecto.
Argumentos en apoyo de las penas eternas. Volvamos al dogma de la eternidad de las penas. El principal argumento que se presenta en favor suyo es el siguiente:
Está admitido entre los hombres que la gravedad de la ofensa es proporcionada a la condición del ofendido. La que se comete contra un soberano, siendo considerada como más grave que la inferida a un particular, es castigada más severamente. Pues Dios es más que un soberano, puesto que es infinito. La ofensa para con Él es infinita y debe tener un castigo infinito, es decir, eterno. Refutación. Una refutación es un argumento que debe tener su punto de partida, una base en la cual se apoye, unas premisas, en una palabra. Tomamos estas premisas en los atributos de Dios:
Dios es único, inmutable, inmaterial, todopoderoso, soberanamente justo y bueno, infinito en todas sus perfecciones. Es imposible concebir a Dios a no ser con el infinito de las perfecciones, sin lo que no sería Dios, porque se podría concebir un ser que poseyese lo que le faltase. Para que esté sobre todos los seres, es necesario que ninguno pueda sobrepujarse ni igualarle en nada. Tiene que ser, pues, infinito en todo. Siendo infinitos los atributos de Dios, no son susceptibles ni de aumento ni de disminución. Sin esto no serían infinitos y Dios no sería perfecto. Si se agregase la más pequeña partícula de uno solo de estos atributos, no sería Dios, puesto que podría existir un ser más perfecto.
El infinito de una cualidad excluye la posibilidad de la existencia de una cualidad que la disminuya o anule. Un ser infinitamente bueno no puede tener la más pequeña partícula de maldad.
Lo mismo que un objeto no podría ser absolutamente negro teniendo el más pequeño viso blanco, ni de un blanco absoluto con la más pequeña mancha negra. Sentado este punto de partida, al argumento arriba dicho se oponen los siguientes: Sólo un ser infinito puede hacer alguna cosa infinita. El hombre, siendo limitado en sus virtudes, sus conocimientos, en su potencia, en sus aptitudes, en su existencia terrestre, no puede producir sino cosas limitadas.
Si el hombre pudiera ser infinito en el mal que hace, lo sería igualmente en el bien que hace, y entonces sería igual a Dios. Pero si el hombre fuera infinito en lo que hace de bueno, no haría mal, porque el bien absoluto es la exclusión de todo mal.
Admitiendo que una ofensa temporal hacia la Divinidad pudiese ser infinita, Dios, vengándose de ella con un castigo infinito, sería infinitamente vengativo. Si fuera infinitamente vengativo, no podría ser infinitamente bueno y misericordioso, porque uno de estos atributos es la negación del otro. Si no fuera infinitamente bueno, no sería perfecto. Y si no fuese perfecto, no sería Dios.
Si Dios es inexorable para con el culpable arrepentido, no es misericordioso. Si no es misericordioso, no es infinitamente bueno. ¿Por qué impondría Dios al hombre como ley el perdón, si Él mismo no sabe perdonar? ¡Resultaría de esto que el hombre que perdona a sus enemigos y les devuelve bien por mal, sería mejor que Dios, que se hace sordo al arrepentimiento de aquel que le ha ofendido, y le niega, eternamente, el más ligero alivio.
Dios, que está en todas partes y lo ve todo, debe ver los tormentos de los condenados. Si es insensible a sus gemidos durante la eternidad, eternamente está falto de piedad. Si no tiene piedad, no es infinitamente bueno. A esto nos contestarán que el pecador que se arrepiente antes de morir experimenta la misericordia de Dios, y que entonces el mayor culpable puede encontrar perdón en su presencia.
Esto no se ha puesto en duda, y se concibe que Dios no perdone sino al arrepentido, y sea inflexible para con los endurecidos. Pero si es misericordioso para con el alma que se arrepiente antes de haber dejado su cuerpo, ¿por qué no lo es para con la que se arrepiente des pues de la muerte? ¿Por qué el arrepentimiento no ha de tener eficacia sino durante la vida, que no es más que un instante, y no la ha de tener durante la eternidad, que no tiene fin? Si la bondad y la misericordia de Dios están circunscritas a un tiempo dado, no son infinitas, y Dios no es infinitamente bueno Dios es soberanamente justo. La soberana justicia no es la justicia más inexorable, ni la que deja toda falta impune. Es la que lleva la cuenta más rigurosa del bien y del mal, que recompensa al uno y castiga al otro en la más equitativa proporción y no se engaña jamás. Si por una falta temporal, que siempre es resultado de la naturaleza imperfecta del hombre y a menudo del centro en que se encuentra, el alma puede ser castigada eternamente, sin esperanza de alivio ni de perdón, no hay ninguna proporción entre la falta y el castigo. Luego no hay tampoco justicia. Si el culpable vuelve a Dios, se arrepiente y solicita reparar el mal que ha hecho, vuelve al bien, a los buenos sentimientos. Si el castigo es irrevocable, esta vuelta al bien es infructuosa, puesto que si no se ha tenido cuenta del bien, no hay justicia. Entre los hombre, el condenado que se enmienda obtiene una conmutación en su pena y a veces hasta se le rehabilita. ¿Habría, pues, en la justicia humana, más equidad que en la justicia divina?
Si la condena es irrevocable, el arrepentimiento es inútil. No teniendo que esperar nada el culpable de su vuelta al bien, persiste en el mal, de modo que Dios no solamente le condena a sufrir perpetuamente, sino que también la obliga a permanecer en el mal durante la eternidad. Esto no sería ni justicia ni bondad.
Siendo Dios infinito en todas las cosas, debe conocerlo todo: el pasado y el porvenir. Debe saber, en el momento de la creación de un alma, si faltará gravemente para ser condenada por una eternidad. Si no sabía, su sabiduría no es infinita, y en tal caso, no es Dios. Si lo sabía, voluntariamente creó un ser destinado, desde su formación, a tormentos sin fin, y entonces no es bueno. Si Dios, conmovido por el arrepentimiento de un condenado, puede extender sobre él su misericordia y sacarle del infierno, no hay penas eternas, y el juicio pronunciado por los hombres es revocado. La doctrina de las penas eternas absolutas conduce forzosamente a la negación o a la disminución de algunos de los atributos de Dios, y en consecuencia, es inconciliable con la perfección infinita. De donde extraeremos la siguiente conclusión:
Si Dios es perfecto, la condenación eterna no existe. Si ésta existe, Dios no es perfecto.
Se invoca también en favor del dogma de la eternidad de las penas el argumento siguiente: “Si la recompensa concedida a los buenos es eterna, debe tener por contrapeso un castigo eterno. ¿Es justo proporcionar el castigo a la recompensa?”
Refutación. ¿Crea Dios el alma con la mira de hacerla dichosa o desgraciada?
Evidentemente, la dicha de la criatura debe ser el objeto de su creación, pues de otra manera Dios no sería bueno. Ella consigue la dicha por su propio mérito. Adquirido el mérito no puede perder el fruto, porque de otro modo degeneraría. La eternidad de la dicha es, pues, consecuencia de la inmortalidad. Pero antes de llegar a la perfección, tiene que sostener luchas, combatir las malas pasiones. No habiéndola Dios creado perfecta, sino susceptible de llegar a serlo, a fin de que tenga el mérito de sus obras, puede faltar. Sus caídas son las consecuencias de su debilidad natural. Si por una caída debiera ser castigada eternamente, se podría preguntar: ¿Por qué Dios no la ha creado más fuerte? El castigo que sufre es una advertencia por haber obrado mal y que debe tener por resultado devolverla al buen camino. Si la pena fuese irremisible, su deseo de obrar mejor sería superfluo.
