domingo, 12 de febrero de 2017

HONRA A TUS PADRES

Desiste a toda critica y juicio, albergando en tu alma solamente agradecimiento y reconocimiento.
Honra todos los dias las fuentes sagradas de la vida que te crearon y protegieron desde el primer instante. A través de ellos recibistes el vaso sagrado que te abriga el cuerpo bendito en el cual te ejercitas hacia la armonía y la paz expresando la vida que, Dios te dio. Y eso los vuelve dignos eternamente. Mira con amor a tus padres honrandolos con tu gratitud y deja que la fuerza sagrada de su grandeza te abastezca. Desiste de toda critica y juicio, albergando en tu alma solamente agradecimientos y reconocimiento.
No eres victima de nada ni de nadie, porque si estas vivo es gracias a quienes fueron instrumentos de Dios para ti. Honralos siempre, haciendo de tu vida un ejercicio de amor sano y productivo para el bien común y encontraras alegría para tu alma.
Hoy he leído una carta muy interesante que escribía una hija a su madre que desencarnó hace  muchos años. Al tenerla en mis manos me ha dado una alegría tan sana y buena que he pensado pedir permiso a la persona que la escribió, me permite publicarla en mi Blog. Porque es tan interesante y dice tantas cosas a su madre que después de muchos años se da cuenta de lo grande que su Madre era, y la maravillosa mujer que fue.
Esta es la carta:
Hoy es el cumpleaños de  la hermana Luisa  esta desencarnada ya hace 39 años que se fue nos dejo muy tristes, era mi madre en la tierra con la que viví en esta vida terrestre, lo orgullosa que estoy de que haya sido mi madre, tengo tantos recuerdos tan hermosos, me acuerdo  de un día muy señalado en aquellos años, yo tenia que hacer mi primera comunión pero no pude estaba enferma de nefritis (infección en el riñón) ella fue a ver a los niños que la hacían y cuando llego a casa me abrazo y se puso a llorar porque yo no pude estar allí estaba enferma tenia 6 años eso me impactó mucho, hoy ya tengo mis años y todavía lo recuerdo con mucho amor, el Amor que mi madre nos tenia a todos: a mi padre, a mis hermanos y a mi era muy grande, era una madre excepcional sufrió mucho con todo que tenia a su alrededor pero siempre estaba con una sonrisa le hacían daño muchas cosas, pero ella perdonaba y amaba, era un ejemplo de bondad en aquellos años 50, 60 , 70 era una gran trabajadora a acompañaba a mi padre al campo eran campesinos, siempre trabajaba en los trabajos mas duros; cuando llegaba a casa se ponía a hacer la faena de la casa.
Mi madre era una persona buena, bondadosa, humilde, ayudaba a todos cuando lo necesitaban:
los tiempos en los que vivió fueron muy duros y ella siempre estaba dispuesta a ayudar a todos, una mañana se levanto y le había dado una parálisis en la cara boca. pero se levanto y se puso a trabajar porque en casa no le daban otra oportunidad pero lo supero con resignación y amor, yo era muy pequeña, ahora cuando lo recuerdo pienso, Jesús siempre estaba con ella porque la humildad , el amor  que tenia le daban fuerza para estar bien con todos, yo como espirita que soy ahora veo que era muy adelantada para su época, despues de trabajar tanto aún tenia tiempo para leer leía mucho y a mis hermanos y ami procuraba que tambien leyéramos mucho.
Desencarno hace muchos años pero yo la llevo en mi corazón y la quiero como el primer día que la vieron mis ojos era dulce hermosa tenia los ojos azules muy claros era moreno su pelo su piel era blanca y fina, tenia un corazón tan grande que todos estábamos dentro de el tenia una dulzura que todos la querían, pero lo principal es que es mi madre y la llevo en mi corazón no se donde está, porque hace muchos años que desencarno, no se si esta en el Universo  o en la tierra pero donde este le digo: Madre cuanto te quiero
Esta hermosa carta que a escrito una amiga a su madre el día de su cumpleaños y quiso así recordarla le digo gracias amiga ha sido un gran tesoro el que me has dejado plasmar en mi blog.

