jueves, 8 de julio de 2010

ENFERMEDADES DEL ALMA

«Médico, no estarás circunscrito al órgano enfermo,
porque auscultarás, igualmente, el alma del que sufre.»
(Emmanuel, en Campo de los Médiums, página 19, 5º párrafo).
Patologías como la maldad, el odio, la calumnia, el robo, el secuestro, el crimen, los vicios,
el asalto, la agresividad, el estupro, la maledicencia, el negativismo, se encuadran como enfermedades del alma, para las cuales los recursos médicos y administrativos disponibles vienen siendo prácticamente inoperantes para obtener su control epidemiológico.
Hay patologías que manchan a la sociedad contemporánea, como el vicio en las drogas,
que alcanzó una envergadura elevada en todos los países del mundo y constituye una manifestación inferior del alma humana.
Del mismo modo, la agresividad se reviste, muchas veces, de crueldad y violencia; constituye
una patología manifiesta entre todos los pueblos de la Tierra, y en todos los tiempos, siendo,
igualmente, la expresión mayor de la inferioridad humana.
La persona que comete un crimen premeditado es un enfermo del alma y, por el mal que
acarrea al semejante, deberá ser juzgada por la Justicia Humana. Pero más tarde o temprano, tendrá que enfrentarse, igualmente, a juicio en el Tribunal de Justicia divinaSon patologías que serán analizadas en capítulos especiales, sobre los vicios, los disturbios
de la sexualidad y la agresividad humana.
Las enfermedades del alma pueden manifestarse por síntomas predominantemente psíquicos,
como nerviosismo, ansiedad, inquietud, angustia, temores, incapacidad de prestar atención o
concentrar los pensamientos en determinado objeto, inseguridad, miedo, depresión e insomnio.
Pueden, igualmente, manifestarse con síntomas físicos o psicofísicos, como dolores localizados
o generalizados, dolores que se cambian sitio, disturbios funcionales digestivos, respiratorios,
circulatorios, genitourinarios, crisis epilépticas, crisis nerviosas, haciendo que las personas con dichas patologías, pasen interminables momentos de su vida atormentadas por el sufrimiento.
Son males cuyas causas no son encontradas diagnósticos de laboratorio, sino que pueden
ser reconocidos a través de una anamnesis cuidadosamente realizada, procurando reconstruir la
historia de los síntomas, desde sus primeras manifestaciones.
Un ejemplo puede ilustrar esas afirmaciones. Una señora, A.M.S., de 30 años de edad, fue
examinada por mí, presentando serios problemas psíquicos de nerviosismo, inquietud, ansiedad,
angustia, insatisfacción, depresión e insomnio. Encargué varios exámenes de laboratorio, todos normales. Después de un diálogo con la misma, la conversación se centró en su vida familiar y la
paciente reveló que no soportaba la situación por la que estaba pasando. Viviendo en la misma casa con la suegra, con la cual tuvo serios problemas, acabando por odiarla.
Al concluir el examen, le dije a ella que su enfermedad era del alma y que debería realizar la
terapia del perdón. Y ella respondió: «¡No! ¡Voy a intentar ignorarla, porque no tenemos condiciones de cambiar de casa, pero perdonar nunca!».
Procuré explicar que las enfermedades como la de ella, no pueden ser tratadas simplemente
con algunos comprimidos, si no que son casos que necesitan de una transformación interior, de
orden más profunda, de educación espiritual, capaz de hacer su reforma íntima, elevándola espiritualmente. Al final, la paciente fue encaminada a una institución religiosa de su preferencia. Sugerí a la misma, que debería ser humilde y aceptar su situación familiar, así como el tratamiento espiritual, y que debería volver mensualmente para el control.
Después de tres meses, A.M.S. presentaba sensibles señales de mejoras, aunque debiese de
continuar el mismo tratamiento médico y espiritual, pues le faltaba, todavía, dar un gran paso, el de amar a los propios enemigos, como enseñó Jesús cuando afirmó: «Yo sin embargo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os odian, y orad por los que os maltratan y os persiguen» (Mt 5, 44).