Entonces el fin providencial de la Creación no se podría alcanzar, porque habría seres predestinados a la dicha y otros, en cambio, a la desgracia. Si un alma culpable se arrepiente, puede llegar a ser buena. Pudiendo llegar a ser buena, puede aspirar a la dicha. ¿Sería Dios justo en anegarle los medios? Siendo el bien el objeto final de la Creación, la dicha, que es su precio, debe ser eterna. El castigo, que es un medio de llegar a aquél, debe ser temporal. La más vulgar noción de justicia, aun entre los hombres, dice que no se puede castigar perpetuamente al que tiene el deseo y la voluntad de hacer bien. El último argumento en favor de la eternidad de las penas es el siguiente: “El temor del castigo eterno es un freno. Si se quita, el hombre, no temiendo nada, se entregará a todos los excesos.”
Refutación. Este raciocinio sería justo si la eternidad de las penas trajese consigo la supresión de toda sanción penal. El estado feliz o desgraciado en la vida futura es una consecuencia rigurosa de la justicia de Dios. Porque la identidad de la situación entre el hombre bueno y el perverso sería la negación de esta justicia. Pero no por no ser eterno, es el castigo menos penoso. Se le teme tanto más cuanto más racional es. Una penalidad en la que no se cree, no es un freno, y la eternidad de las penas se incluye en esta categoría.
La creencia en las penas eternas, como lo hemos dicho, ha tenido su utilidad y su razón de ser en cierta época. Hoy no solamente no conmueve, sino que hace incrédulos. Antes de sentarla como una necesidad, debería demostrarse que es real. Sería preciso, sobre todo, que se viese su eficacia en aquellos que la preconizan y se esfuerzan en demostrarla. Desgraciadamente, entre éstos, muchos demuestran con sus actos que no se asustan de ella. Si es impotente para reprimir el mal entre los que dicen creer en ella, ¿qué influjo puede tener sobre los que no creen?
Imposibilidad material de las penas eternas Hasta aquí, el dogma de la eternidad de las penas no ha sido combatido sino por el raciocinio. Vamos a ponerlo en contradicción con los hechos positivos que tenemos a la vista, y a probar su imposibilidad.
Según este dogma, la suerte del alma queda fijada irrevocablemente después de la muerte.
Es, pues, un juicio definitivo opuesto al progreso. ¿Pero el alma progresa, sí o no? En esta pregunta se resume toda la cuestión. Si progresa, la eternidad de las penas es imposible.
¿Puede dudarse de este progreso, cuando se ve inmensa variedad de aptitudes morales e intelectuales que existe en la Tierra, desde el salvaje hasta el hombre civilizado, y la diferencia que presenta un mismo pueblo de un siglo a otro? Si se admite que no son éstas las mismas almas, es preciso admitir también que Dios crea las almas en todos los grados de adelanto, según los tiempos y los lugares. Que favorece a las unas mientras que destina a las otras a una inferioridad perpetua, lo que es incompatible con la justicia, que debe ser la misma con todas las criaturas.
Es incontestable que el alma atrasada intelectual y moralmente, como la de los pueblos bárbaros, no puede tener los mismos elementos de dicha, las mismas aptitudes para gozar de los esplendores del infinito, que aquella en la que todas las facultades están extensamente desarrolladas. Si estas almas no progresan, no pueden, con las condiciones más favorables, gozar perpetuamente más que una dicha, por decirlo así, negativa. Para estar acordes con la rigurosa justicia, venimos a parar a la forzosa consecuencia de que las almas más adelantadas son las mismas que fueron atrasadas y que han progresado. Pero aquí descubrimos la importante cuestión de la pluralidad de existencias, como el único medio racional de resolver la dificultad. Sin He aquí un ejemplo como se ven muchos:
Un joven de veinte años, ignorante, de instintos viciosos, niega a Dios y el alma, se entrega al desorden y comete toda clase de desvíos, y sin embargo, como se encuentra en un centro favorable para su adelanto, trabaja, se instruye, poco a poco se corrige y finalmente llega a ser piadoso. ¿No es un ejemplo palpable del progreso del alma durante la vida, ejemplo que se repite todos los días? Este hombre muere en avanzada edad, y naturalmente su salvación está garantizada.
Pero, ¿cuál hubiera sido su suerte, si un accidente le hubiera hecho morir cuarenta o cincuenta años más pronto? Estaría en todas las condiciones para ser condenado, pero una vez condenado, su progreso se hallaba detenido.
He ahí, pues, un hombre salvado porque ha vivido largo tiempo, y que según la doctrina de las penas eternas, se hubiera perdido para siempre si hubiera vivido menos, lo que podía resultar de un accidente fortuito. Una vez que su alma ha podido progresar en un tiempo dado, ¿por qué no habría progresado en el mismo tiempo después de la muerte, si una causa independiente de su voluntad le hubiera impedido hacerlo durante su vida? ¿Por qué Dios le habría negado los medios?
El arrepentimiento, aunque tardío, no hubiera dejado de llegar a tiempo. Pero si desde el instante de su muerte hubiese sufrido una condena irremisible, su arrepentimiento hubiera sido infructuoso eternamente, y su aptitud para progresar destruida para siempre.
El dogma de la eternidad absoluta de las penas es, pues, inconciliable con el progreso del alma, puesto que le opondría un obstáculo invencible. Estos dos principios se anulan forzosamente
el uno al otro. Si el uno existe, el otro no puede existir. ¿Cuál de los dos existe? La ley del progreso es patente. Esto no es una teoría, sino un hecho acreditado por la experiencia. Es una ley de la Naturaleza, ley divina, imprescindible. Una vez que existe, y no pudiendo conciliarse con la otra, es porque la otra no existe. Si el dogma de la eternidad de las penas fuera una verdad. San Agustín, San Pablo y muchos otros, no hubiesen jamás subido al cielo, de haber muerto antes del progreso que les condujo a su conversión.
A este último aserto, nos arguyen que la conversión de estos santos personajes no es el resultado del progreso del alma, sino de la gracia que les fue otorgada y con la cual fueron investidos.
Pero aquí hay un juego de palabras. Si hicieron el mal y más tarde fueron buenos, es por que llegaron a ser mejores, luego progresaron. ¿Acaso Dios, por un favor especial, les concedió la gracia de corregirse? ¿Entonces, por qué se lo concedió a ellos y a otros no? Siempre tenemos que la doctrina de los privilegios es incompatible con la justicia de Dios y su equitativo amor hacia todas sus criaturas.
Según la doctrina espiritista, acorde con las mismas palabras del Evangelio, con la lógica y la más rigurosa justicia, el hombre es hijo de sus obras. Durante esta vida y después de la muerte, no debe nada al favor. Dios recompensa sus esfuerzos y castiga su negligencia tanto tiempo como insiste en seguir el mal camino.
La doctrina de las penas eternas no es de este tiempo. La creencia en la eternidad de las penas materiales ha permanecido como un temor saludable, hasta que los hombres estuviesen en condición de comprender la potencia moral. Tal sucede con los niños, a quienes se contiene, durante un tiempo, con la amenaza de ciertos quiméricos, con los cuales se les espanta. Pero llega un momento en que el niño se da razón de los cuentos que ha oído en su cuna, y sería absurdo pretender gobernarles por los mismos medios. Si los que le dirigen persisten en afirmarle la verdad de tales fábulas y obligarle a creerlas al pie de la letra, perderían su confianza.
Esta es la Humanidad actual: ha salido de la infancia, sacudiendo de su mente las preocupaciones que la ligaban.
El hombre no es aquel instrumento pasivo que se doblega bajo la fuerza material, ni aquel La creencia es un acto del entendimiento, por cuya razón no puede imponerse. Si bien durante un cierto período de la Humanidad el dogma de la eternidad de las penas ha podido ser inofensivo y aun saludable, llega un momento en que viene a ser peligroso. En efecto, desde el instante en que se impone como verdad absoluta la razón lo rechaza, resulta necesariamente una de estas dos cosas: o el hombre que quiere creer se forma una creencia más racional, en cuyo caso se separa de vosotros, o bien no cree en nada. Es evidente, para todo aquel que haya estudiado la cuestión fríamente, que en nuestros días el dogma de la eternidad de las penas ha hecho más materialistas y ateos que filósofos.