viernes, 20 de enero de 2017

VIDA DE JESÚS DICTADA POR EL MISMO CAPITULO XV 2ª PARTE

Yo soy el Mesías, hijo de Dios, y os anuncio que este templo se derrumbará, que no quedará piedra sobre piedra de vuestros edificios, una nueva Jerusalén se levantará sobre las ruinas  de la antigua;vuestros descendientes buscarán el lugar donde se ejercitaba vuestro poder y los fastos de vuestro orgullo se desvanecerán como una sombra.
Tanto que me decretéis honores como que me condenéis a morir, mi nombre sobrevivirá a los vuestros y la ley que traigo prevalecerá sobre la que vosotros predicáis sin cumplirla.
Hipócritas, que tenéis la boca llena de miel y el corazón lleno de ira y de odio. Déspotas, asesinos sin fe, vil majada de esclavos encadenados durante la noche, cueva infecta de bestias venenosas despreciable caterva de gente embrutecida y apestada, sois el mundo que está por terminar y yo predico un mundo nuevo, una tierra prometida, la verdad, la justicia y el amor. Intérpretes de un Dios vengativo, implacables proveedores de la muerte, la ciencia de la inmortalidad os dirá a todos, que Dios es bueno y que la vida humana tiene que ser respetada.
En medio de otros excesos del lenguaje, Jesús acusaba a los pobres de seguir una miseria envilecedora, sin combatirla con el trabajo y con el ahorro del trabajo. Deseáis la holgura y pasáis el tiempo en el ocio y en la ebriedad. Detestáis a vuestros patrones, pero envidiáis su fortuna, y si os encontrarais en su lugar, procederíais como ellos, porque no poseéis la fe que proporciona el coraje en medio de la pobreza, y la modestia en medio de la opulencia. Os quejáis del orgullo y crueldad de los ricos y yo os digo que vosotros tenéis el alma enferma y el espíritu pervertido, propio de las naturalezas bajas y celosas.
Los que entre vosotros comprenden la nada de las riquezas y el papel de los pobres, serán los primeros en el Reino de mi Padre; mas, lo repito, puesto que muchas veces lo he dicho: Muchos serán los llamados, pero pocos los elegidos. Baldón para los comerciantes de mala fe; el robo, bajo cualquier nombre que se le cubra, es una falta ante las prescripciones más elementales de la ley divina. Tan sólo la restitución y la caridad pueden descargar la conciencia del depositario infiel,
del mercader desleal, del falsario, del hombre ambicioso e injusto.
Pecadores de todas las condiciones, hombres de todos los tiempos, la moral se encierra en estas palabras: Haced a los demás lo que quisierais que se os hiciera a vosotros.
«¡Atrás, traficantes de las cosas santas en el templo del Señor!».
La casa de mi Padre es una casa de oración y vosotros la convertís en una cueva de ladrones.
Salid, salid os digo, de este lugar de paz y de retiro. Los sacrificios de carnes son impíos; la plegaria es un perfume del alma, un grito del corazón, un arrepentimiento del espíritu, que los ruidos del mundo no podrán acercársele sin alejarlo de Dios.
¡Ay de vosotros y de todos los que torcerán de su verdadero objetivo las obras del Creador! ¡Ay de vosotros y de todos los que conviertan la devoción en un medio para adquirir fortuna temporal!.
La voz de Jesús tomaba entonces una entonación vibrante y sus ademanes se volvían amenazadores. En ninguna época de su vida de apóstol encontró tanta amargura en su alma y tanta indignación en su espíritu al revelar las vergüenzas de la humanidad, armándose en contra de ella con las prerrogativas que le daban su misión y la ciencia divina.
Sois débiles y feroces. A la ignorancia de la juventud añadís la perversidad del orgullo, del avaro, del ambicioso, del disoluto, del asesino.
«¡Peleáis por la gloria ajena! ¿Qué es esta gloria?». Una espantosa demencia, un monstruos asesinato.
«¡Adoráis un dios! ¿Quién es este dios?».
Una imagen formada por espíritus en delirio, un ídolo a menudo furioso, siempre fácil para tranquilizarlo, accesible a todas las quejas, dispuesto a todas las concesiones. Un ídolo vestido con vuestros mismos vicios. Los altares de vuestro dios están inundados de sangre y vosotros le dedicáis
hasta sacrificios humanos.
¡Ah! ¡Me causáis horror! Me empeño por adelantar el momento de mi muerte, sabiendo bien que ella será dolorosa, y que después yo me veré libre de vuestro parentesco, rota una hermandad que me es odiosa, y entraré en la gloria de mi Padre.
Pondréis en desnudez mi cuerpo, para alegrar vuestras miradas, someteréis a la suerte mis ropas para que pueda decirse que nada mío habéis dejado a mis siervos. Éstos desaparecerán y moriré abandonado por los hombres, puesto que está dicho: el Mesías morirá ignominiosamente; el Cielo y la Tierra guardarán silencio.
No creáis que yo tengo temor a la muerte; más bien me asusta vuestro porvenir. No penséis que yo abrigue las intenciones de librarme de vuestros odios, mas comprended y recordad esto: Yo volveré después de mi muerte. Los que me reconozcan serán perdonados. Le corresponde al hijo de Dios levantar al pecador y bendecirlo, de facilitar el arrepentimiento y de proteger a los débiles.
Hermanos míos, la palabra de Jesús se hace sentenciosa y profética a medida que él se va acercando hacia el término de su vida terrestre, al mismo tiempo que sus afirmaciones se ven, mayormente libres del temor por las persecuciones y por las preferencias de su espíritu a favor de los desheredados. Anunciando él mismo la resurrección de su espíritu y prometiendo su participación en los progresos de la familia humana, dictaba su sentencia de muerte. Sus amigos, desde luego demasiado tímidos y descorazonados por la confusión de los espíritus, se sintieron impotentes ante esta terrible imputación.
Se ha declarado Dios. Todos lo han oído. Tiene que morir.
Determinemos la confusión de los espíritus y hagamos distinción entre los partidarios y defensores de Jesús. Los partidarios de Jesús amaban al hombre y habrían querido salvarlo del peligro inherente a las prerrogativas del Mesías. Los defensores de Jesús deducían con pruebas su superioridad y las demostraciones como apóstol; mas esta superioridad cada uno la explicaba a su modo y la lógica resultaba sacrificada a menudo ante el espíritu de partido y de disputas.
Los unos ignoraban la doctrina que le había proporcionado a Jesús sus más hermosas definiciones de la grandeza de Dios y lo tomaban por un Ser sabio, cuya vida había transcurrido en el estudio de las leyes orgánicas y de las dependencias de éstas. Admiraban el ardiente profesor de moralidad tan pura, mas rechazaban todo cuanto les parecía salir del círculo de los descubrimientos permitidos a la inteligencia del hombre. El destino humano después de la muerte corporal era para ellos un
misterio que nadie podía penetrar. Atacando este misterio yo me convertía en reformador ante sus ojos, sosteniendo mis convicciones me volvía en un fanático para aquellos que no estaban en condiciones de comprenderme. Otros conocían las fuentes de mi ciencia, pero no reconocían a esta ciencia el poder de establecer demostraciones tan absolutas y tachaban de orgullosa pretensión mis alianzas de espíritus con espíritus más elevados.
Los primeros tenían la franqueza de sus opiniones, los últimos mezclaban a la consagración de un hecho innegable, las reticencias de espíritus estrechos y celosos.
Los defensores reales de Jesús eran al mismo tiempo sus partidarios más instruidos.Hemos nombrado a José de Arimatea, Nicodemo, Marcos y Pedro. En los últimos días que pasé en Betania, Pedro y José recibieron de mí instrucciones definitivas respecto a lo que tenían que hacer después de mi muerte. Demostrar mi mensaje divino a estos dos depositarios de mi última voluntad era mi constante preocupación. Que desmerezcan no más en el cumplimiento de su misión, decía yo, pero que estén convencidos de mi resurrección espiritual, y esta doctrina, endeble como ellos al principio, se consolidará. ¡Oh, sí! El porvenir tendrá la cosecha de todo lo que yo recogí y puse en evidencia. El porvenir verá a nobles espíritus combatir lo que yo he combatido y poner en práctica lo que enseño, y yo me convertiré en su apoyo como los que me llevaron la delantera lo hicieron conmigo, a fin de dar perseverancia a la acción, la calma y la fuerza en medio de los vendavales».
Hasta otro día que seguirá la vida de Jesús tan emocionante como es y tan hermosa.