Allan Kardec en El Evangelio según el Espiritismo, capítulo 12, ítem 3, hace comentarios
sobre el mensaje de Jesús, diciendo: «Si el amor al prójimo es el principio de la caridad, amar a
nuestros enemigos constituye su aplicación sublime, porque esa virtud es una de las mayores victorias alcanzadas sobe el egoísmo y el orgullo. Para la Medicina constituye también, un gran progreso reconocer que el odio es un agente causante de enfermedades, y que la virtud en la práctica del Bien lleva a la harmonía vibratoria del alma, promoviendo la salud.
En su concepto clásico, el ser humano está formado de cuerpo y alma y debe ser considerado
como un todo, una unidad biopsicoanímica. Es verdad, aparte de cuerpo y alma, el organismo cuenta con otro constituyente muy importante, el periespíritu o cuerpo espiritual, que establece una unión entre ambos, y después de la muerte del cuerpo, se mantiene unido al espíritu.
Todos los acontecimientos, que ocurren durante la vida, son llevados por las neuronas
sensitivas hacia el córtex cerebral, donde son registrados e igualmente transmitidos al periespíritu, y se suman a las impresiones que ya existían en vidas pasadas.
Se sabe que el alma comanda la vida humana y, siendo el pensamiento un atributo de la
misma, viendo que es el alma quien piensa, se comprende que el pensamiento constituye el recurso del que ella dispone para manifestarse y, a través de los medios disponibles, dirigir todas las actividades humanas. El estudio de los disturbios que pueden estar relacionados al alma, no constituyen una proposición para la Medicina, sino una contribución científica, indicando la necesidad de alargar la visión en el campo de la patología humana, dando a entender que el ser humano está formado de cuerpo y alma, siendo el alma un constituyente muy importante, que participa activamente en todos los actos de la vida. Y como existen disturbios del cuerpo, existen otros relativos al alma. Muchas veces, el ser humano se envuelve en las telas de sus propios pensamientos negativos, que actúan como tóxicos invisibles sobre el sistema orgánico, causandodiferentes formas de perturbaciones, tanto del cuerpo como del alma, como afirma André Luiz, en el libro En el Mundo Mayor: «Ante la realidad, por tanto, somos compelidos a concluir que, si existen múltiples enfermedades para las desarmonías del cuerpo, otras existen para los desvíos del alma». El insigne autor espiritual complementa sus explicaciones en el mismo libro diciendo: «Millones de hermanos nuestros, se conservan, semilocos, en los hogares o en las instituciones; son los compañeros incapaces de consagrarse derenunciar,desumergiéndose, poco a poco, en el oscuro túnel de las alucinaciones... Con la mente desvariada, fija en el socavón de la subconsciencia, se pierden en el campo de los automatismos inferiores, obstinándose en conservar deprimentes estados psíquicos. Los celos, la insatisfacción, la falta de entendimiento, la incontinencia y la liviandad arrastran terribles fenómenos de desequilibrio».
El mal uso del pensamiento puede ser responsable de los desequilibrios del alma que se
presentan, en un inicio, aparentemente sin gravedad, como nerviosismo, insatisfacción, descontento, depresión, perdida de sueño, que van poco a poco transformándose en disturbios mentales más serios, que exigen tratamientos prolongados, con resultados casi siempre poco satisfactorios. En el estudio de la etiopatología de las enfermedades del alma, se puede apreciar que la propia persona es la responsable de su sufrimiento, cuyas raíces se encuentran en la falta de control de la calidad de los pensamientos que pueden actuar directamente en la persona que los emite, o llevándolos a practicar el mal a sus semejantes.
Las enfermedades del alma pueden, igualmente, estar relacionadas a faltas ocurridas en
existencias anteriores, constituyendo las enfermedades kármicas.