Las ideas siguen un curso incesantemente progresivo. No se puede gobernar a los hombres sino siguiendo este curso. Querer detenerlo, o hacerle retroceder, o simplemente pararse en su carrera, es perderse. Seguir o no seguir este motivo es una cuestión de vida o de muerte para las religiones, así como para los gobiernos. ¿Esto es un bien o es un mal? Seguramente es un mal a los ojos de aquellos que, viviendo a expensas de lo pasado, ven que se les escapa. Para los que ven el porvenir, es la ley del progreso, que es la misma ley de Dios, y contra las leyes de Dios toda resistencia es inútil. Luchar contra su voluntad es anonadarse.
¿Por qué, pues, querer sostener a la fuerza una creencia que cae en desuso, y que en definitiva hace más mal que bien a la religión? ¡Ay! Triste es tener que afirmar que la cuestión material domina en este caso a la cuestión religiosa. Esta creencia ha sido extensamente explotada con la idea errónea de que con dinero podía hacerse abrir las puertas del cielo y preservarse del infierno. Las sumas que ha producido, y produce todavía, son incalculables. Es el impuesto provisional sobre el miedo de la eternidad. Siguiendo facultativo este impuesto, el producto es proporcionado a la creencia. Si la creencia no existe, el producto es nulo. El niño da de buena gana la golosina al que le promete espantar al duende. Pero cuando el niño no cree en el duende, guarda la golosina. La nueva revelación, dando ideas más sanas de la vida futura, y probando que puede salvarse el hombre por sus propias obras, debe encontrar una oposición tanto más viva cuanto agota una fuente muy importante de productos. Así sucede cada vez que un descubrimiento o una invención viene a cambiar las costumbres. Los que viven de los antiguos usos predican y desacreditan los nuevos, aunque sean más económicos. ¿Se cree, por ejemplo, que la imprenta, a pesar de los servicios que debía prestar a la Humanidad, debió ser aclamada por la numerosa clase de los copistas? No, ciertamente, debieron maldecirla. Así ha acontecido con otros respecto de las máquinas, líneas de ferrocarril y otras cien cosas.
A los ojos de los incrédulos, el dogma de la eternidad de las penas es una cuestión fútil de la que se ríen. A los ojos del filósofo, tiene una gravedad social por los abusos a que da lugar. El hombre verdaderamente religioso ve la dignidad de la religión interesada en la destrucción de estos abusos y de su causa.
Documentación recogida de el cielo y el infierno o la justicia divina según el espiritismo: Allan Kardec
La creencia en la eternidad de las penas pierde cada día tanto terreno que, sin ser profeta, cada uno puede prever su próximo fin. Ha sido combatida con argumentos tan poderosos y tan perentorios, que casi parece superfluo ocuparse de ella de hoy en adelante, y basta dejarla que se extinga. Sin embargo, hay que conceder que, aunque caduca, es todavía el escudo de los adversarios de las nuevas ideas, el cual defienden con más empeño, porque es uno de los lados más vulnerables y prevén las consecuencias de su caída. Desde este punto de vista, esta cuestión merece un examen serio.
La doctrina de las penas eternas, como la del infierno material, tuvo su razón de ser cuando ese temor podía ser un freno para los hombres poco adelantados intelectual y moralmente.
Por lo mismo que poco o nada se hubieran impresionado con la idea de las penas morales, tampoco se hubieran sobrecogido con la de las penas temporales, ni aun habrían comprendido la justicia de las penas graduadas y proporcionadas, porque no eran aptos para distinguir las diferencias, algunas veces poco sensibles, entre el bien y el mal, ni el valor relativo de las circunstancias atenuantes o agravantes.
Cuando más cerca están los hombres del estado primitivo, tanto más materiales son. El sentido se desarrolla en ellos con más lentitud. Por esta misma razón sólo pueden tener de Dios y de sus atributos una idea muy imperfecta, lo mismo que de la vida futura. Asimilan a Dios a su propia naturaleza. Para ellos es un soberano absoluto, tanto más temible cuanto más invisible, como un monarca déspota que, escondido en su palacio, no se muestra nunca a sus súbditos. Sólo es poderoso por la fuerza material, porque no comprenden la fuerza moral. Se lo representan armado
con el rayo, o en medio de los relámpagos y de la tempestad, sembrado en sus excursiones la ruina y el desconsuelo, a imitación de los guerreros invencibles. Un Dios de mansedumbre y de misericordia no sería un Dios, y sí un ser débil que no sabría hacerse obedecer. La venganza implacable, los castigos terribles, eternos, nada tenían que contradijeran la idea que tenían formada de Dios, ni que repugnase a su razón. Implacables como eran en sus resentimientos, crueles para con sus enemigos, sin piedad para los vencidos, Dios, muy superior a ellos, debía ser todavía más terrible. Para hombres tales, se necesitan creencias religiosas asimiladas a su naturaleza todavía adusta. Una religión completamente espiritual, toda amor y caridad, no podía hermanarse con la brutalidad de las costumbres y de las pasiones. No vituperamos, pues, a Moisés por su legislación draconiana, que apenas bastaba para contener a su pueblo indócil, ni el haber representado a Dios.
como a un Dios vengador. Era necesario en aquella época. La apreciable doctrina de Jesús no habría encontrado eco y hubiera sido ineficaz. Según se fue desarrollando el espíritu, el velo material se fue disipando poco a poco para comprender las cosas espirituales. Pero esto sólo se verificó gradualmente. Cuando vino Jesús pudo anunciar un Dios clemente, hablar de su reino que no es de este mundo, y decir a los hombres:
“Amaos unos a otros, haced bien a los que os odian.” Siendo así que los antiguos decían: “Ojo por ojo, diente por diente.” ¿Quiénes eran, pues, los hombres que vivían en tiempo de Jesús? ¿Eran almas nuevamente creadas y encarnadas? Si esto fuese, Dios habría creado en tiempo de Jesús almas más adelantadas que en tiempos de Moisés. Pero entonces, ¿qué se hicieron de éstas? ¿Habrían languidecido durante la eternidad en el embrutecimiento? El solo sentido común rechaza esta suposición. No, eran las mismas almas que, después de haber vivido bajo la ley mosaica, habían adquirido durante muchas existencias un desarrollo suficiente para comprender una doctrina más elevada, y están hoy lo bastante adelantadas para recibir una enseñanza todavía más completa.
Sin embargo, Cristo no pudo revelar a sus contemporáneos todos los misterios del porvenir. Él mismo dijo: “Tengo todavía muchas cosas que deciros, pero no las comprenderíais, por esto os hablo en parábolas.” Sobre todo, en lo relativo a la moral, es decir, los deberes de hombre a hombre, fue muy explícito, porque haciendo vibrar la cuerda sensible de la vida material, sabía que le comprenderían. Sobre los demás puntos se limitaba a sembrar, bajo una forma alegórica, los gérmenes de lo que debería desarrollarse más tarde. La doctrina de las penas y de las recompensas futuras pertenece a este último orden de ideas. Sobre todo con respecto a las penas, no debió combatir por de pronto todas las admitidas. Venía para señalar a los hombres nuevos deberes. La caridad y el amor del prójimo en lugar del espíritu de odio y de venganza, La abnegación, en lugar del egoísmo, esto era ya mucho. No podía razonablemente amenguar el temor del castigo reservado a los prevaricadores sin debilitar al mismo tiempo la idea del deber. Prometía el reino de los cielos a los buenos. Esta mansión era, pues, prohibida a los malos. ¿A dónde irían? Era necesaria la alternativa contraria, propia para impresionar inteligencias todavía demasiado materiales como para identificarse con la vida espiritual, porque no hay que perder de vista que Jesús hablaba al pueblo, a la parte menos ilustrada de la sociedad, para la cual se necesitaban, por decirlo así, imágenes casi palpables y no ideas fútiles. Por esto no entra en detalles superfluos: le bastaba oponer un castigo al premio. No se necesitaba más en aquella época.
