domingo, 27 de marzo de 2016

VIDA DE JESÚS DICTADA POR EL MISMO CAPITULO XVI 1ª PARTE

 EL DERECHO QUE LE ASISTE A JESÚS PARA SER JUZGADO
Hermanos míos, desarrollando las causas de mi condena y los juicios erróneos de mis actos, deseo que mis palabras no sean defendidas más que por mí mismo; es preciso, pues, dejarlas tal como yo las expongo. Honrémonos por nuestro respeto hacia las órdenes de Dios, no busquemos ni facilitar la admiración de los hombres ni disminuir la maliciosa pretensión de algunos de ellos. Que únicamente el escritor sea el responsable. A la depositaria de mi narración no le permito ninguna adición o corrección. A todos los que formulen sus dudas y la voluntad seria de iluminarse, responderé yo mismo. Sed los discípulos dóciles del enviado de Dios. Endulzad su repentina aparición en medio de un mundo frívolo y escéptico, atribuyendo su alianza con los espíritus cuya luz vosotros habéis ya demostrado, mas no alteréis nada en su modo de presentar los acontecimientos. La vida de Jesús debe ser precedida de comentarios humanos, para explicar el pensamiento que presidió a esta obra divina, y debe ser separada de toda comunicación que no sea del mismo espíritu. Pasemos al examen de los motivos de mi condena. «Yo había facilitado las sediciones populares, haciendo caer sobre los sacerdotes sospechas con los paganos». Sí, yo me había asociado a una muchedumbre de revolucionarios, cuyo objetivo común, idéntico al mío, no excluía intenciones culpables y peligrosos excesos. Pero ya el invasor se cansaba en las represiones de las sublevaciones, como en la sanción de los juicios del tribunal sagrado. El derecho político se establece sobre el derecho humano; las cargas, los empleos, se hicieron accesibles a todas las capacidades, y las facciones se debilitaron poco a poco bajo un gobierno más cuidadoso del bien general. Tan sólo el elemento religioso empezó a sembrar el desorden en los espíritus. El carácter eminentemente dominante del Gran Sacerdote creaba numerosos enemigos al poder sacerdotal; mas estos enemigos divididos por el espionaje, empleaban sus fuerzas en revueltas parciales, que atraían sobre sí sangrientas represalias, resultando inútiles para la obra definitiva. Por prudencia Hanan fue depuesto, pero siguió ejerciendo su influencia durante el pontificado de Caifás, su yerno. En las discusiones de los artículos de la ley, el principio religioso sobre el que descansaba la misma ley, era inexpugnable. Los jefes de escuela encontraban numerosos contrincantes, cuyo objetivo era el de empujarlos hacia la negación y los fariseos sobresalían en este infame oficio. El Sanhedrín, tribunal sagrado, juzgaba los delitos de lesa majestad divina. Todas las infracciones referentes a la ley civil quedaban dentro del círculo de atribuciones de los tribunales ordinarios. Las penalidades se resentían de la diferencia establecida entre los delitos religiosos y los delitos previstos por la constitución del Estado. El fanatismo tenía que demostrarse más despiadado que el principio del orden social. Una ley decretada por el poder romano, castigaba con la muerte al asesino y al bandido armado, pero sucedía a menudo que, circunstancias hábilmente aprovechadas por la defensa desviasen de la cabeza del culpable la terrible expiación. Ante los príncipes de los sacerdotes y de los fariseos, toda sublevación ostensible en contra de las prescripciones del culto mosaico, tenía por consecuencia la muerte. La ley era precisa, inexorable. En las causas mayores a los sesenta príncipes de los sacerdotes, fariseos y doctores de la ley que componían el Sanhedrín se agregaban algunos miembros suplementarios. Se llamaban príncipes a los sacerdotes nobles de nacimiento o de reconocida capacidad, ejercida ésta desde larga fecha de ennoblecimiento. El fariseísmo era una secta piadosa y respetable en apariencia, hipócrita y depravada en realidad. Los doctores de la ley representaban la casta más erudita y más inteligente de la nación judaica. Se dividían las funciones difíciles del apostolado y de la magistratura sagrada. En el Templo ellos ejercían la verdadera autoridad, por cuanto los sacerdotes no eran más que servidores autómatas, más propensos a los honores mundanos y a los goces materiales, que deseosos de las prerrogativas de la ciencia y de la virtud. En las Sinagogas los doctores de la ley hacían preceder sus conferencias de algunas incitaciones hacia la curiosidad, que se referían a tales o cuales personalidades. En la vida retirada daban consejos y en la vida pública daban fe de sus creencias con elocuentes discursos. Las funciones de la magistratura sagrada los sometían a los deberes de jueces, de acusadores y de defensores. El prestigio de su talento establecía convencimientos y la marcha de los procedimientos dependía únicamente de ellos. Hermanos míos, las participaciones de Jesús en las sublevaciones populares, que tuvieron lugar cuando tenía veinticuatro años de edad, fueron una consecuencia de su educación y de las ideas religiosas que él se empeñaba en levantar como una doctrina. Jesús era revolucionario porque decía: «Los poderes de la Tierra se mantienen por la ignorancia de las masas». Mas Jesús había bebido el principio democrático que lo hacía obrar en el principio divino de las alianzas celestes, mas el democrático Jesús quería la igualdad y la fraternidad entre los hombres porque los hombres son iguales delante de Dios, que es su Padre, mas el democrático Jesús profesaba el desprecio de los honores mundanos, porque esos honores paralizan las manifestaciones que adquieren los honores espirituales, porque apoyaba el elevado destino del espíritu sobre los deberes que le incumben a este espíritu en su marcha ascendente. El revolucionario Jesús combatía la opresión, porque la opresión es contraria a la ley de Dios, pero ordenaba el perdón porque el perdón se encuentra en la ley de Dios. El revolucionario Jesús amaba a los pobres, porque los pobres eran para él hermanos desgraciados. Compadecía a los ricos, porque los ricos eran para él hermanos extraviados. El democrático Jesús decía: «Los poderosos de este mundo serán los parias del otro mundo». Y decía también: «Amaos los unos a los otros y mi Padre os amará. En la casa de mi Padre no hay pobres ni ricos, ni patrones ni sirvientes, sino espíritus, cuya ciencia habrá perfeccionado su propia virtud». Aplicad, hermanos míos, las palabras de Jesús y sed revolucionarios como yo; es una cosa heroica el serlo.  Pueblos y gobiernos de pueblos, deponed las armas y reflexionad finalmente en el objetivo de la existencia temporal. ¡Infelices envilecidos, negros negadores de la Providencia divina, levantaos y adorad a Dios! Ricos, honrad la pobreza, y vosotros pobres, no envidiéis las riquezas. El poder y la grandeza humana, hacen decaer al espíritu no penetrado del poder divino y de las grandezas espirituales. La adversidad eleva al espíritu, que reconoce la justicia de Dios. El espíritu no puede adquirir la fuerza sino por medio de las pruebas de la vida corporal; el espíritu fuerte se hace pronto digno de la gloria de Dios. Expliquemos, hermanos míos, el carácter y el valor del delito de la desviación del culto divino imputándole a Jesús. Desde tiempo inmemorial, el culto divino es una mezcla de supersticiosas devociones e interesadas mentiras. Desde tiempo inmemorial han existido hombres que han demostrado en nombre de Dios que la razón debe someterse a todas las deformidades del sentido intelectual, para la edificación de tal o cual doctrina religiosa. Desde tiempo inmemorial la fuerza suprime el derecho, la noche devora la luz, y la ayuda de Dios es invocada por los asesinos y por las tinieblas. Dios es inmutable. Nuevas semillas llenan el vacío, la luz se reproduce en medio de las tinieblas; y la vida generada por la muerte, la luz victoriosa sobre la noche, deposita sobre la superficie de un mundo los vivos del Señor, los luchadores de las verdades eternas. Ello debe suceder, ello sucede y se llama progreso. Todas las humanidades atraviesan por las fases de la niñez en medio de horizontes nublados, todas las humanidades se alejan del objetivo y se detienen indecisas, pero entonces luces repentinas iluminan el camino, y este camino vuelve a emprenderse y la verdad prepara su reino definitivo, bajo las miradas y el apoyo de Dios. Jesús debía a preceptores ilustres sus primeros estudios serios y había madurado sus medios de perfeccionamiento con profundas meditaciones. Jesús debía a inspiraciones secretas, honradas por demostraciones palpables, la revelación de su misión divina, y se arrodillaba sobre el límite de la Patria Celeste para escuchar las órdenes de Dios; con el pensamiento volaba por encima de los siglos de ignorancia, para facilitar a los siglos siguientes la luz y la felicidad. El espíritu llegado al desarrollo moral e intelectual permanece fiel a las convicciones adquiridas por él mismo, hasta que la ciencia de Dios le dé la inmutabilidad de la fuerza y el empuje del fanatismo para sacrificar el presente al porvenir, para preparar el porvenir al precio de las más amargas desilusiones humanas. El espíritu desarrollado en un mundo carnal, designa un Mesías y este Mesías no puede huir de la persecución sino desertando de la causa a cuyo sostén se ha dedicado. Despreciando la muerte corporal, el espíritu adelantado en el sendero de la perfectibilidad, flaquea aun ante los asaltos que le llevan los seres inferiores, y su confianza engañada, su amor mal correspondido le pesan como remordimientos. Permanezcamos, hermanos míos, en la creencia absoluta de las fuerzas individuales, desarrolladas con el ejercicio de la voluntad.

