viernes, 3 de diciembre de 2010

IRIS MEMORIAS DE UN ESPIRITU

En la noche de los tiempos, en una época muy lejana, y en uno de los
pueblos más florecientes de la tierra, donde las artes desplegaban sus creaciones
maravillosas, donde el comercio enriquecía a fecundas comarcas, donde la
industria producía telas preciosísimas y objetos bellísimos, donde una civilización
exuberante de vida y de riqueza llevaba el bienestar y la abundancia lo mismo a los
palacios que a las casas humildes, bajo un cielo de luz y de colores, donde todo
hablaba a los sentidos, donde el alma sentía la influencia del arte y del amor, allí,
bajo un pabellón de verde follaje y de rosas hermosísimas, di mis primeros pasos en
la senda de mi vida terrena, pues si bien ya contaba mi espíritu muchas
encarnaciones terrenales, en ninguna de ellas había hecho nada de notable, ni en la
sublimidad de la virtud, ni en la abyección del vicio; mi alma dormida, ¡por qué no fue
mi sueño eterno!... ¡Ay!, porque ningún espíritu duerme eternamente, porque todo
se muere, porque todo se agita, porque todo evoluciona; porque la evolución es la
ley de la vida universal, desde el átomo, hasta el mundo más voluminoso, todo gira
dentro de su órbita de rotación, y mi espíritu no podía eximirse de cumplir la ley; lo
que pudo evitar fue su caída, porque nadie nos empuja, ni nos impulsa a caer;
cuando el espíritu no quiere, no cae, cuando se deja llevar de la corriente y escucha
sin rechazar los malos consejos, es porque siente simpatía, porque le atrae lo malo,
lo pernicioso, lo abyecto, lo miserable. Se dice, que sin el conocimiento del mal no
se puede apreciare! bien, que es necesario caer, para conocer el goce divino de la
ascensión; todo eso son palabras para disfrazar la verdad, porque si es preciso caer
para sentir el deseo de subir a los cielos, bastará una caída, pero aquellos que caen
y se encuentran bien en el fondo del abismo, y en lugar de mirar hacia arriba, miran
hacia abajo, y en vez de atraerles la luz, les atrae la sombra, y descienden buscando
más horrores, y hieren y matan y siguen descendiendo como a mí me sucedió, es
porque el espíritu en uso de su libertad, hace mal uso de su libre albedrío como lo
hice yo. ¡Cuántos siglos he perdido...! ¡cuántos...! Es verdad que el tiempo no tiene
fin, porque el tiempo es el símbolo de Dios. Desaparecen los pueblos, se hunden las
ciudades más populosas, los monumentos que levantan las civilizaciones caen bajo
la pesadumbre de los siglos, las convulsiones de la tierra sumergen en el fondo de
los mares montañas gigantescas, islas preparadas ya por la naturaleza para ofrecer
albergue a tribus nómadas; se abren negros abismos y en ellos se precipitan torres,
murallas, centenares y centenares de casas con sus habitantes, donde ayer
frondosos bosques ofrecían su tienda hospitalaria, hoy sólo se encuentran rocas
diseminadas y agua salobre, pero sobre todas las desolaciones, sobre todos los
hundimientos, sobre todas las catástrofes, hay el sol con sus rayos vivificantes, la
noche con su sombra, la luna con su plateada luz, la aurora con sus esperanzas
luminosas, el crepúsculo vespertino con sus sombríos presentimientos, la vida en fin,
vida sin término, vida infinita, esa es la vida de los espíritus, esa vida es la mía,
pero... ¡que amarga!... ¡cuántos recuerdos... y ninguno bueno! quiero huir de mí
misma y es imposible, ¡cómo desprenderme de mi historia, si mi historia es mi vida!
Yo soy aquella que nació "bajo un pabellón de verde follaje y de rosas
hermosísimas", en una de las ciudades más florecientes de la tierra, "donde las
artes desplegaban sus creaciones maravillosas, donde el comercio enriquecía a
fecundas comarcas, bajo un cielo de luz y de colores, donde todo hablaba a los
sentidos, donde al alma sentía la influencia del arte y del amor", allí di mis primeros
pasos en la senda del crimen, en la senda de la más horrible traición. ¡Parece
mentira que mi espíritu no sintiera aquella influencia divina de tantos y tantos genios
como florecían en torno mío!, donde una generación de espíritus adelantadísimos le
daban vida a las piedras rivalizaban con sus cantos con las aves cuyas melodías
contaban historias de amor, hombres eminentes anunciaban una época de
redención, y hablaban en las academias, en las plazas públicas, en todas partes
donde las multitudes detenían sus pasos. Se vivía la vida del arte, del estudio, del
invento, todo lo que me rodeaba era grande, sublime, ¡maravilloso!... vivía en la luz...
en la plena luz que difundían los artistas, los poetas, los sabios, los hombres
admirables, cuyas obras habían de servir de base a otras civilizaciones. Yo asistí al
despertar de un pueblo, que despertó para el bien, para el adelanto, para la más
grandiosa de las civilizaciones que registran los fastos de la historia, pero mi alma
se despertó en sentido contrario. ¿Por qué? no puedo explicármelo, y esta
impotencia de mi razón, a veces me desespera, deseo hablar mucho, mucho,
quisiera encontrar muchos médiums a quienes comunicar mis pesares, ¡son
tantos!... ¡me reconozco tan culpable! yo tuve a mi alcance la felicidad, sí la dicha
suprema, porque fui amada por el más noble, por el más grande, por el sabio más
eminente que ha encarnado en la tierra. Como he dicho antes, nací en una de las
ciudades más hermosas de ese mundo, rodeada de espíritus adelantadísimos, y
aunque con ninguno me unían los lazos de la carne, llegaba hasta mi el efluvio de
sus ideas, eran astros cuyo valor vivificante reanimaba al pueblo en masa, y a esa
masa pertenecía yo; mis padres, honrados hijos del trabajo, me vieron crecer
admirando como todos mi espléndida hermosura, me llamaban Iris, y mi madre
decía que yo era el iris de la mañana. Muchos artistas le habían pedido a mi padre
que me dejasen servir de modelo para crear sus diosas y trasladarlas al lienzo y al
mármol, pero mi padre nunca quiso acceder a sus artísticas pretensiones. ¿Por qué
se negó a dejarme en los brazos de la luz, y accedió complacido a entregarme al
gran sacerdote de la religión que, en aquel pueblo de artistas, quería imponer su
voluntad? ¡No lo sé!, pero es lo cierto, que al cumplir yo quince inviernos, se
celebraron grandes fiestas en mi ciudad natal, para celebrar la victoria que habían
obtenido los bravos combatientes que, meses antes, habían ido a conquistar un
pedazo de tierra habitado por héroes; entre los artísticos festejos, se organizó una
procesión de las cuatro estaciones; el otoño, el invierno, la primavera y el verano,
las simbolizaban tres gallardos mancebos, vestidos con la mayor propiedad y la
primavera la represente yo; el gran sacerdote le pidió a mi padre su cooperación, y
el autor de mis días, gozoso y satisfecho, me llevó al templo, donde las sacerdotisas
me abrazaron diciendo: -¡Que hermosa eres...!