Si Jesús amenazó a los culpables con el fuego eterno, también los amenazó con echarlos a la Gehenna. ¿Y qué era esa Gehenna? Un sitio cercano a Jerusalén, un pudridero a donde iban las inmundicias de la ciudad. ¿Deberíamos tomar esto así, al pie de la letra? Era una de aquellas figuras enérgicas con cuya ayuda impresionaba a las masas. Lo mismo sucede con el fuego eterno. Si tal no hubiese sido su pensamiento, estaría en contradicción consigo mismo enalteciendo la clemencia y la misericordia de Dios, porque la clemencia y la inexorabilidad son tan contrarias, que se anulan.
Sería, pues, interpretar muy mal el sentido de las palabras de Jesús, ver en ellas la sanción del dogma de las penas eternas, cuando toda su enseñanza proclama la mansedumbre del Creador.
En la oración dominical nos enseña a decir: “Señor, perdónanos nuestras ofensas, como perdonamos a los que nos han ofendido.” Si el culpable no pudiera esperar perdón alguno, no haría falta pedirlo. ¿Pero este perdón es sin condición?, ¿es una gracia, un indulto puro y sencillo del merecido castigo? No, la medida de este perdón está subordinada al modo con que habremos perdonado, es decir, que si no perdonamos, no seremos perdonados. Dios, imponiendo como condición absoluta el olvido de las ofensas, no podía exigir que el hombre débil hiciese lo que el Todopoderoso no hiciera. La oración dominical es una protesta diaria contra la venganza de Dios.
Para hombres que sólo tenían una noción confusa de la espiritualidad del alma, la idea del fuego material nada chocante era, tanto menos cuanto que estaba en la creencia vulgar, derivada de la del infierno pagano, casi universalmente esparcida. La eternidad de las penas nada tenía tampoco que repugnarse a gentes sometidas desde muchos siglos a la legislación del terrible Jehová. En el pensamiento de Jesús, el fuego eterno no podía ser más que una figura. Poco le importaba que aquella figura fuese tomada al pie de la letra, si debía servir de freno. Bien sabía que el tiempo y el progreso se encargarían de hacer comprender su sentido alegórico, sobre todo cuando, según su predicción, el Espíritu de Verdad vendría a iluminar a los hombres sobre todas las cosas.
El carácter esencial de las penas irrevocables es la ineficacia del arrepentimiento. Jesús, pues, jamás dijo que el arrepentimiento nunca hallaría perdón ante Dios. En todas las ocasiones, al contrario, muestra a Dios clemente, misericordioso, dispuesto a recibir al hijo pródigo a su regreso, bajo el techo paterno. No lo presenta inflexible más que con el pecador endurecido. Pero si tiene el castigo en una mano, en la otra tiene siempre el perdón para el culpable, cuando éste vuelve sinceramente hacia Él. No es éste, por cierto, el retrato de un Dios sin piedad. Así es que conviene hacer notar que Jesús nunca pronunció contra persona alguna, ni aun contra los mayores culpables, una condenación irremisible.
Todas las religiones primitivas, de acuerdo con el carácter de los pueblos, tuvieron dioses guerreros que combatieron mandando los ejércitos. El Jehová de los hebreos les daba mil medios para exterminar a sus enemigos, les premiaba con la victoria o les castigaba con la derrota. Según la idea que se formaba de Dios, se creía honrarle o aplacarle con la sangre de los animales o de los hombres. De aquí proceden los sacrificios sangrientos que tan importante papel hicieron en todas las religiones antiguas. Los judíos habían abolido los sacrificios humanos. Los cristianos, a pesar de la enseñanza de Cristo, creyeron por mucho tiempo honrar al Creador entregando por millares a las llamas y a los tormentos a aquellos que llamaba herejes. Eran, bajo otra forma, verdaderos sacrificios humanos, puesto que lo hacían para mayor gloria de Dios, y con acompañamiento de ceremonias religiosas. Hoy mismo invocan todavía al Dios de los ejércitos antes del combate, y le glorifican después de la victoria, y esto, muchas veces por las causas más injustas y más anticristianas. ¡Cuán tardío es el hombre en desprenderse de sus preocupaciones, de sus costumbres y de sus ideas primeras! Cuántos siglos nos separan de Moisés, y nuestra generación cristiana ve todavía huellas de los antiguos y bárbaros usos, admitidos, o al menos aprobados, por la religión actual. Ha sido necesario el poder de la opinión de los no ortodoxos, de aquellos apellidos herejes, para concluir con las hogueras y hacer comprender la verdadera grandeza de Dios. Pero a falta de hogueras, las persecuciones materiales y morales están en todo su vigor. Tan arraigada está en el hombre la idea de un Dios cruel. Imbuido de sentimientos que le inculcan desde la niñez, puede el hombre admirarse de que Dios que le representan honrándose por actos bárbaros, condene a tormentos eternos, y vea sin piedad los padecimientos de los condenados?
Sí, son algunos filósofos impíos, en sentir de algunos, los que se escandalizaron al ver el nombre de Dios profanado por actos indignos de Él. Son aquellos que lo mostraron a los hombres en toda su magnitud, despojándole de las pasiones y de las pequeñeces humanas que le atribuía una creencia poco ilustrada. La religión ganó en dignidad lo que perdió en prestigio exterior, pues si son menos los hombres adictos a la forma, es mayor el número de los que son con más sinceridad religiosos en su corazón y en sus sentimientos. Pero al lado de aquellos, ¡cuántos hay que, quedándose en la superficie, han venido a parar a la negación de toda providencia! Por no haber sabido poner al tiempo las creencias religiosas en armonía con los progresos de la razón humana, han hecho surgir en los unos el deísmo, en los otros la incredulidad absoluta, en otros el panteísmo; es decir, que el hombre se hizo Dios a sí mismo por no ver uno bastante perfecto.
Argumentos en apoyo de las penas eternas. Volvamos al dogma de la eternidad de las penas. El principal argumento que se presenta en favor suyo es el siguiente:
Está admitido entre los hombres que la gravedad de la ofensa es proporcionada a la condición del ofendido. La que se comete contra un soberano, siendo considerada como más grave que la inferida a un particular, es castigada más severamente. Pues Dios es más que un soberano, puesto que es infinito. La ofensa para con Él es infinita y debe tener un castigo infinito, es decir, eterno. Refutación. Una refutación es un argumento que debe tener su punto de partida, una base en la cual se apoye, unas premisas, en una palabra. Tomamos estas premisas en los atributos de Dios:
Dios es único, inmutable, inmaterial, todopoderoso, soberanamente justo y bueno, infinito en todas sus perfecciones. Es imposible concebir a Dios a no ser con el infinito de las perfecciones, sin lo que no sería Dios, porque se podría concebir un ser que poseyese lo que le faltase. Para que esté sobre todos los seres, es necesario que ninguno pueda sobrepujarse ni igualarle en nada. Tiene que ser, pues, infinito en todo. Siendo infinitos los atributos de Dios, no son susceptibles ni de aumento ni de disminución. Sin esto no serían infinitos y Dios no sería perfecto. Si se agregase la más pequeña partícula de uno solo de estos atributos, no sería Dios, puesto que podría existir un ser más perfecto.
El infinito de una cualidad excluye la posibilidad de la existencia de una cualidad que la disminuya o anule. Un ser infinitamente bueno no puede tener la más pequeña partícula de maldad.
Lo mismo que un objeto no podría ser absolutamente negro teniendo el más pequeño viso blanco, ni de un blanco absoluto con la más pequeña mancha negra. Sentado este punto de partida, al argumento arriba dicho se oponen los siguientes: Sólo un ser infinito puede hacer alguna cosa infinita. El hombre, siendo limitado en sus virtudes, sus conocimientos, en su potencia, en sus aptitudes, en su existencia terrestre, no puede producir sino cosas limitadas.
Si el hombre pudiera ser infinito en el mal que hace, lo sería igualmente en el bien que hace, y entonces sería igual a Dios. Pero si el hombre fuera infinito en lo que hace de bueno, no haría mal, porque el bien absoluto es la exclusión de todo mal.
Admitiendo que una ofensa temporal hacia la Divinidad pudiese ser infinita, Dios, vengándose de ella con un castigo infinito, sería infinitamente vengativo. Si fuera infinitamente vengativo, no podría ser infinitamente bueno y misericordioso, porque uno de estos atributos es la negación del otro. Si no fuera infinitamente bueno, no sería perfecto. Y si no fuese perfecto, no sería Dios.