jueves, 3 de marzo de 2016

VIDA DE JESÚS DICTADO POR EL MISMO CAPITULO XV 4ª PARTE

Cuantas cosas nos ha dejado Jesús en su corta vida terrenal y cuanto nos da para pensar y meditar en su maravillosa vida
 Mi hora se aproximaba.  A este respecto, hermanos míos, es necesario hacer resaltar la lucidez del alma, la penetración del espíritu. Nunca debéis atribuir a causas extra-naturales las faltas que son el fruto de vuestra incuria, las faltas cometidas por nuestro libre albedrío, los acontecimientos derivados de una acción de la voluntad, de un acuerdo o enredo de ideas, de un capricho furioso o de un estado de somnolencia. Nuestro destino, es cierto, se apoya en el pasado, mas es también indiscutible que él mejora o se agrava debido a los honores o a las vergüenzas del espíritu y que estos honores y estas vergüenzas preparan el porvenir. Mi muerte voluntaria coronaría mi obra, pero nada me obligaba a una muerte voluntaria. Yo era todavía un Mesías destinado a sufrir por los hombres y también a morir por ellos, puesto que en la época que yo vine a la Tierra como Mesías, los hombres llevaban a la muerte a sus Mesías. Pero, lo repito, yo podía huir, y si mi hora estaba cercana era porque, queriendo elevarme por el martirio, veía que no era posible alargar la lucha.
Judas me traicionó, no porque estuviera fatalmente predestinado para semejante acto, dependiente de mi acto personal, sino porque, su carácter celoso lo empujaba a la venganza. Si yo hubiera evitado el suplicio, Judas habría encontrado otro medio para demostrar su resentimiento.
Supongamos a los hombres menos crueles ahora que cuando yo vine a la Tierra como Mesías, de lo cual debiera resultar algunas modificaciones en los sufrimientos preparatorios de la muerte y en los de la muerte misma. ¿Por qué los Mesías están destinados a grandes sufrimientos en los mundos inferiores? Porque los Mesías traen verdades y en los mundos dominados por las tradiciones de la ignorancia, no pueden ser aceptadas las verdades sino a fuerza de trabajos, de humillaciones, de luchas heroicas y de loca desesperación hasta la muerte, cualesquiera que sean las peripecias de esta muerte.
Regresé a Betania contento de encontrar allí a los que yo había dejado y evoque las felices disposiciones de todos para festejar mi regreso.
Llegamos por la tarde, recibiendo la primorosa acogida de mis discípulos, el abrazo efusivo de mi madre, y la emoción de las demás mujeres, aunque se percibía un malestar general.
Pero Simón, grité, ¿dónde está Simón? Marta, inundada en lágrimas, salió de una sala contigua a la que nosotros ocupábamos. Ven, dijo ella, por lo menos él morirá tranquilo, puesto que te llama.
María mi pobre pequeña María, se arrojó entre mis brazos gritando: Sálvalo, Jesús, sálvalo.
Aparté a Marta y a María y entré en el cuarto de Simón. Mi amigo era presa de una fiebre ardiente, pero tranquilicé inmediatamente a todos haciéndome responsable de su salud. Me coloqué a su lado, permaneciendo así durante algunas horas y me hice dueño de ese delirio, que no anunciaba ninguna lesión mortal.
Cualquier otro, conocedor como yo de las ciencias médicas, hubiera obtenido el mismo resultado.
Seis días después, Simón se encontraba convaleciente y la eficacia de mi cura fue reconocida con el mismo entusiasmo que siempre se daba a mis actos más sencillos, una trascendencia funesta para mi seguridad presente y para mi dignidad de espíritu ante la posteridad.
Para celebrar la buena salud de Simón, Marta tuvo la idea de dar un banquete en el que debía honrarme especialmente, y para disimular a mis ojos lo que había de ofensivo en tal acto para mis principios, Marta me recordó una costumbre a la que nosotros habíamos dejado de someternos a mi llegada, debido a la tristeza que dominaba en la casa.
Esta costumbre designaba al visitante, como a un amigo esperado desde mucho tiempo antes; estaban prescriptas demostraciones a que no podía sustraerse el huésped, bajo pena de desmerecer el carácter de amigo que le confería la hospitalidad. Nos encontrábamos muchos en este banquete. Tomaron parte en él varios parientes, algunos notables del pueblo, todos mis discípulos de Galilea, Marcos,
  Jose de Arimatea, mi madre, Salomé, Verónica y muchas amigas y compañeras de Marta, formando en fin un total de treinta y nueve personas. Marta, que debía formar el número cuarenta, prefirió, según manifestaciones de ella al finalizar los preparativos, el honor de servirme, juntamente con María de Magdala, Juana, Débora y Fatmé.
María, hermana de Simón, permanecía casi constantemente detrás de él, que estaba sentado a mi frente, en el centro de la mesa. Su intención bien resuelta, era la de contemplar mi semblante, de sorprender mis más pequeños gestos, de saborear mis palabras, estudiando todas las graduaciones de mis impresiones, de abandonarse finalmente a ese instinto especulativo del alma, que desprecia las formas exteriores para elevar el pensamiento y concentrar su deseo en el sublime ideal. La conversación debía naturalmente girar alrededor del motivo de la reunión.
Mis conocimientos espirituales, mi dependencia divina, exaltaron las imaginaciones y me vi obligado a explicar el origen de mi fuerza moral, para luchar en contra de la efervescencia que pretendía hallar el don del milagro, en lo que tan sólo existía la armonía de las cualidades sensitivas del alma con la fácil penetración del espíritu.
Para mejor convencer a mis oyentes, pasé revista a mi vida de apóstol y di a cada uno de mis actos, tenidos por sobrenaturales, el justo valor que les correspondía dentro de mis afirmaciones. Me mostré como el Mesías preparado para su misión con sólidos estudios sobre el poder de los elementos, sobre la propiedad de las plantas, la debilidad del espíritu humano y el imperio de la voluntad. Hice depender todas mis alianzas espirituales de una misma fuente: la larga vida del espíritu,
y todas mis manifestaciones ostensibles del encadenamiento práctico y sabio de las causas y de los efectos.