Cubrieron mi cuerpo con una amplia y larga túnica de una tela preciosísima
que llevaba mi nombre, porque se llamaba Iris, y efectivamente era un tejido
maravilloso que tenía todos los colores del arco luminoso; mi cabellera, que era
abundantísima, me cubrió con su manto y en mis ondulantes rizos sembraron rosas
hermosísimas; en mi diestra colocaron una copa de oro con piedras preciosas,
llenas de rosas de embriagador perfume, aquella copa simbolizaba la vida, y mi
cuerpo engalanado la primavera: más de doscientas jóvenes vestidas de blanco, y
coronadas de flores me rodeaban, y yo entre todas ellas, era, ¡la más hermosa!, la
más hermosa de cuerpo, ¿por qué no lo fui de alma?
Se puso en marcha la procesión y una inmensa muchedumbre invadió las
calles y las plazas para ver las cuatro estaciones, un murmullo de admiración plaza donde los artistas, los poetas y los sabios, ocupaban estrados lujosísimos, en
medio de todos aquellos príncipes del talento, destacaba un hombre de edad
llegaba hasta mi, todos decían: ¡es Iris!, ¡qué hermosa es!... Llegamos a una gran

mediana, vestido sencillamente, su noble figura atraía todas las miradas, era el rey
de la ciencia, el sabio de los sabios, el profeta, el enviado, el precursor, el astrónomo,
el hombre que poseía todos los conocimientos humanos, el mentor de aquella
juventud adelantadísima, el fundador de una escuela filosófica, que amenazaba
derribar los templos de la idolatría; era Antulio, el casto Antulio, que sin pronunciar
votos, ni vivir ascéticamente en ningún desierto, estaba tan consagrado a sus
estudios y a sus observaciones astronómicas, que ninguna mujer, ninguna, había
hecho latir su corazón; la ciencia era su amada, su inseparable compañera, para
ella habían sido las mejores horas de su juventud y los primeros días de su segunda
edad; a las mujeres y a los niños los compadecía, diciendo que vivían sin vivir,
porque todo el tiempo que se están en la tierra sin relacionarse con la ciencia, se
vive a semejanza del bruto. La pureza de sus costumbres, su dulzura y su sencillez
le habían captado la simpatía de todas las clases sociales, sólo una le odiaba, la
casta sacerdotal; los sacerdotes juraron perderle, juraron hacerle caer de su
pedestal, y yo fui la elegida para llevar a cabo tan inicua obra; por eso me
engalanaron, por eso me escogieron entre todas las jóvenes de la ciudad, porque yo
era la más hermosa, por eso al llegar ante el estrado que ocupaban los artistas, los
sabios y los poetas, recibí orden de detenerme, más aún, me dirigí a Antulio y le
alargué la copa de la vida para que se dignara coger una rosa; el sabio, al ver mi
ademán, se acercó a mí, y quedó deslumbrado; escogieron los sacerdotes la hora
más oportuna para mi presentación, los últimos rayos del sol poniente daban más
belleza a mi traje simbólico, mi rostro iluminado con los resplandores de la juventud
y de la vanidad satisfecha, tenía todas las seducciones. Antulio, aunque sabio, ¡era
hombre!, y al verme, lanzó un grito de admiración, diciendo: -¡Qué hermosa eres!...
¿Cómo te llamas? -Iris.-Nombre merecido; porque eres, por tu espléndida
hermosura, iris de la vida;-y volviéndose a sus discípulos, exclamó:-Hijos míos,
acercaos, admirad a esa mujer, que es la obra más perfecta del escultor universa l;
en sus ojos está la promesa divina de todos los placeres, su cuerpo reúne todas las
perfecciones. Dios, al moldear esta figura, hizo la estatua de la belleza humana, es
una maravilla del arte divino, admirad conmigo esta obra de Dios, ¡obra única!, hija
de la luz, yo me postro ante ti, porque la hermosura, la corrección de tus formas, me
dice que existe Dios; porque sólo Dios pudo crearte tan hermosa.
Las palabras de Antulio fueron escuchadas con religioso silencio; yo no
sabía lo que me pasaba, ignoraba entonces el papel que yo representaba,
únicamente mi vanidad quedó satisfecha, porque Antulio era venerado como un
Dios, y al verle ante mi, se despertó la niña, sonrió la mujer y creyó que era justo el
homenaje del sabio ante su belleza.
El primer paso estaba dado, ya no volvía a casa de mis padres; las
sacerdotisas y el gran sacerdote se encargaron de mi educación. Antulio en tanto,
me busco por todas partes y al no encontrarme se entristeció; ya los libros no
tuvieron para él tantos atractivos, ya las estrellas no atrajeron por completo su
atención, ya las ciencias exactas no las encontró tan exactas, faltaba la unidad entre
tantos guarismos, había un hueco que no lo llenaba ninguna cantidad, a veces
escribía mi nombre, sonriendo con amargura, así se pasó más de un año. Una
mañana, cuando estaba dando lección a sus numerosos discípulos, me presenté en
su academia acompañada de mi padre, el cual le pidió que terminara mi educación,
pues demostraba disposición para los estudios superiores. Antulio, como si viera un
abismo abierto a sus pies, como si escuchara una voz que le dijera: sálvate, se
quedo algunos momentos mirando a mi padre sin darle contestación, pero al fijar
sus ojos en mi, yo que estaba muy bien aleccionada, le miré de un modo que el
hombre, antes que sabio, fue hombre, y cogiendo mi diestra, me dijo con voz
temblorosa: si es tu alma tan hermosa como tu cuerpo, a no creer yo que Dios es
único, diría que tú eres una fracción de su ser.
Desde aquel día, Antulio se encargó en instruirme y yo de perderle; fue un
trabajo muy laborioso el mío, porque como Antulio era tan sabio y conocía tan a
fondo a la humanidad, a veces me miraba y decía :-En la tierra, la perfección no
existe, tú eres hermosísima, llevas en tus ojos las promesas de todos los placeres,
hay en tu boca el néctar de la vida: tu voz es acariciadora, tus hombros, tu cuello, tu
talle, tus manos tus pies, todo es perfecto; los escultores, al mirar la
imperfección humana? donde el arte, rompen sus estatuas porque las encuentran deformes, los pintores rasgan sus lienzos, porque
sus ninfas y sus diosas son figuras vulgares y groseras comparadas contigo, tienes
inteligencia suficiente para ser la primera entre mis discípulos, ¿dónde escondes la Yo me sonreía y le acariciaba con la mayor ternura, y lenta mente, sin que él
conociera el abismo en que caía, fui apoderándome de su voluntad, hasta hacerle
completamente mío; halagándome muchísimo al ver aquel grande hombre rendido
a mis plantas, motándome de su sabiduría, que sabía leer en las estrellas y nosabía
deletrear en mi corazón. Le hice mi juguete, quise que conspirara y conspiró, quise
que ambicionara y ambicionó; sin embargo, a lo mejor me miraba con profunda
tristeza y me decía:-¿Por qué te habré conocido? yo era feliz antes de conocerte, la
ciencia llenaba mi vida, hoy... ¡ya no la llena! necesito de ti, ¡de ti! ¡de tu hermosura!
tú eres la vida, pero ¡ay! también eres el dolor, porque me empujas, porque me
precipitas y me arrojas en una senda que no es la mía. Yo no quiero honores, yo no
quiero riquezas, me basta con el producto de mi trabajo. ¿Por qué no te contentas
con mi medianía? ¡Seríamos tan felices!... Mas yo aconsejada por el gran sacerdote
y satisfecha al mismo tiempo mi vanidad de hacer de aquel sabio mi juguete, no
perdoné medio alguno para perderle.