Si Dios es inexorable para con el culpable arrepentido, no es misericordioso. Si no es misericordioso, no es infinitamente bueno. ¿Por qué impondría Dios al hombre como ley el perdón, si Él mismo no sabe perdonar? ¡Resultaría de esto que el hombre que perdona a sus enemigos y les devuelve bien por mal, sería mejor que Dios, que se hace sordo al arrepentimiento de aquel que le ha ofendido, y le niega, eternamente, el más ligero alivio.
Dios, que está en todas partes y lo ve todo, debe ver los tormentos de los condenados. Si es insensible a sus gemidos durante la eternidad, eternamente está falto de piedad. Si no tiene piedad, no es infinitamente bueno. A esto nos contestarán que el pecador que se arrepiente antes de morir experimenta la misericordia de Dios, y que entonces el mayor culpable puede encontrar perdón en su presencia.
Esto no se ha puesto en duda, y se concibe que Dios no perdone sino al arrepentido, y sea inflexible para con los endurecidos. Pero si es misericordioso para con el alma que se arrepiente antes de haber dejado su cuerpo, ¿por qué no lo es para con la que se arrepiente des pues de la muerte? ¿Por qué el arrepentimiento no ha de tener eficacia sino durante la vida, que no es más que un instante, y no la ha de tener durante la eternidad, que no tiene fin? Si la bondad y la misericordia de Dios están circunscritas a un tiempo dado, no son infinitas, y Dios no es infinitamente bueno Dios es soberanamente justo. La soberana justicia no es la justicia más inexorable, ni la que deja toda falta impune. Es la que lleva la cuenta más rigurosa del bien y del mal, que recompensa al uno y castiga al otro en la más equitativa proporción y no se engaña jamás. Si por una falta temporal, que siempre es resultado de la naturaleza imperfecta del hombre y a menudo del centro en que se encuentra, el alma puede ser castigada eternamente, sin esperanza de alivio ni de perdón, no hay ninguna proporción entre la falta y el castigo. Luego no hay tampoco justicia. Si el culpable vuelve a Dios, se arrepiente y solicita reparar el mal que ha hecho, vuelve al bien, a los buenos sentimientos. Si el castigo es irrevocable, esta vuelta al bien es infructuosa, puesto que si no se ha tenido cuenta del bien, no hay justicia. Entre los hombre, el condenado que se enmienda obtiene una conmutación en su pena y a veces hasta se le rehabilita. ¿Habría, pues, en la justicia humana, más equidad que en la justicia divina?
Si la condena es irrevocable, el arrepentimiento es inútil. No teniendo que esperar nada el culpable de su vuelta al bien, persiste en el mal, de modo que Dios no solamente le condena a sufrir perpetuamente, sino que también la obliga a permanecer en el mal durante la eternidad. Esto no sería ni justicia ni bondad.
Siendo Dios infinito en todas las cosas, debe conocerlo todo: el pasado y el porvenir. Debe saber, en el momento de la creación de un alma, si faltará gravemente para ser condenada por una eternidad. Si no sabía, su sabiduría no es infinita, y en tal caso, no es Dios. Si lo sabía, voluntariamente creó un ser destinado, desde su formación, a tormentos sin fin, y entonces no es bueno. Si Dios, conmovido por el arrepentimiento de un condenado, puede extender sobre él su misericordia y sacarle del infierno, no hay penas eternas, y el juicio pronunciado por los hombres es revocado. La doctrina de las penas eternas absolutas conduce forzosamente a la negación o a la disminución de algunos de los atributos de Dios, y en consecuencia, es inconciliable con la perfección infinita. De donde extraeremos la siguiente conclusión:
Si Dios es perfecto, la condenación eterna no existe. Si ésta existe, Dios no es perfecto.
Se invoca también en favor del dogma de la eternidad de las penas el argumento siguiente: “Si la recompensa concedida a los buenos es eterna, debe tener por contrapeso un castigo eterno. ¿Es justo proporcionar el castigo a la recompensa?”
Refutación. ¿Crea Dios el alma con la mira de hacerla dichosa o desgraciada?
Evidentemente, la dicha de la criatura debe ser el objeto de su creación, pues de otra manera Dios no sería bueno. Ella consigue la dicha por su propio mérito. Adquirido el mérito no puede perder el fruto, porque de otro modo degeneraría. La eternidad de la dicha es, pues, consecuencia de la inmortalidad. Pero antes de llegar a la perfección, tiene que sostener luchas, combatir las malas pasiones. No habiéndola Dios creado perfecta, sino susceptible de llegar a serlo, a fin de que tenga el mérito de sus obras, puede faltar. Sus caídas son las consecuencias de su debilidad natural. Si por una caída debiera ser castigada eternamente, se podría preguntar: ¿Por qué Dios no la ha creado más fuerte? El castigo que sufre es una advertencia por haber obrado mal y que debe tener por resultado devolverla al buen camino. Si la pena fuese irremisible, su deseo de obrar mejor sería superfluo.
Entonces el fin providencial de la Creación no se podría alcanzar, porque habría seres predestinados a la dicha y otros, en cambio, a la desgracia. Si un alma culpable se arrepiente, puede llegar a ser buena. Pudiendo llegar a ser buena, puede aspirar a la dicha. ¿Sería Dios justo en anegarle los medios? Siendo el bien el objeto final de la Creación, la dicha, que es su precio, debe ser eterna. El castigo, que es un medio de llegar a aquél, debe ser temporal. La más vulgar noción de justicia, aun entre los hombres, dice que no se puede castigar perpetuamente al que tiene el deseo y la voluntad de hacer bien. El último argumento en favor de la eternidad de las penas es el siguiente: “El temor del castigo eterno es un freno. Si se quita, el hombre, no temiendo nada, se entregará a todos los excesos.”
Refutación. Este raciocinio sería justo si la eternidad de las penas trajese consigo la supresión de toda sanción penal. El estado feliz o desgraciado en la vida futura es una consecuencia rigurosa de la justicia de Dios. Porque la identidad de la situación entre el hombre bueno y el perverso sería la negación de esta justicia. Pero no por no ser eterno, es el castigo menos penoso. Se le teme tanto más cuanto más racional es. Una penalidad en la que no se cree, no es un freno, y la eternidad de las penas se incluye en esta categoría.
La creencia en las penas eternas, como lo hemos dicho, ha tenido su utilidad y su razón de ser en cierta época. Hoy no solamente no conmueve, sino que hace incrédulos. Antes de sentarla como una necesidad, debería demostrarse que es real. Sería preciso, sobre todo, que se viese su eficacia en aquellos que la preconizan y se esfuerzan en demostrarla. Desgraciadamente, entre éstos, muchos demuestran con sus actos que no se asustan de ella. Si es impotente para reprimir el mal entre los que dicen creer en ella, ¿qué influjo puede tener sobre los que no creen?
Imposibilidad material de las penas eternas Hasta aquí, el dogma de la eternidad de las penas no ha sido combatido sino por el raciocinio. Vamos a ponerlo en contradicción con los hechos positivos que tenemos a la vista, y a probar su imposibilidad.
Según este dogma, la suerte del alma queda fijada irrevocablemente después de la muerte.
Es, pues, un juicio definitivo opuesto al progreso. ¿Pero el alma progresa, sí o no? En esta pregunta se resume toda la cuestión. Si progresa, la eternidad de las penas es imposible.
¿Puede dudarse de este progreso, cuando se ve inmensa variedad de aptitudes morales e intelectuales que existe en la Tierra, desde el salvaje hasta el hombre civilizado, y la diferencia que presenta un mismo pueblo de un siglo a otro? Si se admite que no son éstas las mismas almas, es preciso admitir también que Dios crea las almas en todos los grados de adelanto, según los tiempos y los lugares. Que favorece a las unas mientras que destina a las otras a una inferioridad perpetua, lo que es incompatible con la justicia, que debe ser la misma con todas las criaturas.