Deduje de la ciencia humana, los caracteres ostensibles de mis medios curativos y de la ciencia divina, la felicidad de mi alma, la cual arrojaba sus reflejos sobre las almas oprimidas y los espíritus enfermos. Establecí finalmente la grandeza de mi fe, la inmensidad de mis esperanzas con tan fogosas imágenes y con tales arranques de entusiasmo, que Simón, presentándome un vaso lleno, me suplicó que mojara en él mis labios, a fin de mezclar el soplo divino con el soplo mortal, y de confundir el salvador con él, el humilde resucitado, honor que él pedía, gracia que recibiría con la ardiente fe, con el amor inextinguible que le inspiraba el hijo de Dios.
En ese momento y después de haber contentado a Simón, oí como un sollozo a mi lado. Me di la vuelta y vi a María. Ella se había separado de su hermano para acercarse a quien había sido llamado salvador; su gratitud, su culto se traducían en acentos entrecortados, en espasmos de la voz, y su espíritu sobreexcitado por mis demostraciones, venía a implorar el apoyo de mi fuerza en contra de la violencia de sus ilusiones. Tomé a la niña entre mis brazos, su cabeza se inclinó y sus cabellos
sueltos formaron un marco de ébano a su rostro inanimado. Todos los ojos quedaron fijos con semblantes ansiosos, a la espera del desenlace de tal crisis, cuyo final se anunció con algunas lágrimas y un débil sonrojo de la piel. María se despertó como de un sueño, sin darse cuenta de la emoción que había sufrido, y también con un sentimiento de felicidad. Expliqué a Simón la extremada sensibilidad de la hermana y le indiqué con insistencia que no debía jamás contrariar bruscamente en su excentricidades a esa alma tan exuberantemente dotada, a ese espíritu tan despóticamente gobernado por el alma.
Apenas vuelta en sí, María desapareció. Me encontraba, por consiguiente, en buenas condiciones para hablar de un accidente que me sugirió numerosas observaciones sobre las naturalezas corporales, dominadas por visiones demasiado fuertes del alma y por ambiciones demasiado fuertes del espíritu. Enseguida me dejé transportar, como siempre, por mi movediza fantasía, hablando con frases
sentenciosas y proféticas, en evocaciones de mi espíritu hacia el Ser Supremo.
Habíamos llegado al final del banquete, y nadie ya comía ni bebía, sino que todos habían quedado pendientes de mis palabras. Me elevé paulatinamente hacia lo absoluto de mis ideas, referente a las alianzas de los mundos y de los espíritus. Poco a poco me sentí como separado de los que fraternizaban conmigo en ese banquete, viéndome rodeado de los hombres del porvenir, y se me presentó, tras sucederse los siglos, mi emancipación de esta Tierra. Después, atraído por el sentimiento de la actualidad, hablé de mi muerte, rodeándola de todas las seducciones de la gloria
inmortal. Les anuncié que casi todos me abandonarían, les prometí que los honraría en sus esfuerzos o los consolaría en sus arrepentimientos, que los dirigiría hacia la luz mediante los dones del espíritu para con el espíritu y que los elevaría con la persistencia de mi amor.
Juan como siempre, se encontraba a mi izquierda y se esforzaba en ese momento por conocer a los que yo había querido aludir al hablar de abandono. A este deseo, manifestado en una forma de pregunta, contesté que la presciencia respecto a los sucesos se hace fácil mediante el esfuerzo del espíritu en el estudio de los hombres y de las cosas.
Muchos me abandonarán, añadí, porque muchos son débiles y miedosos. Algunos me renegarán, otros me traicionarán, tal vez para eludir la responsabilidad o para satisfacer su hastío.
Los hombres no son suficientemente creyentes en mi fuerza de Mesías y la proximidad del peligro los separará de mi lado. Pero después de mi muerte los hombres de quienes hablo, comprenderán la
cobardía de su conducta y mi espíritu se les aproximará nuevamente para continuar la obra que he fundado.
Hermanos míos, yo no señalé de un modo más preciso los que me habían de abandonar, renegar o traicionar. La razón, os la doy con mi contestación, a ese discípulo tan audaz en su fanatismo, como exagerado en sus testimonios de amor. La luz que brilla de la ciencia espiritual es la guardiana de las fuerzas humanas para perseverar en las actividades del alma y en el heroísmo del espíritu, mas no podría determinar una violación de la ley que quiere que la materia sea un obstáculo para la visión completa del alma y del espíritu. Yo gozaba deliciosamente con los honores que se me prodigaban y cuando Marta derramó agua perfumada sobre mis manos y su joven hermana me la salpicó por la cabeza y por las ropas, me mostré feliz al contemplar la felicidad que ellas experimentaban. La tarde terminó en medio de una alegría expansiva, que nada vino a turbar.
Hermanos míos, en el capítulo siguiente de este libro pasaremos revista a las causas del odio de los sacerdotes y de mi condena. Después continuaremos la exposición de los hechos que precedieron a mi muerte.
finaliza otro capitulo de la maravillosa vida de Jesús,

domingo, 24 de enero de 2016

FE Y PACIENCIA

Entrégate a El.
Cuando el sufrimiento te visite el alma presentándote renuncias, sacrificios y esfuerzo,
mantén la fe en la intimidad del corazón, conservando en el alma la esperanza y la paciencia.
Hay movimientos internos esenciales que se hacen con el tiempo, que tal vez aún necesiten ser
ejecutados para vencer los desafíos del momento.
Ten la certeza de que todos los que te rodean se sustentan y gravitan alrededor de tu campo
magnético y bendice en ellos tus características, sueños y deseos.
Todos se ayudan en la humanidad como criaturas divinas e imperfectas a camino de la expresión
más integral de la presencia del Padre.
En cualquier momento la misericordia divina puede alterar el panorama terrestre y sorprenderte con las circunstancias.
Entrégate a Él con fe y paciencia porque Él resolverá lo demás.
Extraído del libro píldoras de Esperanza Andrei Moreira
   