El gran sacerdote y sus secuaces prepararon hábilmente una emboscada, y
Antulio, el sabio astrónomo, el enviado, el fundador de la primera escuela filosófica
del mundo, el adorador del Dios único, fue acusado de traidor a su patria, apareció
como el jefe de una terrible conspiración, se probó que tenía hecho pacto sacrílego
con los genios del mal, se le acusó de perversión de menores, y cuando se le hizo
comparecer ante el tribunal que debía condenarle a muerte, yo me presenté para
dirigirle las más terribles acusaciones.
Al verme Antulio, el dolor y el asombro se pintó en su semblante, y al
escuchar mis calumniosas acusaciones se sonrió con amargura, diciendo:-Aunque
tarde, ya sé donde escondes la imperfección humana, lo que no puedo comprender
es como a un cuerpo tan hermoso puede estar unida un alma tan perversa. ¡Oh
ciencia! ¡qué poco enseñas! ¡Oh sabiduría! ¡qué poco vales!... Y volviéndose a sus
jueces les dijo:-No os canséis en acusarme, ya sé que en mí no queréis matar al
hombre, queréis matar la idea filosófica que en mi se anida y que ha formado
escuela; pensáis que muerto el jefe, mis adeptos, mis discípulos, sentirán miedo y
para no morir como su maestro, enmudecerán, se diseminarán para no encontrarse
y caer en la tentación de propagar mis ideales; todo esto esperáis y esperáis
fundadamente, mas no por esto será vuestra la victoria, porque yo no muero, no;
destruiréis mi cuerpo, me daréis a beber el tósigo que helara mi sangre y petrificará
mi corazón, mi carne, mis huesos los reduciréis a polvo, pero mi alma, mi espíritu es
inmortal, ese volverá a su centro de acción y desde allí ordenará su nuevo plan de
batalla y volverá a la tierra para decir y probar que no hay más que un solo Dios, que
el espíritu vive eternamente, habitando, según su progreso, en los mundos que
contemplamos durante las horas de la noche. Abreviad la acusación, dictad la
sentencia, no perdáis tiempo, aprovechadlo en algo más útil que en condenar a un
inocente.
Después mirándome dulcemente me dijo con ternura:
-Y tú, ¡pobre Iris! ve a ocultar tu oprobio donde nadie te conozca, prepárate
a sufrir y a seguir mis huellas. Yo seré tu cielo y su infierno a la vez. Yo te he amado
sobre todas las cosas de la tierra, yo te he brindado un hogar tranquilo y una vida
honrada, yo he querido que tu alma fuera tan hermosa como tu cuerpo,
instruyéndote, elevándote, acercándote a Dios por medio de la ciencia. Y no cejo en
mi propósito, cuando vuelvas a mí, seré para ti lo que ya he sido, te amaré y te
acercaré a Dios por medio del amor y de la ciencia; pero antes que yo reanude mis
tareas cerca de ti, pasarán muchos siglos, tienes que llorar mucho, tienes que ir
juntando, átomo tras átomo, el mundo de felicidad que hoy tu infamia ha destruido.
¡Pobre Iris!... ¡tan hermosa! ¡tan amada! dueña de un corazón que sólo por ti latía...
¡infeliz!... ¡cuánto te compadezco!... porque, antes de recobrar lo que hoy pierdes...
¡cuántas espinas herirán tu corazón! Adiós iris, ¡te perdono! te perdono porque te
amo, y como siempre te amaré, siempre resonará en tus oídos la última palabra que
pronunciaré al dejar la tierra. ¡Te perdono!
Los jueces estaban emocionados, pero era necesario matar a Antulio,
porque sin él, podría dominar más tiempo y el sabio llegó al martirio tranquilo y
sonriente; rodeado de sus discípulos apuró la copa del veneno que debía privarle la
vida, y al caer la última gota sobre sus labios dijo a su discípulo más querido:-Ve y
dile a Iris, ¡que la perdono!
El gran sacerdote inmediatamente me hizo acompañar muy lejos de la
población, porque con el entierro de Antulio, se promovió una verdadera revolución,
pero varios de sus discípulos fueron presos y los otros, como predijo su maestro, se
ocultaron y a los pocos días, quedó el orden restablecido y la casta sacerdotal
quedó tranquila, dueña del campo para mucho tiempo.
A mi me llevaron lejos, muy lejos del teatro de mi infamia, me dejaron lo
indispensable para que no sintiera la angustia del hambre, prohibiéndome terminantemente
que dejara aquel triste lugar. Aunque tarde, conocí entonces mi torpeza y
mi infamia. Yo creía que el gran sacerdote, satisfecho de mi proceder, seguiría
protegiéndome, haciéndome brillar en la sociedad, mas no fue así, me apartó de su
lado como si yo llevara en mi el germen de la peste o la influencia maligna, y sola,
completamente sola, porque mis padres habían muerto, me encontré en la ciudad
donde me desterraron; y aunque nadie sabía mi historia, los habitantes de aquel
lugar me miraban con desconfianza, con recelo, con prevención; todos convenían
en que yo era muy hermosa, pero que parecía que llevaba una sombra conmigo; y
no se engañaban, no; llevaba la sombra de mi remordimiento, porque, cada día que
pasaba, veía más claro mi crimen; recordando al sabio Antulio, tan bueno, tan dulce,
tan sencillo, tan amante, tan confiado, comparaba su sencillez con mi astucia, su
lealtad con mi traición; recordaba sus lecciones, cuando mirando al cielo en las
templadas noches del estío, me hablaba de Dios, de los mundos habitados por otras
humanidades más perfectas, del porvenir sin limites que tenemos las almas
progresando eternamente. ¡Cuánto echaba de menos aquellos ratos, aquellas
instrucciones!, aquella sociedad selecta de los discípulos del sabio, aquel enjambre
de artistas y poetas que zumbaba en tomo mío diciéndome todos ¡qué hermosa
eres...! bien dice el maestro, eres ¡la obra única! ¡no hay más que tú, eres el
prototipo de la belleza humana!