domingo, 15 de enero de 2017

NATURALIDAD

Busque actuar con naturalidad en todo lo que haga. Ser natural es la condición que  buscan muchísimas personas que ya entendieron que esa es la mejor forma de vivir.
Con naturalidad, podemos hablar, pensar y hacer, sin herir ni confundir a nadie, y mucho menos a nuestra propia forma de ser.  Dejar de ser natural es el proceso por el que se identifica el aparentar lo que no se es o lo que aún no es. Si una persona quiere ser vista como si fuese rica, poderosa, inteligente, humilde, caritativa, bondadosa, comprensiva, simpática, aceptada, entendida en un determinado asunto, y así  sucesivamente, perderá la naturalidad- riqueza personal, que jamás puede ser quitada por nadie. Alguien que quiere ser visto "como si", es porque todavía no lo es. Esta búsqueda de aparentar, en vez de buscar ser, es lo que le quita la naturalidad a la persona. Quitándole finalmente la paz, la tranquilidad y la salud.
La aprensión que empieza a vivir es tan grande que roba las energías de la persona, cansándola hasta el punto de desarrollar una fatiga crónica, ya que podemos considerar la no naturalidad como una bola de nieve, que ademas de fría, va aumentando a medida que rueda, causando, al final, una verdadera avalancha.
Avalancha, en ese sentido, quiere decir: aquellos momentos en que, sucesivamente, vamos atrayendo
 una enfermedad detrás de otra, hasta que dejamos de querer aparentar y empezamos a ser naturalmente lo que somos: hijos de Dios.
texto de salud en plenitud de Lindomar Coutinho por el espíritu Dr. Hans.

jueves, 8 de diciembre de 2016

CIRUGÍA DEL ALMA

Profundiza la incisión con el bisturí del auto- conocimiento..
Si aspiras a una paz profunda, procede a hacer una cirugía moral en tu vida interior, buscando extirpar de ti  los elementos que te enferman y te perturban. Profundiza la incisión con el  bisturí del autoconocimiento, hasta que alcances las capas más esenciales de tu ser.
En el análisis de ti mismo,  busca separar aquello que procede de la acción y lo que proviene de la reacción, a partir del estudio de tus posturas y de la percepción de las situaciones que las originan.
Organiza tus creencias sacando de la vida mental los pensamientos limitantes que te unen a círculos de repetición sin fin.
Aplica en tu alma el suero de la esperanza y el bálsamo de la confianza y entrégate a la divina  sabiduría esperando en el tiempo la resolución de aquello que no depende de ti.
Cierra las heridas de tu corazón, con el cuidado de las curaciones diarias de la paciencia, ternura, compasión y amor para que te conecten permanentemente al auto- perdón y al perdón al prójimo, estableciendo la paz en ti.
Toma todos los dias las píldoras del afecto,  de la generosidad y de la fraternidad, percibiendo más allá de ti mismo los dolores que te rodean la existencia a fin de ampararlos, minimizándolos con tu dedicación amorosa,a partir de la activación de las potencias del alma que te inundan la esencia.
Procediendo así, encontrarás descanso para tu alma y paz para tus días en la fuerza permanente
llena del amor que cura y restablece, reconectándote con la presencia de Dios en ti.
extraído del libro píldoras de Esperanza de Andrei Moreira y por el espíritu Días da Cruz.