miércoles, 6 de enero de 2016

VIDA DE JESÚS DICTADA POR EL MISMO CAPITULO XV 3ª PARTE

Sigo con la vida de Jesús tan importante y maravillosa:
¡Fe resplandeciente! Tú nos confías el secreto de nuestros destinos. Tú nos das la explicación de Dios, de la sublimidad de sus leyes, del poder de su justicia y de su amor; tú señalas el deber con la seguridad de ser comprendido… El deber descansa en el cumplimiento de la ley general y en las obligaciones morales, establecidas en nombre de los principios del derecho individual. La ley general, principio de derecho individual, emancipación deducida de una creación inteligente. Inmortalidad, consecuencia de la perfectibilidad. Vosotros exhibís el espíritu humano despreciando las grandezas universales, porque el espíritu humano practica o aprueba el homicidio. La familia humana sobrepasa todos los errores del juicio, cuando afirma el derecho de muerte. Dios, árbitro soberano de los espíritus, les concede el cuerpo como instrumento, y el cuerpo se conserva más o menos tiempo, según la dirección que le es impresa por el espíritu y el lugar habitado por el espíritu y por el cuerpo.
Decrecimiento anticipado de fuerza, o debilidad de nacimiento, intermitencia de salud y de enfermedad, desarrollo feliz o extenuación prolongada, amplitud de manifestación u opresión servil, decadencia natural o accidentes fortuitos, todo ello demuestra el cansancio actual o el cansancio precedente, todo ello explica la disciplina universal por medio de la prueba y de la rehabilitación, y rechaza los nombres, monstruosamente estúpidos como: Dios de las armadas, Dios vengador, Dios celoso, Dios terrible. Viles asesinos, defensores embrutecidos de una mala causa, defensores sagaces de una causa incomprensible, heresiarcas realmente convencidos o valientes apóstoles de una falsa religión que creéis verdadera, vosotros sois todos más o menos culpables delante de Dios y Dios os juzgará. Delincuente endurecido, has de permanecer aplastado mientras no aparezca el arrepentimiento como indicio de castigo y la expiación voluntaria te sea tenida en cuenta como atenuante. Mas llegado a este punto, podrás trabajar bajo las miradas de Dios y tu trabajo será recompensado. ¡Pobre ignorante! Has de vegetar entre vaguedades e indecisiones, hasta la aparición de una luz lejana, que irá aproximándose y haciéndose cada vez más visible. Libres o encadenados, maestros de verdades, discípulos conscientes del error, Dios os tendrá en cuenta las circunstancias de esos errores, de la causa de vuestras debilidades y repararéis vuestras culpas y gozaréis de los honores debidos a las reparaciones.
Así es la justicia de Dios. Ella levanta a los más grandes culpables, ordena la emancipación, lleva cuenta de los trabajos, pesa los actos de valor, prepara nuevas  glorias a sus Mesías, después de haber purificado sus Espíritus, ofuscados por las glorias precedentes.
Justicia de los hombres, ¿cuándo llegarás a ser una copia de la justicia de Dios?.
(Hermanos míos, empleo aquí la palabra justicia para designar vuestra fuerza social; mas vuestra fuerza social encontrándose privada de la idea que manifiesta la palabra justicia, reconozco que esta palabra es deficiente y seguiré empleándola tan sólo para ser comprendido.)
¡Justicia de los hombres, la que deja envilecerse, con todos los vicios una forma humana, y que, en un momento dado, toma esta forma humana y mata con el pretexto de dar un ejemplo necesario para la sociedad, embrutecida con las más abominables máximas de inmoralidad y desprovista del sentido intelectual hasta el punto en que, por una parte, los mandamientos de Dios continuamente repetidos, no
se ven jamás observados, y que, por otra parte, se niega la existencia de Dios. Justicia de los hombres, la que decreta la muerte con el sentimiento del deber cumplido que se apoya en la mentira, al invocar a Dios para matar, y que resulta siempre como una consecuencia de los instintos de la naturaleza bestial, cualquiera que sea la creencia religiosa de que alardee!.
Depositarios de la fuerza social, los puestos que vosotros ocupáis en este mundo de pruebas, son consecuencia natural de las debilidades humanas y preparan otras dependencias humanas. La expresión de vuestro poder, no habiendo tenido jamás como causa motriz la emancipación de los espíritus y el justo reparto de las ayudas materiales, constituirá siempre una vergüenza y una condena para vosotros.
Recabaréis el sentimiento de vuestra inferioridad del recuerdo de las explosiones de vanidad de vuestro orgullo y sufriréis la terrible pena del Talión, aplicada inexorablemente en todos los casos de sangre, derramada deliberadamente o con la fría crueldad de una inteligencia humana. He aquí ¡oh depositarios de la fuerza social!, los castigos aplicados a todos los hombres, que han dirigido a otros hombres sin antes iluminarse con el sentido moral e intelectual de los seres superiores. Justicia de Dios, que la misericordia te acompañe, puesto que dejas una puerta abierta para el arrepentimiento. Justicia de los hombres, te acompaña la más espantosa demencia, puesto que, o nada sabes de la inmortalidad, y entonces arrojas a un precipicio sin fondo todos los pensamientos cuyo origen no puedes explicar, esas pulsaciones que hacen palpitar otros corazones, esas fuerzas que parecen