¡Qué cambio! ¡que transición tan violenta! aquella vida tan monótona se me
hacía insoportable, irresistible, y huyendo de la soledad, me uní a un hombre que no
le amaba primero por no estar sola, segundo por satisfacer mi vanidad; mi esposo
se unió a mi seducido por mi hermosura, aunque soldado rudo no pudo resistir a la
seducción de mis encantos, le atrajo la hembra, el instinto brutal, la necesitad
imperiosa que sienten todos los seres irracionales y los que parecen racionales a
unirse los dos sexos; él buscó mi cuerpo, yo busqué... lo que no encontré. Tuve dos
hijos y los recibí con alegría, porque eran hijos de aquel hombre que mientras más lo
trataba más antipático se me hacía; pensaba en Antulio y me desesperaba,
recordaba sus últimas frases, cuando me dijo:-¡Pobre Iris! ve a ocultar tu oprobio
donde nadie te conozca, prepárate a sufrir y a seguir mis huellas. Yo seré tu cielo y
tu infierno a la vez. Yo te he amado sobre todas las cosas de la tierra, yo te he
brindado un hogar tranquilo y una vida honrada, yo he querido que tu alma fuera tan
hermosa como tu cuerpo, instruyéndote, elevándote, acercándote a Dios por medio
de la ciencia. Y no cejo en mi propósito, cuando vuelvas a mi, seré parati lo que ya
he sido, te amaré y te acercaré a Dios por medio del amor y de la ciencia; pero antes
que yo reanude mis tareas cerca de ti, pasarán muchos siglos, tienes que llorar
mucho, tienes que ir juntando átomo tras átomo, el mundo de felicidad que hoy tu
infamia ha destruido. ¡Pobre Iris! ¡tan hermosa! ¡tan amada!...dueña de un corazón
que sólo por ti latía... ¡infeliz! ¡cuánto te compadezco!... porque antes de recobrar lo
que hoy pierdes... ¡cuántas espinas herirán tu corazón!
Antulio fue profeta, porque espinas innumerables herían todo mi ser, y como
mis instintos eran tan malos, como no me contentaba con las caricias de mis hijos,
como quería separarme del hombre que sólo quería mi cuerpo, puse en juego mis
seducciones, mis encantos, y otros hombres me brindaron su amor, y mi esposo no
tuvo más remedio que batirse con su rival, el que lo dejó muerto en el acto.
Al quedar viuda respiré, pero mis hijos vengaron la muerte de su padre,
especialmente el mayor, que enterado de todo, me dijo: ¡Pobre mujer! me
avergüenzo de que seas mi madre, y si no muero pronto, me haré matar en el
campo de batalla, porque no quiero sufrir tal afrenta. Y se alistó con los guerrilleros,
muriendo en la primera acción en que tomó parte.
El más pequeño fue más clemente, no me dirigió ningún reproche, pero sus
miradas me atravesaban el corazón, revelaban una compasión ¡tan inmensa!...
enfermó gravemente y en los últimos momentos, al verme llorar, me dijo: ¡Pobre
mujer! ¡llora! ¡llora!... sé quién eres y motivos sobrados tienes para llorar; la maldición
va contigo, todo lo que se pone en contacto con tu ser, muere. Murió el sabio
Antulio, murió mi hermano, y muero yo... ¡Pobre mujer!... ¡cuánto daño te haces!...
¡Detente en tu camino, párate y reflexiona! ¡Pobre madre mía! ¡yo te perdono!...
Al oír sus últimas frases me levanté queriendo huir de mi misma, pero mi
hijo me detuvo y expiró; entonces me pareció ver junto al cadáver una sombra, y
escuché una voz lejana que repetía: -¡Te perdono!... ¡te perdono!
Tantas y tan violentas emociones abatieron mi organismo; una horrible
enfermedad me tuvo postrada mucho tiempo en el lecho del dolor, cuando pude
levantarme parecía un esqueleto; completamente decrépita, no precisamente por
los años, sino por la lucha de mis pasiones. Un incendio espantoso había destruido
la finca cuyo producto me servía para mi sustento, quedé reducida a la miseria, y
tuve que pedir de puerta en puerta una limosna por piedad.
En tan triste estado viví mucho tiempo, y durante las noches veía en mis
sueños a Antulio, que me hablaba y me decía:-¡Aprende mujer! ¡aprende! mira a
dónde te ha conducido tu infamia. ¿Dónde está tu belleza? ¿dónde están tus
encantos? ¿dónde tus seducciones? ¿dónde tus atractivos? reflexiona, lo que eres
y lo que has sido; la dicha que has destruido y el remordimiento que te has creado;
no olvides la lección que en esa existencia recibes. ¡Ay de ti si la olvidas! mujer,
vuelve a mí tus ojos, porque yo soy tu puerto, yo soy el que te daré mañana el agua
de la vida, porque te he amado, porque te amaré eternamente, por eso te digo y te
diré siempre, Iris de un día que aún no ha brillado! ¡Yo te perdono!
En uno de esos sueños dejé la Tierra, y para tormento de mi espíritu asistí a
mi entierro, y vi dos cuadros a la vez; por un camino solitario, en las últimas horas de
un día de primavera, iban cuatro hombres del pueblo vestidos pobremente: sobre
sus hombros descansaban unas tablas mal unidas, dentro de aquella caja tosca iba
un cadáver medio desnudo; aquel cuerpo sin vida ¡era el mío! llegaron ante su
barranco, que servía de fosa común y allí me arrojaron pronunciando una blasfemia,
lamentando el tiempo que habían empleado en el camino llevando una carga tan
despreciable.
El otro cuadro que se presentó ante mis ojos, ¡qué distinto era! Una gran
plaza rodeada de pórticos y estatuas, estrados lujosísimos ocupados por magnates,
por mujeres hermosas, en el más anchuroso de todos ellos, se agrupaban los
artistas de más renombre, los poetas y los sabios, entre ellos se destacaba un
hombre de edad mediana vestido sencillamente; su noble figura atraía todas las
miradas, era el rey de la ciencia, el sabio de los sabios, el profeta, el enviado, el
precursor; el hombre que poseía todos los conocimientos humanos, el fundador de
una escuela filosófica que amenazaba derribar los altares de los dioses, y
derrumbarlos templos de la idolatría; la plaza estaba invadida por centenares de
jóvenes vestidas de blanco, coronadas con rosas, entre ellas se veía, en primer
término, a una mujer hermosísima que simbolizaba la primavera, cubría su cuerpo
una amplia y larga túnica de una tela preciosísima, era un tejido maravilloso que
tenía todos los colores del iris; aquella mujer, privilegiada por su hermosura, tenía
una espléndida cabellera que se asemejaba a su vestido, pues según se la miraba
cambiaba el color; sus ondulantes rizos sostenían rosas hermosísimas y en su
diestra llevaba una copa de oro llena de flores que simbolizaba la copa de la vida,
aquella mujer se detuvo ante el sabio de los sabios, que al verla lanzó un grito de
admiración, diciendo: ¡qué hermosa eres...!
¡Aquella mujer era yo...! ¡eres Iris! Iris antes de su caída y junto a ella, veía
su cadáver medio desnudo, un esqueleto repugnante y mal oliente.