Los seres humanos deben comprender que, los designios de la vida, debe cambiarse enteramente hacia el Bien y, cuando se desvían de ese camino, tendrán que enfrentar, más tarde o temprano, las consecuencias de lo que sembraron. Las acciones resultantes del odio, envidia, celos, calumnia, maledicencia, deshonestidad y otras parecidas, que el ser humano pueda practicar en la vida actual, o que haya practicado en existencias anteriores, constituyen una agresión a la ley, y forman una reserva mórbida que se fija en su estructura periespiritual, como una carga insidiosa y tóxica, que la criatura debe deshacerse, pues constituye una causa de sufrimiento, perjudicial a su salud y a su progreso espiritual. De ese modo, siempre que el ser humano incurre en el camino del mal, traerá para sí mismo un impacto de consciencia que puede, inicialmente, pasar desapercibido, aunque por lo general, se manifiesta por estados de insatisfacción, temores, ansiedad, angustia, depresión, insomnio, que evolucionan
hacia formas más serias de sufrimiento, dependiendo de la extensión de la falta cometida y
del merecimiento de cada uno, ya que para faltas idénticas, practicadas por diferentes personas, hay apreciaciones diferentes, ya que la Justicia Divina puede conceder situaciones desiguales para idénticas faltas, de acuerdo con el mensaje del Evangelio cuando afirma: «Porque al que tiene, le será dado; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado» (Mc 4, 25).
El estado de los profesionales de la salud no puede mantenerse indiferente a los conocimientos
que emergen de todos los rincones de la Tierra, relativos a la realidad del alma.
Y como dice André Luiz, hablando sobre los problemas de salud mental de los seres humanos
en el libro En el Mundo Mayor: «Inquietantes cuadros mentales se pintan en la tierra, llevándonos a un engañoso servicio socorrista, a modo de limitar el círculo de infortunio y de pavor de los que se lanzan, incautos, a temerarias aventuras del sentimiento animalizado».
«No solucionaremos tan complejo problema del mundo simplemente a fuerza de intervención
médica, aunque sea admirable la contribución de la Ciencia en el terreno de los efectos, sin
alcanzar, con todo, la intimidad de las causas. La personalidad no es obra de la factoría interna de las glándulas, sino producto de la química mental».
Las faltas cometidas en vidas pasadas, y que no fueron resarcidas, pueden manifestarse
como anormalidades que estarían presentes desde el nacimiento, o como males que achacan al ser humano en otras fases de la vida, y que, por ser de difícil solución, constituyen pruebas, o expiaciones, siendo las primeras hasta cierto punto soportables, mientras que las segundas, inmensamente penosas. Por otro lado, las faltas cometidas en la vida actual y que no fueron debidamente resarcidas, causan áreas de congestión en la esfera mental, con producción de toxinas que son liberadas en la corriente sanguínea, alcanzando diferentes órganos, como el córtex cerebral, las glándulas suprarrenales, el estómago, el hígado, los intestinos, el sistema cardiocirculatorio, y que por la persistencia de la acción, causan diferentes modalidades de sufrimientos, siendo las manifestaciones iniciales las que ocurren en la esfera psíquica yemocional, como temores, angustias, ansiedad, depresión, insomnio, y cuyas acciones más profundas implican al sistema orgánico, con próstata, gastritis, ulcera gastroduodenal, cólicos intestinales, desequilibrios glandulares de las suprarrenales, páncreas, tiroides, disturbios cardiovasculares, como angina de pecho, hipertensión arterial, Infarto de miocardio.
En conclusión, somos llevados a pensar que, tanto la salud como la enfermedad, son resultados
de la acción de los pensamientos. Cuando son rectos, positivos, generan la salud, la alegría y
el bienestar, y cuando son negativos, como los de odio, envidia, celos, entre otros, causan enfermedades del alma que pueden manifestarse por síntomas orgánicos o psicoemocionales.