destinadas a producir más de lo que ha producido hasta ese momento, o tienes nociones respecto a la inmortalidad, ¿y por qué entonces te atreves a estorbar el camino hacia la inmortalidad? ¡Espantosa demencia! Ya lo dije. Justicia humana, Jesús como todos los condenados, que tienen tiempo para ello, podía ensayar iluminarte para salvar su vida, pero Jesús debía considerarte suficientemente iluminada, y no se defendió. Justicia humana, pregunta a tus mártires por las diversas fases de su agonía, todos te dirán que jamás habían amado como en ese momento, a los que estaban llegando. Todos ofrecerán minuciosos detalles respecto a la calma mentida y a los alardeados actos de coraje, que deponen en favor de su valentía en el mismo momento en que el corazón gime, despedazado por las ansiedades de la duda, de la vergüenza, de los remordimientos y de la naufragada esperanza, cuando el alma
tiembla en frente de la horrible visión que le proporcionan los aparatos accesorios del suplicio, inventados por la maldad en medio de sus orgías. ¡Gran Dios! ¡Cuánta sangre derramada sobre esta Tierra! Tiemblo al pensar en el pasado, en el porvenir, en el presente, en todos los países, en todas las religiones, en todos los orígenes, en todas las castas, en todas las sucesiones, en todas las ambiciones y hasta en todos los caprichos manchados de sangre, y dirijo a todos los mártires mis reminiscencias de mártir, y elevo con fuerza mi voz hacia Dios, suplicando: «Piedad, misericordia Padre mío, para estos hombres, que una sociedad perversa ha empujado hacia el delito, mediante el ateísmo, y a los que castiga luego con el delito». Digo a todos los justos: «Lo mismo que vosotros he sufrido por la separación de la carne, lo mismo que vosotros, he fatigado mi espíritu en la contemplación de las miserias morales, lo mismo que vosotros, dudé de la utilidad de mi vida. Y en este momento solemne en que la naturaleza luminosa del espíritu se turba bajo el peso de las aflicciones de la vida corporal, en ese momento precursor de mi libertad, la elevada figura de Dios pareció debilitarse y mi espíritu se llenó de dolor y de pesaroso recordar».
¡Ay de mí! Las explosiones de una alegría grosera, los insultos de un pueblo engañado, el abandono de la mayor parte de los que me amaban, la desesperación de las mujeres que me veían morir, la opresión de una intensa sofocación, todas las lívidas armonías de las últimas torturas del alma y del cuerpo, arrojaron en mi espíritu una profunda tristeza que estalló en esta quejumbrosa plegaria:
«Padre mío, ¿por qué me has abandonado? Mártires, mayor que vuestra fe, fue la mía, mas si desmayé ante las atrocidades de la ingratitud humana, si sentí entorpecerse mi voluntad y titubear mi amor fraterno, fue porque las dependencias de los espíritus se convierten en escollos para los grandes caracteres, cuando la fuerza de lo alto no los sostiene suficientemente en contra de los embates que lo asaltan desde abajo. Es que tenía aún demasiadas ligaduras para que pudiera recogerme en Dios sólo. Mártires, la gran voz de Dios os lo dice por mi boca: El espíritu se eleva rápidamente en el estudio de las leyes eternas, a raíz de una muerte impuesta violentamente, cuando esta muerte no es el coronamiento de una vida manchada por el homicidio».
Hermanos míos, que un hombre depravado levante su mano sacrílega en contra de una vida humana, no significa en manera alguna que una cantidad de hombres tenga derecho de matar al asesino, puesto que la muerte sólo le corresponde a Dios y no puede ser un medio para el uso de las criaturas. Cualquiera que sea la forma dada al asesinato, el derecho de asesinato no puede existir, puesto que Dios no
ha pretendido alterar tácticamente y según las circunstancias, las palabras: Tú no matarás. Conclusión: La aplicación de la pena de muerte es un insulto al Creador.
Otra conclusión derivada del mismo mandamiento, tú no matarás, es: La guerra y todos los actos que inundan la Tierra de sangre constituyen negaciones al principio divino y al mismo tiempo, asquerosas saturnales del espíritu en delirio. Pasemos ahora, hermanos míos, a hablar de la enfermedad de Simón.
Yo me había ausentado de Betania, llevando conmigo algunos de mis discípulos de Galilea. Teníamos que visitar las Sinagogas más cercanas de Jerusalén.
En Galilea, la sencillez cordial de los habitantes, mi elocuencia casi siempre improvisada, mis preceptos de moral ampliamente desarrollados, con una familiaridad que no excluía el respeto debido a la palabra de Dios, mis conversaciones fácilmente concedidas por mí, el derecho que otorgaba a todos de observar mis actos humanos, así como de interrogar mi ciencia espiritual, nuestras
reuniones íntimas, a las cuales yo daba a menudo participación a nuevos iniciados, con el objeto de iluminar al pueblo con testimonios insospechables de devoción anterior a mi persona, y, en fin, en el teatro estrecho de mi emanación de apóstol, todo había contribuido a mantener la persuasión de mi autoridad divina. Mas en Jerusalén y en sus alrededores, el pobre Galileo había de ser contradicho a cada instante. Las Sinagogas habían de serle hostiles, los fanáticos y los hipócritas le lanzarían injurias y el desprecio cuyo desenlace se apoyaría en estas palabras: Es mejor que un hombre perezca, antes que por él se conmueva la fe de una nación.
Fuimos tan mal recibidos en todas partes desde el principio de nuestra gira, que creíamos inútil el intentar nuevas pruebas en las Sinagogas, de las que nosotros constituíamos el escándalo, como decía la gente devota, y nos retiramos los dos hijos de Salomé, Mateo, Tomas, mi tío Jaime y yo en la ciudad de Efrón. Permanecimos allí dos semanas y mientras gozábamos del reposo de la intimidad, tuvimos la satisfacción de aumentar el número de nuestros fieles. De una parte y de la otra nos dirigíamos las más tiernas despedidas, unidas a las más dulces promesas de volvernos a ver. Tan sólo yo sabía que no volvería. Mi hora se aproximaba.
Volveré el próximo día con esta interesante vida que fascina esta vida tan intensa y importante como es la vida de nuestro gran amigo Jesús