viernes, 4 de noviembre de 2016

VIDA DE JESÚS DICTADA POR EL MISMO XV 1ª PARTE


Sigo con la vida de Jesús, tan interesante y emocionante que es para mi un balsamo de amor.
La gracia es el beneficio de la fuerza; la fuerza resulta del progreso del espíritu, y todos los espíritus se elevan mediante las pruebas de la vida carnal, cuando comprenden sus enseñanzas. Jesús, desde la felicidad espiritual, hacia la cual lo llevaron los oprobios humanos, tuvo que preparar sus derechos a una gloria cada vez más luminosa, así les sucederá a todos los que llegan al desarrollo de las fuerzas
por medio de la voluntad.
En este capítulo, hermanos míos, tendremos que exponer la doctrina pura de Jesús, haciendo notar las manchas impresas en esta doctrina por los sucesores de Jesús y por él mismo en su última estada en Jerusalén.
Rodeado en Betania de sus amigos más queridos, Jesús no les abrió lo bastante el camino del porvenir mediante un amplio desarrollo de su doctrina y en Jerusalén cometió el error de no erigirse el fundador de una nueva religión. Jesús tenía que haber repudiado toda cohesión con el pueblo judío y morir afirmando su fe sobre otros principios, que no eran los de la ley mosaica.
Las palabras de sentido ambiguo, las parábolas desprovistas de elevación, porque derivaban de la vida exacta y regular de pueblos laboriosos, los discursos oscuros, la sublime teoría de la igualdad, de la fraternidad, de la libertad individual, que parecía hasta entonces urdida con poca habilidad a la organización viciosa e incorregible de la sociedad humana, todo tenía que desaparecer e iluminarse en
medio de los últimos preparativos de la separación. ¡Ay de mí! Dios fue testigo de los dolores de mi alma, de los arrepentimientos de mi espíritu; mas Él consoló mi alma con su fuerza y reservó para mi espíritu el encargo de un perfecto cumplimiento. ¡Me complazco de las tinieblas al salir de las deslumbradoras luces! ¡Quiero desafiar el desmentido brutal y después de haber dejado los efluvios del amor independiente y generoso, me entrego a la humanidad terrestre para desmenuzar sus cadenas y mostrarles a su Creador!.
Coloquemos debajo de nuestros ojos las semejanzas que existen entre la época de las pruebas humillantes de Jesús y los tiempos de espantosas y convulsivas torturas del estado social. La desconfianza del pueblo de Jerusalén se apoyaba en las pruebas que se le daban respecto a mis contradicciones. Mi firmeza en rechazar toda participación en los hechos milagrosos que se me habían atribuido, influyó aún más para aumentar la desconfianza del pueblo. ¿Por qué, repetía el pueblo, permitió él que se le presentara como un sanador inspirado, mientras afirma ahora no haber
sanado a nadie de un modo sobrenatural?.
José y Andrés se atribuían el honor, por burla, de ser los hijos de Dios. María, mi madre, parecía oprimida por la vergüenza y el disgusto. Las mujeres que me acompañaban temblaban presentándome un resguardo con sus cuerpos, y mis nuevos amigos se interponían entre la multitud irreverente y mis discípulos de Galilea. Tales fueron los preliminares de una justicia que se hizo fuerte con el gran nombre de Dios, para luchar en contra de su Mesías y en contra de los intereses de su pueblo,
para abatir al defensor del pueblo.
Hoy, hermanos míos, la doctrina de Jesús, mal comprendida en principio, tanto por la natural debilidad de Jesús, como por efecto de sus más celosos defensores, la doctrina de Jesús, repito, es mal conocida hasta el punto  de que Jesús es un Dios para algunos, un loco para otros y un mito para la mayoría. Los hombres que se creen capaces de dirigir a la humanidad, discuten el poder soberano o no hablan de él jamás; los de espíritu más independiente se inutilizan en las orgías, o dan muestras de sí con acciones miserables, los menos irreligiosos sostienen todas las instituciones en oprobio al Dios de amor y de paz, y la negación de mi presencia aquí descansa en la pretendida imposibilidad de las relaciones espirituales.
 En este dédalo de negras herejías, de despreciables defecciones, de absurdos errores, domina como en los días de la revuelta del pueblo de Jerusalén en contra de Jesús, el loco orgullo de las pasiones inconscientes y el desafío de delincuentes concupiscencias.
Jesús preparado para la lucha y profundamente convencido de su misión divina, hacía depender demasiado su coraje del coraje de los que él amaba y la idea democrática bebida por él en un sentimiento religioso exaltado, pero razonado, no se levantaba lo suficiente por encima de las alegrías del corazón. La ingratitud, el abandono, la calumnia, llenaron el alma de Jesús de una pretenciosa compasión y sellaron sus labios cuando justamente hubiera sido de la mayor habilidad, el anunciar
la religión universal a todos los pueblos de la Tierra.
En este momento Jesús mira hacia la humanidad, presa toda ella en parte del ateísmo y en parte de la superstición y por más que él se sienta tan golpeado por los escépticos como por los relajados y por los hipócritas, permanece impasible en el poder de la idea, en la fuerza de la acción, las que no están ya sujetas a las debilidades de la naturaleza humana. El amor se vuelve una fuerza de entidad
espiritual, y si de la enseñanza práctica de su vida de abnegación, Jesús no pudo recabar los honores populares con que contaba, no por eso resulta menos el dulce apoyo de los pobres y de los humildes, el juez severo de los prevaricadores y de los conquistadores.
Dictemos los principales pasajes de las últimas predicaciones de Jesús y sacaremos en consecuencia que las falsas estimaciones provienen, sobre todo, de las omisiones y de las referencias apócrifas.
Cuando él quiso dar testimonio de su prestigio de hijo de Dios en Jerusalén, pronunció estas palabras: Yo soy aquel que mi Padre enviara para daros su ley; quien quiera que me siga verá a Dios. Yo camino por el sendero de la verdad y la luz resplandece en mí.
Pedid y se os dará, buscad y encontraréis. Ello quiere decir que Dios es una ciencia y contesta a los que trabajan. Estudiad el origen de los males y el de los beneficios y reconoceréis la justicia de Dios.
Alejaos de los vicios y de los ruidos de la Tierra para interrogar a Dios y escuchar lo que os contestará.
Yo soy el hijo de Dios, pero este honor fue merecido por mí y os digo: Todos los hombres de buena voluntad pueden llegar a ser los hijos de Dios.
No me preguntéis adónde voy y de dónde vengo. Tan sólo mi Padre conoce mi porvenir, y mi pasado permanece secreto para mí, mientras el polvo que envuelve mi espíritu se mezcla con el polvo de los muertos.
Destruid en vosotros al hombre viejo y dejad hablar al hombre nuevo. Mientras quede en vosotros algo del hombre viejo, las pasiones serán las más fuertes y el viento soplará sobre vuestros proyectos.
Humillaos delante de Dios y no busquéis la dominación entre los hombres. Arrojad lejos de vosotros las cosas inútiles y cumplid la ley del amor.
Disminuid vuestros gastos para socorrer a los pobres; el que todo lo haya dado a los pobres será rico delante de Dios. Levantad lejos de aquí vuestra vivienda, puesto que, os lo digo, el hombre es pasajero sobre la Tierra. Su familia lo espera; su familia lo seguirá en otro lugar y tendrá aún que trabajar para reparar las pérdidas presentes.
No debilitéis vuestra fe con investigaciones estériles, con un estancamiento más estéril aún, mas practicad los mandamientos de Dios y la luz os llegará, puesto que la luz es una mirada de Dios.
Todo el que cumpla con la ley y desee la luz conquistará la ciencia, no esa ciencia banal que concluye con todas las cosas de este mundo, sino otra ciencia que lo explica todo.
Felices los que comprenderán estas palabras. Felices los hombres de buena voluntad, el Reino de mi Padre les pertenecerá.
Ante estos sermones, ajenos a toda ortodoxia, los doctores de la ley me amenazaron con cerrarme las puertas del Templo. Si el pueblo me hubiera parecido deseoso de conocer la definición de la ciencia y de la luz de las que hablaba, yo habría desafiado la prohibición y habría hecho valer los derechos de un profesor religioso, que no atacaba ninguno de los dogmas reconocidos, pero las malas disposiciones del pueblo me sorprendieron y resolví retirarme a Betania.
Durante el período transcurrido entre la primera defección del pueblo y los actos atroces de que el mismo pueblo fue autor, Jesús no puso ya límites a sus expresiones y el mismo sentimiento de su elevación le inspiraba arranques de furor y profecías de desastres. Él fustigaba a su gusto a los que llamaba los hipócritas y los perversos, y señalaba con anticipación, casi como para oprimirlos después con el terror, a los frágiles en el amor, a los indecisos en la fe, a los desconfiados, a los
ingratos, a toda esa masa de ignorantes y viles que habían de oprimir su cuerpo, sembrar la indecisión en su alma y debilitar casi su confianza en Dios.
Sois sepulcros blanqueados que la herrumbre y los gusanos corroen su interior. Poseéis ropas, los pobres se encuentran desnudos, y os reís cuando los niños lloran de frío y de hambre.
Andáis publicando a gritos vuestras obras, mientras en el interior de vuestras casas se esconden la orgía y el delito. Denunciáis ante el mundo a la mujer adúltera y engañáis a Dios con las apariencias de castidad, mientras vuestro espíritu se encuentra turbado por deseos impuros y ambiciones deshonestas. Condenáis el vicio de los pobres pero guardáis silencio respecto a los escandalosos desórdenes de los emperadores y de la vergonzosa servidumbre de los cortesanos.
Os llamáis los sacerdotes de Dios, los privilegiados del Señor y amontonáis riquezas sobre riquezas e incensáis a los déspotas y conquistadores. Yo soy el Mesías, hijo de Dios, y os anuncio que este templo se derrumbará, que no quedará piedra sobre piedra de vuestros edificios, una nueva Jerusalén se levantará sobre las ruinas de la antigua; vuestros descendientes buscarán el lugar donde se ejercitaba vuestro poder y los fastos de vuestro orgullo se desvanecerán como una sombra.
Tanto que me decretéis honores como que me condenéis a morir, mi nombre sobrevivirá a los vuestros y la ley que traigo prevalecerá sobre la que vosotros predicáis sin cumplirla.
Hipócritas, que tenéis la boca llena de miel y el corazón lleno de ira y de odio. Déspotas, asesinos sin fe, vil majada de esclavos encadenados durante la noche, cueva infecta de bestias venenosas, despreciable caterva de gente embrutecida y apestada, sois el mundo que está por terminar y yo predico un mundo nuevo, una tierra prometida, la verdad, la justicia y el amor. Intérpretes de un Dios vengativo, implacables proveedores de la muerte, la ciencia de la inmortalidad os dirá a todos,
que Dios es bueno y que la vida humana tiene que ser respetada.