¡Que contraste, Dios mío! ¡qué contraste...! Iris antes de su caída era el
símbolo de la belleza, y de la juventud; su cuerpo exhalaba el más delicioso perfume;
su traje parecía hecho por las hadas; rosas hermosísimas adornaban sus blondos
cabellos, en su diestra sostenía una copa del más rico y codiciado metal,
embellecida por piedras preciosas y aromáticas flores; jamás la primavera ha sido
representada por una alegoría más encantadora, ni la vejez y el crimen han estado
mejor simbolizados, que por mi cadáver que parecía una momia, pareciendo hasta
imposible que aquellos restos negruzcos y apestosos, hubiesen asombrado a las
gentes por serla obra única del escultor universal.
No sé cuanto tiempo estuve contemplando mis envolturas terrenas; sólo sé
que así como atrae el abismo, me atraían aquellas dos figuras: la una palpitante,
llena de juventud y de vida, la otra inerte, repulsiva; miraba a la vez la aurora de un
día espléndido, y la sombra de una noche de horror, que quería huir de mis restos
putrefactos, mas no me era posible; quería coger una flor de la copa que sostenía en
su diestra la primavera, y al tocarla, se desprendían sus hojas que se convertían en
impalpable ceniza; mi angustia fue en aumento, hasta que una mano poderosa me
levantó, y una voz melancólica murmuró en mi oído:-"Tienes que ir juntando, átomo
tras átomo, el mundo de felicidad que tu infamia ha destruido, ¡infeliz!, ¡cuánto te
compadezco! Adiós, Iris, te perdono, te perdono porque te amo, te amaré siempre, y
siempre resonarán en tus oídos mis frases de amor".
¡Aquella infamia era obra mía!, yo había gozado en tan inicua acción,
porque si una voz maldita me decía:-¡hiere!-yo estudiaba con placer el modo de
herir mejor. La sabiduría de Antulio me hacía reír, el hacerle juguete de mis
caprichos, satisfacía mi vanidad, y decía: el triunfo de la materia sobre el espíritu es
un hecho; mi hermosura puede más que todos los volúmenes de los sabios; la
seducción de una mujer hermosa vence a todos los filósofos, y parodiando las
palabras que muchas veces repetía Antulio, exclamaba poseída de un júbilo
maligno: ¡Oh, ciencia!, ¡qué poco enseñas! ¡Oh, sabiduría!, ¡qué poco vales!, mi
voluntad es superior a todas vuestras enseñanzas.
¡Qué horrible fué mi despertar en el espacio!, a mi mayor enemigo no le
daría semejante tormento; veía claro, muy claro, no se me ocultaban las funestas la ignorancia, por mí se había apagado antes de tiempo, había producido más daño
en el mundo de las ideas, que cien y cien conquistadores arrasando ciudades y

consecuencias de mi crimen, veía a muchos discípulos de Antulio, que, dominados
por el miedo, se había estacionado, muchas antorchas que iluminaban el abismo de
quemando bosques frondosos; mi pasado era horrible, mi porvenir... mi porvenir ¡el
caos!
De vez en cuando veía en lontananza un foco luminoso en medio
destacábase la figura de Antulio que me decía con la mayor dulzura: No tiembles, no
te amedrentes, si tuviste energía y voluntad bastante para precipitarte en el abismo,
¿crees que te faltará para desandar lo andado? No, la tierra te espera, vuelve a
cruzar sus valles, asciende por sus montañas, créate nuevas familias, ama a tus
hijos, honra a los que te den su nombre, el infinito es tuyo, puedes amar, puedes
progresar, puedes arrojar la túnica de tu degradación, y cubrirte con el manto de la
ciencia y la sublimidad: ¿qué es un momento de extravío ante la inmensidad de lo
desconocido? sígueme, te espero, te espero porque te amo, y porque te amo te
perdono!
¡Cuánto bien me hacían las palabras de Antulio...! un sueño reparador (no
encuentro otra frase), me devolvía mis gastadas fuerzas, la esperanza me sonreía,
y llena de nobles deseos, me decía a mi misma:-Volveré a la tierra y seré ¡muy
buena...! ¿lo fui...? Por hoy no puedo continuar, necesito coordinar mis recuerdos...
¡cuántos siglos perdidos...! pero... ante el infinito, ¿qué son los siglos? menos que
átomos; me queda la eternidad. Sin la eternidad Dios no hubiera amado a sus hijos;
y Dios... ¡es amor!
estraido del libro Te perdono de Amalia Domingo Soler......

sábado, 27 de noviembre de 2010

INVITACIÓN AL BIEM

Antes de iniciar los trabajos de nuestra expedición socorrista, el asistente Jerónimo nos condujo al Templo de la Paz, en la zona consagrada al servicio de auxilio, donde un esclarecido instructor comentaría las necesidades de cooperación junto a las entidades infelices, en los círculos más bajos de la vida espiritual que rodean la Corteza de la Tierra.
La maravillosa noche derramaba inspiraciones divinas.
A lo lejos, constelaciones centelleantes parecían perlas caprichosamente dispuestas en una colcha de terciopelo inmensamente azul. El paisaje lunar ofrecía detalles encantadores. Picos y cráteres sobresalían a nuestra vista, aunque a considerable distancia, en filigranas deslumbrantes. Brillaba la Gran Cruz del Sur como símbolo sublime, diseñada en el fondo azul oscuro del firmamento. Canopus, Sirio y Antares brillaban, infinitamente, como señales radiantes y significativas del cielo. La Vía Láctea, dándonos la impresión de ser un prodigioso nido de mundos, parecía un diluvio de monedas resplandecientes que se derramaban de un cuerno de la abundancia gigantesco e invisible, invitándonos a meditar en los secretos excelsos de la naturaleza divina. Y las suaves vibraciones nocturnas, besándonos la mente en éxtasis, pasaban apresuradas, susurrándonos grandiosos pensamientos, antes de dirigirse a las esferas distantes... El Templo, edificado en la falda de una graciosa colina, presentaba un aspecto festivo, en virtud de la mágica iluminación que proyectaba efectos especiales en los caminos adyacentes. Las torres, a la manera de agujas brillantes, se proyectaban en el cielo, contrastando con el indefinible azul de la noche clara y, abajo, las flores de variados matices eran como tazas luminosas, sirviendo luz y perfume, balanceándose, suavemente, en el follaje, al soplo incesante del viento…
No éramos los únicos interesados en la conversación de la noche, porque numerosos grupos de hermanos se dirigían al interior, acomodándose en el recinto. Eran entidades de todas las condiciones, haciéndonos sentir el interés general por las lecciones que se iban a impartir.
El asistente Jerónimo, el padre Hipólito, la enfermera Luciana y yo, constituíamos un pequeño equipo de trabajo, con la misión de operar en la corteza planetaria, durante treinta días, aproximadamente, con el objetivo de auxilio y estudio, con vistas a nuestro desarrollo espiritual.
Jerónimo, el orientador de nuestras actividades por lo elevado de su posición, percibiendo mi curiosidad ante las animadas conversaciones a nuestro alrededor, me explicó:
–Hay mucha expectación en torno al tema. Casi la totalidad de los interesados y estudiosos que viene aquí están integrados en comisiones y grupos de socorro a las regiones menos evolucionadas.