Y como que el alma es de naturaleza divina, los recursos para armonizar sus desequilibrios
deben dirigirse hacia la cura espiritual, basada en el amor sin fronteras, en la fluidoterapia, en la
oración y en la práctica de las buenas acciones. El hecho del alma proyectar, en el cuerpo físico que le sirve de soporte para su existencia en el plano físico, las marcas resultantes de faltas cometidas, que pueden causar enfermedades y sufrimientos, no significa que sean suficientes para el resarcimiento de las mismas. El sufrimiento puede incluso agravar los males resultantes de esas faltas, cuando es recibido con indignación, maldición, rabia, sin humildad, sin resignación, sin el firme propósito de vencer y, ciertamente, resarcir, por la reconciliación y por la práctica del bien, las faltas del pasado. El sufrimiento puede volverse mensajero capaz de rectificar las propias faltas, cuando es recibido con buen ánimo, paciencia, resignación y humildad, pues representa una oportunidad para la meditación y de recogimiento interior, haciendo que la criatura pueda elevarse al Creador, comprendiendo que entre el bien el mal solo el Amor promueve la verdadera vida, la salud y la alegría de vivir. El dolor y el sufrimiento significan una oportunidad para mostrar al ser humano sus posibles faltas, que pueden ser corregidas, induciéndolo al camino de su perfeccionamiento. Pueden, así, ser considerados instructores de la propia vida, dando al alma momentos de singular elevación a Dios, evidenciando su naturaleza divina y la necesidad de ser humilde delante de sus semejantes y desprendido delante de los bienes materiales. En el estado actual de la evolución de los seres humanos, existen muchas personas con poco desarrollo espiritual, predispuestas a cometer acciones perjudiciales a sí mismas y a los semejantes. De esas acciones, resultarán los disturbios de la colectividad y consecuentemente sufrimiento para las personas que así procedieron, indicando que las enfermedades del alma, reflejando el estado de evolución de los seres humanos, todavía constituyen un serio problema de Salud Pública para la humanidad.
La autoterapia espiritual, centrada en la consciencia, es un excelente método para la realización
de la cura de enfermedades del alma, y subentiende la renovación íntima del ser.
No consiste en una acción superficial sino de transformación, que debe realizarse en lo
íntimo de cada uno, a través de su compromiso integral con el Bien, de su reforma íntima, como
enseña el Evangelio cuando afirma: «Y nadie echa remiendo de paño recio en vestido viejo; porque el tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura» (Mt 9, 16).
Las enfermedades que para la Medicina tradicional reciben diferentes denominaciones expresan, fundamentalmente, imperfecciones del alma, como afirma Joaquín Murtinho, Espíritu, en el
libro Hablando a la Tierra: «Si el hombre comprendiese que la salud del cuerpo es reflejo de la
harmonía espiritual, y si pudiese alcanzar la complejidad de los fenómenos íntimos que lo aguardan después de la muerte, de cierto se consagraría a la vida simple, con el trabajo activo y la fraternidad legítima a través de normas de verdadera felicidad».
La reforma íntima puede iniciarse rápidamente, pero solo se vuelve realidad con la transformación integral del ser humano.
Es necesario que todos los seres participen de ese proceso, para la renovación de los propósitos,
a través del fortalecimiento de la fe, por la oración, por la meditación, por la aceptación, por
la humildad, por la elevación íntima a un plano de vida llena y por la práctica de la caridad sin límites.
del libro de enfermedades del alma de Dr Roberto Brólio

1 comentario:

pENSAMENTO & eSPIRITUALIDADE dijo...

Hola Carmen! Estoy aquí para felicitarte por El Blog de Azucena. Muy bonito el texto del violinista, espero, cada vez más escribas con el corazón. Cordiales saludos de tu amigo, hermano y admirador de Brasil. (He dejado un mensaje para ti en nuestro blog Pensamiento y Espiritualidad.)