jueves, 13 de octubre de 2016

MARÍA MADRE DE JESÚS 2ª PARTE

Sigo con la segunda parte de esta bella historia.
El título de maternidad hacía vibrar en su espíritu los más dulces cánticos. Diariamente, llegaban los desamparados, suplicando su asistencia espiritual. Eran viejos enclenques y desengañados del mundo, que venían a oír sus palabras confortadoras y afectuosas, enfermos que invocaban su protección, madres infortunadas que pedían la bendición de su cariño.
"Madre mía decía uno de los más afligidos ¿cómo podré vencer mis dificultades? Me siento abandonado en el oscuro camino de la vida."
María le enviaba la amorosa mirada de su bondad, dejando en ella aparecer toda la tierna dedicación de su espíritu maternal. "Eso también pasa! decía ella, cariñosamente sólo el Reino de Dios es lo bastante fuerte para nunca pasar de nuestras almas, como eterna realización del amor celestial".
Sus palabras ablandaban el dolor de los más desesperados, tranquilizaban el oscuro pensamiento de los más desanimados.
La iglesia de Efeso exigía de Juan la más alta expresión de sacrificio personal, por lo que, con el pasar del tiempo, casi siempre María estaba sola, cuando la humilde legión de los necesitados bajaba el promontorio desordenado, rumbo a los hogares más confortados y felices. Los días y las semanas, los meses y los años pasaron incesantes, trayéndole los recuerdos más tiernos. Cuando sereno y azulado, el mar hacía que volviese a su memoria el distante Tiberíades. Sorprendía en el aire aquellos vagos perfumes que llenaban el alma de la tarde, cuando su hijo, de quien ni un instante se olvidaba, reuniendo a los discípulos amados, transmitía al corazón del pueblo las lozanías de la Buena Nueva. La edad avanzada no le trajo ni cansancios ni amarguras. La seguridad de la protección divina le proporcionaba consuelo ininterrumpido. Como quien atraviesa el día en labores honestas y provechosas, su corazón experimentaba grato reposo, iluminado por la luz de la esperanza y por las estrellas fulgurantes de la creencia inmortal. Sus meditaciones eran suaves coloquios con las remembranzas del hijo muy amado.
Súbitamente recibió noticias de que un periodo de dolorosas persecuciones se había abierto para todos los que fuesen fieles a la doctrina de su Jesús divino. Algunos cristianos expulsados de Roma traían a Efeso las tristes informaciones. En obediencia a los más injustos edictos, se esclavizaban a los seguidores de Cristo, se destruían sus hogares y eran sujetos a hierros en las prisiones. Se hablaba de fiestas públicas, en que sus cuerpos eran ofrecidos como alimento a fieras insaciables, en horroro espectáculos.
Entonces, en un crepúsculo lleno de estrellas, María se entregó a sus oraciones, como de costumbre, pidiendo a Dios por todos aquellos que se encontrasen en angustias del corazón, por amor a su hijo.
A pesar de la soledad del ambiente no se sentía sola: una especie de fuerza singular le bañaba toda el alma. Brisas suaves soplaban del océano, extendiendo los aromas de la noche que se poblaba de astros amigos y afectuosos, participando en pocos minutos, igualmente la luna, en ese concierto de armonía y de luz. Concentrada en sus meditaciones, María vio que se aproximaba el bulto de un mendigo.
Madre mía exclamó el recién llegado, como tantos otros que recurrían a su cariño, vengo a hacerte compañía y recibir tu bendición.
Maternalmente, ella lo invitó a entrar, impresionada con aquella voz que le inspiraba profunda simpatía. El peregrino le habló del cielo, confortándola delicadamente. Comentó las bienaventuranzas divinas que aguardan a todos los devotos y sinceros hijos de Dios, dando a entender que comprendía sus más tiernas nostalgias del corazón. María se sintió asaltada por especial sorpresa. ¿Qué mendigo sería aquél que calmaba los dolores secretos de su alma nostálgica, con bálsamos tan dulces? Hasta entonces nadie había surgido en su camino para dar; era siempre para pedir alguna cosa. No obstante, aquel viajero desconocido derramaba en su interior los más santos consuelos. ¿¡Dónde había ella escuchado en otros tiempos aquella voz delicada y cariñosa?! ¿Qué emociones eran aquellas que hacían pulsar su corazón con tanta caricia? Sus ojos se humedecieron de ventura, sin que consiguiese explicar la razón de su tierna emotividad.
Fue cuando el huésped anónimo le extendió las manos generosas y le dijo con profundo acento de amor: "¡Madre mía, ven a mis brazos!"
En ese instante, observó las manos nobles que se le ofrecían, en un gesto de la más bella ternura. Tomada de profunda conmoción, vio en ellas dos llagas, como las que su hijo revelaba en la cruz y, por instinto, dirigió la mirada ansiosa para los pies del peregrino amigo, divisando también allí las úlceras causadas por los clavos del suplicio. No pudo más. Comprendiendo la visita amorosa que Dios le enviaba al corazón, exclamó con infinita alegría:
"¡Hijo mío! ¡Hijo mío!  ¡Las úlceras que te hicieron!.."
Y precipitándose hacia él, como madre cariñosa y desvelada, quiso cerciorarse, tocando las herida que le fue producida por el último lancetazo, cerca del corazón. Sus manos tiernas y solícitas lo abrazaron en la sombra visitada por los rayos de la luna, buscando impacientemente la úlcera que tantas lágrimas provocó a su cariño maternal. La llaga lateral también allá estaba, bajo la caricia de sus manos. No consiguió dominar su intenso júbilo. en un ímpetu de amor trató de hacer el movimiento de arrodillarse. quería abrazarse a los pies de su Jesús y besarlos con ternura. El, sin embargo, cercado de un halo de luz, la levantó y se arrodilló a sus pies, y besándole las manos, dijo en cariñoso transporte: "¡Sí madre mía, soy yo!. Vengo a buscarte, pues mi padre quiere que seas en mi reino la Reina de los Ángeles."