jueves, 3 de diciembre de 2015

VIDA DE JESÚS CONTADA POR EL MISMO CAPITULO XV 2ª PARTE

Sigo con este interesante relato que es la vida de Jesús, con tanto amor, como el que le tengo a mi gran amigo ¡Jesús!
A María de Magdala no la quería solamente mi madre, todos mis discípulos y las mujeres venidas de Galilea también la querían. Marta, Simón, la joven María, notaban en ella las sólidas condiciones de la mujer desengañada y cansada de los placeres mundanos, al mismo tiempo que descubrían en ella el semblante resplandeciente por la gracia y suaves condiciones de alma. María de Magdala era más instruida que la mayor parte de los que me rodeaban. Ella me era deudora del desarrollo de su espíritu y de la seguridad de su juicio, pero aún antes de habernos encontrado, ella poseía ya más conocimientos de los que poseían en general las mujeres de ese tiempo. María hubiera sido completa sin la concentración de su alma hacia una persona, si bien amaba no obstante a Dios con sinceridad. ¡Pobre humanidad!.
Propuse a mi madre que me siguiera a Betania, para que no les ofreciera a mis hermanos un apoyo con su presencia, puesto que no veía en ellos el propósito de seguirme. Puse de este modo un fin a nuestras penosas reuniones.
Mi madre me tenía más cariño a mí que a sus otros hijos. La elevada opinión que ella concibiera respecto a mi destino, cuando mi tío Jaime quiso participar de mis fatigas y de mis peligros, sirvió para exaltar ese sentimiento hijo de los cuidados e inquietudes que le había proporcionado el más endeble y menos simpático de los miembros de su numerosa familia.
Después de nuestra última entrevista en Nazaret, mi madre alimentaba un sólo deseo: salvarme de la muerte. El descubrimiento que ella hizo del profundo afecto de María, le proporcionó una esperanza a la que asoció todos los demás medios personales que consideró útiles para su propósito. ¡Madre infeliz! Cien veces más infeliz que si hubiese comprendido desde el principio la inutilidad de sus esfuerzos. ¡Mártir humilde! Mártir, cuyo martirio fue cien veces más cruel que si hubiese
aceptado, como una orden de Dios, la renuncia y la separación. Hermanos míos, la expansión de un alma en Dios no basta para darle la suprema comprensión de la fe, y mi madre, mi tierna madre, toda llena de las teorías de una religión imperfecta, no podía, a pesar de su confianza en mí, hacer tabla rasa de todo lo que había creído y practicado hasta entonces.
La libertad del alma se adquiere mediante la fuerza intelectual del espíritu. Por fuerza intelectual no entiendo las aptitudes más o menos pronunciadas para el estudio de las ciencias exactas, sino el impulso positivo de la idea hacia la solución de tal o cual problema colocado en el campo de lo infinito; entiendo que la fuerza intelectual del espíritu, se alimenta con el deseo ferviente de conocer los orígenes e imprimiéndole el sello de una voluntad inalterable de avanzar siempre y más. Rechazar una creencia que se apoya tan sólo sobre viejos prejuicios y erróneas referencias para abrazar una fe radiante de verdad, en medio de un cielo de luz fascinadora e infinita, es un hecho que no puede producirse sino con el derrumbe de las aspiraciones materiales; con la absorción del principio terrestre del espíritu efectuado por el principio espiritual del mismo espíritu. Es entonces que se rompen las ligaduras del alma y que ella, en posesión de su libertad, sigue al espíritu que se
encuentra en posesión de sus fuerzas.
Dios no se revela al alma que, aunque amante, resulta la esclava de un espíritu que obra únicamente por solicitaciones y no por propia ciencia y conciencia. Dios, pues, no se revelaba sino a medias a la mujer piadosa, pero ignorante de las fatigas que llevan hacia las delicias de la fe, de esa fe sin contradicciones y sin terrores, que se cierne por encima de los peligros y sonríe en medio de las torturas, que recibe luz de la faz divina para llenar todos los deberes, devorar todas las humillaciones, ir hacia todos los heroísmos.
Si mi madre hubiese hecho más fácil mi misión con su fe, hermanos míos, me hubiera ahorrado una gran amargura durante las luchas de mis últimos días, entre los recuerdos de la vida que huía y las promesas de la vida que se aproximaba. Si mi madre y María de Magdala se hubieran asociado con toda la plenitud de la fe dentro de mis creencias, mi espíritu se hubiera mantenido a la altura de mi familia espiritual, en cambio la tendencia carnal de esos amores debilitó mis fuerzas y preparó mi debilidad sobre el madero del sacrificio. Mi fe no se ha doblegado. Cuando la fe se establece sobre la realidad demostrada materialmente, no puede debilitarse; pero la naturaleza humana humillaba tan profundamente al espíritu agitado bajo la presión de las fantasías contradictorias, que tenía que hacer un esfuerzo para reconquistar esa libertad tan querida y tan necesaria para un apóstol de Dios.
La dependencia de los espíritus aumenta en relación con la inferioridad del mundo en que habitan, y agrego que a pesar de las luces espirituales y de la fuerza intelectual de un espíritu, él tiene que sufrir más o menos deplorablemente por las sombras arrojadas sobre su ideal y por los asaltos dados a sus convicciones en un mundo en que todas las creencias religiosas se traducen tan sólo con demostraciones referentes al pasado, al porvenir, al presente y al honor del espíritu. La familia de los hombres se compone de alianzas sin homogeneidad y sin fuerza colectiva para alcanzar su objetivo. Estas alianzas se convierten en lamentables pruebas para los espíritus honrados con la elevación alcanzada en la jerarquía moral e intelectual.
En el ejercicio de su libertad, el espíritu encuentra la calma necesaria para su  fe, el ardor para las concepciones atrevidas y la decisión para dirigir su obra. Pero, ¿puede acaso esta libertad ser completa y duradera? ¡Desgraciadamente, no! No, puesto que la triste dependencia entre los espíritus, los une, y esa unión debe existir para el establecimiento de la justicia de Dios, en los mundos en que la destrucción delas especies inferiores, por otras especies superiores, señala una marcha progresiva
hasta llegar al hombre; en los mundos en que la enorme desproporción de los espíritus entre sí, proviene de causas laboriosamente definidas por la ciencia que aplicamos, ciencia que reconoce la inmutabilidad de las leyes naturales. Ahora, constituyendo una ley de este mundo, la dependencia material para los espíritus, nadie puede eludirla, y el espíritu superior que se encuentra de paso aquí, conquista una libertad provisoria o se entristece en la esclavitud de su voluntad. Las debilidades de la fe son inherentes a toda creencia sostenida mediante concesiones de la razón. Las debilidades en la fe, constituyen motivos de constantes esfuerzos para todos los que practican una religión sin comprendedla. El fanatismo, que consiste en una fe ardiente privada de razón, debe considerársele como una enfermedad del espíritu. La fe verdadera jamás se separa de la razón. Ella señala una personalidad convencida de los atributos divinos y esta personalidad se ve obligada a doblegarse
ante los deberes que de ello le resultan.
Cualquiera que sea la causa directriz del deber, ella es el resultado de luchas, de claudicaciones y de faltas anteriores del espíritu; y los deberes futuros del mismo espíritu se constituirán del mismo modo, sobre la base de sus medios actuales. Tan sólo muy lentamente, la naturaleza humana puede desprenderse de sus tendencias carnales, pero la fe verdadera proporciona el empuje del coraje, la perseverancia en las empresas y el desprecio por los peligros. El estudio de los deberes se hace cada
vez más fácil, la materia se desgasta al conquistar nuevas posiciones el espíritu, y éste se eleva de etapa en etapa hasta el aniquilamiento de la materia. Hermanos míos, la fe verdadera honra la inteligencia laboriosa que ha recorrido diversos senderos, en los que se ha hecho de protectores. La fe verdadera es el premio de todos los espíritus ancianos, cuyo adelanto intelectual no se ve deprimido por la decadencia moral.
Termino por hoy, la 2ª parte de esta vida tan importante como es la  vida de Jesús que siempre esta en mi corazón y estoy muy  orgullosa de ello.