Y mirando detenidamente las hileras de jóvenes y ancianos que entraban en la sala, añadió:
–La palabra del instructor Albano Metelo merece la consideración excepcional de la noche. Se trata de un campeón de las tareas de auxilio a los ignorantes y sufridores de los planos inmediatos a la corteza terrestre. Aquí estamos diversos grupos de aprendices, y su experiencia nos proporcionará un bien infinito.
Pasaron algunos minutos y entramos, a nuestra vez, al recinto radiante.
Sonaban en el aire suaves melodías, precediendo a la palabra orientadora. Flores perfumadas decoraban el ambiente de la amplia nave.
Después de algunos instantes de espera, el emisario apareció en la sencilla tribuna, magníficamente iluminada. Era un anciano de aspecto respetable, cuyos cabellos le tejían una corona de nieve luminosa. De sus ojos tranquilos, espléndidamente lúcidos, irradiaban fuerzas llenas de simpatía que al instante dominaron nuestros corazones. Después de extender sobre nosotros su mano amiga, en un gesto de quién bendice, se oyó el coro del Templo entonando el himno “Gloria a los siervos fieles”:
¡Oh Señor!
Bendice a tus siervos fieles,
mensajeros de Tu paz,
sembradores de Tu esperanza.
¡Donde haya sombras de dolor,
enciéndeles la lámpara de la alegría;
donde domine el mal,
amenazando la obra del bien,
ábreles la puerta oculta de Tu misericordia;
donde surjan las espinas del odio,
¡auxíliales a cultivar las flores bienaventuradas de Tu sacrosanto amor!
¡Señor! son ellos
Tus héroes anónimos, que remueven pantanos y espinas,
cooperando en Tu divina siembra...
Concédeles la alegría interior
de la claridad sagrada en la que se bañan las almas redimidas.
Unge su corazón con la armonía celestial
que reservas al oído santificado;
muéstrales las visiones gloriosas
que guardas para los ojos de los justos;
condecora su pecho con las estrellas de la virtud leal...
Llénales las manos de dádivas benditas
para que repartan en tu nombre:
¡la ley del bien,
la luz de la perfección,
el alimento del amor,
el vestuario de la sabiduría,
la alegría de la paz,
la fuerza de la fe, el influjo del coraje
la gracia de la esperanza,
el remedio rectificador!...
¡Oh Señor,
inspiración de nuestras vidas,
Maestro de nuestros corazones,
refugio de los siglos terrestres!
¡Haz brillar Tus divinos laureles y
Tus eternos dones,
en la frente lúcida de los buenos
¡Tus siervos fieles!
El instructor oyó, en silencio, con los ojos llenos de lágrimas, dejando traslucir su íntimo júbilo, mientras la mayoría de la asamblea disimulaba discretamente las lágrimas que las tonalidades armoniosas del cántico nos arrancaban del corazón. Y al irse perdiendo en el espacio las últimas notas de la melodía sublime, Albano nos saludó con expresiva sencillez, deseándonos la paz del Señor, y continuó:
–“No merezco, amigos, el homenaje de cariño de esta noche. No he servido fielmente a Aquél que nos ama desde el principio y, por eso, vuestro himno me confunde. Soy un simple soldado en las lides evangélicas y trabajo aún en el campo de mi propia redención.
Hizo una ligera pausa, nos miró paternalmente, y continuó:
–Pero... mi persona no interesa. Vengo a hablaros de nuestros sencillos trabajos, en los planos espirituales unidos a la corteza de la Tierra. ¡Oh, hermanos míos! es necesario apelar a nuestras energías más profundas. Las zonas purgatoriales se multiplican, pavorosamente, alrededor de los hombres encarnados. Al encontrarnos a distancia de los escenarios de angustia, y vinculados a las realizaciones edificantes de nuestra colonia espiritual, preservando valiosas reservas de la vida infinita para esa misma humanidad que se debate en el sufrimiento y en las tinieblas, no siempre tenemos una idea exacta de la ignorancia y el dolor que atormentan a la mente humana, respecto a los problemas de la muerte. La felicidad hace que nazcan aquí las fuentes inagotables de la esperanza. Los que se preparan, ante los vuelos mayores de la eternidad, traen los ojos dirigidos hacia los planos superiores, en la contemplación del ilimitado porvenir, y los que se esfuerzan por merecer la bendición de la reencarnación en la corteza terrestre, fijan sus aspiraciones más fuertes en el soberano propósito de redención, organizándose ante el futuro, osados en las solicitudes de trabajo y arrojados en el buen ánimo. Todos los pormenores de la vida, en esta ciudad, hablan alto de nuestros objetivos de equilibrio y elevación. No lejos de nosotros, comienzan a brillar los rayos de la alborada radiante de los mundos mejores, convidándonos a la visión beatifica del Universo y a la gloriosa unión con lo Divino. Pero... el orador hizo un significativo intervalo, pareciendo escuchar voces y llamamientos de paisajes distantes, y prosiguió– ¿Y nuestros hermanos que aún ignoran la luz? ¿Subiríamos hasta Dios, en un círculo cerrado? ¿Cómo aislarnos egoístamente y partir, camino del Padre amoroso y leal que enciende el Sol para los santos y los criminales, para los justos y los injustos?
Albano mostró una llama de celo sagrado en sus ojos brillantes y exclamó, después de una corta reflexión:
–Nosotros, que buscamos la santidad y la justicia, ¿alcanzaríamos, acaso, semejante orientación, si las circunstancias que nos rigieron hasta aquí fuesen distintas? Constructores de nuestros propios destinos, por delegación natural del Creador, ¿dónde permaneceríamos, ahora, sin los favores de la oportunidad y el obsequio de la protección de benefactores desvelados? Indudablemente, las criaturas, no obstante, es imprescindible ocasiones de elevación son para todas las sopesar que la bendición de la fuente puede convertirse en agua venenosa estancada, si la contenemos en un pozo incomunicable. Las dádivas y dones recibidas por nosotros son innumerables... ¿Sería completo nuestro regocijo, habiendo lágrimas detrásde nuestros pasos? ¿Cómo entonar himnos de hosanna a la felicidad sobre el coro de los sollozos? Es muy noble todo impulso de alcanzar la cumbre, pero, ¿qué veríamos después de la ascensión? ¡Entre la alegría de algunos, identificaríamos la ruina y la miseria de multitudes incalculables!...