María osciló, tomada de inexprimible ventura. Que ría hablar de su felicidad, manifestar su agradecimiento a Dios; pero el cuerpo como que se le paralizó, mientras a sus oídos llegaban los suaves ecos de los  saludos del Ángel, como si se entonasen mil voces cariñosas, entre las armonías del cielo.
Al otro día, dos mensajeros humildes bajaban a Éfeso, de donde regresaron con Juan, para asistir a los últimos instantes de aquella que era para ellos la devota Madre Santísima. María ya no hablaba. En una inolvidable expresión de serenidad, por largas horas aún esperó la ruptura de los últimos lazos que la prendían a la vida material.
La alborada desdoblaba su hermoso abanico de luz cuando aquella alma electa se elevó de la tierra, en donde tantas veces llegó a llorar de júbilo, de nostalgia y esperanza. No veía más a su hijo bien amado, que con seguridad la esperaría, con las bienvenidas, en su reino de amor; pero, extensas multitudes de seres angelicales la cercaban cantando himnos de glorificación.
Sintiendo la sensación de estarse alejando del mundo, deseó rever Galilea con sus sitios preferidos. Bastó la manifestación de su voluntad para que la llevasen a la región del lago Genesareth, de maravillosa belleza. Revió todos los cuadros del apostolado de su hijo y, sólo ahora observando el paisaje desde lo alto, notaba que el Tiberíades, en sus suaves contornos, presentaba la forma casi perfecta de una citara. Entonces recordó, que en aquél instrumento de la Naturaleza Jesús cantó el más bello poema de vida y amor, en homenaje a Dios y a la humanidad. Aquellas aguas mansas, hijas del Jordán caudaloso y tranquilo, había sido las cuerdas sonoras del cántico evangélico.
Duces alegrías invadían su corazón y ya la caravana espiritual se disponía a partir, cuando María recordó a los discípulos perseguidos por la crueldad del mundo y deseó abrazar a los que permanecerían en el valle de las sombras,  en espera de las claridades definitivas del Reino de Dios.
Emitiendo ese pensamiento, imprimió nuevo impulso a las multitudes espirituales que la seguían de cerca. en pocos instantes, su mirada divisaba una ciudad soberbia y maravillosa, extendida sobre colinas adornadas de carros y monumentos que provocaron su asombro. Los más ricos mármoles resplandecían en las magnificas vías públicas, en donde las literas patricias pasaban sin cesar, exhibiendo joyas y pieles, sustentadas por esclavos miserables. Después de algunos momentos su mirada descubría otra multitud trancada a hierro en oscuros calabozos. Penetró las sombrías cárceles del Esquilino, donde centenares de rostros amargados retrataban atroces padecimientos. Los condenados experimentaron en el corazón un consuelo desconocido.
María se aproximó a uno por uno, participó de sus angustias y oró con sus plegarias, llenas de sufrimiento y confianza. Se sintió madre de aquella asamblea de torturados por la injusticia del mundo.
Extendió la claridad misericordiosa de su espíritu entre aquellas fisonomías, pálidas y tristes. Eran ancianos que confiaban en Cristo, mujeres que por él habían despreciado el confort del hogar, jóvenes que depositaban en el Evangelio del Reino todas sus esperanzas. María les alivió el corazón y, antes de partir, deseó sinceramente dejarles en los espíritus abatidos un recuerdo perenne. ¿Qué poseía para darles? ¿Debería suplicar a Dios para ellos la libertad? ¡Pero, Jesús había enseñado que con él, todo yugo es suave y todo fardo ligero, pareciéndole mejor la esclavitud con Dios que las falsas libertad en los desvaríos del mundo. Recordó que su hijo dejó la fuerza de la oración como un poder sin contraste entre los discípulos amados. Entonces, rogó al Cielo que le brindase la posibilidad de dejar entre los cristianos oprimidos la fuerza de la alegría. Fue cuando, aproximándose a una joven encarcelada, de rostro descarnado y flaco, le dijo al oído.
"¡Canta hija mía! ¡Tengamos buen ánimo!. ¡Convirtamos nuestros dolores de la tierra en alegría para el Cielo!." La triste prisionera nunca sabría comprender el por qué de la emotividad que le hizo vibrar súbitamente el corazón. De ojos estáticos, contemplando el luminoso firmamento, a través de los fuertes barrotes, ignorando la razón de su alegría, cantó un himno de profundo y tierno amor a Jesús, en que traducía su gratitud por los dolores que le eran enviados, transformando todas sus amarguras en consoladoras rimas de júbilo y esperanza. De allí a instantes, canto melodioso era acompañado por las centenas de voces de los que lloraban en la cárcel, aguardando el glorioso testimonio.Luego la caravana majestuosa condujo al Reino del Maestro la bendita entre las mujeres y, desde ese día, en los más duros tormentos, los discípulos de Jesús han cantado en la Tierra, expresando su buen ánimo y su alegría, guardando la suave herencia de nuestra Madre Santísima.Por esta razón, mis hermanos, cuando escuchareis el cántico de los templos de las diversas familias religiosas del Cristianismo, no os olvidéis de hacer en el corazón un blando silencio, para que la Rosa Mística de Nazaret extienda allí su perfume.
Termina este maravilloso capitulo de María Madre de Jesús. que nos a envuelto en un bálsamo de Amor y Paz a nuestros corazones.