Es incontestable que el alma atrasada intelectual y moralmente, como la de los pueblos bárbaros, no puede tener los mismos elementos de dicha, las mismas aptitudes para gozar de los esplendores del infinito, que aquella en la que todas las facultades están extensamente desarrolladas. Si estas almas no progresan, no pueden, con las condiciones más favorables, gozar perpetuamente más que una dicha, por decirlo así, negativa. Para estar acordes con la rigurosa justicia, venimos a parar a la forzosa consecuencia de que las almas más adelantadas son las mismas que fueron atrasadas y que han progresado. Pero aquí descubrimos la importante cuestión de la pluralidad de existencias, como el único medio racional de resolver la dificultad. Sin He aquí un ejemplo como se ven muchos:
Un joven de veinte años, ignorante, de instintos viciosos, niega a Dios y el alma, se entrega al desorden y comete toda clase de desvíos, y sin embargo, como se encuentra en un centro favorable para su adelanto, trabaja, se instruye, poco a poco se corrige y finalmente llega a ser piadoso. ¿No es un ejemplo palpable del progreso del alma durante la vida, ejemplo que se repite todos los días? Este hombre muere en avanzada edad, y naturalmente su salvación está garantizada.
Pero, ¿cuál hubiera sido su suerte, si un accidente le hubiera hecho morir cuarenta o cincuenta años más pronto? Estaría en todas las condiciones para ser condenado, pero una vez condenado, su progreso se hallaba detenido.
He ahí, pues, un hombre salvado porque ha vivido largo tiempo, y que según la doctrina de las penas eternas, se hubiera perdido para siempre si hubiera vivido menos, lo que podía resultar de un accidente fortuito. Una vez que su alma ha podido progresar en un tiempo dado, ¿por qué no habría progresado en el mismo tiempo después de la muerte, si una causa independiente de su voluntad le hubiera impedido hacerlo durante su vida? ¿Por qué Dios le habría negado los medios?
El arrepentimiento, aunque tardío, no hubiera dejado de llegar a tiempo. Pero si desde el instante de su muerte hubiese sufrido una condena irremisible, su arrepentimiento hubiera sido infructuoso eternamente, y su aptitud para progresar destruida para siempre.
El dogma de la eternidad absoluta de las penas es, pues, inconciliable con el progreso del alma, puesto que le opondría un obstáculo invencible. Estos dos principios se anulan forzosamente
el uno al otro. Si el uno existe, el otro no puede existir. ¿Cuál de los dos existe? La ley del progreso es patente. Esto no es una teoría, sino un hecho acreditado por la experiencia. Es una ley de la Naturaleza, ley divina, imprescindible. Una vez que existe, y no pudiendo conciliarse con la otra, es porque la otra no existe. Si el dogma de la eternidad de las penas fuera una verdad. San Agustín, San Pablo y muchos otros, no hubiesen jamás subido al cielo, de haber muerto antes del progreso que les condujo a su conversión.
A este último aserto, nos arguyen que la conversión de estos santos personajes no es el resultado del progreso del alma, sino de la gracia que les fue otorgada y con la cual fueron investidos.
Pero aquí hay un juego de palabras. Si hicieron el mal y más tarde fueron buenos, es por que llegaron a ser mejores, luego progresaron. ¿Acaso Dios, por un favor especial, les concedió la gracia de corregirse? ¿Entonces, por qué se lo concedió a ellos y a otros no? Siempre tenemos que la doctrina de los privilegios es incompatible con la justicia de Dios y su equitativo amor hacia todas sus criaturas.
Según la doctrina espiritista, acorde con las mismas palabras del Evangelio, con la lógica y la más rigurosa justicia, el hombre es hijo de sus obras. Durante esta vida y después de la muerte, no debe nada al favor. Dios recompensa sus esfuerzos y castiga su negligencia tanto tiempo como insiste en seguir el mal camino.
La doctrina de las penas eternas no es de este tiempo. La creencia en la eternidad de las penas materiales ha permanecido como un temor saludable, hasta que los hombres estuviesen en condición de comprender la potencia moral. Tal sucede con los niños, a quienes se contiene, durante un tiempo, con la amenaza de ciertos quiméricos, con los cuales se les espanta. Pero llega un momento en que el niño se da razón de los cuentos que ha oído en su cuna, y sería absurdo pretender gobernarles por los mismos medios. Si los que le dirigen persisten en afirmarle la verdad de tales fábulas y obligarle a creerlas al pie de la letra, perderían su confianza.
Esta es la Humanidad actual: ha salido de la infancia, sacudiendo de su mente las preocupaciones que la ligaban.
El hombre no es aquel instrumento pasivo que se doblega bajo la fuerza material, ni aquel La creencia es un acto del entendimiento, por cuya razón no puede imponerse. Si bien durante un cierto período de la Humanidad el dogma de la eternidad de las penas ha podido ser inofensivo y aun saludable, llega un momento en que viene a ser peligroso. En efecto, desde el instante en que se impone como verdad absoluta la razón lo rechaza, resulta necesariamente una de estas dos cosas: o el hombre que quiere creer se forma una creencia más racional, en cuyo caso se separa de vosotros, o bien no cree en nada. Es evidente, para todo aquel que haya estudiado la cuestión fríamente, que en nuestros días el dogma de la eternidad de las penas ha hecho más materialistas y ateos que filósofos.
Las ideas siguen un curso incesantemente progresivo. No se puede gobernar a los hombres sino siguiendo este curso. Querer detenerlo, o hacerle retroceder, o simplemente pararse en su carrera, es perderse. Seguir o no seguir este motivo es una cuestión de vida o de muerte para las religiones, así como para los gobiernos. ¿Esto es un bien o es un mal? Seguramente es un mal a los ojos de aquellos que, viviendo a expensas de lo pasado, ven que se les escapa. Para los que ven el porvenir, es la ley del progreso, que es la misma ley de Dios, y contra las leyes de Dios toda resistencia es inútil. Luchar contra su voluntad es anonadarse.
¿Por qué, pues, querer sostener a la fuerza una creencia que cae en desuso, y que en definitiva hace más mal que bien a la religión? ¡Ay! Triste es tener que afirmar que la cuestión material domina en este caso a la cuestión religiosa. Esta creencia ha sido extensamente explotada con la idea errónea de que con dinero podía hacerse abrir las puertas del cielo y preservarse del infierno. Las sumas que ha producido, y produce todavía, son incalculables. Es el impuesto provisional sobre el miedo de la eternidad. Siguiendo facultativo este impuesto, el producto es proporcionado a la creencia. Si la creencia no existe, el producto es nulo. El niño da de buena gana la golosina al que le promete espantar al duende. Pero cuando el niño no cree en el duende, guarda la golosina. La nueva revelación, dando ideas más sanas de la vida futura, y probando que puede salvarse el hombre por sus propias obras, debe encontrar una oposición tanto más viva cuanto agota una fuente muy importante de productos. Así sucede cada vez que un descubrimiento o una invención viene a cambiar las costumbres. Los que viven de los antiguos usos predican y desacreditan los nuevos, aunque sean más económicos. ¿Se cree, por ejemplo, que la imprenta, a pesar de los servicios que debía prestar a la Humanidad, debió ser aclamada por la numerosa clase de los copistas? No, ciertamente, debieron maldecirla. Así ha acontecido con otros respecto de las máquinas, líneas de ferrocarril y otras cien cosas.
A los ojos de los incrédulos, el dogma de la eternidad de las penas es una cuestión fútil de la que se ríen. A los ojos del filósofo, tiene una gravedad social por los abusos a que da lugar. El hombre verdaderamente religioso ve la dignidad de la religión interesada en la destrucción de estos abusos y de su causa.