martes, 17 de noviembre de 2015

VIDA DE JESÚS CONTADA POR EL MISMO CAPITULO XV 1ª PARTE

CAUSAS DE LA MUERTE DE JESÚS
Hermanos míos, las causas de mi muerte pueden definirse así: El delito de Jesús en el pasado fue el de facilitar las sediciones populares, divulgando por el intermedio de los sacerdotes, sospechas de convivencias con los paganos.
El delito de Jesús más tarde, fue su desviación hacia el culto fundado por Dios mismo, y esta desviación del culto resultó de mayor gravedad y de mayor poder de seducción por la cualidad de hijo de Dios que Jesús se otorgaba.
La ley mosaica tenía que alcanzarle a Jesús, a quien tenían que inflingírsele el suplicio de la lapidación. Pero el juicio de la casta sacerdotal, precisaba la adhesión de esa misma autoridad, que a menudo se desentendía de las cuestiones que se suscitaban entre los hebreos, y se precisaba también del concurso popular para el cumplimiento de la venganza del clero. Por lo cual se tomaron de las últimas predicaciones de Jesús, pruebas de culpabilidad como perturbador y abolicionista de las leyes civiles, a más de las religiosas, para hacerlo caer así bajo la jurisdicción de Poncio Pilatos, procurador romano. Y ante el pueblo se le acusó a Jesús por seducción y alianza con el espíritu de las tinieblas.
Refiero aquí los motivos de mi condena, motivo cuyo valor discutiré después, al mismo tiempo que daré una explicación de cada uno de los delitos que se me acumulaban, por defecto de una reproducción inexacta de mis enseñazas. Ello nos llevará a extensos desarrollos y tendré que honrar el coraje de mi intérprete, que sufrirá por estos minuciosos detalles, más de lo que haya sufrido a causa de las anteriores presiones de mi espíritu.
José y Andrés preparaban las humillaciones con que fui amagado más tarde, refiriendo lamentables episodios de mi infancia; referentes a los últimos días de mi padre y al abandono de mi madre. Ellos agregaron a la expresión de su falsa piedad por la que designaban como mi pobreza intelectual, la difamación de mi vida íntima y de mi cualidad de hijo de Dios, mediante viles espionajes, con juicios desleales y con una designación burlesca contraria a la que yo había tomado.
No busquemos, hermanos míos, en los libros del antiguo estilo una explicación del título hijo del Hombre, que se me otorgó por burla, como acabo de manifestarlo. Desembaracémonos de las tenebrosas historias para poder elevar nuestra narración hasta la sencillez del espíritu que todo lo aclara. No levantemos, por otra parte, una desaprobación demasiado severa sobre ciertas personalidades desde que el fermento de las ideas y el empuje del espíritu resultan muy a menudo de causas oscuras para la inteligencia humana. Defendamos nuestra alma y nuestro espíritu en contra de todos los entusiasmos y en contra de todo lo preconcebido.
Hagamos distinciones entre las diversas graduaciones, pero no maldigamos a nadie.
Hagamos de la vida de Jesús un código de moralidad para todos los hombres y esforcémonos en demostrar que la vida humana debe ser respetada, porque ella es una emanación del alma divina. La vida humana encerrada en los límites impuestos por el Creador es un descanso en medio del camino de la inmortalidad. La vida humana deformada por el vicio, acortada por los excesos, torturada por los odios, despedazada por el delito, representa una espantosa falta de razón que revela la bestialidad de la naturaleza aún no domada, la vuelta hacia la bestialidad primitiva, a causa de un regreso en el orden ascensional; las dos, bestialidad de naturaleza y bestialidad regresiva, constituyen los verdaderos flagelos del mundo. La primera revela la fuerza brutal de la bestia, la otra, dirige las tendencias de la bestia como para hacerlas más mortíferas. Las dos desarrollan, mediante el contacto, los males asquerosos del alma, del espíritu y del cuerpo; los dos marchan entre la sangre, se alimentan de orgías y se duermen, vencidas por la saciedad, encima de sus ruinas. Representándoos a Jesús en los últimos momentos de su vida de Mesías, hermanos míos, no alimento la idea de llamar vuestra atención tan sólo sobre Jesús, pero sí pido que todos los que lean estas páginas reflexionen profundamente respecto a las enseñanzas que ellas ofrecen a su consideración. No tengo más que un
propósito, esto es, el de convertir en mejores a los hombres, propósito que se alcanzará si ellos meditan sobre mis palabras.
Defino las heridas de mi alma para caracterizar el acercamiento que existe entre las almas humanas. Explico la culpable intención de los que me desconocieron, para volver a traer hacia una dulce resignación a los que se ven calumniados. Declaro enemigos míos a los perspicaces, a los orgullosos, depravados, reconociendo en cambio como nuevos discípulos, a los hombres de buena voluntad, a los humildes, a los desheredados de bienes del mundo, a los hambrientos de los tesoros eternos.
Siempre digo: El que no está conmigo está en mi contra. Felices los que hacen provisiones para la vida futura y que caen en la pobreza voluntariamente durante la vida presente; el reino de Dios les pertenece. Buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. La luz y la verdad son dones de Dios, esparcidlas ampliamente entre todos los que os las soliciten, con el ardor de un alma libre y con un espíritu deseoso de las cosas celestes. Por cuanto yo soy siempre el Mesías, hijo de Dios, que desciendo de la luz para sostener todo lo que ya sostuve, para defender todo lo que ya defendí,
para combatir todo lo que por mí ya fue combatido. Por cuanto yo vengo para destruir y para reconstruir, para demostrar a mis discípulos cual es el Reino hacia el cual deben aspirar. Tal Reino no es de este mundo. No hay ya lugar a equívocos. El espíritu libertado de las sombras de la naturaleza humana se ilumina de luz divina, no siéndole ya posible desviarse por ignorancia, ni empequeñecerse por temor a las crueldades de los espíritus humanos. Este espíritu, desde su elevación conseguida por
sus propios méritos al servicio de Dios, baja hacia este mundo para traeros la concordia y la esperanza, proclamar la inmortalidad y el amor universal en nombre de Dios. Volvamos, hermanos míos, al punto en que os dejé a fines de mi último capítulo. La tranquilidad de que yo gozaba en Betania se parecía al silencio que precede a las explosiones, porque en Jerusalén, el odio sordo de los sacerdotes empezaba a manifestarse ostensiblemente y el pueblo, de cuyas simpatías yo no gozaba desde las bravatas que lanzara en las proximidades del Templo, prestaba oído complaciente a
los decires que se hacían correr respecto a la ineptitud y falsa virtud de mis máximas, y a la vanidosa pretensión de mi espíritu, que yo me habría complacido en evidenciar, juntamente con las demostraciones de mi pobreza y abnegación corporal.
Mi madre se encontraba en Jerusalén debido a una llamada de María de Magdala. Ella había formado en esos momentos una inquebrantable voluntad. Se negó a volver a Nazaret y me vi obligado a contemplar hasta mi muerte su tristeza que constituía un vivo reproche para mi sacrificio, ese dolor que penetraba en mi alma debilitándola. María de Magdala hacía derroche, ante mí y mi madre, de toda esa energía que puede arrancarse de la pasión y de toda esa dulzura y suavidad que nace de la plegaria. Se retorcía en los espasmos de la desesperación o se arrodillaba piadosamente para pedirle a Dios el poder de abatir mi resolución. Ella se arrojaba a mis pies para manifestarme, con voz baja y temblorosa, toda la felicidad de un amor puro, pero invasor de los resortes del alma y de las facultades del espíritu. Después se levantaba, abrazaba a mi madre, la cubría de besos frenéticos y me suplicaba que las salvara a las dos de la muerte y del infierno, a donde a las dos las arrojaría mi
suplicio y mi gloria. Tales demostraciones producían sobre mi espíritu el efecto de accidentes que
interrumpen el curso de los pensamientos. Me sentía acabado por la emoción cuando alguna feliz sacudida venía a arrancarme de los brazos maternos que pretendían retenerme con su contacto ardiente, capaz de volverme loco o cobarde. A María de Magdala no la quería solamente mi madre, todos mis discípulos y las mujeres venidas de Galilea también la querían. Marta, Simón, la joven María, notaban en ella las sólidas condiciones de la mujer desengañada y cansada de los placeres mundanos, al mismo tiempo que descubrían en ella el semblante resplandeciente por la gracia y suaves condiciones de alma. María de Magdala era más instruida que la mayor parte de los que me rodeaban. Ella me era deudora del desarrollo de su espíritu y de la seguridad de su juicio, pero aún antes de habernos encontrado, ella poseía ya más conocimientos de los que poseían en general las mujeres de ese tiempo. María hubiera sido completa sin la concentración de su alma hacia una persona, si bien amaba no obstante a Dios con sinceridad.
Pongo fin a la primera parte de este capitulo  de esta maravillosa vida de Jesús