En ese momento, envuelto en las vibraciones de profundo interés de los oyentes, imprimió un nuevo acento a su discurso y dijo con una indefinible melancolía:
–También yo tuve en otro tiempo la obcecación de buscar rápidamente la montaña. La Luz de lo Alto me fascinaba y rompí todos los lazos que me retenían en lo bajo, empezando difícilmente la jornada. Al principio me herí en las espinas puntiagudas del camino y experimenté atroces desengaños... Conseguí, sin embargo, vencer los obstáculos más inmediatos y logré, jubiloso, una pequeña elevación. Pero mirando hacia atrás, me espantó la visión terrorífica del valle: el sufrimiento y la ignorancia dominaban en las tinieblas. Desencarnados y encarnados luchaban unos contra otros, en combates gigantescos, disputando gratificaciones de los sentidos animalizados. El odio creaba molestias repugnantes; el egoísmo sofocaba impulsos nobles, la vanidad operaba una horrenda ceguera... Llegué a sentirme feliz, ante la posición que me distanciaba de tamañas angustias. Pero, cuando más me vanagloriaba, dentro de mí mismo, arrullado en la expectativa de atravesar las más altas cumbres, cierta noche, noté que el valle se llenaba de una luz brillante. ¿Qué sol misericordioso visitaba el antro sombrío del dolor? Seres angélicos descendían, con celeridad, de radiantes del amor, disminuyendo los desastres de las caídas morales, suavizando padecimientos, curando heridas, secando lágrimas, atenuando el mal, y, sobre todo, abriendo horizontes nuevos a la ciencia y a la religión, pináculos, acudiendo a las zonas más bajas, obedeciendo al poder de atracción de la claridad bendita. “¿Qué pasaba?” –pregunté a uno de los cortesanos celestiales. “El Señor Jesús visita hoy a los que vagan en las tinieblas del mundo, liberando conciencias esclavizadas”. Ni una palabra más. El mensajero del Plano Divino no podía concederme más tiempo. Urgía descender para colaborar con el Maestro deshaciendo de ese modo la milenaria noche de la ignorancia. De nuevo sólo, en la peregrinación hacia lo Alto, reconsideré la actitud que me convirtió en impaciente. Realmente, ¿hacia dónde marchaba mi espíritu, despreocupado de la inmensa familia humana, junto a la cual había conseguido mis más ricas adquisiciones hacia la vida inmortal? ¿Por qué enojarme, ante el valle, si el propio Jesús, que centralizaba mis aspiraciones, trabajaba, solícito, para que la luz de lo Alto penetrase en las entrañas de la Tierra? ¿No sería yo como un usurero, olvidando aquellos entre los cuales había adquirido la ruta destinada a mi propia ascensión? ¿Cómo subir solo, organizando un cielo exclusivo para mi alma, desgraciadamente abstraído de los valores de la cooperación que el mundo me ofrecía con generosidad y abundancia?
El instructor se mostraba intensamente conmovido.
–Me detuve, entonces cumbre, acariciada por el resplandor solar, es siempre un desafío benéfico a los que vagan sin rumbo en la planicie. Lo Alto polariza, naturalmente, las supremas esperanzas de los que aún permanecen más abcontinuó y volví. Efectivamente, el camino vertical y purificador de la superioridad es el sublime destino de todos. La ajo... Sin embargo, en la medida en que subimos, se nos imprimen en la mente y en el corazón las leyes sublimes de fraternidad y misericordia. Los grandes orientadores de la humanidad no midieron la propia grandeza sino por la capacidad de regresar a los círculos de la ignorancia para ejemplificar el amor y la sabiduría, la renuncia y el perdón a los semejantes. Por eso necesitamos templar todo impulso de elevación con el entendimiento, evitando la precipitación en los despeñaderos del egoísmo y de la vanidad fatal.
Albano se calló por unos instantes y, ante la conmoción con que acompañábamos su charla, dijo con otra inflexión de voz:
–En otro tiempo, cuando nos envolvíamos aún en los fluidos de la carne terrestre, suponíamos equivocadamente que la vanidad y el egoísmo solamente podrían hacer víctimas entre los hombres encarnados. La Teología, a pesar del ministerio respetable que le corresponde, enclaustraba nuestra mente en fantásticas concepciones del reino de la verdad. Esperábamos un paraíso fácil de ser conquistado por la deficiencia humana y temíamos un infierno difícil de regenerarnos. Nuestras ideas alusivas a la muerte se confinaban a esas ridículas limitaciones. Pero hoy, sabemos que, después del sepulcro, hay simplemente una continuación de la vida. Cielo e infierno residen dentro de nosotros mismos. La virtud y el defecto, la manifestación sublime y el impulso animal, el equilibrio y la desarmonía, el esfuerzo de elevación y la probabilidad de caída perseveran aquí, después del tránsito de la muerte, obligándonos a la serenidad y a la prudencia. No nos encontramos sino en otro plano de la materia, en otros dominios vibratorios del propio planeta en cuya corteza tuvimos experiencias casi innumerables. ¿Cómo no equilibrar, por lo tanto, el corazón en el ejercicio efectivo de la solidaridad? Lógicamente no exhortamos a nadie a sumergirse nuevamente en el lodo antiguo, no deseamos que los compañeros cautelosos regresen a la posición de hijos pródigos, distanciados voluntariamente del Eterno Padre, ni pretendemos interrumpir la marcha laboriosa de los servidores de buena voluntad, camino de las cimas de la vida. Apelamos tan sólo en el sentido de que cooperéis en los trabajos de socorro a los planos oscuros. Sois libres y disponéis de tiempo, en el desempeño de los deberes ennoblecedores a los que fuisteis llamados en nuestra colonia espiritual. Nada más razonable que el aprovechamiento de la oportunidad en la planificación de la elevación espiritual. Pero, en calidad de viejo cooperador de las tareas de auxilio, apelo a vuestro interés generalizado por los que están errantes en el “Valle de la sombra y de la muerte”, aguardando la posible limosna de vuestro tiempo, en favor de nuestros semejantes, confrontados ahora por situaciones menos felices, no en virtud de los designios divinos, sino en razón de su propia imprevisión. Sin embargo, ¿Quién de nosotros no descuidó la vigilancia algún día?
Hizo el orador una pausa más larga y continuó:
–De nuestros amigos encarnados no podemos esperar, de momento, una ayuda mayor y más eficiente en ese sentido. Presos en las redes sensoriales, progresan lenta-mente en el aprendizaje de las leyes que rigen la materia y la energía. Cuando son invitados a visitar nuestros círculos de edificación, fuera del cuerpo físico, regresan asombrados por las visiones rápidas que les fue posible archivar y, al transmitir sus recuerdos a los contemporáneos, colorean el agua pura y simple de la verdad con sus “puntos de vista” y predilecciones personales en el terreno de la ciencia, de la filosofía y de la religión. Bernardin de Saint-Pierre
1, el escritor traído por amigos a planos vecinos a la corteza planetaria, vuelve a su medio de acción y traza aspectos que afirmó pertenecían al planeta Venus. Huygens2, el astrónomo, recibe mentalmente algunas noticias de nuestras esferas de lucha y ensaya teorías referentes a la vida en otros mundos, afirmando que los procesos biológicos en los orbes distantes son absolutamente análogos a los de la Tierra. Teresa de Ávila3, la religiosa santificada, se transporta al paisaje de nuestro plano donde se lamentan almas que sufren, y regresa al cuerpo carnal, describiendo el infierno para sus oyentes y lectores. Swedenborg4
Modificando la inflexión de voz, prosiguió: , el gran médium, recorre algunos trechos de nuestras zonas de acción y pinta las costumbres de las “habitaciones astrales” como mejor le parece, imprimiendo a las narraciones las fuertes características de sus propias concepciones. Casi todos los que vieron momentáneamente nuestro campo de trabajo vuelven al plano físico, exhibiendo la experiencia de la que fueron objeto, pincelándola con la tinta de sus inclinaciones y estados psíquicos. Porque se encuentran profundamente arraigados al “suelo inferior” del propio “yo”, creen divisar otros mundos en situaciones iguales a la de la Tierra, nuestro maravilloso templo, cuyas dependencias no se restringen a la esfera de la Corteza sobre la cual los hombres de carne posan los pies. La Tierra es también nuestra gran madre, cuyos brazos acogedores se extienden más allá, por el espacio, ofreciéndonos otros campos de perfeccionamiento y redención.