Documentación recogida de el cielo y el infierno o la justicia divina según el espiritismo: Allan Kardec
sábado, 20 de julio de 2013
EL PORVENIR Y LA NADA
Vivimos, pensamos, obramos, he aquí lo positivo: moriremos, esto no es menos cierto.Pero dejando la Tierra, ¿a dónde vamos? ¿Qué es de nosotros? ¿Estaremos mejor o peor? ¿Seremos o no seremos? Ser o no ser: tal es la alternativa, es para siempre o para nunca jamás, es todo o nada, viviremos eternamente o todo se habrá concluido para siempre. Bien merece la pena pensar en ello. Todo hombre siente el deseo de vivir, de gozar, de querer, de ser feliz. Decid a uno que sepa que va a morir que vivirá todavía, que su hora no ha llegado, decidle sobre todo que será más feliz de lo que ha sido, y su corazón palpitará de alegría. ¿Pero por qué estas aspiraciones de dicha, si un soplo puede desvanecerlas?
¿Acaso existe algo más aflictivo que el pensamiento de la absoluta destrucción? Puros
afectos, inteligencia, progreso, saber laboriosamente adquirido, todo esto sería perdido, aniquilado.
¿Qué necesidad habría de esforzarse en ser mejor, reprimirse para refrenar sus pasiones, fatigarse en adornar su inteligencia, si no debe uno recoger de todo fruto alguno, sobre todo con el pensamiento de que mañana quizá no nos sirva ya para nada? Si así sucediese, el destino
del hombre sería cien veces peor que el del bruto, porque el bruto vive enteramente para el presente, para satisfacción de sus apetitos materiales, sin aspiración al porvenir. Una intuición íntima afirma que esto no es posible. Con la creencia en la nada, el hombre concentra forzosamente todos sus pensamientos sobre la vida presente, y no es posible, en efecto, preocuparse lógicamente de un porvenir en el cual no se cree. Esa preocupación exclusiva del presente que conduce naturalmente a pensar en sí mismo ante todo es, pues, el más poderoso estimulante del egoísmo, y el incrédulo es consecuente consigo mismo cuando deduce esta conclusión: “Gocemos mientras estamos aquí, gocemos lo más posible, puesto que con nosotros todo concluye. Gocemos aprisa, porque ignoramos cuánto durará esto.” Y este otro argumento, mucho más grave para la sociedad: “Gocemos a pesar de todo, cada uno para sí. La dicha aquí es del más listo.”Si el respeto humano detiene a algunos, ¿qué freno tendrán aquellos que nada temen? Dicen
que la justicia humana sólo alcanza a los torpes, por esto discurren cuanto pueden para eludirla. Si
hay una doctrina mal sana y antisocial, seguramente es la del nihilismo, porque rompe los
verdaderos lazos de la solidaridad y de la fraternidad, fundamentos de las relaciones sociales.
Supongamos que, por una circunstancia cualquiera, todo un pueblo adquiere la certeza de
que dentro de ocho días, de un mes, de un año si se quiere, habrá desaparecido, que ni un solo
individuo sobrevivirá, y que no quedará ni huella del mismo después de la muerte. ¿Qué hará
durante este tiempo? ¿Trabajará para su mejoramiento e instrucción? ¿Se sujetará al trabajo para
vivir? ¿Respetará los derechos, lo intereses y la vida de sus semejantes? ¿Se someterá a las leyes, a
una autoridad, cualquiera que sea, incluso la más legítima: la autoridad paternal? ¿Se obligará a
algún deber? Seguramente que no. Pues bien, lo que no sucede en masa, la doctrina del nihilismo lo
realiza cada día aisladamente. Si las consecuencias no son tan desastrosas como lo pudieran ser, es primeramente porque la mayor parte de los incrédulos tienen más fanfarronería que verdadera incredulidad, más duda que convicción, porque tienen miedo del que manifiesta al anonadamiento. El título de espíritu fuerte, lisonjea su amor propio. Además, los incrédulos absolutos están en ínfima minoría, sufren, a pesar suyo, el ascendiente de la opinión contraria, y son contenidos por una fuerza material. Pero si la incredulidad absoluta fuese un día la opinión de la mayoría, la sociedad quedaría disuelta. A esto tiende la propaganda de la idea del nihilismo.Un joven de dieciocho años padecía de una enfermedad de corazón declarada incurable. La ciencia
había dicho: puede morir tanto dentro de ocho días, como dentro de dos años, pero no pasará de ahí. Lo supo el joven, y al momento abandonó los estudios y se entregó a todos los excesos. Cuando se le decía lo peligroso que era en su situación esa vida desordenada, contestaba: “¡Qué me importa, puesto que sólo he de vivir dos años! ¿A qué cansar mi imaginación? Yo disfruto de lo que me resta y quiero divertirme hasta el fin.” He aquí la consecuencia lógica del nihilismo. Si este joven hubiese sido espiritista, habría sostenido: “La muerte sólo destruirá mi cuerpo, que dejaré como un vestido viejo, pero mi espíritu vivirá siempre. Yo seré en la vida futura lo que habré procurado ser en ésta. Nada de cuanto pueda adquirir en cualidades morales e intelectuales será perdido, y redundará en provecho de mi adelanto. Todos los defectos de que me despoje son un
paso más hacia la felicidad. Mi dicha o mi desgracia venideras dependen de la utilidad o inutilidad de mi existencia presente. Me interesa mucho aprovechar el poco tiempo que me queda, y evitar cuanto pueda debilitar mis fuerzas.” De estas dos doctrinas, ¿cuál es la preferible?
Cualesquiera que sean las consecuencias, si el nihilismo fuese una verdad habría que
aceptarlo. Y no serían ni sistemas contrarios, ni el temor del mal que resultaría, los que podrían impedir que lo fuese. No hay, pues, que hacerse ilusiones. El escepticismo, la duda, la indiferencia,aumentan cada día, a pesar de los esfuerzos de la religión. Si la religión es impotente contra la incredulidad es porque le falta algo para combatirla, de manera que si permaneciese inactiva en un
tiempo dado, sería infaliblemente vencida. Lo que le falta en este siglo de positivismo, en el que se quiere comprender antes que creer, es la sanción de esas doctrinas por hechos positivos, así como la
concordancia de ciertas doctrinas con los datos positivos de la ciencia. Si ésta dice blanco y los
hechos dicen negro, hay que optar entre la evidencia o la fe ciega. En tal situación, el Espiritismo viene a oponer un dique a la invasión de la incredulidad, no sólo con el raciocinio, no sólo con la perspectiva de los peligros que trae consigo, sino más bien con hechos materiales, haciendo palpables al tacto y a la vista el alma y la vida futura.
Cada uno es libre, sin duda alguna, en su creencia, de creer algo o de no creer nada. Pero
aquellos que quieren hacer prevalecer en la mente de las masas, de la juventud sobre todo, la
negación del porvenir apoyándose en la autoridad de su saber y del ascendiente de su posición,
siembran en la sociedad gérmenes de turbación y de disolución, y contraen una grave
responsabilidad. Hay otra doctrina que asegura no ser materialista, porque admite la existencia de un principio inteligente fuera de la materia: es la de la absorción en el todo universal. Según esta doctrina, cada individuo se apropia desde su nacimiento una partícula de este principio, queconstituye su alma, y le da la vida, la inteligencia y el sentimiento. A la muerte, ese alma vuelve al centro común y se pierde en el infinito, como una gota de agua en el océano.
Esta doctrina, sin duda alguna, es preferible al materialismo puro, puesto que admite algo, y el otro no admite nada. Pero las consecuencias son exactamente las mismas. Que el hombre sea
sumido en la nada o en un depósito común, es igual para él. Si en el primer caso está destruido, en
el segundo pierde su individualidad, esto es, como si no existiera. Las relaciones sociales quedan
destruidas, lo esencial para él es la conservación de su yo. Sin esto, ¿qué importa ser o no ser? El
porvenir para él es siempre nulo, y la vida presente es lo único que le preocupa e interesa. Desde el
punto de vista de sus consecuencias morales, esta doctrina es tan malsana, tan desconsoladora, tan
excitante del egoísmo como el materialismo puro. Se puede, además, formular la objeción siguiente contra esa doctrina: todas las gotas de agua procedentes del océano se asemejan y tienen propiedades idénticas, como las partes de un mismo todo. ¿Por qué las almas, si proceden de ese gran océano de la inteligencia universal, se asemejan tan poco? ¿Por qué el genio al lado de la estupidez? ¿Las virtudes más sublimes al lado de los vicios más vergonzosos? ¿La bondad, la dulzura, la mansedumbre, al lado de la maldad, de la crueldad y la barbarie? ¿Cómo difieren tanto unas de otras partes de un todo homogéneo? Se dirá. Acaso, que es la educación la que las modifica. Pero entonces, ¿de dónde proceden las cualidades innatas, las inteligencias precoces, los instintos buenos y malos, independientes de toda educación y muy a menudo poco en armonía con los ámbitos en que se desarrollan?