jueves, 6 de octubre de 2016

MARÍA MADRE DE JESÚS 1ª PARTE

Estoy leyendo este libro, tan sincero y maravilloso,"Buena Nueva." de Chico Xavier. Es un libro para entender como era Jesús de Nazaret, como pensaba, como amaba, con que amor hablaba y aconsejaba, como Oraba, como enseñaba a sus discípulos, como los quería y lo bondadoso que  era  con todos cuando el estaba entre nosotros en la tierra.
Cada capitulo de este libro nos enseña pasajes del Evangelio, Jesús nos hablaba con parábolas para que lo entendiésemos todos, hay un capitulo a nuestra madre Maria que pasó desde que a Jesús lo detuvieron en el monte de los olivos, su madre Maria estuvo con él hasta la crucifixión, aquí en este capitulo explica muy bien como vivió la madre de Jesús Santísima Madre Maria.
MARÍA
Junto a la cruz, el agobiado bulto de Maria ocasionaba dolorosa e inolvidable impresión. Con el pensamiento ansioso y torturado, ojos fijos en el madero de las perfidias humanas, la ternura materna volvía al pasado en amargos recuerdos. Allí estaba, en su hora extrema, el hijo bien amado.
Maria se dejaba transportar por la corriente sin fin de los recuerdos. Eran las maravillosas circunstancias en el que el  nacimiento de Jesús le fue anunciado, la amistad de Isabel, las profecías del viejo Simón, reconociendo que la asistencia de Dios se tornó incontestable en los menores detalles de su vida. En aquel supremo instante, parecía rever el establo en su belleza campestre, sintiendo que la Naturaleza parecía querer dejarle oír nuevamente el cántico de gloria de aquella noche inolvidable. A través del velo espeso de las lágrimas, repasó, una por una, las escenas de la infancia del hijo querido, observando la alarma interior de las más dulces reminiscencias.
En las menores cosas, reconocía la intervención de la Providencia celestial; entretanto, en aquella hora, su pensamiento también vagaba por el vasto mar de las más aflictivas interrogaciones.
¿Qué había hecho Jesús para merecer penas tan amargas? ¿No lo vio crecer de sentimientos inmaculados, bajo el calor de su corazón? Desde los más tiernos años, cuando lo conducían a la tradicional fuente de Nazaret, observaba el cariño fraterno que dispensaba a todas las criaturas. Frecuentemente, iba a buscarlo en las calles empedradas, donde su palabra cariñosa consolaba a los transeúntes desamparados y tristes. Viajeros miserables venían a su modesta casa a loar su hijito idolatrado, que sabía distribuir las bendiciones del Cielo. ¡Con qué deleite recibía a los huéspedes inesperados que sus minúsculas manos conducían a la carpintería de José!.Recordaba bien que, un día el divino niño guió a la casa a dos malhechores públicamente reconocidos como ladrones del valle de Mizhep. Y era de verse la amorosa solicitud con que su pequeño cuidaba de los desconocidos, como si fuesen sus hermanos,. Muchas veces, comentó la excelencia de aquella virtud santificada, recelando por el futuro de su adorable hijito .
Después del agradable ambiente doméstico, era la misión celestial, dilatándose la misma, en cosecha de frutos maravillosos. Eran paralíticos que retomaban los movimientos de la vida, ciegos que se reintegraban en los sagrados dones de la vista, criaturas hambrientas de luz y de amor que se saciaban en su lección de infinita bondad.
¿Qué profundos designios habían llevado a su hijo adorado al suplicio de la cruz?. Una voz amiga le hablaba a su espíritu, dialogando sobre las determinaciones impenetrables y justas de Dios, que necesitan ser aceptadas para la redención divina de las criaturas. Su corazón reventaba en tempestades de lágrimas irreprimibles; con todo, en el santuario de la conciencia, repetía su afirmación de sincera humildad; "¡Que se haga en la esclava la voluntad del Señor!".
De alma angustiada, noto que Jesús había llegado al último límite de sus inenarrables padecimientos. Algunos de las gentes más exaltadas multiplicaban los golpes, mientras las lanzas rayaban el aire, en audaces y siniestras amenazas. mordaces ironías eran proferidas de repente, dilacerando su alma sensible y afectuosa. En medio de algunas mujeres piadosas, que la acompañaban en el angustioso trance, Maria sintió que alguien le posaba levemente las manos sobre los hombros. Se encontró con la figura de Juan que, venciendo la pusilanimidad criminal en que se habían hundido los demás compañeros, le extendía  los brazos amorosos y reconocidos. Silenciosamente, el hijo de Zebedeo se abrazo a aquel triturado corazón maternal. Maria se dejo acoger por el discípulo querido y ambos, al pie del leño, en gesto de súplica, buscaron ansiosamente la luz de aquellos ojos misericordiosos, en el cúmulo de los tormentos. fue entonces que la frente del divino martirizado se movió lentamente, revelando percibir la ansiedad de aquellas dos almas en extremo desaliento.
"¡Hijo mio! Hijo mío!." exclamo la mártir, en aflicción delante de la serenidad de aquella mirada de intraducible melancolía.
El Cristo pareció meditar en el auge de sus dolores, pero, como si quisiera demostrar, en el último instante, la grandeza de su coraje y su perfecta comunión con Dios, replico con significativo movimiento de los ojos vigilantes:
"¡Madre, he ahí tu hijo!." Y dirigiéndose, de forma especial, con un leve saludo, al apóstol, dijo:
" Hijo, he ahí a tu madre".
Maria se envolvió en el velo de su doloroso llanto, pero el gran evangelista comprendió que el Maestro, en su lección final, enseñaba que el amor universal era el sublime coronamiento de su obra. Entendió que, en el futuro, la claridad del Reino de Dios revelaría a los hombres la necesidad del fin de todo egoísmo y que, en el santuario de cada corazón, debería existir la más abundante cuota de amor, no sólo para el circulo familiar, sino también para todos los necesitados del mundo, y que en el templo de cada habitación permanecería la fraternidad real, para que la asistencia recíproca se practicase en la Tierra, sin ser necesarios los edificios exteriores, consagrados a una solidaridad claudicante. Por mucho tiempo, se conservaron aún allí, en oraciones silenciosas, hasta que el Maestro, exánime, fue arrancado de la cruz, antes que la tempestad hundiese el castigado paisaje de Jerusalén en un diluvio de sombras.