–Sin embargo, las criaturas, atraviesan el breve período de existencia en el mundo carnal. La mayoría se queda en las estaciones expiatorias del rescate difícil y se confunde en las vibraciones perturbadoras del sufrimiento y del miedo. Hacen de la muerte una diosa siniestra. Presentan el fenómeno natural de la renovación con los más negros colores. Agarradas a las sensaciones del día a día, ignoran como dilatar la esperanza y transforman la separación provisional en una terrible noche de amargo adiós. Víctimas de la ignorancia en la que se complacen, se internan en las sombras, donde pierden toda la paz, convirtiéndose en presas delirantes de los infiernos de horror, creados por ellas mismas en los desvaríos pasionales. ¿Cómo esperar de ellas la colaboración precisa, con la extensión deseable, si, por la indiferencia hacia sus propios destinos, se sumergen diariamente en los ríos de tinieblas, desencanto y pavor? Unámonos por lo tanto, auxiliándoles, según los preceptos evangélicos, mostrándoles nuevos horizontes y aclarándoles los caminos evolutivos.
libro de Chico Xavier Obreros de la vida eterna........

RESPUESTAS DE LA VIDA... Por Andre Luiz

Vivir mejor.......
Todos queremos ser felices, vivir mejor.
Entretanto, oigamos a la experiencia:
La felicidad no es una alfombra mágica. Ella nace de los bienes que usted
esparce, no de aquellos que se amontonan inútilmente.
Esto es verdad tanto como que la alegría es la única donación que puede
hacer, sin poseer ninguna material.
Usted puede estar en dificultades y aliviar muchas dificultades de los
demás.
Aunque a veces sin ningún consuelo, usted dispone de inmensos recursos
para reconfortar y levantar a los hermanos en pruebas o penurias.
La receta de vida mejor será siempre mejorarnos, a través de la mejoría que
vengamos a realizar para los demás.
La vida es un Don de Dios en todos.
Y quien sirve solo para sí mismo, no sirve a los objetivos verdaderos de la
vida, porque vivir es participar, progresar, elevarse e integrarse.
Si aspiramos a vivir mejor, escojamos el lugar de servir en la causa del bien
de todos.
Para eso, usted no necesita condicionarse a los puntos de vista ajenos.
Forme en la hilera a los servidores que sean afines con sus aptitudes.
Alístese en cualquier servicio en el bien común.
Es tan importante colaborar en la higiene de su barrio o en la construcción
de una escuela, como auxiliar a un niño necesitado o dar apoyo a un
enfermo.
Procure la paz, garantizando la paz allá donde esté.
Viva en seguridad, cooperando en la seguridad de los demás.
Aprendamos a entregar lo mejor de nosotros a la vida que nos rodea y la
vida nos hará recibir lo mejor de ella misma.
Sea feliz, haciendo felices a los demás.
Salga al encuentro de los demás, pero no murmure, ni se queje de nadie. Y
los demás nos harán encontrar a Dios.
No juzgue que semejante instrucción sea asunto únicamente para usted, que
se halla en la tierra. Si cree que los llamados “muertos” están en paz
gratuita, el engaño es suyo, porque los “muertos” si quieren paz, que
aprendan a salir de sí mismos y a servir también.

Psicografia de Chico Xavier.......

jueves, 25 de noviembre de 2010

EXAMINÉMOS A NOSOTROS MISMOS

El deber del espírita-cristiano es el de tornarse progresivamente mejor.
Es útil, por eso, verificar periódicamente, mediante un riguroso examen personal, el estado
cierto de nuestra condiciones íntimas.
El espírita que no progresa en un lapso de 3 años sucesivos permanece en un estado
estacionario.
Analiza tu paciencia: ¿Estás más sereno, afable y comprensivo?
Inquiere sobre tus relaciones de orden hogareño: ¿Conquistaste el más alto clima de paz en
tu propia casa?
Investiga las actividades que te competen en el templo doctrinario: ¿Colaboras con más
entusiasmo en la obra del Señor?
Obsérvate en las manifestaciones frente a los amigos: ¿Llevas el Evangelio más vivo en tus
actitudes?
Reflexiona sobre tu capacidad de sacrificio: ¿Notas en ti una mayor disposición de servir
voluntariamente?
Pesquisa vuestro propio desapego: ¿Te sientes liberado del ansia de posesiones e influencias
terrenas?
¿Usas con mayor frecuencia los pronombres “nosotros”, “nuestro” y “nuestra” y menos los
singulares “yo”, “mío” y “mía”?
Tus momentos de tristeza o de cólera reprimida, que en oportunidades sólo tú conoces, ¿son
en la actualidad más raros?
¿Disminuyeron los pequeños remordimientos ocultos en lo profundo de tu alma?
¿Superaste antiguos desafectos y aversiones?
¿Corregiste los lapsos crónicos de desatención y negligencia?
¿Estudias más atentamente la doctrina que profesas?
¿Comprendes mejor la función creadora del dolor?
¿Cultivas todavía alguna discreta enemistad?
¿Auxilias a los necesitados con más abnegación?
¿Oras, realmente?
¿Tus ideas evolucionan?
¿Tu fe razonada se consolidó más segura?
¿Tienes la palabra más indulgente, los brazos más activos y las manos más dispuestas a
proteger?
Evangelio es alegría en el corazón: ¿Estás, efectivamente, más alegre y feliz íntimamente en
estos 3 últimos años?
¡Todo marcha! ¡Todo evoluciona! ¡Brindemos nuestro rendimiento individual a la obra de
Cristo!
Valora la existencia hoy, espontáneamente, viviendo en paz, para que no te veas en la
obligación de valorarla mañana bajo el impacto del dolor.
¡No te engañes! Un día que se fue es una cuota más de responsabilidad, un paso más, rumbo
a la Vida Espiritual, una oportunidad más aprovechada o perdi.
da.
Interroga a la conciencia en cuanto al aprovechamiento de tu tiempo, de tu salud y a las
oportunidades de hacer el bien que dispones en la vida diariaHaz esto ahora, mientas tienes la posibilidad de reconsiderar tu orientación corrigiendo los
engaños con facilidad, pues cuando vengas para este lado ya será más difícil...
André Luiz
(Texto sacado del libro Opinión Espírita por Francisco Cándido Xavier y Waldo Vieira)