La educación, sin duda alguna, modifica las cualidades intelectuales y morales del alma.
Pero aquí surge otra dificultad. ¿Quién da al alma la educación para hacerla progresar? Otras almas
que, siendo de un mismo origen, no deben estar más adelantadas. Por otra parte, el alma, volviendo
al Todo Universal de donde salió, después de haber progresado durante la vida, lleva allí unelemento más perfecto, de lo que se deduce que ese todo, con el tiempo, debe encontrarse
profundamente modificado y mejorado. ¿Cuál es la causa de que incesantemente salgan almas
ignorantes y perversas? En esa doctrina, el manantial universal de inteligencia que provea las almas humanas es independiente de Dios. No es precisamente el panteísmo. El panteísmo, propiamente dicho, difiere porque considera el principio universal de vida y el de inteligencia como constituyendo la Divinidad. Dios es a la vez espíritu y materia. Todos los seres, todos los cuerpos de la Naturaleza componen la Divinidad, de la que son moléculas y elementos constitutivos. Dios es el conjunto de todas las inteligencias reunidas. Cada individuo, siendo una parte del todo, es Dios mismo, ningún ser superior e independiente manda al conjunto. El Universo es una inmensa república sin jefe o, más bien, en ella cada uno es jefe con un poder absoluto.
A este sistema se pueden oponer numerosas objeciones, de las cuales las principales son:
No pudiéndose comprender la Divinidad sin perfecciones infinitas, uno se pregunta: ¿Cómo un todo
perfecto puede componerse de partes tan imperfectas y que tienen necesidad de progresar? Estando
cada parte sometida a la ley del progreso, resulta que el mismo Dios debe progresar. Si progresa sin
cesar, debió ser en el principio muy imperfecto. ¿Cómo un ser imperfecto, compuesto de voluntades e ideas tan divergentes, pudo concebir leyes tan armoniosas de tan admirable unidad, sabiduría y previsión como las que rigen el Universo? Si todas las almas son porciones de la Divinidad, todas han contribuido a formar las leyes de la Naturaleza. ¿A qué se debe que estén murmurando sin cesar contra esas leyes que ellas hicieron? Una teoría no puede ser aceptada como verdadera más que con la condición de satisfacer la razón y dar cuenta de todos los hechos que abraza. Si solamente un hecho viene a desmentirla, es porque no está en lo verdadero en absoluto.Desde el punto de vista moral, las consecuencias son también ilógicas. Por de pronto es
para las almas, como en el sistema precedente, la absorción en un todo y la pérdida de la
individualidad. Si se admite, según la opinión de algunos panteístas, que conservan su
individualidad, Dios no tiene ya una voluntad única, es un compuesto de millones de voluntades
divergentes. Siendo, pues, cada alma parte integrante de la Divinidad, ninguna es dominada por
una potencia superior. No asume, por consiguiente, ninguna responsabilidad por sus actos buenos o
malos, ni tiene interés alguno en hacer el bien, y puede hacer el mal impunemente, puesto que es
señora soberana. Además de que estos sistemas no satisfacen ni a la razón ni a las aspiraciones del
hombre, se tropieza, como vemos, con dificultades insuperables, porque no pueden resolver todas
las dudas que de hecho suscitan. El hombre tiene, pues, tres alternativas: la nada, la absorción, o
la individualidad del alma antes y después de la muerte. La lógica nos conduce inevitablemente a esta última creencia. Es también la que ha sido el fundamento de todas las religiones desde que elmundo existe. Si la lógica nos conduce a la individualidad del alma, nos trae también esta otra consecuencia: que la suerte de cada alma debe depender de sus cualidades personales, porque sería irracional admitir que el alma rezagada del salvaje y la del hombre perverso estuviesen al nivel de las del sabio y del hombre de bien. Según la justicia, las almas deben tener la responsabilidad de sus actos. Pero para que sean responsables, es menester que sean libres de escoger entre el bien y el mal. Sin el libre albedrío hay fatalidad, y con la fatalidad no cabe la responsabilidad. Todas las religiones han admitido igualmente el principio de la suerte feliz o desgraciada
de las almas después de la muerte, es decir, de las penas y de los goces futuros que se resumen en la doctrina del cielo y del infierno, que se encuentra en todas partes. Pero en lo que difieren
esencialmente es en la naturaleza de esas penas y de esos goces y, sobre todo, en las circunstancias
que pueden merecer las unas y los otros. De aquí puntos de fe contradictorios que han hecho surgir
diferentes cultos, y los deberes particulares impuestos por cada uno de ellos para adorar a Dios, y
por este medio ganar el cielo y evitar el infierno. Todas las religiones han debido, en su origen, estar en proporción o relación con el grado de adelanto moral e intelectual de los hombres. Éstos, todavía demasiado materiales para comprender el mérito de las cuestiones puramente espirituales, han hecho consistir la mayor parte de los deberes religiosos en el cumplimiento de formas exteriores. Durante cierto tiempo, esas
formas bastaron a su razón. Más tarde, haciéndose la luz en su inteligencia, sienten el vacío que
dejan las formas tras de sí, y si la religión no llena este vacío, la abandonan y se vuelven filósofos.
Si la religión, apropiada en un principio a los conocimientos limitados de los hombres, hubiese seguido siempre el movimiento progresivo del espíritu humano, no habría incrédulos,
porque está en la del hombre la necesidad de creer, y creerá si se le da un alimento espiritual en armonía con sus necesidades intelectuales.
El hombre quiere saber de dónde viene y a dónde va. Si se le señala un fin que no corresponda ni a sus aspiraciones ni a la idea que se forma de Dios, ni a los datos positivos que le suministre la ciencia; si además se le imponen para alcanzarlo condiciones cuya utilidad no admite
su razón, todo lo rechaza. El materialismo y el panteísmo le parecen aún más racionales, porque en ellos se discute y se raciocina. Es un raciocinio falso, es verdad, pero prefiere razonar en falso a dejar de razonar. Pero que se le presente un porvenir con condiciones lógicas, digno en todo de lagrandeza, de la justicia y de la infinita bondad de Dios, y abandonará el materialismo y el panteísmo, cuyo vacío siente en su fuero interno, y que admitió únicamente por no saber nada mejor. El Espiritismo da algo mejor, y por eso es acogido tan fervorosamente por todos aquellos a
quienes atormenta la punzante incertidumbre de la duda, y que no encuentran ni en las creencias ni en las filosofías vulgares lo que buscan. Tiene a su favor la lógica del raciocinio y la sanción de los
hechos, y por esto se le ha combatido inútilmente. El hombre tiene instintivamente la creencia en el porvenir. Pero no teniendo hasta hoy ninguna base cierta para definirlo, su imaginación ha forjado sistemas que han traído la diversidad de creencias. No siendo la doctrina espiritista sobre el porvenir una obra de imaginación más o menos ingeniosamente expresada, y sí el resultado de la observación de hechos materiales que se desarrollan hoy a nuestra vista, reunirá, como lo hace ya actualmente, las opiniones divergentes o flotantes, y traerá poco a poco y por la fuerza natural de las cosas la unidad de creencias sobre este punto, creencia que no tendrá por base una hipótesis, sino una certeza. La unificación hecha en lo relativo a la suerte de las almas será el primer punto de contacto entre los diferentes cultos, un paso inmenso hacia la tolerancia religiosa primero, y más tarde hacia la fusión.
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