domingo, 8 de noviembre de 2015

VIDA DE JESÚS CONTADA POR MISMO CAPITULO XIV 4ª PARTE

Sigo  explicando esta vida tan llena de amor y sensibilidad y dulzura como siempre ha sido y es nuestro amigo Jesús.
El derecho y la ley eran letra muerta para esos bárbaros cuando se trataba de satisfacer un capricho del superior o de aplastar a un esclavo rebelde. Los tiempos de esos bárbaros atropellos, no han desaparecido aún y ello es lo que me hace detener aquí para condenarlos. La guerra y sus horrores devastan aún el mundo de la Tierra; he ahí porqué aprovecho la ocasión para maldecir las instituciones de mi época, he ahí porqué me refiero a la historia general al escribir la mía. Para ingresar en las escuelas era necesario ser pariente cercano de algún soldado, muerto en el servicio de la patria o que se encontrara aún bajo las armas. Cualquier otra consideración, como la condición social, religión o naturalización, no tenía importancia. Los estudiantes tenían que ejercitarse en el manejo de las armas y recibían una suma en dinero si se enrolaban voluntariamente. El servicio militar obligatorio no estaba en vigor para ellos.
Marcos, el estudiante, era casi un revolucionario, detestaba todas las opresiones. Yo lo llevé hacia el sentimiento religioso, haciéndole saborear los atractivos de una doctrina que enseñaba la fraternidad entre los hombres bajo la dependencia de la paternidad divina, que aconsejaba el valor en la adversidad, la modestia en medio de la fortuna, el desprecio por las injurias, la conmiseración hacia
todos los culpables. Marcos no me amó, sino que me adoró. Yo me había ligado demasiado fácilmente a dos naturalezas ingratas. Recabé horribles desengaños, debido principalmente a mi primitiva ligereza de observación. Derramé amargas lágrimas por la fragilidad de algunas relaciones, por la debilidad de mis preferencias, mas gocé también de las delicias de profundas y duraderas afecciones, y en esta historia, a menudo penosa, ellas vuelven a mi memoria, con emociones igualmente dulces, a las que experimentaba cuando su presencia reanimaba mi espíritu entumecido, consolaba mi corazón y levantaba mi coraje, presentándome a la humanidad bajo su más noble aspecto.
Marcos olvidó por mí su fortuna, que no podía ofrecerme porque aún no gozaba de ella. Su familia, que lo trataba como un visionario, sus compañeros de placeres, sus hábitos ociosos, sus fantasías, sus distracciones y aún sus horas de trabajo, las reemplazaba ventajosamente permaneciendo a mi lado. El bello carácter de Marcos hubiera debido producir la más favorable impresión sobre mis discípulos,
por el contrario muchos sintieron celos debido a nuestro recíproco afecto, otros no vieron en el abandono de su posición mundana más que un debilitamiento momentáneo de sus facultades intelectuales, otros buscaron los motivos de este abandono, en la pasión que había debido inspirarle alguna de las mujeres que hacían parte del círculo de mis oyentes. En cambio, José de Arimatea gozaba de lo que él llamaba una conversión, y los más clarividentes y los más preparados, amaron y
respetaron al valeroso discípulo de Jesús, que lo siguió en el Calvario, que besó su cuerpo ensangrentado y desfigurado, que ayudó a José y a Nicodemo en la tarea nocturna, que murió joven, oprimido por el dolor, lleno de esperanzas, porque Jesús había muerto y él pronto volvería a verlo.
La facilidad para juntarnos daba atractivo a nuestras reuniones, y nuestra libertad no fue nunca turbada por visitantes indiscretos, ni por preocupaciones de peligros inmediatos. Mis discípulos de Galilea y yo formábamos una sola familia. En esta familia hay que comprender a las mujeres venidas también de Galilea, lo cual constituía un conjunto bastante complejo, pero la casa de Simón era vasta, puesto
que muchas casas coloniales dependían de la habitación principal. Nombremos las mujeres venidas de mi querida Galilea para servirme hasta mi muerte. Pasemos rápidamente por encima de las primeras informaciones y cerremos este capítulo, hermanos míos, con el sentimiento de nuestra grandeza espiritual. Pronto nos volveremos a ver por efecto de esta grandeza, que derrama la luz divina sobre las debilidades humanas. Las mujeres venidas desde Galilea eran: Salomé, Verónica, Juana, Débora, Fatmé y finalmente María de Magdala. De Salomé ya he hablado;
Verónica era viuda, ella me había cuidado como a un hermano y respetado como a un apóstol de Dios desde los primeros días de mi permanencia en Cafarnaúm. Juana, Débora y Fatmé, eran demasiado jóvenes para encontrarse al abrigo de las calumnias, se reían de ellas con gracia, derramando sobre todas, y sin preferencias, los atractivos de su espiritualidad y generosidad de sus corazones. Las tres gozaban de un discreto bienestar y decían con alegría, que nosotros éramos sus hermanos y que nos correspondía una parte de ese bienestar, como más tarde lo tendríamos en el reino de Dios.
Mi madre se encontraba en Jerusalén desde algunos días, pero yo no lo sabía. Yo le había exigido el sacrificio de que no me siguiera y que esperara un aviso mío. Pero María de Magdala mantenía relaciones con mi madre y, para combinar mejor los medios de arrancarme de la muerte, ella le hizo instancias para que se trasladara a una casa de las proximidades de Jerusalén. Mis hermanos José y Andrés fueron también a Jerusalén. El propósito bien firme de ellos era el de apostrofarme, el de
desmentir públicamente mis palabras, insinuar a la muchedumbre de que yo me encontraba preso de la locura y pedir ayuda con el fin de separarme de la compañía de mis discípulos. Este complot me era muy bien conocido, así es que me preparé para hacerlo fracasar y resolví para el efecto permanecer más tranquilo aún en mi retiro. Las dos Marías ignoraban el proyecto de mis hermanos. Ellas tenían
esperanzas en la desesperación de su amor, para hacerme descender de la gloria de Mesías a la ignominia de la debilidad. Para mí, el peligro era éste y la lucha tenía que ser horrible.
Hermanos míos, en el duodécimo capítulo de este libro os expondré mis últimas luchas de la carne con el espíritu, mis supremas angustias de hombre, mis indecisiones en el sacrificio y, finalmente, la victoria definitiva de la espiritualidad sobre la materia.
Nosotros haremos también de mi muerte, precedida de tantos asaltos dados a la naturaleza humana, el objeto de un estudio profundo sobre el martirio impuesto a un hombre por el hombre, y sacaremos esta consecuencia indestructible, que la vida humana se encuentra bajo la dependencia de Dios, y que destruirla es infligir un insulto al Creador.
Hermanos míos, os bendigo en el nombre de Dios nuestro Padre.
Hasta el próximo inolvidable capitulo.