Después de la separación de los discípulos, que se dispersaron por lugares diferentes, para la difusión de la Buena Nueva, Maria se retiro para Batanea, donde algunos parientes más próximos la esperaban con especial cariño. Los años comenzaron a pasar, silenciosos y tristes, para la angustiada nostalgia de su corazón. Tocaba por grandes sinsabores, observó que, en tiempo rápido, los recuerdos del hijo amado se convertían en elementos de ásperas discusiones entre sus seguidores. En Batanea, se pretendía mantener una cierta aristocracia espiritual, por causa de los lazos de consanguinidad que allí la prendían, en virtud de su unión con José. En Jerusalén, se combatían los cristianos y los judíos, con vehemencia y acidez. En galilea, los antiguos cenáculos simples y amorosos de la Naturaleza se encontraban tristes y desiertos.
Para aquella madre amorosa, cuya alma digna observaba que el generoso vino de Caná se transformaba en el vinagre del martirio, el tiempo era siempre una nostalgia mayor en el mundo y una esperanza cada vez más elevada en el cielo. Su vida era devoción incesante al inmenso rosario de la añoranza, de los más queridos recuerdos. Todo lo que el pasado feliz había construido en su mundo interior revivía en la tela de su memoria, con minucias solamente conocidas del amor y le alimentaban la savia de la vida.
Recordaba a su Jesús pequeñito, como en aquella noche de belleza prodigiosa, en que lo recibío en los brazos maternales, iluminado por el más dulce misterio. Aún se le figuraba escuchar el balido de las ovejas que venían, presurosas, a acercarse a la cuna que se formo de improviso. ¿Y aquél primer beso, hecho de cariño y de luz? Las reminiscencias envolvían la realidad lejana de bellezas singulares para su corazón sensible y generoso. En seguida, era el río de sentimientos y ternura. A su imaginación volvía Nazaret, con sus paisajes de felicidad y de luz,. La casa simple, la fuente amiga, la sinceridad de los afectos, el lago majestuoso y en el medio  de todos los detalles, el hijo adorado, trabajando y amando, en la formación de la más elevada concepción de Dios, entre los hombres de la Tierra. De vez en cuando, le parecía verlo en sus sueños repletos de esperanzas; Jesús le prometía el júbilo encantador de su presencia y participaba de la felicidad de sus recuerdos.
En ese tiempo, el hijo de Zebedeo, teniendo en cuenta las observaciones que el Maestro le había hecho desde la cruz, surgió en Batanea, ofreciendo a aquél espíritu nostálgico de madre, el refugio amoroso de su protección, Maria aceptó el ofrecimiento con inmensa satisfacción. Y Juan le contó su nueva vida. Se había instalado definitivamente en Efeso, en donde las ideas cristianas ganaban terreno entre almas devotas y sinceras. Nunca había olvidado las recomendaciones del Señor y en lo íntimo, guardaba aquel titulo filial como una de las más altas expresiones de amor universal para con aquella que recibió al Maestro en los brazos venerables y cariñosos. Maria escuchaba sus confidencias, con una mezcla de reconocimiento y ventura. La llevaría consigo; ambos comulgarían en la misma asociación de intereses espirituales.Seria su hijo desvelado, y recibiría de su generosa alma la ternura maternal, en los trabajos del Evangelio. El hijo de Zebedeo explico, que se demoro en venir, porque le faltaba una cabaña, en donde pudiesen abrigarse; entretanto, uno de los miembros de la familia real
de Adiabene, convertido al amor de Cristo, le dono una casita pobre, al Sur de Efeso alrededor de tres leguas de la cuidad, La habitación simple y pobre estaba en un promontorio donde se divisaba el mar. En lo alto de la pequeña colina, lejos de los hombres y en el altar de la Naturaleza, se reunirían ambos para cultivar el recuerdo permanente de Jesús. Establecerían  un hospedaje y refugio para los desamparados, enseñarían las verdades del Evangelio a todos los espíritus de buena voluntad y, como madre e hijo, iniciarían una nueva era de amor, en la comunidad universal.
  Maria acepto alegremente. Dentro de poco tiempo, se instalaron en el seno amigo de la Naturaleza, en frente del océano. Efeso quedaba distante; sin embargo nuevos núcleos de habitaciones modestas al cabo de algunas semanas, la casa de Juan se transformó en un punto de asambleas adorables, en donde los recuerdos del Mesías eran cultivados por espíritus ;humildes y sinceros. María exteriorizaba sus memorias. Hablaba sobre El con enternecimiento maternal, mientras, el apóstol comentaba las verdades evangélicas, apreciando las enseñanzas recibidas. Innumerables veces, la reunión sólo terminaba altas horas de la noche, cuando las estrellas tenían mayor brillo. Y no fue solamente esto. Pasados algunos meses, grandes hileras de necesitados llegaban al lugar simple y generoso. La noticia de que María descansaba, ahora, entre ellos, había expandido una claridad de esperanzas para todos los sufridores. Al paso que Juan predicaba en la ciudad las verdades de Dios, ella atendía, en el pobre santuario domestico, a los que la buscaban exhibiéndole sus ulceraciones y necesidades.
Su cabaña era, entonces, conocida por el nombre de "Casa de la Santísima".
El hecho tuvo origen en cierta ocasión, cuando un miserable leproso, después de aliviado de sus llagas, le besó las manos, murmurando reconocidamente:
"¡Señora, sois la madre de nuestro Maestro y nuestra Madre Santísima!" La tradición creó raíces en todos los espíritus. ¿Quien no le debía el favor de una palabra maternal en los momentos más duras? Y Juan consolidaba el concepto, acentuando que el mundo le sería eternamente grato, pues había sido por su grandeza espiritual que el Emisario de Dios pudo penetrar la atmósfera oscura y pestilenta del mundo para balsamizar los sufrimientos de la criatura. En su sincera humildad, María se esquivaba de los afectuosos homenajes de los discípulos de Jesús, pero aquella confianza filial con que le reclamaban su presencia era para su alma un era para su alma un blando y delicioso tesoro del corazón. El título de maternidad hacía vibrar en su espíritu los más dulces cánticos. Diariamente, llegaban los desamparados, suplicando su asistencia espiritual. Eran viejos enclenques y desengañados del mundo, que venían a oír sus palabras confortadoras y afectuosas, enfermos que invocaban su protección, madres infortunadas que pedían la bendición de su cariño.
La próxima semana terminare, esta vello capitulo.